Desde mi primera adolescencia me he sentido irremediablemente atraído por las poetas, a pesar de no llegar a comprenderlas, o quizás precisamente por ello: forman un misterio completo pues, además de no entender sus motivaciones, tampoco entiendo sus palabras. Así puedo renunciar sin remordimientos a desentrañarlas y entregarme por completo al disfrute irracional de la belleza, la suya y la de sus frases indescifrables, como se disfruta un vino o una sinfonía.

Digo poeta porque Minerva Luengo me enseñó pronto que poetisa era una palabra ñoña y usada a menudo de forma despectiva, como si una mujer no pudiera ser poeta. Minerva, de improbable nombre, empezó a salir con Eduardo Aguiar, mi mejor amigo del instituto. Nos sacaba un año, fumaba porros, tenía opiniones sobre todo y una energía inagotable. A nosotros, hasta entonces abstemios y con más afición a la literatura que al mundo real, nos pareció tan exótico como un huracán tropical, a cuya destrucción nos ofrecimos con devoción. A la salida del colegio nos leía sus tórridos poemas sin que aquellos ojos azules apenas se posaran sobre el papel. Yo sufría unas erecciones tremendas, no sabía si por sus palabras o por la impúdica forma de mirar mientras las pronunciaba, que tenía que aliviar en cuanto llegaba a casa. Sus grandes ojos fijos y sus labios moldeando obscenidades con deleitosa suavidad me perseguían por las noches.

Para intentar impresionarla cambié las novelas por los grandes poetas de las letras españolas, pero mientras yo solo veía lo más obvio, ella escarbaba en todas las sutilezas. También me explicó que hay dos tipos de poesías: las que dicen ¿follamos? y las que dicen mira qué sensible soy, ¿follamos? Mis excitadas hormonas adolescentes se apuntaron con entusiasmo a la tesis. Hasta los poemas que no tenían interpretación sexual posible estaban en el fondo motivados por el sexo. La poesía era una herramienta atemporal para llevarse una chica a la cama.

Me entregué a su lectura con pasión, llegando a la desoladora conclusión de que no entendía nada porque me faltaba experiencia de campo. Minerva, en cambio, parecía poseer una sabiduría profunda de las razones humanas y los ritos más ancestrales y, lo que era peor, Eduardo entendía cada día más. Yo sentía cómo iba quedándome atrás, ajeno a un secreto que no me podían elucidar. La mujer era un misterio que iba a tener que penetrar por mi cuenta.

Ya por aquel entonces padecía de exceso de realismo, así que elegí una víctima para mis poemas más con la cabeza que con el corazón. Eva Vela estaba fuera de mi alcance, no serían sensibles a la caricia de mis palabras sus dorados cabellos ni sus pechos terráqueos, dos hemisferios con toda una geografía de meridianos y paralelos por la que aquel joven Livingstone soñaba con perderse durante las interminables clases del instituto. Las cumbres nevadas de aquellos dos kilimanjaros me hacían perder el sueño y un par de puntos en cada asignatura en la que coincidíamos. Sin embargo, Eva, más dura que mármol a mis quejas, compartiría mis versos con sus amigas entre risas o, peor, con alguno de sus muchos amigos -Eva Veleta, la llámabamos- y acabaría siendo motivo de escarnio público. Seguramente de aquellos días viene esta sensación de que las rubias son frías figuras para admirar en la distancia que se mueven en una realidad paralela a la que más me vale no intentar acceder si no quiero salir escaldado. Era inexperto y enamoradizo, pero no completamente idiota. No del todo. Necesitaba una chica no acostumbrada a recibir la atención de los chicos, modosa y con la delicadeza suficiente para mantener un posible rechazo en la intimidad. Una chica como Almudena Gracia.

Dediqué el día siguiente a observar a Almudena para sacar algo de lo que escribir. Alguna virtud tenía que poseer, más allá de ser una víctima propicia. No tenía grandes curvas, ni unos rasgos en especial armoniosos, ni siquiera unos ojos oceánicos en los que poder echar mis tristes redes. A pesar de todo, no decaí y seguí mirando a Almudena en clase y cuando hablaba con sus amigas en los descansos y durante la comida y mientras se marchaba a su casa. Llegué a la mía algo abatido, incapaz de extraer algún recuerdo memorable. ¿Era realmente una chica tan anodina? Intenté ponerla a trabajar en mi mente, pero solo conseguí una paja triste y sin convicción. ¿Así cómo iba a inspirar ningún poema?

