Qué chocolate ni qué ocho cuartos. Anda, Antonio, ponme una caña. No, roscón tampoco, quita. No me gusta el roscón ni los reyes, para el caso. Yo siempre he sido republicano, también para esto. Costumbres familiares, supongo. En mi casa es que éramos ateos y pobres. Mala combinación, especialmente el seis de enero. Creo que no supe lo que era la ilusión hasta que empecé a celebrarlo con mi hijo y vi su carita de felicidad absoluta. Al menos mientras pude. Fue también un seis de enero que me fui de casa. Sí, bueno… ¿No te lo he contado nunca? Ya, no es una historia de la que esté especialmente orgulloso. Pero supongo que ya ha pasado suficiente tiempo.

Pues como te decía, de pequeño nunca tuve Reyes. Los únicos regalos fijos eran los de los cumpleaños. Aunque había de repente días que mi padre aparecía con una bolsa llena de regalos para todos, cuando le había salido bien algún negocio, o algo así. Mi madre le echaba la bronca sin poder reprimir una sonrisa, “así no vamos a salir de pobres”, “deja de gastarte el dinero en gollerías” y luego se besaban. Se besaban mucho, mis padres. Para mí fue una conmoción ir luego descubriendo que el mundo está lleno de parejas que no se tocan.

Con Eva sí había intercambio de regalos, claro, pero era entre adultos, cara a cara, “toma, aquí tienes”, nada de cartas a sus majestades, de poner zapatos, de madrugones intempestivos. Todo muy sensato, muy racional, muy maduro. Íbamos a comer a casa de sus padres, y más intercambios de regalos. La verdad es que a mí siempre me ha gustado regalar, en eso he debido salir a mi padre. Me encuentro algo que me recuerda a un amigo y lo compro y lo guardo para la próxima ocasión. Odio en cambio el tener que buscar una cosa para Fulano la semana que viene. No sé, siento que el regalo debe de alguna manera venir a buscarte, es una especie de señal, un punto en el que el cosmos conspira para establecer una relación entre otra persona y tú, una repentina gota de orden en medio de todo el caos. ¿Tiene sentido lo que digo?

Bueno, el caso es que me gustaba regalar, hasta que nació Carlos. Ahí descubrí otro nivel de felicidad al ver su expresión de éxtasis rasgando papel de envolver. Le encantaba su cumpleaños, por supuesto, y cuando le traía alguna sorpresa, un recuerdo de un viaje, pero sobre todo se volvía loco para Reyes. Cuando empezó a hablar discutí con Eva si le engañaríamos con el cuento de los Reyes Magos, que no tenía sentido, ninguno éramos religioso, cómo íbamos a contarle de pronto la historia de Jesús. Ella ganó la discusión, claro, me convenció de que podíamos adaptar un poco el relato, que total él no se iba a enterar, y de que era importante aprender a creer, si no en un dios, en la magia de que otro mundo es posible, que lo importante de la Navidad no es la religión, sino demostrar que podemos, aunque sea por unos días, construir un mundo de amor y concordia. Yo no sé si tiene razón, pero con los Reyes acertó. Todo valía por escuchar la voz trémula de Carlos la mañana del seis preguntando si podía abrir ya la puerta del salón. Nosotros nos regodeábamos con algo de crueldad haciéndole esperar, insistiendo en desayunar primero, fingiendo indiferencia, sugiriendo incluso que tal vez no habían venido o le habían dejado carbón, hasta que estaba a punto de subirse por las paredes, y entonces le dábamos vía libre. Él gozaba… como un niño la mañana de Reyes. Y yo lo disfrutaba más todavía a través de él. Sí, toda aquella mentira valía la pena. Con treinta y cinco años descubrí ilusiones infantiles que nunca había vivido. Claro que mi infancia eran otros tiempos. Más sombríos. Más fríos. Ya, qué te voy a contar. Qué frío hacía, ¿eh?

Sólo vi a Carlos con la misma emoción y alegría cuando le llevé a ver al Madrid. Le encantaba el fútbol. A mí me gusta, pero creo que ha sido siempre más el acto social o como un medio para descargar tensión… Ya, ya, me has visto gritarle a la tele más de una vez. No sé, a veces creo que, si no lo hago, cualquier día agarro una metralleta y organizo una carnicería. Mejor cagarse en Mourinho que cargarse a alguien, ¿no?

Volviendo al tema. El problema es que la empresa en la que trabajaba empezó a ir mal. ¿De qué? Materiales de impresión. Sí, si negocio había, pero se lo llevaban otros. La misma historia de siempre: amenazas de despido, ERE, hay que cambiar todo salvo a los de arriba, a esos ni tocarlos, mientras los demás nos reducimos la jornada y el sueldo. Nóminas que se empiezan a retrasar y nosotros venga a tragar. Y al final todo para nada, cerraron el chiringuito y yo también acabé en la puta calle con cuatro duros de indemnización porque no había más en la caja. Era mi primera vez, no como ahora, así que intenté tomármelo con optimismo, el paro me daba cierto colchón y además estaba el sueldo de Eva. Pero las semanas se convirtieron en meses y no salía nada. Intenté hacer alguna chapuza, trabajar de lo que fuera, pero apenas gané para disgustos. Joder, y eso que la economía crecía y todo. Pero no había manera. Y, claro, la hipoteca había que pagarla igual cada mes, incluso cuando el único dinero que entraba en casa era el de Eva. En fin, ya sabes cómo va la historia. Se me acabó el optimismo. Empezó la desesperación. Ya no podía permitirme el placer culpable de comprar detalles para mi mujer y mi hijo. No era más que una carga para ellos. La vida era un continuo apretarse el cinturón para llegar a fin de mes que yo veía pasar desde el sofá.

Fue por aquella época que me encontré a un antiguo compañero de trabajo que era, y debe seguir siendo, socio del Real Madrid. Hablando de la familia, le conté que Carlos era un fanático del Madrid y él me ofreció su abono para ir un fin de semana que iba a estar fuera. A mí me hubiera gustado comprar mis entradas, pero para entonces ya me iba quedando poco orgullo. Y a Carlos le iba a encantar. Llevaba mucho tiempo sin darle ninguna sorpresa.

