Apenas recuperado de mi odio animalicida hacia los kiwis o, como yo los llamo en mi fuero interno, “cojones con patas”, me sorprende en pleno visionado de A dos metros bajo tierra  otro espécimen inverosímil, otra quimera de la naturaleza, otro animal cuya mera visión hace que el cerebro se ponga a rebotar de un lado para otro dentro de la sesera:

EL OKAPI

Un animal que hace esto debe ser o muy inteligente, o muy poco.

Los odio más que a la publicidad telefónica, los odio más que a la arenilla por dentro del bañador, me atrevo a decir, incluso, que los odio más que a la gente que dialoga sus anécdotas: “Y yo le dije. Y él me dijo. Y yo le contesté. Y él se levanto y me dijo. Y yo, ofendidísima, le digo. Y él va, y me suelta. Y entonces, yo…” Concreción, señores. Concreción.

Ejem.

Los okapis. Observen detenidamente al okapi. Más que un animal, parece una macedonia de animales, ¿verdad? Cuerpo de burro, extremidades de cebra, cuernos de jirafa, orejas de sabe quién qué… Ahora, si lo observan con más detenimiento, una pregunta fundamental se abrirá paso en sus mentes como la imagen de Megan Fox saliendo a cámara lenta de una piscina (de nada). Esa pregunta es: pero, ¿qué clase de desquiciada vida sexual han debido llevar sus antepasados? ¿Cómo hemos llegado a esto?

“Mis padres fueron una jirafa, una cebra y un oso hormiguero. Con mi madre es mejor no especular.”

En la redacción de La callecita nos hemos devanado los sesos para reconstruir la noche en que fue alumbrado este engendro. Como escenario más plausible, manejamos la hipótesis de que todo partiese de una cebra con cataratas, probablemente intoxicada por la ingesta de agua encharcada, con efectos similares a los que provoca curarse el despecho a base de gintonics. En su beodo zigzagueo por la selva, debió toparse con una jirafa en no mucho mejor estado y, sin apenas galanteo ni preliminares, pasaron a mayores. Sería un fenómeno análogo a sentir atracción por la mujer de 50 pies de altura, de un lado, y por el bombero torero del otro.

En un momento indeterminado de la noche, gran variedad de animales debieron aparecer por la zona, sin duda alertados por los aterradores sonidos que emitía la pareja en el desempeño de algo parecido a un coito –especialmente si la jirafa era el macho-. Admitimos que posiblemente alguno de ellos alumbrase la esperanza de un tentempié tardío. Consecuentemente, si descartamos a aquellos  que perdiesen el apetito ante la visión de la escena, y aquellos que huyesen despavoridos, nos quedamos con los que hiciesen gala de un estómago a prueba de bombas y un maleable sentido de la moral. De aquí en adelante sólo podemos especular pero, a la vista del resultado, podemos asegurar que debieron estar involucrados, en un momento u otro, un número indeterminado de osos hormigueros, un murciélago extraviado y algún tipo de rata enorme.

Su libido no conoce límites: Okapi seduciendo a una roca

Esta no es  la selva que nos enseñó Disney. En la selva de Disney, lo peor que podía pasarte era que todos se pusiesen a cantar y bailar como fanáticos sin previo aviso. En esta jungla, apartas un par de matorrales y te topas con una masa informe de animales de quién sabe cuántas especies haciéndose furiosamente el amor. Mowgly no lo hubiese tenido tan fácil en una selva así. A saber qué hubiese terminado siendo Baloo.

Así que ya saben. Por la decencia. Por la moral. Por el legado de Disney. No me digan que en el fondo son monos.

Archivado en Ministerio del Escarnio Público el 23 julio 2010 | 6 comentarios »

Tenía una deuda pendiente con Lost. Hace seis años me robó la siesta de un sábado cualquiera de resaca y, desde entonces, he estado siguiéndola cada semana con el cuchillo entre los dientes. Escéptico al principio, levemente interesado después,  involucrándome poco a poco en la trama y finalmente boquiabierto y con el cuchillo por los suelos, tirado en alguna parte del salón. Y sin embargo, seis años después, siento la tentación de ponerme a buscar bajo el sofá para recuperarlo.

