Archivo de Mayo 2008

Duelo de titanes

Por Nihilia | 28 Mayo 2008

Esta pintada me tiene fascinado. Total, que llega un tipo, probablemente con nocturnidad y una merluza que no se tenía en pie, y decide que va a mearse en un par de reglas de convivencia, vomitándoles una pintada racista a unos pobres vecinos en su fachada, pero que eso no excusa para no respetar escrupulosamente las reglas de ortografía. Claro, qué van a pensar los vecinos de él si no.

Después llega otro,  y se pone a tachar la segunda parte del mensaje, para invitarle a reflexionar si de verdad cree que hay relación entre ambas frases, si no cree que el mundo visto desde varios ángulos es más rico, más completo, más bello. El caso es que va perdiendo fuelle, nota que cada vez tacha letras con menos entusiasmo, y piensa que debe haber una forma más rápida de terminar con todo esto. Escribe: ”jilipolla”.

Y tan contentos. Moratalaz, pero qué grande eres

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Todo va bien

Por Timoteo | 15 Mayo 2008

Clic.

Clic.

Cada día amaba más a su esposa. Admirando la dorada cabellera de su nueva secretaria, se fue.

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Portishead – Third

Por Timoteo | 12 Mayo 2008

Cuando uno acomete un proyecto, especialmente en ingeniería, no puedes darlo por concluido una vez que has conseguido diseñar y encajar todas las piezas. En ese momento hay que replantearse la necesidad de cada parte, si se podría hacer con menos, si algún subsistema es inintencionadamente redundante y por tanto prescindible. Todo lo que sobre no hace más que complicar el producto, que se considera mejor cuanto más sencillo. La solución óptima es la más simple.

Algo similar ocurre en la literatura y el cine: cuando uno ha contado todo lo que quería conviene releer el texto en busca de detalles superfluos que no añadan nada a la narración, reconsiderar adjetivos que puedan estar de más, diálogos que se podrían resumir en un plano. La elipsis es una potente herramienta narrativa de la que a menudo nos olvidamos. De nuevo nos encontramos con que para conseguir la maestría la pregunta clave no es qué le falta sino qué le sobra.

Esa obra final en la que nada sobra, construida con lo imprescindible, es lo que Portishead ha conseguido con su maravilloso Third, un álbum que gira sobre lo que no se cuenta, en el que los silencios pesan más que la música. Su escucha provoca desazón y tranquilidad, te eleva y te tira al suelo y te lame las heridas. Es como si algo trascendental hubiera ocurrido y nadie se hubiera parado a explicártelo. Estás en el ojo del huracán, en medio de la devastación, destrucción tras de ti y destrucción es lo único que puedes esperar, y flotas con una extraña calma que no puede presagiar nada bueno.

Que es una clase magistral sobre la importancia del silencio en el arte queda declarado en la canción que abre el disco, Silence, una desasosegante progresión en la que Beth con su doliente voz “grita en silencio” si sabemos lo que perdió, lo que quería. Lo intuimos vagamente y llegamos a la certeza cuando la progresión, a punto de estallar por fin, se corta de forma abrupta y nos enfrenta a un silencio de seis segundos. Silencio es la única respuesta que recibirá a sus desgarradas preguntas, como en el redondo y característico estribillo de Hunter. Silencio es lo único que oímos cuando Beth se queja de que “nunca tuve la oportunidad de explicarte lo que quería decir” en la bipolar Nylon Smile: “no sé qué he hecho para merecerte/ y no sé qué haría sin ti”.

La atmósfera opresiva parece relajarse un poco en el comienzo acústico de The Rip. Sin embargo, al contrario de la huida de la oscuridad que augura la voz, nubarrones como una manada de caballos blancos se dirigen hacia nosotros a ritmo de vertiginoso sintetizador. La tensión se mantiene en Plastic para llegar al hipnótico ritmo de We Carry On y desembocar en la breve incursión folk de Deep Waters, que sirve de dulce intermedio para relajarnos y afrontar con algo más de optimismo lo que queda de disco, pues “sabré capear la tormenta (…) las aguas profundas no me asustarán esta noche”.

