Archivo de Agosto 2008

Segundo capítulo

Por Timoteo | 25 Agosto 2008

[ Uno ]

La tarde siguiente desperté muerto de sed. Bebí agua hasta que me dolió el estómago y luego un poco más. Agua, agua purificadora, deliciosa agua de Madrid. Por fin aplacaba mi sed y mi apetito. No era alcohol sino agua, simple agua lo que necesitaba. Me abandoné a una reparadora potomanía.

A medida que bebía agua y limpiaba mi organismo mis ideas se fueron aclarando. Tenía que adueñarme de mi vida, retomar las riendas que había soltado las últimas semanas; incluso, remontándome más atrás, retomar lo que dejé pendiente en Madrid antes de marcharme, antes de ese largo paréntesis que suspendió mi vida durante seis años. El primer paso sería adueñarme de la casa, dejar de ser un intruso en mi propio hogar. Pero iba a necesitar ayuda para semejante tarea, y sólo había una persona en mi mente. Entonces tendría que haber un paso previo al primero. Sí, me gustaba la idea: un paso cero, un origen, empezar por hacer lo que no me atreví a hacer seis años antes. Llamaría a Julia.

Por suerte seguía teniendo el mismo número de teléfono. No quise extenderme mucho en la conversación, así que, con lo que me pareció cierto halo de misterio, lo emplacé todo para un encuentro en un café la tarde siguiente.

Llegué con antelación, sólo para regodearme en su seguro retraso. Veinte minutos después de lo acordado apareció en el umbral su inconfundible figura: estilizada, piernas largas y pechos pequeños, larga melena morena. Vestía con sencillez, unos vaqueros y camiseta de tirantes; no se había maquillado para verme.

Ella me había localizado. Me puse en pie para asegurarme y esperé a que se acercase para hacer el primer gesto. Dos besos. Olía como entonces, aquel olor que quedaba impregnado en mis sábanas y yo acariciaba cuando ella se marchaba, una parte de ella que todavía podía disfrutar en su ausencia, que me acompañaba hasta que pudiera tenerla de nuevo entera, cuerpo y olor y alma. Aquel olor que tanto había añorado cuando sus ausencias dejaron de ser de horas o días para ser kilómetros y kilómetros, semanas, meses, años sin rastro de ella en mi colchón al despertar.

-Tienes mal aspecto -dijo con media sonrisa, como si se alegrara o le pareciera divertido. No venía con ganas de ponerlo fácil.

-Tú en cambio estás como siempre -mentí. Los años habían pasado por ella, pero para bien. Había perdido definitivamente los rasgos aniñados que conservó hasta bien entrada la veintena, se le había afilado el rostro y ahora tenía una expresión más dura, ya no de niña buena sino de mujer que conoce la vida. Sus ojos no tenían aquel brillo de entonces, pero habían ganado en profundidad. Más interesante. Más atractiva.- Siéntate. ¿Qué quieres tomar?

-¿Qué estás bebiendo tú?

-Café irlandés.

-Entonces me conformaré con una infusión.

Conseguimos la atención de un camarero para que Julia pidiera su poleo. Quedamos en silencio, pensando, yo, cómo exponer lo que quería exponer. Había estado pensándolo desde que la llamé, desde antes, en realidad, sin llegar a encontrar una estrategia o planteamiento adecuado. Ya se me ocurriría sobre la marcha. No se me ocurría.

-¿Y hace mucho que has vuelto? -vino ella en mi ayuda, o tal vez en socorro de la conversación. Conocía mis silencios demasiado largos cuando me perdía en mis elucubraciones. Nunca los había soportado muy bien. Sabía que estaba buscando fuerzas y palabras para decir lo que había ido a decir, pero no tenía tanta curiosidad, o la dominó para no decir lo que estaría pensando. En lugar de la pregunta directa me mostró, me restregó el camino hacia una conversación normal entre dos personas que llevan tiempo sin verse. Sí, parecía lógico y normal, una vez lo había dicho. Seguramente por eso no se me había ocurrido a mí.

-No, no hace ni un mes -decidí agarrarme a aquel resquicio que me ofrecía y alargar la conversación para acercarme y postergar el doloroso asunto que me había llevado allí-. ¿Y tú? ¿Qué ha sido de ti en estos -dudé, como si no supiera la cifra con precisión de días- seis años?