Allá que nos fuimos una fría noche de diciembre. Todo salió mal desde el principio. El gilipollas de seguridad decidió hacer su trabajo y nos quitó la bebida en la puerta. La cosa acabó peor: el Zaragoza le metió cinco al Madrid. Tócate los cojones, el Zaragoza. Al pobre Carlos le fue cambiando la cara con los minutos. Yo que había querido darle una alegría, todo se me volvía amargo. Ni un respiro.

Aquellas Navidades las cuentas familiares estaban tiritando, pero aun así, pidiendo un poco de ayuda y con mano izquierda para orientar al niño en sus peticiones, conseguimos completar su carta. Yo me sentía fatal por no poder añadir nada de mi cosecha como siempre hacía, así que cuando me enteré de que el Real Madrid hacía un entrenamiento de puertas abiertas el cinco de enero me dije que aquella era la oportunidad para conseguir mi revancha y un regalo de Reyes digno. En un entrenamiento ni se gana ni se pierde, nada podía salir mal esta vez.

Por supuesto, la vida tenía otros planes. Conseguimos perder un entrenamiento. El caso es que cuando acabaron sus carreras y ejercicios se acercaron y comenzaron a tirarnos los balones y camisetas. Era como en la cabalgata, todos los padres se pegaban como trogloditas por coger los regalos. Pero ya te he dicho que un regalo no se busca, te encuentra él a ti. Y el universo ya me iba debiendo alguna buena noticia. Tuve ciertas dudas a medida que se acababan las cosas que lanzar, pero Iván Helguera, ¿te acuerdas de Helguera? tenía el último balón, vio a mi hijo y se lo pasó de una patada precisa. Durante unos instantes todo fue perfecto: el ídolo de Carlos dándole un balón de reglamento, un broche inmejorable. Sin embargo, cuando ya me giraba con una sonrisa para verle atraparlo, aparece un tipo por detrás y se lo quita. No te vas a creer quién. ¡Mi antiguo jefe, el dueño de la empresa! Al cabrón se le veía que no pasaba hambre, con su abrigo lujoso, sus Ray-Ban y su puro en la boca. Sólo le faltaba la chistera para parecer un empresario de viñeta. Ni me reconoció, el desgraciado. A su lado, su hijo llevaba ya toda la equipación del Madrid. Él podía comprarle un balón o diez si quisiera, pero tenía que venir a arrebatarnos el nuestro. Todo lo quiere esta gente, todo parece ser suyo por derecho. Y encima la vida les sonríe. Intenté hablar contenidamente, porque en aquel momento me apetecía mucho echar mano de una metralleta. El tipo pasó de mí y se largó. Y ¿qué iba a hacer para recuperarlo? ¿Pegarle? ¿Rogarle?

Por la tarde llevé a Carlos a la cabalgata como todos los años, pero no podía quitarme la imagen de la cabeza. Especialmente rodeado de todos aquellos padres con estrategias a cual más peregrina para capturar todos los caramelos de la zona para su niño, como si no hubiera nadie más, como si necesitaran acaparar kilos de caramelos que en realidad no se podían comer. Somos mierda, pensaba, unos egoístas, aunque nos indignamos cuando nos pisan, hacemos lo mismo en cuanto tenemos la oportunidad. Yo el más mierda, incapaz de dar de comer a mi familia, de conseguir un regalo para mi hijo en Reyes. Qué dignidad hay en eso. Un lastre era, un lastre. Estarían mejor sin mí. Seguro que Eva podía encontrar un hombre mejor, un marido que lleve un sueldo a casa, un padre capaz de pisar antes de ser pisado, un macho alfa en condiciones y no un alfeñique, un parásito.

Aquella noche, después de acostar a Carlos, le dije a Eva que se fuera a la cama, ya me encargaba yo de los regalos. Cogí el abrigo, cerré la puerta con cuidado y me fui.

(Más historias de Reyes.)

Archivado en Ministerio del Ensayo y el Error el 6 enero 2013 | 1 comentario »
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¿Recuerdas lo mal que estábamos hace un año y lo bien que estás ahora?

Recuerdo aquel cuadro del Greco que tenía tu rostro dibujado.

Recuerdo verte cerrar los ojos con la trompeta de Miles Davis y una lágrima asomar en la tristeza de Billie Holiday.

Recuerdo madrugadas leyendo Rayuela en voz alta en una buhardilla de la rue du Cherche Midi, intentando imitar el acento argentino que acababa volviéndose, inevitablemente, mexicano, y ambos nos moríamos de risa.

Recuerdo paseos bajo la llovizna de París de los que volvíamos calados hasta los besos.

Recuerdo noches en que no llegábamos a la cama y mañanas en que no conseguíamos salir de la habitación.

Recuerdo tardes enteras intentando besarte las cosquillas.

Recuerdo aquel primer miércoles de mes en que las sirenas antiaéreas nos descubrieron encamados y no nos importó que estallara la tercera mundial.

Recuerdo la gélida noche de verano en que conocimos a Polyvios, con su sonrisa franca y sus ojos repentinamente turbios como las aguas del Sena.

Recuerdo que aquel otoño cayeron las hojas de los árboles y las tildes de las palabras.

Recuerdo que las ausencias se poblaron de sospechas.

Recuerdo las primeras iras de reojo.

Recuerdo que dijiste que un año eran solo dos palabras, pero mucho tiempo. ¿Te acuerdas?

Ya hace un año.

Hace un año que te espero con la cena y ya se está enfriando.

¿Te acuerdas?

Yo recuerdo todo lo que no pasó.

Archivado en Ministerio del Ensayo y el Error el 17 febrero 2012 | Comentarios desactivados en Nostalgias
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No, no me pasa nada. Es solo que… Reyes siempre me pone un poco triste. Melancólico. ¿No te lo he contado nunca? Pues porque… Yo solo recuerdo la amarga pérdida de la inocencia. Seguramente la perdí demasiado pronto. Dices que todos la perdemos demasiado pronto. Sí, puede ser. El caso es que yo perdí pronto la inocencia… y algo más.