Eduardo tuvo que sufrir el relato de mis cuitas aquella tarde. Su recomendación pasaba por olvidarme de la personalización y decir cualquier cosa vaga, copiando a quien tuviera que copiar, pues lo importante era tirármela, el poema en sí era lo de menos. Era cierto que ése era el objetivo y que Almudena no me gustaba realmente, pero reducir la poesía a un simple medio me incomodaba. Debía ser también un fin en sí mismo, una búsqueda de la verdad o la belleza, si es que eran cosas diferentes. Aunque quería escribir un poema para llevarme una chica a la cama, quería hacerlo con un buen poema. De lo contrario sería inapropiado. Qué le voy a hacer: tenía dieciséis años y era un romántico.

Fue Minerva quien vino a mi rescate con ánimos y consejos más próximos a los que quería escuchar. Que me diera tiempo, que lo esencial es muchas veces invisible a los ojos, que hace falta paciencia para esperar a que se manifieste y estar preparado cuando el momento llegue.

En efecto, el momento llegó al día siguiente, sentado tras Almudena en una aburrida clase de Historia. Mientras la profesora disertaba en tono mortecino sobre el reinado de Felipe III, ella se recogió el pelo en una coleta y de pronto apareció ante mí una nuca desnuda, una oreja desguarnecida, el conmovedor ángulo de una mandíbula apretada en la concentración. Era algo vagamente familiar y reconciliador, como volver a casa tras unas largas vacaciones. Quise acariciarlo y olerlo, comprobar el contorno de los muebles, que a pesar de la prolongada ausencia todo sigue en su sitio. Aquél debió ser el comienzo de un fetichismo que posteriormente se extendería hasta los homóplatos. Cada uno encuentra su hogar donde puede. Yo acaba de encontrar el primero en Almudena Gracia.

Los siguientes pasos fueron rodados. Dejé un poema en su mochila durante un recreo, ella me buscó con la mirada, escribí otro al día siguiente, ella me buscó a la salida, nos vimos en el parque, nos besamos, repetimos, nos fuimos encontrando en otros bancos, recorrimos la ciudad cogidos de la mano y seguimos perfeccionando nuestros besos, explorando con torpeza nuestras anatomías por encima de la ropa, hasta que por fin mis padres se marcharon un fin de semana.

La invité a comer, tomamos algo de vino y le leí un poema de Neruda. Quiero hacer contigo lo que la primavera hace con los cerezos. Y lo hice. Lo hicimos. Recuerdo unos pezones enormes y claros, casi carne, que habrían resultado grandes en cualquier pecho y ocupaban por completo aquellos dos breves senos. Recuerdo la incomodidad al mostrar mi desnudez, el repentino frío de la habitación y la calidez de sus ojos y el calor de su sexo. Una unión tosca, tierna, fugaz, que no decepcionó a ninguno porque tal vez, a pesar de todo, no teníamos grandes expectativas. Recuerdo su abrazo posterior, con brazos y piernas, lo incómodo de la postura y no sentir el menor deseo de moverme. Recuerdo una breve paz similar al anhelo de estar muerto y ver todas mis esperanzas de paz estallar momentos después con una nueva erección y la lucidez de saber en ese instante que sería así toda la puta vida.

Seguimos descubriéndonos y aprendiéndonos, entregados a la cartografía de nuestros cuerpos, que eran todos los cuerpos. El resto del tiempo solo parecía un incómodo intermedio.

En uno de aquellos descansos me llamó Minerva Luengo. Apenas nos habíamos visto últimamente, por qué no iba a su casa y nos poníamos al día. Lo encontré una buena excusa para posponer aún más estudiar el examen de Matemáticas del día siguiente, algo que Almudena había considerado irrenunciable. Hablé de ella y hasta acabé recitando algún poema ante su insistencia. Su crítica, como acostumbraba, fue despiadada, honesta pero completamente falta de tacto: no llegaba a mediocre en el mejor de los casos. Tampoco hice mucho por defenderme.

Creí que se arrepentía o al menos se apiadaba ante mi desazón. Con una sonrisa me invitó a seguirla para mostrarme algo que me ayudaría. Cerró la puerta de su habitación y se deshizo de su vestido con sorprendente agilidad. Algo entre mis piernas empezó a inspirarse. Mientras yo me preguntaba en qué momento mi vida se había convertido en una película porno, ella se quitó el sujetador. Todavía tuve unos instantes para pensar en Almudena y mi amigo del alma Eduardo Aguiar mientras dos afilados pezones me miraban fijamente, pero pronto salió de sus bragas con una estrecha tira de bello púbico que a mí me pareció el colmo de la sofisticación y una invitación -por aquí, gritaba- irrechazable. Al fin y al cabo, la tentación existe para que cedamos a ella.