Y necesitaremos hacer acopio de valor, porque a continuación llegan el electrónico sencillo Machine Gun con su potente percusión que acaba fundiéndose con un teclado desquiciado y la portentosa Small, oscilante entre la voz casi desnuda de Beth evocando aquella noche en que se conocieron y la electrónica desatada apoyada en un poderoso órgano. El clímax de intensidad ya ha pasado, y eso se nota en la floja, en lo artístisco y en lo opresivo, Magic Doors, quizá lo más prescindible del disco junto con Plastic. Threads tampoco brilla a la altura del conjunto, sin embargo creo que cumple bien con su función de final de disco, su labor de descompresión: nos trae de las profundidades poco a poco, “siempre insegura”, mientras la voz se va disolviendo, quedándose atrás, dejándonos con una suerte de bocina que intermitentemente explora la niebla, lo invisible, lo desconocido.

El resultado conjunto es brillante. El disco te transporta a su propio mundo, te eriza los pelos con la primera canción y te mantiene en vilo, con un nudo en la garganta durante cincuenta minutos. En ese sentido, si consideramos que el arte es en primer lugar transmitir, el objetivo está cumplido, pues conmueve profundamente. Si por contra se piensa en el arte como evasión, también consigue sacarte de tu vida: prueben a escucharlo en el metro y verán que cuando vuelvan a la superficie el mundo es distinto al que conocían cuando bajaron. Además, escucha tras escucha se mantiene la magia.

En lo musical, tras diez año de silencio, Portishead vuelve con un sonido Portishead puro y sin embargo renovado, reconocible y lleno de elementos nuevos. La voz de Beth nos recuerda por qué nos enamoramos de Glory Box al instante, las referencias son las ya habituales en el grupo, la oscuridad se mantiene. Da la sensación, y que Thom me perdone, de que es lo que Radiohead lleva intentando hacer desde que publicó Kid A: crear una nueva obra maestra con un sonido distinto, que vuelva a revolucionar el universo conocido, y a la vez seguir siendo Radiohead. Los de Bristol lo han conseguido. Desde ya, candidato a disco del año.

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Stop the Clocks

Por Nihilia | 6 Mayo 2008

Me encanta escuchar música por la calle. Me encanta que los auriculares marquen el ritmo de mis pasos, que se abran las puertas del metro con un golpe de batería, que por un momento parezca que el misterio de la vida está contenido en cuatro acordes perfectos. Me encanta intentar disimular que un escalofrío me recorre la nuca ante la mirada de unos desconocidos, y me encanta no conseguirlo y que me delaten mis ojos empañados. Entonces quisiera poder compartir con todos ellos esa canción que lo está bañando todo aunque ellos no lo sepan. Quisiera decirles que no todo son prisas, que no todo son retos, que no todo son penas. Que la grandeza y la belleza contenidas en apenas cinco minutos de música pueden parar el reloj.

“Stop the Clocks”, casi nada:


 

Y otra de regalo, que merece la pena:

 

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Fiesta de inauguración

Por Timoteo | 1 Mayo 2008

Parece que por fin, tras unos cuantos dimes y diretes, un par de replanteamientos en cuanto al color de las paredes y dónde poner los muebles e inumerables días sin asistir a clase, el nuevo emplazamiento de La Callecita está preparado para entrar a vivir. Atrás queda el viejo barrio de Blogger, en favor de uno nuevo más céntrico, mejor comunicado, con más bares abiertos hasta más tarde, nuevos adoquines y nuevos olores a orín en las esquinas. Y si no los hay, ya nos encargaremos nosotros de marcar el territorio.

Como veréis, la nueva calle tiene pisos individuales para cada uno de los integristas integrantes de este blog (excepto Segundo de Chomón, que tiene un chalé), aunque seguimos compartiendo la cocina y el recibidor. Hay unas etiquetas que aparecen ahí a la derecha en forma de nube a las que tenemos que averiguar cómo sacar partido. Un buscador arriba del todo para… bueno, buscar palabras entre estos textos. Y otras pequeñas novedades que os invitamos a descubrir. Más posibilidades para que cada uno haga sus visitas más a gusto.

Pasean y lean. Están en su calle.

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