Quede claro que no considero que haya que juzgar la totalidad de la serie por su último cuarto de hora. No sería justo con todas esas veces que he sentido que la serie no era más que la puerta de entrada a un buen montón de charlas interesantes y apasionadas. Sin embargo, sí es cierto que gran parte de la serie dependía de la última temporada, del momento de saldar cuentas después de tanta expectativa creada. Los creadores habían hecho un pacto con el espectador en el que ellos formaban una intrincada red de misterios, secretos y medias verdades y nosotros les éramos fieles semana tras semana esperando una resolución.

Pero de pronto nos cambiaron el pacto. Nos dijeron que Lost era una serie de personajes, por contraste con otras cuyo protagonismo debe acapararlo el atrezzo. Es como si intentasen convencernos de que habíamos seguido la serie para saber si Kate se decidía por Sawyer o por Jack, y no para averiguar qué escondía la isla que nos había tenido en vilo seis temporadas. Y que si no estábamos de acuerdo que revisásemos la definición de McGuffin. Fiesta.

Toda serie trata sobre sus personajes. Toda. Y en toda serie, qué digo serie, en todo relato narrativo hay una “excusa” argumental que permite a sus personajes alcanzar su catarsis, por utilizar términos clásicos (porque sí, vamos). Hay relatos en los que hay un equilibrio entre ambas cosas y otros en los que no. Hay relatos en los que, por ejemplo, no nos importa qué hay dentro de la maleta que portan los dos protagonistas, sino que nos importa su viaje. Bien, la maleta es un McGuffin y maldita la falta que nos hace abrirla. En Lost tampoco hay ese equilibrio. En Lost siempre nos importó más el interior de la maleta que Vincent Vega y Marcellus Wallace. No nos pasábamos las noches en vela en foros ni nos peleábamos hasta la muerte (dialéctica) por saber si Desmond quería más a Penny que Penny a Desmond. Lo hacíamos porque Desmond, cual Dr. Manhattan, tenía una percepción diferente del paso del tiempo y eso le hacía partícipe del misterio de la isla.

En Lost, los personajes valen lo que vale el secreto que ocultan; su importancia se mide por la fortaleza del lazo que les une al misterio de la isla. Si ésta resulta ser un McGuffin, han conseguido que nos importase más la excusa que el fondo. Hemos llegado a una sexta temporada en la que los creadores nos decían que la isla era un McGuffin, una simple excusa que hacía avanzar la trama. Nosotros pensábamos que el McGuffin eran los personajes.

Por eso está tan fuera de lugar resolver la serie de la forma que se ha resuelto: olvidándose por completo de la isla, el verdadero motor de la serie, en una trama secundaria que se sacaron de la manga en la última temporada. Con una suerte de epílogo que, para colmo, se ha emitido en montaje simultáneo que estorba la conclusión de la trama principal.

Pero es que, además, el final arroja un mensaje confuso que, en cierto modo, vacía de significado las acciones de los personajes en la trama principal: no importa lo que hagas en vida, ya solucionarás todos tus problemas después, en un “punto omega” o “purgatorio Disney”, donde todas las religiones caben en la vidriera de tu corazón, tus amigos serán como siempre los recordaste y la representación de ciudadanos de color y de etnia latina se ha reducido drásticamente. Más allá de bromas, la lectura que arroja el final no es especialmente brillante.

No se si será lícito citar en este momento a J.J. Abrams, puesto que hace tiempo que se desvinculó de la serie pero, hace años, contaba en una de las charlas del TED algo que puede ser revelador. Abrams contaba que, cuando era niño, se había comprado una caja que contenía dentro 50 dólares de magia y que nunca había llegado a abrirla. Que se había enamorado de las infinitas posibilidades que contenía la caja mientras se mantuviese cerrada. Desde luego la metáfora lleva el sello J.J. ¿Puede ser que nos hayamos acercado demasiado al misterio y éste haya perdido la gracia?

Mi respuesta es: Michael en bermudas. Después de varias temporadas de trémulas voces susurrantes que envolvían a los personajes en el momento más inesperado, al final la solución a tanto entuerto nos la ofrece, con la naturalidad del vecino que se te cruza camino de la panadería, un Michael en bermudas y con una sudadera de mercadillo. Cuse y Lindelof abrieron la caja que les dejó J.J. y eso fue todo lo que supieron encontrar.