Para qué voy a mentir: la tentación cumplió todas sus promesas de perdición. Sin embargo, en la celebración posterior, cuando mi dedo todavía se demoraba sobre un conciso pezón, Minerva borró mi sonrisa bobalicona levantándose  bruscamente. Sucia de besos y arena, se puso el vestido con otro movimiento preciso y cruel, un súbito eclipse. Sin mirarme, salió de la habitación y me abandonó a un estado de confusión y oscuridad en el que en ocasiones todavía creo que me hallo.

Nada fue ya lo mismo luego. Besarte fue besar un avispero. Tras haber probado las mieles de una diosa griega, bella y caprichosa, los labios mortales de Almudena Gracia sabían a ceniza. Me encontraba demasiado a menudo pensando en Minerva Luengo, en sus ojos antiguos y azules, en la destreza de sus manos lentas, en la depilada rosa de su pubis, en su voz ronca. Pensaba en Minerva al levantarme, durante las clases, mientras hablaba con Eduardo, cuando escribía poemas febriles en vez de estar estudiando, y sobre todo en el momento en que eyaculaba dentro de Almudena. Me sentía constantemente culpable. Así que hice lo que cualquier idiota que ha leído demasiados libros sin extraer enseñanza alguna haría: contarlo. Como si el verbo sirviera para lavar las culpas.

Reuní toda mi cobardía para hablar con Eduardo en un descanso entre clases, sabiendo que así no podría montarme una escena, que no se atrevería a gritarme o pegarme delante de todo el colegio. Fue peor. No me dijo nada. Me miró fijamente a los ojos mientras intentaba explicarle, sin despegar los labios, sin interrumpirme como tenía por costumbre cada vez que discutíamos tonterías. Eduardo siempre se había caracterizado por poner más interés en hablar que en escuchar los argumentos o historias del otro, al menos en apariencia, luego podía volver días después a rebatir o apostillar algo que ni recordabas haber dicho. Su silencio me ponía aún más nervioso. Acabé de farfullar mi relato, mis disculpas, mi súplica y él siguió mirándome muy quieto, sin gesto alguno. Al cabo de unos segundos, o minutos u horas, no lo sé, cerró los ojos y se fue meneando la cabeza. Lo vi alejarse clavado en el sitio, helado de terror. En algún momento sonó la campana y volví a clase.

Vino a buscarme al final de la jornada, muy derecho, y me interpeló muy serio: ¿A qué me lo decís? Lo sé: es mudable. Remató la frase arrojándome un guante surgido de la nada, impropio para la primavera ya bien entrada. Pero… ¡es tan hermosa!, me defendí yo, que también me sabía mi Bécquer. Era todo tan absurdo y tan literario y tan intenso. Me agaché a recoger el guante y únicamente pregunté ¿cuándo?. Después de comer, en el descampado. ¿A primera sangre?, dije imbuido del espíritu decimonónico. Y una polla.

Ni que decir tiene que apenas pude comer. Removí la comida en la bandeja, preguntándome qué pasaría si realmente viviéramos en el XIX, si Eduardo Aguiar, además de poder hacer aparecer un guante en un caluroso día de mayo sería capaz de presentarse con un par de pistolas o de sables. Sabía que en la pared del salón colgaban dos sables cruzados de su abuelo militar. Quizás también tenía dos revólveres reglamentarios de los que nunca me había hablado. O peor: quizás solo tenía uno.

Acudí a la cita dibujando escenas y ramificaciones cada vez más violentas, pero ni se me pasó por la cabeza no ir. Había desarrollado ya una sensibilidad fatalista por lo trágico, o tal vez simplemente tenía demasiado miedo para pensar con claridad.

Llegué primero. El cielo empezaba a emplomarse de nubarrones. Me senté a esperar en unos ladrillos de hormigón que llevaban allí desde tiempos inmemoriales, de alguna lejana época en la que alguien proyectó construir en el descampado. Lo único que había crecido eran hierbajos salvajes de medio metro de altura y tres montones de basura que los vecinos se encargaban de alimentar diligentemente con todos los trastos a los que ya no encontraban utilidad. Nosotros recuperábamos los muebles y habíamos montado una suerte de salón de ajuar dispar y mugriento, una disparatada habitación sin paredes ni techo en medio de un solar rodeado de antiguos chalecitos que nos servía como lugar de encuentro secreto a un selecto grupo de iniciados. Una vez había llevado a Almudena y lo había mirado con cara de asco. Permaneció de pie, sin poner un dedo en nada en el poco rato que aguantó allí. Hoy yo tampoco quería sentarme en nuestro grotesco salón. No quería sentirme cómodo.