-Me divorcié hará un año -dijo mirándome a los ojos muy tranquila.

Se había divorciado. Al final se había divorciado, había dejado a aquel mediocre abogado, mediocre amante, mediocre conversador, medicore bebedor, mediocre, mediocre, mediocre.

-¿Y el niño? -conseguí decir mientras intentaba digerir la noticia y no pensar en las consecuencias que podría tener aquello.

-Joder, Luis, nunca te enteras de nada -se paró, sorprendida de que no tuviera conocimiento alguno de lo sucedido-. ¿De verdad no te enteraste de nada?

Negué con la cabeza. Y aún me sentí obligado a aclarar:

-Cuando me fui corté el trato con todos los de aquí. Sólo hablaba con mi familia -’y ya nunca más hablaré con ellos’.

-Tuve un aborto.

Tenía razón, nunca me entero de nada. Resulta que la mujer que había dejado embarazada de su marido no tiene ni hijo ni marido. Yo había puesto tierra de por medio poco después de saber la noticia. Una noche apareció muy seria y me dijo ‘Luis, tenemos que hablar’. Me contó que estaba embarazada y aseguró que era de su marido con tal vehemencia que no pude más que creerla. ‘¿Y qué vamos a hacer?’. ‘Tenerlo’, dijo también sin dejar lugar a dudas, ‘Pablo y yo vamos a tener un hijo’. Siguió una acalorada discusión en la que intenté averiguar en qué lugar me dejaba todo aquello, tras la que nos refugiamos en lo único que nos quedaba: un angustiado polvo, como si ambos supiéramos que iba a ser el último.

Nos vimos una vez más, en un bar cerca de su trabajo en el que de nuevo me esforcé en dilucidar mi posición en aquel triángulo que estaba a punto de convertirse en un rombo, o mejor un trapecio del que yo me veía cayendo sin red mientras Pablo y Julia volvían a encontrarse tras un complicado triple mortal. Ella insistió en que no quería perderme, pero que no podía traicionar tanto a Pablo como para arrebatarle un hijo, que aquello podía ser una oportunidad para salvar su matrimonio. Para mí quedaba la tarea de esperar, ver qué pasaba, ver cómo crecía en su vientre un hijo que no era ni sería mío, y luego fuera de su vientre, y yo esperando, el plan B, con el motor en marcha por si se torcían las cosas. No pintaba nada bien.

No creí poder soportarlo, así que sin pensarlo mucho decidí alejarme. Pregunté en mi empresa si podía trasladarme sin importar el destino, con idea de ir a Barcelona o Sevilla y aclarar mis ideas con la perspectiva de la distancia. Ellos se mostraron entusiasmados, les gustaba ‘fomentar la movilidad’ y ‘el intercambio cultural’ del que podían ’surgir nuevos enfoques’. Había una vacante en París que yo acepté sin dudar, al fin y al cabo, puestos a irse, cuanto más lejos mejor, y qué más da España que Francia. En un par de semanas me mudé de ciudad, de país y de vida.

No me sentí capaz de hablar, no digamos ya de ver, a Julia, de modo que me despedí en una larga carta escrita en la febril noche de la víspera de mi partida, enviada camino del aeropuerto como quien mete un mensaje en una botella: depositando allí mi última esperanza, condenado en adelante a centrar mis esfuerzos en el día a día, sin más ambición que sobrevivir. Cambié el sol y el cielo de Madrid por la lluvia y los días grises de París, la tibieza de su cuerpo en mi cama por los fríos despertares franceses, la perfección de su piel por otra piel cualquiera. Seis años sin querer saber qué pasaba en su casa, sin dejar de imaginarlo, deseando y temiendo que fuera feliz.

Conseguí salir del silencio:

-Podrías haberme avisado, ¿no? -balbucí con rencor. Seis años. Seis años viviendo en un mundo falso, engañado. Seis años exiliado, intentando olvidarla sin éxito. Seis años sin familia, perdiendo el contacto con los amigos. Seis años haciendo el gilipollas.

