La bebida, qué mala es
Por Timoteo | 12 Junio 2008Como ya le sucediera a Nihilia, otro de los miembros de este Gobierno Tricefálico Vitalicio fue sorprendido en pleno acto de servicio hace cosa de un año y la Comunidad Autónoma de Madrid emprendió acciones contra él. No, no fui visto en un parque con el culo al aire, sino degustando un escocés. No, no haciendo guarreridas con un señor de aquellas lluviosas tierras. No, tampoco, probándome una falda plisada de tela a cuadros. Bebiendo güisqui, leñe, que os lo tengo que explicar todo.
El caso es que fui condenado a “la prestación en beneficio de la comunidad consistente en la asistencia a una Jornada Formativa en Materia de Prevención de Drogodependencias” (sic, por supuesto, que para eso va entre comillas) y ya me ha tocado cumplir mi sanción. Poco puedo añadir al brillante análisis de Nihilia, en especial en lo referente a la fauna (y flora, en ciertos casos) allí presente, pero mi voluntad irrefrenable de explorar los límites de la escritura me empuja a intentarlo. Vamos allá. En otro párrafo.
Tras enseñar el documento de identidad al amable guardia (privado) de recepción, los asistentes esperamos a que otro guardia (privado) nos escoltara en pequeños grupos al ascensor que llevaba ¡al primer piso! Alístate en la legión, decían. Verás mundo, decían. Todo para acabar haciendo de ascensorista de un grupo de alcohólicos. Arriba nos recibió la mujer que nos daría la charla y nos hizo pasar a un aula presidida por la bandera española y una foto del rey que nos miraba a todos con gesto reprobatorio. O a lo mejor era el suyo habitual, con tamaña capacidad gestual en ocasiones me pierdo. Una vez estuvimos todos, empezó a pasar lista, haciéndonos a todos y cada uno de nosotros ir a la tarima a firmarle nuestro autógrafo. Sí, a pesar de haber sido identificados a la entrada y haber sido custodiados en todo momento por al menos un guardia (privado).
Al cabo de un cuarto de hora dedicado a tan magna tarea, puso el archiconocido vídeo informativo, que no es mucho más que el habitual folleto con música de fondo. Pero tal cual: por la pantalla desfilan imágenes de un folleto mientras un viril narrador te lo lee sobre una base chunga de Eminem. ¡Envidia, Godard! Ofreció el DVD a la salida “para quien le pueda interesar” y pensé en cogerlo para ofrecerlo en YouTube. Afortunadamente, me rehice a tiempo: el que quiera ver esa obra maestra tendrá que beber por las calles hasta que un policía le dé el alto. Así de sufrida es la vida. Para la historia del audiovisual queda el momento en el que la voz enuncia “el botellón” y aparece un joven que no alcanza la treintena con la cara tiznada, gorro de lana y guantes con los dedos cortados alzando la mano desde el suelo. Qué simbolismo. Qué caracterización. Ni en La pared, oigan.
Por supuesto, también nos ofrecen sorprendentes afirmaciones. Verbigracia: “la respuesta de las autoridades [frente al consumo de alcohol] no es represiva, sino de preocupación”; “el alcohol es un alimento: falso” (aunque no dicen nada sobre el resto de la bebida alcohólica); “si observamos un grupo que bebe, veremos que el volumen de la conversación va aumentando” (¡un estudio que lo demuestre, por favor!); “un problema derivado del alcoholismo es el económico, pues el alcohol es caro” (pues bajadlo de precio, hombre); “ante la falta de servicios públicos, la gente se ve obligada a usar la calle como urinario y vomitorio (sic)” (y aun así, se niegan rotundamente a poner servicios públicos como en el resto de capitales europeas). Todo ello intercalado con un maravilloso “Chat Botellón”, brillante idea con la que unos profesionales del doblaje declamaban los argumentos de los jóvenes con una intensidad shakesperiana. Espeluznantes los “¡jo, machos!, los “¡qué chungo, troncos!” y los “¡mola mazo, tíos!” interpretados calavera en mano. Uf, esta última parte me ha quedado especialmente bien. Esto se escribe solo.
Para rematar, el vídeo nos lista una serie de soluciones para acabar con esa lacra social que es el alcoholismo, entre las que destaca “romper la relación alcohol/diversión/amistad”. Yo me imagino a un señor sembrando cizaña entre los amigos alcoholizados o escupiéndote en el ojo para que no te diviertas cuando vas borracho.
En cuanto empezaron los créditos la buena mujer quitó el vídeo (qué poco respeto para los profesionales que tanta ilusión han puesto en él) y comenzó a relatarnos el procedimiento de sanción administrativa para aquellos que consuman alcohol en la vía pública. Lo cual, una vez te han sancionado, resulta muy útil. Además nos ilustró con la ley 5/2002 que regula todo el tinglado, justificada, mientras intentaba aguantarse la risa, en impedir el acceso de los menores de edad al alcohol. También por los problemas de convivencia causados y por el arraigo que hay en la sociedad (?!).
Pero todavía, antes de firmar por segunda vez (¿pero a dónde rayos vamos a irnos sin que nos vean?) y obtener el certificado de asistencia, quedaba un pequeño guiño: “[los destinatarios de la ley son] todos los españoles residentes o transeúntes (…)”. Transeúntes, nos tienen vigilados.
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