Lo curioso es que aquel día empezó bien. Yo debía tener siete u ocho años y era un loco del fútbol. Del fútbol y sobre todo del Real Madrid. Acababa de empezar a entrenar Del Bosque, el Madrid ilusionaba en Europa y el equipo enganchaba con una mezcla de canteranos y estrellas extranjeras. Zidanes y pavones, en efecto, aunque yo creo que eso vendría luego. Yo hablo del año que debutó Casillas. Mi padre me había llevado una vez al Bernabéu, un partido de liga contra el Zaragoza. No era un partidazo, pero el Zaragoza de entonces tenía mucha más chicha que ahora, había ganado no hacía mucho la Recopa… La verdad es que en aquellos días parecía que cualquier equipo podía ganar, no eran todo goleadas del Madrid y el Barça. En fin. Fuimos al Bernabéu una fría noche de diciembre, con bocadillos que nos había hecho mi madre. Bocadillos de chorizo, todavía me acuerdo, y unas latas de Coca-Cola. En la entrada nos dijeron que no podíamos pasar latas, aunque por suerte solo vieron una. Nos la bebimos allí y pasamos la otra riéndonos bajito, cómplices. El estadio era enorme. Me impresionaba la cantidad de gente por todos lados: en el metro, en la Castellana, en los accesos, en los vomitorios… Aunque luego la grada estaba a media entrada. Nosotros estábamos en el gallinero, lejos del césped pero con una perspectiva fabulosa. No se podían ver los detalles como en la tele, pero a cambio podías ver todo el juego a la vez, la disposición de cada equipo sobre el campo, cómo se desmarcaban o tiraban el fuera de juego. Cuando llegamos los jugadores estaban calentando y yo me puse a cien intentando distinguirlos en la distancia y en chándal. A pesar de que el estadio estaba lejos del lleno, había un gran ambiente, cánticos de un fondo y otro, la ola que veíamos venir a lo largo de toda la grada… Yo disfruté como el enano que era. Luego el partido fue un desastre: nos metieron un 1-5 en casa. Estaba claro que Del Bosque tenía trabajo por delante, aunque si te digo la verdad no seguía mucho todo el circo alrededor del equipo. A mí lo que me gustaba era el fútbol. Recuerdo que tenía una camiseta blanca y un balón que llevaba con celo al colegio, un regalo de mi padre que cuidaba hasta la náusea. Una vez llegué a recriminarle a un compañero que iba a estropearlo porque le pegaba demasiado fuerte. Pero me gustaba todavía más que jugar verlo por la tele con mi padre. Era el único momento que compartía con él. Cuando me despertaba él ya se había ido a trabajar y por la tarde no volvía hasta después de la merienda, poco antes de la cena. Muchos fines de semana me dejaban con la abuela. En cambio las tardes de partido nos juntábamos siempre en el sofá para ver juntos al Madrid, con unas patatas fritas y una Coca-Cola. La única Coca-Cola de la semana, salvo que hubiera un cumpleaños. Él tomaba cerveza, pero para mí el fútbol siempre ha sabido a Coca-Cola y las patatas de la churrería del barrio. Luego cerró y ya no he vuelto a probar unas patatas así. Ya, ya, las hay mejores, pero no son las que tomaba de pequeño. Aún puedo sentir el sabor salado en la punta de la lengua, el tacto grasiento, el crujido con el que se rompían al partirlas porque no me cabían enteras en la boca.

Pues aquella víspera de Reyes mi padre me llevó a ver el entrenamiento del Real Madrid en la Ciudad Deportiva, un regalo adelantado. Era bien temprano por la mañana, el cielo estaba brumoso al principio, pero acabó aclarando y convirtiéndose en el típico día luminoso y frío de invierno en Madrid. En las gradas nos apiñábamos un montón de chavales y padres animando a nuestros ídolos como posesos. Casi todos gritaban a Raúl y a Morientes, los delanteros. Sin embargo, yo prefería la autoridad de Hierro en la defensa, el control del balón y el juego de Redondo, el delicado regate del frágil brasileño Savio. Aunque si te digo la verdad, por quien sentía verdadera debilidad era Iván Helguera, un chaval de figura desgarbada que empezó en el centro del campo y se fue haciendo imprescindible para apuntalar la defensa. No sé bien por qué. Me caía simpático con su aspecto nervioso, en tensión, como si estuviera un poco perdido en esos estadios grandiosos entre tanto atleta de alto nivel, y siempre llegaba al cruce para cortar o despejar los balones peligrosos. En fin. En medio de aquel griterío mi padre permanecía impertérrito, envuelto en su bufanda y con las manos en los bolsillos. Yo lo recuerdo siempre serio y tranquilo, salvo cuando veíamos el fútbol o las noticias, que se encaraba a gritos con la tele llamando sinvergüenza al árbitro o al político de turno. En casa era normalmente mi madre la que derramaba sonrisas y alegría. Al final del entrenamiento los jugadores se acercaron a la grada y se pusieron a lanzar camisetas y balones. La gente enloqueció, todos se pegaban por los regalos con auténtica furia. Yo hacía lo que podía, pero como apenas levantaba un palmo del suelo todo acababa en manos de niños mayores y padres. Tras unos segundos de titubeo, como venciendo la vergüenza, mi padre también empezó a intentar cazar algo, sin éxito. El último balón lo tenía Iván Helguera y miraba indeciso buscando dónde mandarlo. Yo grité como el que más: “¡Iván! ¡Iván! ¡Aquí, Iván!”. Y por alguna razón, Iván Helguera me miró, me sonrió y me lanzó el balón. Estiré las manos para cogerlo. Mi padre se separó un poco mirándome satisfecho. Pero cuando ya lo rozaba con las yemas de los dedos, unas manos surgidas de lo alto lo hicieron desaparecer. Me di la vuelta desconcertado. Un señor con bigote le daba la pelota a su hijo, un niño de cuatro o cinco años más con toda la indumentaria oficial del Real Madrid de la temporada: bufanda, gorro y la camiseta por encima del abrigo. Aunque yo me quejé, les dije que era mía, me ignoraron completamente. Intervino entonces mi padre, indignado y muy tranquilo:

—Oiga, que la pelota iba para el chaval.