-No me dejaste tus señas, ningún teléfono por si acaso. Además, no te despediste, dejaste de responder mis llamadas, sin más, no supe que te ibas hasta que recibí tu carta. Decidiste desaparecer, borrarte.

No habría sido tan difícil seguir mi rastro, bastaba con preguntar en el trabajo, a mi familia. Pero estaba claro que aquello era una excusa, para qué señalarlo, no había que perder de vista el centro.

-¿Y qué querías que hiciera?

-No sé, largarte sin decir nada no, desde luego. Podías haber preguntado, haber explicado, haber esperado un poco. Pero no, desapareciste, sin dejar rastro hasta esa carta semanas después. Y luego nada, sin noticias. Siempre te gustó tomarte las cosas a la tremenda, tan melodramático, como si vivieras en una novela.

-Claro, podía haberme quedado a  ver cómo volvías con tu marido para tener un hijo.

-No estaba tan claro.

-Tú parecías tenerlo muy claro.

-¿Yo? En mi vida he tenido tantas dudas. Joder, ¿embarazada, casada y con amante? ¡Por dios, cómo iba a tenerlo claro!

¿De verdad había ocurrido así? ¿Me había acobardado y salido huyendo con sólo ver el problema? Lo que parecía evidente es que aquello sólo nos había dejado rencor a los dos. Así que aproveché para cambiar el rumbo de la conversación y soltar mi dolor, ya no para compartirlo con ella sino para arrojárselo a la cara.

-Bueno. No he venido a hablar de eso. Tendremos que seguir otro día porque… pero no te he llamado para eso -hice una pausa para ver si tenía algo que decir; cogí impulso-. Mi familia ha muerto.

-¿Qué?

-Mi padre, mi madre, mi hermana, mi hermano. Muertos. Un accidente de tráfico. El día que llegué. No hace ni un mes -me fui relajando según lo decía, aflojando el nudo del estómago hasta casi quedar en paz. Sus ojos brillaron, suavizó su expresión. Sin embargo, había venido blandiendo el hacha de guerra y no iba a enterrarla así como así.

-¿Y por qué me lo cuentas a mí?

-Hace años que no hablo con nadie. ¿A quién si no? La casa se me cae encima. La vida se me cae encima. Necesito ayuda. Necesito tu ayuda.

-¿Que te ayude? ¿A qué? -todavía se mostraba reticente, pero noté que ya había accedido, sólo quería hacerse de rogar, no ponerlo fácil.

-No puedo hacerlo solo. Ven a casa y ayúdame. A vaciarla, tirar lo que haga falta, sacarlos de allí. Enterrarlos de una vez.

-¿Ahora?

-No tiene por qué ser ahora. Cuando tengas tiempo. Lo antes posible.

-¿El sábado?

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Coelho revisitado

Por Timoteo | 20 Agosto 2008

I

Los guerreros de la luz no tienen miedo a tener miedo, ni a ser cobardes. Los guerreros de la luz nunca corren, porque creen que es de cobardes. Los guerreros de la luz se visten por los pies y empiezan la casa por el tejado. Los guerreros de la luz siempre miran a los ojos, aunque sólo cuando no son vistos. Los guerreros de la luz no esperan nada de la vida porque ya lo tienen todo: nada. Los guerreros de la luz comenzaron su viaje sin nada en los bolsillos y con unas sandalias de dedo.

Todo guerrero de la luz se encontró en algún momento a oscuras sin cerillas y al tropezar con un mueble dijo ¡ay! Todo guerrero de la luz soñó que no era un guerrero de la luz y se despertó con la boca seca. Todo guerrero de la luz habla consigo mismo, se ama a sí mismo, no se soporta a sí mismo y acaba esta fatigosa dualidad autolesionándose con cucharas mientras la familia cuchichea a sus espaldas que no le aguantan una más, que a la próxima le ponen la camisa de fuerza. Todo guerrero de la luz puede llenar páginas y páginas diciendo la primera gilipollez que le cruza la cabeza y, siempre y cuando el sujeto sea un guerrero de la luz, creerá que le queda un rollo trascendental.

II

Hay una bonita parábola, muy poética y nada obvia, que paso a exponer a continuación, en cuanto acabe esta innecesaria frase de introducción. Espera, que me ha quedado un poco corta. A ver si ahora.