Personalmente, pienso inducirme este fin de semana un proceso de amnesia selectiva. Pienso beber, beber y beber hasta que me olvide de esta última sexta temporada y lo único que quede sea ese final de la quinta. Ese final en el que podía discutirse si los personajes habían cumplido su destino por propia voluntad o no, o si quizás no había siquiera un destino que cumplir. Ese final que incluía dos inquietantes personajes que lo observaban todo, sin que tuviésemos realmente claro hasta qué punto y en qué sentido habían intervenido. Ese final en el que los personajes habían jugado sin conocer las reglas, como tenemos que hacer todos nosotros. Ese final que resumía la esencia de Lost.

PUM. LOST.

Del “catedralazo” de Berlusconi al “penalty” de Ratzinger, los ataques a altos mandatarios se suceden por toda la península itálica. El debate en torno a la seguridad de altas personalidades e Il Cavaliere ha comenzado. ”Nosotros no estamos preocupados”, ha declarado un miembro del equipo de seguridad del Primer Ministro, “en la dieta de Silvio no son raros los souvenirs. Todas las mañanas se desayuna una reproducción de la Torre de Pisa entre carcajadas. A algunos les pone los pelos de punta, pero yo lo encuentro encantador.”

El perfil del atacante parece ser siempre el mismo: personas con problemas psíquicos que eligen a sus víctimas con sorprendente lucidez. El jefe de seguridad del Vaticano se pregunta qué puede estar pasando: “Estamos completamente desconcertados. Normalmente el papa se defiende solo; intervención divina, ya sabes. Tendríais que ver cómo vacila a los nuevos con el tema: los monta en la cabina del papa móvil, se pone a doscientos por hora apuntando a un muro y levanta las manos del volante. Pocos metros antes de estrellarse, el coche se detiene solito, sin que nadie mueva un pelo. Esto nos ha cogido a contrapié.”

Preguntado Dios al respecto, ha declarado: “Yo estaba celebrando el cumpleaños del niño, y Ratzinger lo sabe. Ese día Yo me dedico a buscarle unas sandalias nuevas al chaval, un buen alpiste para el Espíritu Santo… lo típico. Tampoco es el primer año que lo hago, ¿eh? Lo único que tenía que hacer Benedicto era quedarse tranquilo en casita, lejos de cualquier objeto punzante. Pero no. Tenía que montar el pifostio con todos los amiguetes.” Y añade, no sin cierto resquemor: “Pero es que esto no es nuevo. Mira, te pongo un ejemplo: celebran la misa el día de la semana que yo libro, y luego se quejan de que hay maldad en el mundo. ¡Pues que la hagan otro día, cojones!”.

Archivado en Inclasificables, Ministerio de la Discordia el 29 diciembre 2009 | 3 comentarios »

Cuando sientas deseos de criticar a alguien” -fueron sus palabras- “recuerda que no todo el mundo ha tenido las mismas oportunidades que tú tuviste.

(El Gran Gatsby)

Desde que entré en la adolescencia el verano ha supuesto siempre por diferentes motivos una buena ocasión para oxigenar mi rutina invernal en el lugar de origen de mis padres, un pequeño pueblo de la meseta castellana de apenas cien habitantes. El pueblo está enclavado en la falda de un valle, y se hizo famoso entre los pueblos cercanos por sus cuestas y por los numerosos nacimientos de agua. Esta brota en cada esquina (como la desidia y el rencor), abasteciendo de agua tanto a las casas como a los innumerables pequeños terrenos donde fundamentalmente los jubilados pasan el tiempo durante el año.

Se trata de un ecosistema diferente, donde el tiempo pasa más despacio y las gentes hablan de otro modo. Tanto, que cuando llegaba Septiembre y volvías de nuevo a la Gran Ciudad, uno sentía llegar a un lugar desconocido, hostil, donde los amigos del colegio no se parecían ni por asomo a los que habías olvidado ya en Junio, personajes insulsos que carecían de interés alguno hasta bien entrado el mes de Noviembre, en comparación a los amigos de “La Peña”, que dejabas atrás y que no volverías a verlos hasta que el pueblo se hubiera convertido de nuevo, y así cíclicamente a lo largo de mi infancia y adolescencia, en un lugar gris y solitario.

Supongo que por la euforia inicial de visitar un lugar que por el paso del tiempo y la ausencia se había convertido en algo pintoresco y atractivo, y al no tener a corto plazo ningún compromiso importante en Madrid, decidí postergar las vacaciones de verano hasta que el cuerpo me lo pidiera.