Por fin apareció Eduardo, solo, sin sables ni arcabuces, constatación que solo me proporcionó un fugaz instante de tranquilidad. Me puse en pie y salí a su encuentro. Él siguió caminando impasible. Cuando llegó a mi altura me lanzó un puñetazo a la mandíbula. Alcé los brazos para protegerme la cara y me machacó las costillas. Yo empecé a seguir la acción desde fuera. Sin instintos que poner en marcha, pues nunca nos habíamos pegado, ni entre nosotros ni con nadie más, que yo sepa. Nunca habíamos pasado de los rejonazos verbales digeridos con deportividad. Formaba parte del juego. Aquella danza con Eduardo era mucho más primitiva y yo no conseguía seguir el ritmo, solo que en vez de pisarle los pies a mi pareja lo que hacía era llegar tarde a cada golpe. Tampoco puse ningún interés en contraatacar. En realidad, consideraba todo merecido, una justa expiación.

Eduardo culminó un elaborado combo con un directo al estómago que me dejó doblado en el suelo luchando por respirar. Mientras boqueaba angustiado, Eduardo se palpó los nudillos enrojecidos. Me has hecho daño, cabrón, se quejó. Permaneció allí hasta que volví a ser capaz de meter aire en mis pulmones con normalidad, giró sobre sus talones y salió del descampado.

Decidí que aquél era un sitio tan bueno como cualquier otro para recuperar el aliento, también porque no me sentía capaz de moverme. Contemplé la posibilidad de morirme de alguna herida interna y no me importó mucho, no a mí, no sería una experiencia que yo viviera. Me preocupó el vacío que iba a dejar en el mundo con mi ausencia, lo que iban a sufrir mi familia y amigos, Almudena Gracia -o no tanto si enteraba del motivo-, todo lo que se iba a perder porque ya nunca lo haría, qué tragedia, con el potencial que tenía. Empezó a llover, primero una gota y luego otra, y luego todas seguidas, gotas gordas, de tormenta de verano. A mí me pareció muy apropiado que la lluvia limpiara mis heridas, un poético final, con su plano cenital alejándose, hasta que me di cuenta de que todo se estaba embarrando e iba a acabar ahogado de no moverme.

Hice inventario de mi cuerpo, sin detectar nada roto. En algún momento había temido que me rompiera la nariz o las costillas, pero tampoco debía pegar muy fuerte. Eduardo tenía manos de pianista.

Busqué refugio en casa de Almudena, o tal vez en Almudena a secas. Chorreando, apenas fui capaz de pronunciar un hola antes de que me hiciera pasar con gesto preocupado, ¿qué te ha pasado? Por alguna razón, no se me había ocurrido que mi lamentable aspecto despertaría interrogantes. Tal vez los golpes en la cabeza sí me pasaban factura. Estaba tan cansado que no tenía ganas ni de mentir. Sonreí, no sabiendo por dónde empezar, y a continuación lo solté todo, poseído de una fiebre kamikaze. Minerva, ella, yo, Eduardo, ella, yo, yo, yo. Minerva. A medida que lo contaba iba sintiéndome cada vez más gilipollas, pero no podía parar. Tampoco me hubiera dejado ella.

Para cuando acabé sabía, en uno de esos extraños ataques de clarividencia, que la había perdido y que su ausencia me dolería más que la paliza de Eduardo. Asomaba a sus ojos una lágrima, reincidí en mis súplicas de perdón. Ella enjugó el llanto para pasar a una furiosa frialdad. Que le daba igual, quién me había creído que era, que estaba conmigo por follar nada más, sabía que no era guapa y no le sobraban precisamente los chicos, que le había provocado cierta ternura al principio con mis poemas cursis y si no se reía era por no querer ofenderme, que era un listillo y un pedante viviendo en mi burbuja literaria, siempre jugando, que la vida iba en serio. No pude evitar una risita ante su inadvertida cita. Yo y mi sentido de la oportunidad y mi debilidad por las contradicciones. Eso la espoleó un poco más. Que llevaba enamorada de Julio desde los trece años y pensaba en él cada vez que lo hacíamos para excitarse, que le daba asco, que había decidido dejarme hacía semanas y no lo había hecho por pereza, porque prefería estudiar para los exámenes, que me fuera a la mierda, que me fuera a follarme a Minerva o a Eduardo o a quien me diera la gana, que lo mismo le daba.

Entre tanto ataque rabioso sabía, aunque no lo pensaría hasta mucho más tarde, que había parte de verdad y parte exagerada para herirme, para intentar hacerme tanto daño como yo le había hecho a ella. Dijera lo que dijera, había disfrutado de mis atenciones, se había estremecido con mis caricias y había vuelto a buscar más. Tal vez estaba enamorada de otro, y qué, yo estaba colado por Minerva desde que apareció en mi vida y aun así quería a Almudena. Ya estaba aprendiendo que los amores no tienen por qué sucederse en armonía.

En cualquier caso, ella había sugerido con delicadeza que abandonara su vida, deseándome una pronta neumonía en la vuelta a casa. Musité un último lo siento y obedecí, llevándome un te quiero apretado entre los labios.