—La pelota es para quien la coja primero, caballero –respondió el señor del bigote. Cogió a su hijo por el hombro y se largaron.

Yo mientras miraba desolado a Iván Helguera. Los demás jugadores se marchaban ya hacia los vestuarios, pero él seguía allí contemplando la escena. Examinó la hierba alrededor, buscando algo que pudiera quedar. Pero ya no quedaba nada ni nadie. Se encogió de hombros, me dedicó su mirada lastimera y se fue trotando a reunirse con los otros.

—Vámonos, anda –dijo mi padre.

Nos volvimos a casa cabizbajos, como un mes antes habíamos vuelto del Bernabéu. Mi padre se pasó el resto del día más callado de lo habitual. Por la tarde me llevó a la cabalgata de Reyes del barrio. Al despertarme la mañana siguiente al amanecer no había regalos en el salón. Fui corriendo a la habitación de mis padres y me encontré a mi madre sola. Le conté preocupado que los Reyes no habían venido. Luego le pregunté dónde estaba papá y fue ella la que se preocupó. Ese día aprendí que los Reyes guardaban los regalos tras los trajes de mi padre. Aprendí además que mi madre también podía ser callada y seria.

Aquel año el Madrid ganó la Copa de Europa. Yo vi el partido solo, con mis patatas y mi Coca-Cola.

Archivado en Ministerio del Ensayo y el Error el 30 enero 2012 | Comentarios desactivados en Reyes (1)

Minerva Luengo nos sacaba un año, fumaba porros, tenía opiniones sobre todo y una energía inagotable. A nosotros, hasta entonces abstemios y con más afición a la literatura que al mundo real, nos pareció tan exótico como un huracán tropical, a cuya destrucción nos ofrecimos con devoción. Minerva, de improbable nombre, había empezado a salir con Eduardo Aguiar, mi mejor amigo del instituto. Me enseñó pronto que poetisa era una palabra ñoña y usada a menudo de forma despectiva, como si una mujer no pudiera ser poeta. A la salida del colegio nos leía sus tórridos poemas sin que aquellos ojos azules apenas se posaran sobre el papel. Yo sufría unas erecciones tremendas, no sabía si por sus palabras o por la impúdica forma de mirar mientras las pronunciaba, que tenía que aliviar en cuanto llegaba a casa. Sus grandes ojos fijos y sus labios moldeando obscenidades con deleitosa suavidad me perseguían por las noches.

Para intentar impresionarla cambié las novelas por los grandes poetas de las letras españolas, pero mientras yo solo veía lo más obvio, ella escarbaba en todas las sutilezas. También me explicó que hay dos tipos de poesías: las que dicen ¿follamos? y las que dicen mira qué sensible soy, ¿follamos? Mis excitadas hormonas adolescentes se apuntaron con entusiasmo a la tesis. Hasta los poemas que no tenían interpretación sexual posible estaban en el fondo motivados por el sexo. La poesía era una herramienta atemporal para llevarse una chica a la cama.

Me entregué a su lectura con pasión, llegando a la desoladora conclusión de que no entendía nada porque me faltaba experiencia de campo. Minerva, en cambio, parecía poseer una sabiduría profunda de las razones humanas y los ritos más ancestrales y, lo que era peor, Eduardo entendía cada día más. Yo sentía cómo iba quedándome atrás, ajeno a un secreto que no me podían elucidar. La mujer era un misterio que iba a tener que penetrar por mi cuenta.

Ya por aquel entonces padecía de exceso de realismo, así que elegí una víctima para mis poemas más con la cabeza que con el corazón. Eva Vela estaba fuera de mi alcance, no serían sensibles a la caricia de mis palabras sus dorados cabellos ni sus pechos terráqueos, dos hemisferios con toda una geografía de meridianos y paralelos por la que aquel joven Livingstone soñaba con perderse durante las interminables clases del instituto. Las cumbres nevadas de aquellos dos kilimanjaros me hacían perder el sueño y un par de puntos en cada asignatura en la que coincidíamos. Sin embargo, Eva, más dura que mármol a mis quejas, compartiría mis versos con sus amigas entre risas o, peor, con alguno de sus muchos amigos —Eva Veleta, la llámabamos— y acabaría siendo motivo de escarnio público. Seguramente de aquellos días viene esta sensación de que las rubias son frías figuras para admirar en la distancia que se mueven en una realidad paralela a la que más me vale no intentar acceder si no quiero salir escaldado. Era inexperto y enamoradizo, pero no completamente idiota. No del todo. Necesitaba una chica no acostumbrada a recibir la atención de los chicos, modosa y con la delicadeza suficiente para mantener un posible rechazo en la intimidad. Una chica como Almudena Gracia.

Dediqué el día siguiente a observar a Almudena para sacar algo de lo que escribir. Alguna virtud tenía que poseer, más allá de ser una víctima propicia. No tenía grandes curvas, ni unos rasgos en especial armoniosos, ni siquiera unos ojos oceánicos en los que poder echar mis tristes redes. A pesar de todo, no decaí y seguí mirando a Almudena en clase y cuando hablaba con sus amigas en los descansos y durante la comida y mientras se marchaba a su casa. Llegué a la mía algo abatido, incapaz de extraer algún recuerdo memorable. ¿Era realmente una chica tan anodina? Intenté ponerla a trabajar en mi mente, pero solo conseguí una paja triste y sin convicción. ¿Así cómo iba a inspirar ningún poema?