Durante aquellos primeros días, paseé, visité los lugares que frecuentaba de niño, hice alguna que otra visita. Revisité los escenarios de la niñez de mis padres, todas las casas derruidas, las fachadas desvencijadas, parecían decir cosas sobre la historia del pueblo, sobre la guerra, sobre los dramas rurales de mis antepasados, sobre el trabajo duro. Me dejé seducir por la vida en el pueblo, por las conversaciones con los ancianos que se sentaban en las escaleras del ayuntamiento todas las mañanas, por las partidas de cartas en el bar y el carajillo, por el huerto de tomates, pepinos, cebollas, repollos y coliflores que me encargó mi difunto tío cuidar diez años atrás, aunque entonces lo despreciara. Un huerto que empecé a sentir muy mío, mucho más que cualquier portátil, colección de vinilos, tocadiscos, camisas o coches que hubiera tenido. Eran mis tomates, mis pepinos, yo los había cuidado y tratado con cariño para que ninguna raíz se secara, para que diera los tomates más grandes del pueblo. Los había visto crecer.

Durante el mes de Agosto había recolectado más tomates que cualquier otro vecino, había ido a un invernadero para comprar las mejores semillas, los mejores abonos, los cuidados más exhaustivos. Pasaba más de 6 horas al día entre los surcos de la parcela. Si podía en un solo verano explotar de aquella forma un terreno durante años yermo, con algo de planificación, en un tiempo llegaría a autoabastecerme e incluso vender una parte para vivir razonablemente durante el año.

Pronto los demás hombres del pueblo se acercaron entusiasmados al huerto, a veces a escondidas, intentando comprender el extraño fenómeno. Una información que no merecían. Habían dejado perecer sus cosechas más preocupados de la televisión o de gastarse los cuartos en putas . Esa semana ya no parecían interesados en invitarme a la partida, ni a tratar en tono paternalista de explicarme como recoger una calabaza. Un día fumigando los primeros tomates de la temporada me encontré que no tenían el tamaño del año anterior. Instantáneamente me percaté de que el nivel del agua en la acequia  que abastecía un torrente de agua cercano disminuía cada vez más, con la consiguiente falta de riego, problema por el cual una cantidad importante de mis plantas habían dejado de dar el rendimiento adecuado. Simplemente había que echar un vistazo al transcurso del riachuelo cincuenta metros antes de la acequia para ver que el caudal disminuía hasta casi desaparecer a la altura del huerto de un familiar lejano. Obviamente el propietario del terreno se había agenciado el abastecimiento dejándome sin el agua suficiente para llenar el depósito.

Intenté avisarle educadamente de que el agua que llevaba el caudal debía ser compartida por todos, que no se trataba de un monopolio donde cada uno podía agenciarse el suministro. Una mirada de áspero resentimiento mientras le comentaba lo sucedido me hizo pensar que mis críticas no serían de antemano bien recibidas, pero la realidad fue mucho peor. Sus argumentos resultaron previsibles, yo no era del pueblo, y si lo era no me había dignado a aparecer en toda mi vida. Azada amenazante en mano me animo a que me largara de su huerto y no volviera a aparecer por allí a robarle agua de su terreno.

Pensé que al fin y al cabo se trataba de un viejo indefenso, que bien podría haberme enzarzado en una discusión, y en el caso de haber llegado a las manos el viejo habría terminado huyendo. Pero agaché la cabeza y resignado me dirigí a mi casa. Durante toda la tarde no paré de pensar en lo sucedido. Era una pataleta irracional de un viejo miserable, pero por otra parte no podía desentenderme de aquella forma de mis tomates, mis pepinos, mis pimientos, mis patatas, mis coliflores, mis repollos… Los había visto crecer. La irá no hizo más que empaparme durante toda la noche sin dejarme dormir.

Una vez me cercioré de que era lo suficiente tarde para que nadie pudiera verme cruzar las calles con aquél artefacto a la espalda (que nunca sabré su nombre y que mi abuelo utilizaba para curar con insecticida los manzanos) me dirigí a la gasolinera que había al salir del pueblo y que todavía permanecía abierta para comprar una garrafa de cinco litros de gasolina. Llené el tanque y durante las siguientes dos horas me dediqué a intoxicar con el combustible los exuberantes tomates y pepinos del viejo cabrón.