Durante los días siguientes intenté hacer caso a mis padres y centrarme en los inminentes finales encerrado en casa, pues habían acordado con el instituto que era mejor que no volviera a clase. Solo conseguí abrazarme a la soledad y la desesperación, con esa creencia en que todo es definitivo que nos aflige en la adolescencia. Ni siquiera podía escribir, distracción habitual en los periodos de estudio, atenazado por el miedo a ser realmente tan malo como afirmaban Almudena y Minerva. Me limitaba a pasar las hojas de apuntes y las horas, sintiendo que la vida se me escapaba entre las manos.

El resultado de los exámenes fue el esperado. Al ruinoso estudio se sumó la inquietante presencia de Eduardo y Almudena en la misma aula, a quienes no había vuelto a ver desde la tormenta. Total: dos para septiembre y mucho aprobado raspado. Se avecinaba un verano fabuloso. Todos tenían planes salvo yo. Minerva Luengo emprendía un largo viaje con sus amigas y a la vuelta se iría a la capital para empezar la universidad. Almudena Gracia iba a la casa de sus abuelos a orillas del Mediterráneo. Eduardo… Eduardo y yo también habíamos hecho grandes planes.

Poco a poco todos se fueron marchando, las calles se fueron vaciando y yo me fui dejando caer en la dulce pereza de la melancolía, arrastrado por la levedad de los largos días de periódicos famélicos y aceras ardiendo. El mundo en calma parecía aguardar agazapado.

Una mañana de mediados de julio encontré a Eduardo frente al portal. Era demasiado guapa, me dijo. ¿Para ti o para mí? Para ser fiel. Me encongí de hombros y eché a andar hacia la panadería. Eduardo se puso a mi lado. No fuiste el único, ella misma me había hablado de lenguas de fuego, océanos y acantilados, pero no quise entender, prefería pensar que eran celos infundados, lo que nunca me esperaba es que se acostara contigo. ¿Era demasiado guapa? Eres mi amigo. El tiempo verbal no pasó inadvertido y sonreí a mi pesar, mirando hacia la calle para disimular. Me alegro de que me lo dijeras y me alegro de que fueras tú, confesó. Pegas como una niña.

Reanudamos nuestra amistad como si no hubiera rencor entre nosotros. Seguramente no lo había. Aunque aquel verano nuestros planes se habían malogrado, la vida nos ofreció sus frutos en abundancia. No en vano, éramos dos adolescentes con una ciudad a nuestros pies. Sin clases y solo con la lejana sombra de septiembre en el horizonte, la eternidad parecía al alcance de la mano. Llegarían más libros, más mujeres, más ciudades, tragos dulces y amargos, siempre mejores con la presencia, incluso en la distancia, de mi amigo Eduardo.

Archivado en Ministerio del Ensayo y el Error el 2 enero 2012 | 1 comentario »

1.

Miro el reloj y son más de las tres de la mañana. Ya se nos ha hecho tarde otra vez. Otra vez casi sin darme cuenta. A veces el clima y la conversación no acompañan y el tiempo pasa más despacio, pero hoy realmente me lo he pasado bien. El problema es que a estas horas difícilmente vamos a encontrar un bar abierto.

Sobre las baldosas de la acera se ha ido diluyendo el agua derretida de la bolsa de hielos dibujando una especie de laberinto inconcluso, lo que me ha recordado que tengo que mear. Así que despacho la conversación con un escueto ahora vuelvo y me acerco a unos setos para orinar. En este mismo lugar, hace años había un banco donde bajábamos a fumar canutos después de clase. Yo me esforzaba por parecer interesante. Inventaba anécdotas y sucesos  ficticios sobre mi vida para aparentar.

Cuando voy borracho encuentro la vegetación extraordinariamente fresca y atractiva. No consigo establecer claramente la conexión, pero de algún modo estos arbustos junto a los efluvios alcohólicos me trasportan a un bosque, a un recuerdo de mi niñez. Puedo visualizarlo, es una noche de verano y apenas tengo cuatro años. Mi madre me ha llevado esa misma tarde al campo, a hacerle compañía a mi padre que durante esa época del año trabaja duramente para sacar  adelante a la familia. Cuando la noche ha invadido de lleno toda la llanura del páramo castellano, mi padre decide que es hora de irse a casa, detiene el tractor y me baja en brazos de la cabina protegiéndome de una caída. Después me dice algo y desaparece por unos instantes. Me quedo solo y observo el manto de plomo fundido que invade la dehesa y más concretamente una encina polvorienta que yace en el centro de la parcela. Mas allá hay unos peñascos que anuncian una depresión del terreno donde comienza una arboleda que se pierde  en el horizonte. Elevo la mirada, el cielo está despejado y descubro una inmensa bóveda de estrellas que no he visto hasta entonces. La oscuridad del bosquecillo se vuelve extraordinariamente atractiva y un impulso irrefrenable me empuja a salir corriendo unos cientos de metros hacia la espesura.  La mano de mi padre aparece como de la nada e interrumpe mi huída con una sonrisa.