Eduardo tuvo que sufrir el relato de mis cuitas aquella tarde. Su recomendación pasaba por olvidarme de la personalización y decir cualquier cosa vaga, copiando a quien tuviera que copiar, pues lo importante era tirármela, el poema en sí era lo de menos. Era cierto que ése era el objetivo y que Almudena no me gustaba realmente, pero reducir la poesía a un simple medio me incomodaba. Debía ser también un fin en sí mismo, una búsqueda de la verdad o la belleza, si es que eran cosas diferentes. Aunque quería escribir un poema para llevarme una chica a la cama, quería hacerlo con un buen poema. De lo contrario sería inapropiado. Qué le voy a hacer: tenía dieciséis años y era un romántico.

Fue Minerva quien vino a mi rescate con ánimos y consejos más próximos a los que quería escuchar. Que me diera tiempo, que lo esencial es muchas veces invisible a los ojos, que hace falta paciencia para esperar a que se manifieste y estar preparado cuando el momento llegue.

En efecto, el momento llegó al día siguiente, sentado tras Almudena en una aburrida clase de Historia. Mientras la profesora disertaba en tono mortecino sobre el reinado de Felipe III, ella se recogió el pelo en una coleta y de pronto apareció ante mí una nuca desnuda, una oreja desguarnecida, el conmovedor ángulo de una mandíbula apretada en la concentración. Era algo vagamente familiar y reconciliador, como volver a casa tras unas largas vacaciones. Quise acariciarlo y olerlo, comprobar el contorno de los muebles, que a pesar de la prolongada ausencia todo sigue en su sitio. Aquél debió ser el comienzo de un fetichismo que posteriormente se extendería hasta los homóplatos. Cada uno encuentra su hogar donde puede. Yo acaba de encontrar el primero en Almudena Gracia.

Los siguientes pasos fueron rodados. Dejé un poema en su mochila durante un recreo, ella me buscó con la mirada, escribí otro al día siguiente, ella me buscó a la salida, nos vimos en el parque, nos besamos, repetimos, nos fuimos encontrando en otros bancos, recorrimos la ciudad cogidos de la mano y seguimos perfeccionando nuestros besos, explorando con torpeza nuestras anatomías por encima de la ropa, hasta que por fin mis padres se marcharon un fin de semana.

La invité a comer, tomamos algo de vino y le leí un poema de Neruda. Quiero hacer contigo lo que la primavera hace con los cerezos. Y lo hice. Lo hicimos. Recuerdo unos pezones enormes y claros, casi carne, que habrían resultado grandes en cualquier pecho y ocupaban por completo aquellos dos breves senos. Recuerdo la incomodidad al mostrar mi desnudez, el repentino frío de la habitación y la calidez de sus ojos y el calor de su sexo. Una unión tosca, tierna, fugaz, que no decepcionó a ninguno porque tal vez, a pesar de todo, no teníamos grandes expectativas. Recuerdo su abrazo posterior, con brazos y piernas, lo incómodo de la postura y no sentir el menor deseo de moverme. Recuerdo una breve paz similar al anhelo de estar muerto y ver todas mis esperanzas de paz estallar momentos después con una nueva erección y la lucidez de saber en ese instante que sería así toda la puta vida.

Seguimos descubriéndonos y aprendiéndonos, entregados a la cartografía de nuestros cuerpos, que eran todos los cuerpos. El resto del tiempo solo parecía un incómodo intermedio.

En uno de aquellos descansos me llamó Minerva Luengo. Apenas nos habíamos visto últimamente, por qué no iba a su casa y nos poníamos al día. Lo encontré una buena excusa para posponer aún más estudiar el examen de Matemáticas del día siguiente, algo que Almudena había considerado irrenunciable. Hablé de ella y hasta acabé recitando algún poema ante su insistencia. Su crítica, como acostumbraba, fue despiadada, honesta pero completamente falta de tacto: no llegaba a mediocre en el mejor de los casos. Tampoco hice mucho por defenderme.

Creí que se arrepentía o al menos se apiadaba ante mi desazón. Con una sonrisa me invitó a seguirla para mostrarme algo que me ayudaría. Cerró la puerta de su habitación y se deshizo de su vestido con sorprendente agilidad. Algo entre mis piernas empezó a inspirarse. Mientras yo me preguntaba en qué momento mi vida se había convertido en una película porno, ella se quitó el sujetador. Todavía tuve unos instantes para pensar en Almudena y mi amigo del alma Eduardo Aguiar mientras dos afilados pezones me miraban fijamente, pero pronto salió de sus bragas con una estrecha tira de bello púbico que a mí me pareció el colmo de la sofisticación y una invitación —por aquí, gritaba— irrechazable. Al fin y al cabo, la tentación existe para que cedamos a ella.

Para qué voy a mentir: la tentación cumplió todas sus promesas de perdición. Sin embargo, en la celebración posterior, cuando mi dedo todavía se demoraba sobre un conciso pezón, Minerva borró mi sonrisa bobalicona levantándose  bruscamente. Sucia de besos y arena, se puso el vestido con otro movimiento preciso y cruel, un súbito eclipse. Sin mirarme, salió de la habitación y me abandonó a un estado de confusión y oscuridad en el que en ocasiones todavía creo que me hallo.

Nada fue ya lo mismo luego. Besarte fue besar un avispero. Tras haber probado las mieles de una diosa griega, bella y caprichosa, los labios mortales de Almudena Gracia sabían a ceniza. Me encontraba demasiado a menudo pensando en Minerva Luengo, en sus ojos antiguos y azules, en la destreza de sus manos lentas, en la depilada rosa de su pubis, en su voz ronca. Pensaba en Minerva al levantarme, durante las clases, mientras hablaba con Eduardo, cuando escribía poemas febriles en vez de estar estudiando, y sobre todo en el momento en que eyaculaba dentro de Almudena. Me sentía constantemente culpable. Así que hice lo que cualquier idiota que ha leído demasiados libros sin extraer enseñanza alguna haría: contarlo. Como si el verbo sirviera para lavar las culpas.