A la mañana siguiente podría haberme pasado por el huerto para ver las consecuencias y resarcirme con el disgusto de aquel pobre viejo al ver que la mayor parte de la cosecha de aquél año estaba ya en proceso de putrefacción. Podría haber sucumbido a esa extraña espiral en la que sin darme cuenta había caído. Pero no lo hice. Solo quería salir de aquél lugar y llamar al trabajo para incorporarme a mi rutina diaria en la ciudad. Ni siquiera me pasé por el huerto para despedirme de mis cultivos. Llamé a mi primo para que se volviera a hacer cargo del huerto, si es que medio pueblo no le había prendido fuego todavía, y al caer la tarde ya me alejaba por las cuestas del valle.

La oscuridad se cernía sobre el lugar desde la ventanilla de mi coche. Pensé en aquellos que vieron en otro tiempo la umbría caer sobre esas casas. Pensé en que su visión seguro no variaría ni un ápice a la que yo tenía en aquél momento. Que permanecería invariable, como los monumentos importantes. Que yo me moriría y esas casa seguirían allí. Que en algunos lugares el tiempo no pasa de la misma forma.

Archivado en Ministerio de lo Interior el 4 noviembre 2008 | 1 comentario »

Iniciamos una serie de entradas (probablemente con una sola entrega) dedicada al análisis de letras de canciones. Aquí la música no importa. Como decía Bob Dylan: la música ya se cuida ella sola. Lo que queremos es desmenuzar esas palabras que acompañan a la melodía de voz y que tan a menudo ignoramos en una canción, ya sea para ensalzarlas o para arrastrarlas por el barro, pisarlas, escupir en ellas y, tal vez, luego violarlas. De ahí el ingenioso nombre de “letrólisis”, composición de “letras” y el famoso método para separar sustancia ionizadas (por no ser pedante y decir que viene del griego “λύσις”, “descomposición” o “ruptura” ; y, por última vez: no, no tiene nada que ver con el archiconocido diálogo platónico). ¿Lo pillas, eh? ¿Eh? Es bueno, ¿eh?

En nuestro afán por huir de lo obvio, no dedicaremos esta entrega a un famoso letrista como el mencionado Dylan o Leonard Cohen, sino a uno de sus herederos de éxito moderado, el americano nacido en Moscú (Idaho) Josh Ritter. Concretamente a su bastante decente quinto trabajo, The Historical Conquest by Josh Ritter.

El disco empieza con la gloriosa balada dylaniana espídica The Dogs or Whoever, llena de inteligentes observaciones sobre las relaciones de pareja. Lo que Bob habría tardado al menos diez minutos en cantar con ritmo cansino, adornados con otros cuatro de bucólico solo de armónica, Ritter se lo ventila en tres minutos de lengua desatada. El momento culminante llega cuando es capaz de sintetizar todo lo que un hombre busca en una mujer en dos versos para la historia:

Lemonade on your breath sun in your hair
Did I mention how I love you in your underwear?

Que traducido podría querer decir algo así: (+pincha para mostrar/ocultar)

En Right Moves Ritter hace un tratado sobre las rupturas y reconciliaciones, o en sus palabras “la comedia de la distancia, la tragedia de la separación”. Abre la canción con una lapidaria frase planetaria, de esas que mezclan orgullo y rencor con maestría:

All of a sudden now you’re back again
I thought you were happy with whoever or did you dream about me now and then

(+)

Sólo para poco después desmoronarse con un “¿Cabe la posibilidad de que te llame sólo para saber qué tal te va?”. El patetismo de la condición masculina (quizá hasta humana) en toda su crudeza.

Con Next to the Last True Romantic, retoma el tono y la temática de la tradición americana profunda, la del Salvaje Oeste. Un cuatrero del corazón:

He’s stolen hearts like they’re horses
And horses when hearts can’t be found
He keeps riding from one horse to one horse to one horse towns
(…)
There’s always whiskey and women and women and whiskey around
He can’t tell which is worse to be dying of thirst or to drown

Que traducido podría querer decir algo así: (+)

¿Y es que acaso hay algo más en la vida que whisky y mujeres (y caballos si no hay otra cosa a mano)? ¿Qué es peor, nada o demasiado? Si alguien lo descubre que me lo cuente. Ya saben, la cajita esa al final del texto, la que está debajo del Hipnosapo.

Pero la cumbre lírica del disco llega en The Temptation of Adam, una delicada historia de amor imposible ambientada en un improbable silo nuclear durante la Tercera Guerra Mundial.