2.

Desde este parquecito de barrio de clase media no se ven las estrellas. Hasta en las noches más despejadas la contaminación lumínica puede llegar a hacerte creer que no existe astro en el cielo más allá de la luna y la luz tenue de la estrella polar. Pienso esto mientras vuelvo hacia el grupo de gente que ahora está más disperso. Me doy cuenta que apenas reconozco a nadie, parece que mis amigos se han marchado en el impasse en el que me he ausentado. Decido que es hora de volver a casa y atravieso el parque. Conforme avanzo encuentro a grupitos de adolescentes bebiendo y gritando.

Una extraña sensación entre el pudor y la nostalgia me acecha al observarles: podría ser uno de ellos hace diez años y sin embargo aquí estoy, deambulando un poco ebrio por el mismo parque y en circunstancias similares. Es como cuando te metes con el coche a una ciudad que no conoces: durante un rato crees que sabes donde vas, más o menos juegas a sentirte seguro dejándote llevar por tu sentido de la orientación, por el instinto, hasta que de repente te topas con el mismo semáforo por el que habías pasado media hora antes.

Atravieso la piscina de arena y es extraño porque los dos columpios que hay junto al parque infantil se están moviendo levemente de un lado a otro.  En un principio lo achaco al viento, pero al moverme unos metros me percato de que junto a los columpios hay una muchacha, que mira hacia la parte de arriba de parque infantil. Se han debido de separar voluntariamente del último grupito que me he encontrado en mi trayecto camino. Allí, a unos tres metros de altura, en la cima de la estructura de madera hay un muchacho que le ofrece la mano animándola a subir, pero parece que en un principio ella lo rechaza prudente.  El chico insiste sonriendo y ella al fin accede. Se agarra fuertemente a su mano y trepa temerosa entre los listones de madera hacia la cúpula del parquecito. Justo cuando eleva una pierna para salvar el balcon de la cima, una de sus bailarinas resbala y se precipita de espaldas al vacío.  Todo transcurre en centésimas de segundo, pero cuando mi estómago se contrae ante la inminencia brutal de la caída, el muchacho, en un alarde de agilidad estira su otro brazo y la agarra por la camiseta. El cuerpo de la joven queda suspendido en el aire, asido únicamente a los brazos del chico, que  asegura la sujeción abrazándola por el torso. Ahora los dos cuerpos, ruborizados e inmóviles, se miran durante unos instantes hasta que él acerca sus labios a los de la chica. Es un beso tosco e improvisado, estoy seguro de que es la primera vez que se rozan esos labios. Me fijo en sus piernas, siguen suspendidas en el aire, inertes, como las de un maniquí.

Archivado en Ministerio de lo Interior el 7 abril 2011 | Sin comentarios »

Y llegó el momento, me besó y no dijo nada. Se separó de mí y me mantuvo la mirada, quién sabe si con gesto desafiante o implorante. Aparté las manos que rodeaban mi cintura. Si se sintió decepcionado, no lo hizo notar; quizás fui yo la que esperaba mayor insistencia por su parte. ¿Por qué estoy aquí? Él lo sabe todo: lo mío con Alfredo, los años que llevamos juntos, el comienzo fulgurante y prometedor y el lento tedio que se ha ido apoderando de nuestra vida; quizás no de forma definitiva pero, en cualquier caso, de forma dolorosamente rutinaria. Me voy. Estoy llegando a la puerta cuando me doy cuenta que sus labios siguen entreabiertos. Me espera, me anhela. Busca redención, catársis, épica. Como yo. Me pregunto si dos personas que buscan los mismo pueden obtenerlo el uno del otro. ¿Cómo se llamará ella?

Me separo de él de un empujón. No se cuál de los dos se tambalea más. Creo que le odio, y me parece ya muy lejano el momento en que me regaló aquella camiseta roída. Si no la llevase puesta en este momento, con gusto se la tiraría a la cara. En vez de eso, empiezo a acariciarle. Él parece desconcertado durante apenas un segundo, después me embiste suavemente con su lengua. Sus dedos me duelen apenas un momento,después me derriten. Me siento floja, débil y febril; me abandono. Mientras pensaba en Alfredo, descubrí algo debajo de la almohada. Eran las claves del gobierno Khordiano que llevaba buscando desde que abandoné el sistema Beta-Sigma. Así que, ¡él era el traidor! ¡El conspirador de la Alianza Velvet-Gamma!