Reuní toda mi cobardía para hablar con Eduardo en un descanso entre clases, sabiendo que así no podría montarme una escena, que no se atrevería a gritarme o pegarme delante de todo el colegio. Fue peor. No me dijo nada. Me miró fijamente a los ojos mientras intentaba explicarle, sin despegar los labios, sin interrumpirme como tenía por costumbre cada vez que discutíamos tonterías. Eduardo siempre se había caracterizado por poner más interés en hablar que en escuchar los argumentos o historias del otro, al menos en apariencia, luego podía volver días después a rebatir o apostillar algo que ni recordabas haber dicho. Su silencio me ponía aún más nervioso. Acabé de farfullar mi relato, mis disculpas, mi súplica y él siguió mirándome muy quieto, sin gesto alguno. Al cabo de unos segundos, o minutos u horas, no lo sé, cerró los ojos y se fue meneando la cabeza. Lo vi alejarse clavado en el sitio, helado de terror. En algún momento sonó la campana y volví a clase.

Vino a buscarme al final de la jornada, muy derecho, y me interpeló muy serio: ¿A qué me lo decís? Lo sé: es mudable. Remató la frase arrojándome un guante surgido de la nada, impropio para la primavera ya bien entrada. Pero… ¡es tan hermosa!, me defendí yo, que también me sabía mi Bécquer. Era todo tan absurdo y tan literario y tan intenso. Me agaché a recoger el guante y únicamente pregunté ¿cuándo? Después de comer, en el descampado. ¿A primera sangre?, dije imbuido del espíritu decimonónico. Y una polla.

Ni que decir tiene que apenas pude comer. Removí la comida en la bandeja, preguntándome qué pasaría si realmente viviéramos en el XIX, si Eduardo Aguiar, además de poder hacer aparecer un guante en un caluroso día de mayo sería capaz de presentarse con un par de pistolas o de sables. Sabía que en la pared del salón colgaban dos sables cruzados de su abuelo militar. Quizás también tenía dos pistolas reglamentarias de las que nunca me había hablado. O peor: quizás solo tenía una.

Acudí a la cita dibujando escenas y ramificaciones cada vez más violentas, pero ni se me pasó por la cabeza no ir. Había desarrollado ya una sensibilidad fatalista por lo trágico, o tal vez simplemente tenía demasiado miedo para pensar con claridad.

Llegué primero. El cielo empezaba a emplomarse de nubarrones. Me senté a esperar en unos ladrillos de hormigón que llevaban allí desde tiempos inmemoriales, de alguna lejana época en la que alguien proyectó construir en el descampado. Lo único que había crecido eran hierbajos salvajes de medio metro de altura y tres montones de basura que los vecinos se encargaban de alimentar diligentemente con todos los trastos a los que ya no encontraban utilidad. Nosotros recuperábamos los muebles y habíamos montado una suerte de salón de ajuar dispar y mugriento, una disparatada habitación sin paredes ni techo, en medio de un solar rodeado de antiguos chalecitos, que nos servía como lugar de encuentro secreto a un selecto grupo de iniciados. Una vez había llevado a Almudena y lo había mirado con cara de asco. Permaneció de pie, sin poner un dedo en nada en el poco rato que aguantó allí. Hoy yo tampoco quería sentarme en nuestro grotesco salón. No quería sentirme cómodo.

Por fin apareció Eduardo, solo, sin sables ni arcabuces, constatación que solo me proporcionó un fugaz instante de tranquilidad. Me puse en pie y salí a su encuentro. Él siguió caminando impasible. Cuando llegó a mi altura me lanzó un puñetazo a la mandíbula. Alcé los brazos para protegerme la cara y me machacó las costillas. Yo empecé a seguir la acción desde fuera. Sin instintos que poner en marcha, pues nunca nos habíamos pegado, ni entre nosotros ni con nadie más. Nunca habíamos pasado de los rejonazos verbales digeridos con deportividad. Formaba parte del juego. Aquella danza con Eduardo era mucho más primitiva y yo no conseguía seguir el ritmo, solo que, en vez de pisarle los pies a mi pareja, lo que hacía era llegar tarde a cada golpe. Tampoco puse ningún interés en contraatacar. En realidad, consideraba todo merecido, una justa expiación.

Eduardo culminó un elaborado combo con un directo al estómago que me dejó doblado en el suelo luchando por respirar. Mientras boqueaba angustiado, Eduardo se palpó los nudillos enrojecidos. Me has hecho daño, cabrón, se quejó. Permaneció allí hasta que volví a ser capaz de meter aire en mis pulmones con normalidad, giró sobre sus talones y salió del descampado.

Decidí que aquél era un sitio tan bueno como cualquier otro para recuperar el aliento, también porque no me sentía capaz de moverme. Contemplé la posibilidad de morirme de alguna herida interna y no me importó mucho, no a mí, no sería una experiencia que yo viviera. Me preocupó el vacío que iba a dejar en el mundo con mi ausencia, lo que iban a sufrir mi familia y amigos, Almudena Gracia —o no tanto si enteraba del motivo—, todo lo que se iba a perder porque ya nunca lo haría, qué tragedia, con el potencial que tenía. Empezó a llover, primero una gota y luego otra, y luego todas seguidas, gotas gordas, de tormenta de verano. A mí me pareció muy apropiado que la lluvia limpiara mis heridas, un poético final, con su plano cenital alejándose, hasta que me di cuenta de que todo se estaba embarrando e iba a acabar ahogado de no moverme.

Hice inventario de mi cuerpo, sin detectar nada roto. En algún momento había temido que me rompiera la nariz o las costillas, pero tampoco debía pegar muy fuerte. Eduardo tenía manos de pianista.

Busqué refugio en casa de Almudena, o tal vez en Almudena a secas. Chorreando, apenas fui capaz de pronunciar un hola antes de que me hiciera pasar con gesto preocupado, ¿qué te ha pasado? Por alguna razón, no se me había ocurrido que mi lamentable aspecto despertaría interrogantes. Tal vez los golpes en la cabeza sí me pasaban factura. Estaba tan cansado que no tenía ganas ni de mentir. Sonreí, no sabiendo por dónde empezar, y a continuación lo solté todo, poseído de una fiebre kamikaze. Minerva, ella, yo, Eduardo, ella, yo, yo, yo. Minerva. A medida que lo contaba iba sintiéndome cada vez más gilipollas, pero no podía parar. Tampoco me hubiera dejado ella.