If this was the Cold War we could keep each other warm
I said on the first occasion that I met Marie
We were crawling through the hatch that was the missile silo door
And I don’t think that she really thought that much of me

I never had to learn to love her like I learned to love the Bomb
She just came along and started to ignore me
But as we waited for the Big One I started singing her my songs
And I think she started feeling something for me

We passed the time with crosswords that she thought to bring inside
What five letters spell “apocalypse” she asked me
I won her over saying “W.W.I.I.I.”
She smiled and we both knew that she’d misjudged me

Oh Marie it was so easy to fall in love with you
It felt almost like a home of sorts or something
And you would keep the warhead missile silo good as new
And I’d watch you with my thumb above the button

Then one night you found me in my army issue cot
And you told me of your flash of inspiration
You said fusion was the broken heart that’s lonely’s only thought
And all night long you drove me wild with your equations

Oh Marie do you remember all the time we used to take
We’d make our love and then ransack the rations
I think about you leaving now and the avalanche cascades
And my eyes get washed away in chain reactions

Oh Marie if you would stay then we could stick pins in the map
Of all the places where you thought that love would be found
But I would only need one pin to show where my heart’s at
In a top secret location three hundred feet under the ground

We could hold each other close and stay up every night
Looking up into the dark like it’s the night sky
And pretend this giant missile is an old oak tree instead
And carve our name in hearts into the warhead

Oh Marie there’s something tells me things just won’t work out above
That our love would live a half-life on the surface
So at night while you are sleeping I hold you closer just because
As our time grows short I get a little nervous

I think about the Big One, W.W.I.I.I.
Would we ever really care the world had ended
You could hold me here forever like you’re holding me tonight
I look at that great big red button and I’m tempted

Que traducido podría querer decir algo así: +

Qué forma de combinar ternura y humor. Qué contraste entre el frío paisaje, la brutal guerra que los asuela y el dulce amor que va surgiendo. Quién no querría morir abrazado a Marie.

Archivado en Ministerio del Escarnio Público el 3 octubre 2008 | Sin comentarios »

[ Uno, Dos ]

Hacía poco que había terminado la carrera y empezado a trabajar en una oficina de nueve a siete. Sin embargo, a pesar de mis estudios de Ingeniería, siempre me sentí atraído por el mundo de las Letras, y me había esforzado en hacer y mantener amistades fuera de los círculos científicos y tecnológicos. Quería ser escritor. O eso me decía.

Me gustaba escribir, aunque la verdad es que escribía poco, convencido casi siempre de que tenía otras obligaciones más inmediatas y más mundanas que atender.

Carecía de sentido del ritmo y capacidad para crear imágenes, por lo que hacía años que había desistido de intentar hacer poesía. Del mismo modo, carecía de la constancia necesaria para desarrollar una novela, incapaz de mantener el interés por un mismo tema más allá de una o dos semanas. Así que, como mucho, de vez en cuando, escribía relatos de dos o tres páginas y artículos de opinión que, a falta de un periódico o revista, publicaba en un blog en el que sólo entraban algunos conocidos.

Lo que realmente me atraía era el mundo de los escritores, o al menos la idea romántica que yo tenía: gente que vive de noche, entregada a emborracharse conversando sobre literatura, filosofía, política: la vida. Una vida desordenada, sin horarios de oficina, cercana al hedonismo. Como una estrella de rock pero sin las interminables horas de furgoneta entre concierto y concierto. La única ruta que yo admitía era la que llevaba de bar en bar en busca de la penúltima copa. Escribir era algo secundario.

De forma vaga pensaba que a través de mis amistades podía meter la cabeza en ‘el mundo de la cultura’ y, tal vez, en algún momento, intentar el asalto a la literatura con algún agente infiltrado como apoyo. Por el momento me limitaba a establecer contactos y presentarme como ‘ingeniero y escritor’. A nadie le importaba lo que escribiera, así que no escribir no representaba un problema; y si alguien se interesaba por mis creaciones, me quejaba del mercado y maldecía por tener que trabajar como ingeniero para subsistir. En realidad, creo que tenía pánico a intentar dar el salto y estrellarme. Mientras pudiera seguir postergándolo era un triunfador en potencia.

Guillermo, una de aquellas amistades que había hecho en mi etapa universitaria, había conseguido al fin, tras muchos esfuerzos, vender un guión de cine. A costa de aparecer como coautor, en pequeñito, mientras la gloria se la llevaba uno de los grandes nombres del país; pero por entonces daba igual, nada podía empañar la ilusión de ver una creación salida de su cabeza en la pantalla.