¡Yo os maldigo, Velvet-Gamma!

¡Me arrebatásteis a mi familia!

Pues aquí hay un chocho que no probaréis los de la Alianza.

VENDETTA.

Escrito y publicado a cuatro manos y en estado de total embriaguez por Nihilia y Mrs. N. (firma invitada).

Archivado en Ministerio del Ensayo y el Error el 2 abril 2011 | 1 comentario »

[Uno, Dos, Tres]

La espera no es difícil. Hay gente que se aburre si no tiene nada que hacer o que se pone ansiosa anticipando lo todavía por venir. Desde pequeño, en mi casa estaba prohibido aburrirse, era un crimen aborrecer el tiempo libre, algo tan preciado para los demás. Como ocurre con la comida y los niños desnutridos de África -“¿Con el hambre que hay en el mundo te vas a dejar eso?”, “¿Sabes lo que daría un niño de África por ese plato de acelgas?”-, en mi familia ocurría con el tiempo y los niños explotados de China: “¿Con los niños que hay trabajando doce horas al día en el mundo te quejas de que no tienes nada que hacer?”, “¿Sabes lo que daría un niño de China por poder aburrirse?”. El tedio, por tanto, era inconcebible. Y si uno cometía el error de pronunciar la frase fatal “me aburro”, lo mandaban a paseo con un simple “pues cómprate un burro”. Los padres, en ningún caso, tenían la obligación de entretener a los hijos programando actividades a todas horas: era tarea de cada uno aprender a ocupar su tiempo. Libros, videojuegos, televisión, riñas con los hermanos, fútbol con los amigos eran lo más habitual. De vez en cuando una tía abuela aparecía con ganas de echar una partida de cartas y sólo en ocasiones inexplicables y gozosas el padre o la madre se unía a un juego.

La lección quedó aprendida y, durante mi vida adulta, me he acostumbrado a hacer pasar los días sin recurrir a nadie. Por eso cada hora pasada con un amigo es un regalo a hacer valioso y atesorar. Por eso cada minuto con Julia fue precioso, incalculable. Lo malo, claro, fue acostumbrarse, dar por hecho que ella seguiría ocupando mis días, sin pensar, sin querer concebir que algún día podría decidir retirarme su gracia tan rápidamente como me la había concedido, sin querer saber que siempre no es posible, que siempre es mentira.

Sin embargo, el minuto transcurrido desde que sonó el telefonillo hasta que por fin escuché el timbre de la puerta fue eterno, el corazón se me aceleró y el tiempo se expandió, como si entre latido y latido siguiera pasando un segundo. El mundo se movía a cámara lenta mientras mi cabeza bullía a toda velocidad, creando una angustiosa sensación de irrealidad, de vivir atrapado en un mundo que responde a un ritmo equivocado. Toda la ansiedad que no había sentido en los días anteriores se manifestó junta. Para cuando Julia llegó estaba sudando.

-Hoy sí que tienes mal aspecto -me dijo nada más abrir.

-Gracias. Tú sigues estupenda.

-No, en serio. ¿Te encuentras bien? Estás pálido.

-Sí -mentí sin convicción-. Pongámonos a la tarea.

Julia siempre había sido más práctica, más apegada a las cosas mundanas. No es que yo no supiera hacerme un huevo frito, pero hay un montón de situaciones en la vida que nunca te planteas hasta que te encuentras con ellas en el camino y te das cuenta de que no tienes ni idea de cómo actuar, de que no había ninguna asignatura o libro que explicasen los pasos a seguir. De alguna manera ella sí parecía saberlo, siempre.

Qué hacer cuando mi familia muriera y yo heredase la casa y todas sus pertenencias, tengo que admitirlo, es algo a lo que hasta entonces no había dedicado muchos pensamientos. Julia en cambio tenía unas cuantas ideas al respecto. Aunque cierto es que en este caso contaba con la ventaja de ya haber pasado por una situación similar con la muerte de su padre unos años antes, no quiero quitarle méritos. Me puso a separar aquello a conservar de lo que deshacerse. Lo que no conservara se podía tirar, reciclar o donar. Parecía fácil. Salvo por que había decidido empezar por la habitación de mis padres. Ella y su manera de coger el toro por los cuernos, no hacer fintas y practicar la honestidad brutal. Por eso la había traído.

-Después de esto, lo demás será coser y cantar.

Abrí el armario de la ropa y comencé a sacar trajes, camisas, corbatas, zapatos de mi padre. Todos a la misma caja.

-¿No quieres guardar nada? Seguro que muchas de estas cosas te están bien -tomó una chaqueta y la sostuvo entre mí y sus ojos-. Debéis tener la misma talla. Sobre todo ahora que has echado definitivamente tripa.