Para cuando acabé sabía, en uno de esos extraños ataques de clarividencia, que la había perdido y que su ausencia me dolería más que la paliza de Eduardo. Asomaba a sus ojos una lágrima, reincidí en mis súplicas de perdón. Ella enjugó el llanto para pasar a una furiosa frialdad. Que le daba igual, quién me había creído que era, que estaba conmigo por follar nada más, sabía que no era guapa y no le sobraban precisamente los chicos, que le había provocado cierta ternura al principio con mis poemas cursis y si no se reía era por no querer ofenderme, que era un listillo y un pedante viviendo en mi burbuja literaria, siempre jugando, que la vida iba en serio. No pude evitar una risita ante su inadvertida cita. Yo y mi sentido de la oportunidad y mi debilidad por las contradicciones. Eso la espoleó un poco más. Que llevaba enamorada de Julio desde los trece años y pensaba en él cada vez que lo hacíamos para excitarse, que le daba asco, que había decidido dejarme hacía semanas y no lo había hecho por pereza, porque prefería estudiar para los exámenes, que me fuera a la mierda, que me fuera a follarme a Minerva o a Eduardo o a quien me diera la gana, que lo mismo le daba.

Entre tanto ataque rabioso sabía, aunque no lo pensaría hasta mucho más tarde, que había parte de verdad y parte exagerada para herirme, para intentar hacerme tanto daño como yo le había hecho a ella. Dijera lo que dijera, había disfrutado de mis atenciones, se había estremecido con mis caricias y había vuelto a buscar más. Tal vez estaba enamorada de otro, y qué, yo estaba colado por Minerva desde que apareció en mi vida y aun así quería a Almudena. Ya estaba aprendiendo que los amores no tienen por qué sucederse en armonía.

En cualquier caso, ella había sugerido con delicadeza que abandonara su vida, deseándome una pronta neumonía en la vuelta a casa. Musité un último lo siento y obedecí, llevándome un te quiero apretado entre los labios.

Durante los días siguientes intenté hacer caso a mis padres y centrarme en los inminentes finales encerrado en casa, pues habían acordado con el instituto que era mejor que no volviera a clase. Solo conseguí abrazarme a la soledad y la desesperación, con esa creencia en que todo es definitivo que nos aflige en la adolescencia. Ni siquiera podía escribir, distracción habitual en los periodos de estudio, atenazado por el miedo a ser realmente tan malo como afirmaban Almudena y Minerva. Me limitaba a pasar las hojas de apuntes y las horas, sintiendo que la vida se me escapaba entre las manos.

El resultado de los exámenes fue el esperado. Al ruinoso estudio se sumó la inquietante presencia de Eduardo y Almudena en la misma aula, a quienes no había vuelto a ver desde la tormenta. Total: dos para septiembre y mucho aprobado raspado. Se avecinaba un verano fabuloso. Todos tenían planes salvo yo. Minerva Luengo emprendía un largo viaje con sus amigas y a la vuelta se iría a la capital para empezar la universidad. Almudena Gracia iba a la casa de sus abuelos a orillas del Mediterráneo. Eduardo… Eduardo y yo también habíamos hecho grandes planes.

Poco a poco todos se fueron marchando, las calles se fueron vaciando y yo me fui dejando caer en la dulce pereza de la melancolía, arrastrado por la levedad de los largos días de periódicos famélicos y aceras ardiendo. El mundo en calma parecía aguardar agazapado.

Una mañana de mediados de julio encontré a Eduardo frente al portal. Era demasiado guapa, me dijo. ¿Para ti o para mí? Para ser fiel. Me encongí de hombros y eché a andar hacia la panadería. Eduardo se puso a mi lado. No fuiste el único, ella misma me había hablado de lenguas de fuego, océanos y acantilados, pero no quise entender, prefería pensar que eran celos infundados, lo que nunca me esperaba es que se acostara contigo. ¿Era demasiado guapa? Eres mi amigo. El tiempo verbal no pasó inadvertido y sonreí a mi pesar, mirando hacia la calle para disimular. Me alegro de que me lo dijeras y me alegro de que fueras tú, confesó. Pegas como una niña.

Reanudamos nuestra amistad como si no hubiera rencor entre nosotros. Seguramente no lo había. Aunque aquel verano nuestros planes se habían malogrado, la vida nos ofreció sus frutos en abundancia. No en vano, éramos dos adolescentes con una ciudad a nuestros pies. Sin clases y solo con la lejana sombra de septiembre en el horizonte, la eternidad parecía al alcance de la mano. Llegarían más libros, más mujeres, más ciudades, tragos dulces y amargos, siempre mejores con la presencia, incluso en la distancia, de mi amigo Eduardo.

Archivado en Ministerio del Ensayo y el Error el 2 enero 2012 | 1 comentario »
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1.

Miro el reloj y son más de las tres de la mañana. Ya se nos ha hecho tarde otra vez. Otra vez casi sin darme cuenta. A veces el clima y la conversación no acompañan y el tiempo pasa más despacio, pero hoy realmente me lo he pasado bien. El problema es que a estas horas difícilmente vamos a encontrar un bar abierto.

Sobre las baldosas de la acera se ha ido diluyendo el agua derretida de la bolsa de hielos dibujando una especie de laberinto inconcluso, lo que me ha recordado que tengo que mear. Así que despacho la conversación con un escueto ahora vuelvo y me acerco a unos setos para orinar. En este mismo lugar, hace años había un banco donde bajábamos a fumar canutos después de clase. Yo me esforzaba por parecer interesante. Inventaba anécdotas y sucesos  ficticios sobre mi vida para aparentar.