Tras la presentación oficial de la película me invitó a la otra fiesta, la del equipo, en un descomunal ático en el centro de Madrid. Muchas caras conocidas, abundante alcohol, drogas a granel. Deambulé por allí un rato en compañía de Guillermo, de corro en corro, mientras me emborrachaba y el ambiente se iba cargando de humo. Luego nos separamos y me quedé solo buscando a alguien interesante con quien entablar conversación. Desistí al poco tiempo, desmoralizado: aquella gente no era tan interesante, o no aquella noche. Empecé a dudar que aquél fuera mi mundo. Agarré una botella de whisky y una buena provisión de hielos y salí a la terraza a respirar aire fresco.

Afuera había un par de grupos charlando animadamente. En uno de ellos un actor de reparto ligaba con dos chicas que debían ser de peluquería y maquillaje. En el otro se oían estruendosas carcajadas. Me fui a un extremo y me recliné en el pretil a contemplar la noche madrileña.

Estaba absorto en el tráfico y no oí los pasos que se acercaban. Una voz dulce dijo cerca de mi oído:

-¿Y tú de quién eres?

Me volví algo sobresaltado. A mi lado estaba una chica de ojos oscuros y franca sonrisa, falda a media altura y generoso escote para sus pechos pequeños. Su aliento olía a alcohol.

-¿Perdón?

-Tú no eres de la película, ¿verdad? ¿Con quién has venido? -fruncía el ceño ligeramente al hablar, como si decir cada palabra exigiera una gran concentración, y luego componía una sonrisa expectante.

-Con el guionista -sonreí al comprender y porque, en el fondo, era imposible que no se contagiara su sonrisa-. La última vez que le vi estaba metiéndose unas rayas con el director.

-Bueno, ¿y qué haces aquí solo?

-Tomando el fresco, el ambiente ahí dentro está demasiado cargado. Y beber -añadí señalando la botella de whisky.

Se apuntó con admirable entusiasmo al plan. Tanto que me costaba seguir su ritmo y hasta me hizo temer por su hígado. Pero lo cierto es que, una vez alcanzado su nivel alcohólico, aunque algo alocada e incoherente, la chica tenía una conversación interesante, hasta fascinante: conseguía absorber mi atención por completo, hacerme sentir importante mientras escuchaba mis respuestas y argumentaciones cada vez más apasionadas.

Durante las horas siguientes conversamos con fluidez, con una facilidad que nunca había tenido ante una mujer, y creo que tampoco ante ningún hombre. Aquella noche estaba inspirado e ingenioso, espoleado por el escocés y su atenta mirada.

Cuando la botella se acabó hizo un mohín de enfado. Yo me alegré, porque difícilmente habría podido seguir en pie de haber continuado bebiendo, y me preocupé, porque eso podía poner fin a nuestra charla. No quería separarme de ella. 

-¿Vamos a otro sitio? -propuso. A punto estuve de estallar de gozo: aquella noche prometía acabar bien.

-¿A dónde quieres ir?

-A cualquier sitio donde sirvan whisky y podamos hablar tranquilos.

-Conozco el sitio perfecto.

Por supuesto, pensaba llevarla a mi casa, no muy lejos de allí. No cierra y siempre escondo una botella de reserva por si hay una emergencia. 

-Un momento, voy a ver si encuentro al guionista para despedirme -dije. En realidad no me importaba tanto despedirme como restregarle mi pequeño triunfo.

-Bueno. Yo no necesito despedirme de Pablo.

-¿Pablo?

-Mi marido.

-¿Tu marido?

-¿El abogado que lleva los contratos?

-Creo que lo recordaría si lo hubieras mencionado.

-¿Nos vamos o no?

Vacilé un instante y acepté. ¿Por qué tenía que cambiar las cosas el hecho de que estuviera casada?

Durante el camino a casa la interrogué. Se había casado hacía un año, un flechazo con un abogado algo mayor que ella que parecía conocer a todo famoso del país. La introdujo a un atractivo mundo de colores brillantes, ella quedó hechizada y se casaron con sólo unos meses de relación. El hechizo, claro, dejó de funcionar al poco de casarse, él estaba muy volcado con su trabajo y, según sospechaba ella, le era infiel. En todo era una desprotegida víctima. A mí no me parecía tan inocente, pero hice como si me lo creyera. Algo de verdad debía haber en el fondo. Y si ella quería vengarse de su marido conmigo, ¿por qué no disfrutarlo?