Era una pulla antigua. Decidí seguirle el juego y contestar con el retruque de costumbre. Salvo que ya no era costumbre. Descubrir una brasa de complicidad en aquella hoguera que daba por extinguida hacía tanto era desconcertante.

-Mis buenas cervezas me ha costado.

Ella sonrió, una sonrisa infinitamente triste. Cuando el amor se olvida, ¿sabes tú a dónde va? Parece que a ningún lado. Se seca y no es fácil extirparlo. La gente suele tener miedo de olvidar, pero lo verdaderamente doloroso es recordar. Los aciertos y los errores, todos en un pasado inalcanzable, imposible de modificar. Los recuerdos son cicatrices de la memoria y acariciarlos, a veces, revivir un dolor amortiguado. Otras veces son heridas abiertas que sangran y sangran. Intenté no descomponer el gesto.

-No podría ponérmelo. No quiero llevar la ropa de un muerto.

Reanudé la tarea bajo su mirada. Qué daría yo por no recordar, por volver a empezar de cero cada día sin la pesada carga del pasado, por construir continuamente el futuro sin rémoras enganchadas al ayer. Creo que por eso quería deshacerme de todo. Que los objetos dejaran de recordar tantos días vividos, de contar tantos secretos guardados. Es asombrosa la biografía que pueden reconstruir las cosas, sobre todo cuando el dueño ya no puede corregir ni matizar impresiones.

O al menos que ella olvidara, poder conocerla de nuevo por primera vez, sin que en sus ojos pesara el juicio de los años. Seguramente a estas alturas ya estaba todo perdonado, pero no olvidado. Sin hostilidad, mas separados por un océano de recuerdos. Hay ocasiones en que el sistema métrico debe rendirse y aceptar la inutilidad de sus pretensiones objetivas, ceder a nuevas formas de medir distancias, pesos, volúmenes. A unos centímetros de mí, pero a mil errores de distancia. Dos cuerpos con masa, pero incapaces de atraerse mutuamente. Compartiendo el mismo espacio, pero en momentos diferentes.

Era odioso. No podía soportarla allí parada y juzgando y sabiendo, así que, más por mantenerla ocupada que otra cosa, le sugerí buscar entre la ropa de mi madre algo que le gustara. Aceptó, pero yo seguía con la sensación de que me observaba, que tan solo fingía trasegar en el armario para poder espiarme más a gusto. Apenas llevaba cinco minutos allí y ya me estaba arrepintiendo de haber pedido su ayuda.

-Este abrigo es una maravilla.

-¿Cómo puedes estar pensando en abrigos en agosto? ¿Has visto la que está cayendo?

-No seas tonto. Hay que pensar en el futuro.

Por supuesto que tenía razón. Y yo se lo había pedido. Pero eso no era motivo para dársela.

-Mira, me queda perfecto.

Eso era más de lo que podía soportar. La agarré de las solapas. Su boca estaba peligrosamente cerca. Podía sentir sus pechos bajo mis nudillos.

El timbrazo del telefonillo vino a darnos una tregua. En el portal de casa estaba Carlos, el novio de mi hermana.

Archivado en Ministerio del Ensayo y el Error el 31 marzo 2011 | 1 comentario »

Quién sabe dónde se encontrará mi kibbutz del deseo. A pesar de estar encantado de haberme conocido, tengo ganas de perderme una temporada de vista, de rotar el cultivo del amor propio, de abandonarme a los demás, por una vez, y no en mí mismo, de diluirme y flotar ingrávido, separando, por una vez, los pies del suelo, ver más lejos de mis narices que a estas alturas ya huelen, y probar otras orejas y otras bocas, conversaciones o silencios distintos, intentar encontrar el centro en la periferia y no en el corazón.

Empiezo a hartarme de las recomendaciones de Delfos.

Archivado en Ministerio de lo Interior el 17 marzo 2011 | 3 comentarios »

Pasearon de la mano por Hyde Park. Y por Notting Hill. Y por el British Museum. Y por Oxford Street. Y por la rivera del Támesis.

Se besaron en Picadilly Circus. Y en Covent Garden. Y en Trafalgar Square. Y en el Tower Bridge. Y bajo la sombra del Big Ben. Y frente a un guardia impasible del Buckingham Palace. Y en oscuros pubs de suelo pegadizo.

Todos dijimos que no lo habíamos visto venir, pero no es cierto. Yo sí vi venir el autobús rojo cuando ellos cruzaban sólo pendientes de su amor. Dudé un instante. Sentí el frío de acero extendiéndose en mi corazón. El rojo se esparció por la calzada.

Archivado en Ministerio del Ensayo y el Error el 24 diciembre 2010 | 5 comentarios »