Cuando voy borracho encuentro la vegetación extraordinariamente fresca y atractiva. No consigo establecer claramente la conexión, pero de algún modo estos arbustos junto a los efluvios alcohólicos me trasportan a un bosque, a un recuerdo de mi niñez. Puedo visualizarlo, es una noche de verano y apenas tengo cuatro años. Mi madre me ha llevado esa misma tarde al campo, a hacerle compañía a mi padre que durante esa época del año trabaja duramente para sacar  adelante a la familia. Cuando la noche ha invadido de lleno toda la llanura del páramo castellano, mi padre decide que es hora de irse a casa, detiene el tractor y me baja en brazos de la cabina protegiéndome de una caída. Después me dice algo y desaparece por unos instantes. Me quedo solo y observo el manto de plomo fundido que invade la dehesa y más concretamente una encina polvorienta que yace en el centro de la parcela. Mas allá hay unos peñascos que anuncian una depresión del terreno donde comienza una arboleda que se pierde  en el horizonte. Elevo la mirada, el cielo está despejado y descubro una inmensa bóveda de estrellas que no he visto hasta entonces. La oscuridad del bosquecillo se vuelve extraordinariamente atractiva y un impulso irrefrenable me empuja a salir corriendo unos cientos de metros hacia la espesura.  La mano de mi padre aparece como de la nada e interrumpe mi huída con una sonrisa.

2.

Desde este parquecito de barrio de clase media no se ven las estrellas. Hasta en las noches más despejadas la contaminación lumínica puede llegar a hacerte creer que no existe astro en el cielo más allá de la luna y la luz tenue de la estrella polar. Pienso esto mientras vuelvo hacia el grupo de gente que ahora está más disperso. Me doy cuenta que apenas reconozco a nadie, parece que mis amigos se han marchado en el impasse en el que me he ausentado. Decido que es hora de volver a casa y atravieso el parque. Conforme avanzo encuentro a grupitos de adolescentes bebiendo y gritando.

Una extraña sensación entre el pudor y la nostalgia me acecha al observarles: podría ser uno de ellos hace diez años y sin embargo aquí estoy, deambulando un poco ebrio por el mismo parque y en circunstancias similares. Es como cuando te metes con el coche a una ciudad que no conoces: durante un rato crees que sabes donde vas, más o menos juegas a sentirte seguro dejándote llevar por tu sentido de la orientación, por el instinto, hasta que de repente te topas con el mismo semáforo por el que habías pasado media hora antes.

Atravieso la piscina de arena y es extraño porque los dos columpios que hay junto al parque infantil se están moviendo levemente de un lado a otro.  En un principio lo achaco al viento, pero al moverme unos metros me percato de que junto a los columpios hay una muchacha, que mira hacia la parte de arriba de parque infantil. Se han debido de separar voluntariamente del último grupito que me he encontrado en mi trayecto camino. Allí, a unos tres metros de altura, en la cima de la estructura de madera hay un muchacho que le ofrece la mano animándola a subir, pero parece que en un principio ella lo rechaza prudente.  El chico insiste sonriendo y ella al fin accede. Se agarra fuertemente a su mano y trepa temerosa entre los listones de madera hacia la cúpula del parquecito. Justo cuando eleva una pierna para salvar el balcon de la cima, una de sus bailarinas resbala y se precipita de espaldas al vacío.  Todo transcurre en centésimas de segundo, pero cuando mi estómago se contrae ante la inminencia brutal de la caída, el muchacho, en un alarde de agilidad estira su otro brazo y la agarra por la camiseta. El cuerpo de la joven queda suspendido en el aire, asido únicamente a los brazos del chico, que  asegura la sujeción abrazándola por el torso. Ahora los dos cuerpos, ruborizados e inmóviles, se miran durante unos instantes hasta que él acerca sus labios a los de la chica. Es un beso tosco e improvisado, estoy seguro de que es la primera vez que se rozan esos labios. Me fijo en sus piernas, siguen suspendidas en el aire, inertes, como las de un maniquí.

Archivado en Ministerio de lo Interior el 7 abril 2011 | Comentarios desactivados en El Parque

Y llegó el momento, me besó y no dijo nada. Se separó de mí y me mantuvo la mirada, quién sabe si con gesto desafiante o implorante. Aparté las manos que rodeaban mi cintura. Si se sintió decepcionado, no lo hizo notar; quizás fui yo la que esperaba mayor insistencia por su parte. ¿Por qué estoy aquí? Él lo sabe todo: lo mío con Alfredo, los años que llevamos juntos, el comienzo fulgurante y prometedor y el lento tedio que se ha ido apoderando de nuestra vida; quizás no de forma definitiva pero, en cualquier caso, de forma dolorosamente rutinaria. Me voy. Estoy llegando a la puerta cuando me doy cuenta que sus labios siguen entreabiertos. Me espera, me anhela. Busca redención, catársis, épica. Como yo. Me pregunto si dos personas que buscan los mismo pueden obtenerlo el uno del otro. ¿Cómo se llamará ella?

Me separo de él de un empujón. No se cuál de los dos se tambalea más. Creo que le odio, y me parece ya muy lejano el momento en que me regaló aquella camiseta roída. Si no la llevase puesta en este momento, con gusto se la tiraría a la cara. En vez de eso, empiezo a acariciarle. Él parece desconcertado durante apenas un segundo, después me embiste suavemente con su lengua. Sus dedos me duelen apenas un momento,después me derriten. Me siento floja, débil y febril; me abandono. Mientras pensaba en Alfredo, descubrí algo debajo de la almohada. Eran las claves del gobierno Khordiano que llevaba buscando desde que abandoné el sistema Beta-Sigma. Así que, ¡él era el traidor! ¡El conspirador de la Alianza Velvet-Gamma!

¡Yo os maldigo, Velvet-Gamma!

¡Me arrebatásteis a mi familia!

Pues aquí hay un chocho que no probaréis los de la Alianza.

VENDETTA.

Escrito y publicado a cuatro manos y en estado de total embriaguez por Nihilia y Mrs. N. (firma invitada).

Archivado en Ministerio del Ensayo y el Error el 2 abril 2011 | 1 comentario »