Nos servimos otra copa y nos sentamos en el sofá midiéndonos, sopesando si era el momento de pasar a la acción o al menos de abandonar la conversación trascendental por otra más banal, más cercana al abierto flirteo. Yo todavía me debatía sobre la idoneidad de liarme con una mujer casada. Tomé la decisión de compromiso de no tomar la iniciativa: todo lo que había pasado y todo lo que pasara habría sido culpa suya. Yo sólo me dejaba llevar.

Habló ella primero, retomando la charla interrumpida, y yo me entregué sin luchar. Las mujeres eran criaturas que habitaban en una esfera diferente y de vez en cuando tenían a bien descender sobre mí por razones incomprensibles, así que simplemente había que aceptar y disfrutar esos momentos, sin afligirse por los que no llegaban, pues son ellas las que eligen. A lo mejor aún le quedaba algo de inocencia y sí que tenía reparos en engañar a su marido. A mí me salvó de mi dilema moral. Además, escucharla era fascinante, hablarle un estimulante reto y yo siempre he tenido debilidad por una conversación interesante caldeada con alcohol: pierdo la noción del tiempo y no necesito nada más, me basta con ese placer intelectual. Aquella noche no fue una excepción.

Nos sorprendió el sol todavía hablando y bebiendo, hasta que la claridad en el cielo de Madrid se tornó en luz diurna y no pudimos seguir ignorándola. El cansancio también empezaba a pesar.

-Debería irme -confesó al fin.

Yo intenté retenerla, ofrecerle otra copa más, un desayuno, una cama para recuperar fuerzas antes de volver a casa.

-No lo estropees. Ha sido una noche maravillosa.

Tuve que admitir que yo también había disfrutado y dejarla marchar. Sólo me quedaba una duda, que hasta entonces no había tenido importancia y que ahora sentía un tanto absurda plantear.

-¿Cómo te llamas?

-Julia.

Como despedida me dio dos castos besos y dejó su perfume y su sonrisa flotando en mi salón.

***

Pasé los días siguientes intentando convencerme de que no acostarme con ella había sido lo mejor que me podía haber pasado. No quería complicarme la vida con una mujer casada. Siempre había creído que las relaciones de pareja eran lo suficientemente complejas de por sí como para ir buscando una con título de compleja.

Intenté convencerme, pero no lo conseguí. El recuerdo de aquella noche no se borraba. Al contrario, sus labios se iban volviendo más carnosos y sus palabras más afiladas: la mujer de mis sueños y la había dejado escapar sin averiguar su número de teléfono. Sólo tenía un nombre y alguna pista acerca de quién era su marido.

Llamé a Guillermo para tirar de ese escaso hilo. Sin resultado. Juraba y perjuraba que el abogado con el que él había firmado era un cincuentón casado con una mujer de su edad, según le había dado a entender, y que era el tipo de hombre que hubiese dejado bien claro que se beneficiaba a una atractiva veinteañera. Y no, hasta donde él sabía no había otro abogado dedicado a esas tareas.

Perfecto. Así que ya sólo tenía su descripción y su nombre, suponiendo que no fuera también falso. La búsqueda pintaba realmente complicada. Tanto, que volví a intentar convencerme de que aquello era una advertencia del destino para que cejase en mi empeño, una suerte en el fondo. Nunca he creído en el destino, pero en ocasiones he pensado que quizás debí hacerle caso.

Una tarde, volviendo en metro del trabajo por una ruta poco habitual, vi al otro extremo del vagón una silueta de mujer que me hizo recordar a la que me había tenido en vela las últimas semanas. Estaba de espaldas, con unos vaqueros y una cazadora, nada que ver con el vestido que yo había conocido, pero supe que era ella. Era la tercera vez que me ocurría aquel día. No tuve tiempo para acercarme y desengañarme, pues se bajó en la siguiente estación. Tras dudar un instante, salté al andén y comencé a perseguirla. Había demasiada gente como para poder alcanzarla, así que grité su nombre, en vista de que no se enteraba cada vez más fuerte, cada vez más angustiado. La gente empezó a volverse, hasta que incluso ella se interesó por el escándalo que alguien estaba montando a su espalda. No era Julia.

-Julia -musité, triste y empezando a sentir cierta vergüenza por la escena que acababa de protagonizar.

-¿Me buscabas? – susurró una voz dulce cerca de mi oído.

Esta vez no la dejé escapar.

Archivado en Ministerio del Ensayo y el Error el 29 septiembre 2008 | 2 comentarios »