Siglo XIV a. C. (que los chinos son una cultura milenaria de narices). Está Xiau Psé andando descalzo por un camino pedregoso cuando se cruza con una apuesta joven que calza unas Chiruca. La joven se para a contemplar el renqueante avanzar de Xiau Psé mientras piensa para sus adentros “Estos santurrones cada día están peor; éste ya está como las cabras”. Pero cuando pasa a su lado ve que lleva los pies sangrando y se apiada de él, “Abuelo, ¿no quiere que le preste aunque sea unas chanclas?” A lo que el anciano sabio responde “Más respeto, niña, que yo no soy tu abuelo”.

Meses más tarde, cuando Xiau Psé consigue llegar gateando al pueblo que distaba media legua, el médico que le amputa las piernas intenta darle conversación por encima del estruendo de la oxidada sierra sin afilar. “Buen hombre, ¿cómo cojones ha conseguido moverse con la gangrena por encima de la rodilla?”, pero el sabio, que debe andar cerca del Nirvana, calla.

“Debería estar muerto”, insiste el médico. Entonces se da cuenta de que la mano con la que sujeta el cuerpo para que no se le mueva está puesta en el cuello y la retira mientras silba, rehuyendo la mirada de su joven asistente. Gesto inútil, pues en realidad el joven asistente hace mucho que cerró los ojos para que no le entraran astillas de hueso y está mareado con el nauseabundo olor. Xiau Psé, entre agónicos jadeos, consigue balbucir su ya clásica sentencia “Desgraciao, casi me ahogas”.

El médico decide seguir como si nada, consciente de que en una situación traumática los recuerdos pueden confundirse, “¿Qué necesidad había de venir descalzo por ese pedregal?”. Pregunta ante la que Xiau Psé enrojece y durante unos tensos segundos quedan en un silencio sólo interrumpido por el raca-raca de la sierra, las arcadas del joven asistente y los gritos de la madre que acaba de volver de la compra y grita “¡Pero qué mierda es esto? ¡Desde cuándo juegas a ser médico? ¡Y encima lías a tu hermano de tres años! Pues yo no pienso limpiar la sangre”.

Cuando ha conseguido solucionar el enredo, el supuesto médico sigue teniendo curiosidad y vuelve a la carga, “¿Cómo es que vino así? Por favor, tengo que saberlo”. Para esta vez Xiau Psé, con su legendaria sabiduría, ya ha ideado una explicación con la que ocultar que salió a mear una noche, se perdió y es demasiado orgulloso para pedir ayuda, y contesta “Impaciente Pad Au-an, un hombre tiene que hacer las cosas a su manera, pues es la única en la que conseguirá la felicidad; no importa lo que cueste ni lo que digan los demás; la felicidad es lo más grande desde que inventamos la pólvora dentro de dos mil años; por no hablar de las frases separadas con un inexplicable punto y coma”.

III

Lo que quería dar a entender, sutilmente, con la anécdota anterior, antes de que me liara con la historia gore y un par de tonterías que tuve que añadir para completar las palabras que tengo asignadas y por las que, aunque resulte difícil de comprender, me pagan, lo que quería dar a entender, repito, que en ocasiones me despisto un poco, no sé por qué, si es por escrito y puedo repasar el texto para retomar el hilo… ¡el hilo! Sí, decía que quería dar a entender que a veces hay que hacer las cosas a tu propia manera, porque nadie va a hacerlo por ti y, ya puestos, mejor hacerlo como quieras, ¿no?

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Primer capítulo

Por Timoteo | 18 Agosto 2008

Hacía calor. Eso es lo primero que recuerdo de mi regreso a España, el calor agobiante de julio en la cara nada más bajar del avión. Aunque ya lo hubiera anticipado, el recuerdo no era comparable a la sensación real. En seguida el aire acondicionado del aeropuerto lo enmascaró con su atmósfera isoterma, como si eso bastara. Un momentáneo golpe de calor ya me había situado, me había recordado con precisión el mundo al que volvía.

Saqué el móvil y llamé a mis padres, vendrían a recogerme, en lo que yo recuperaba mi equipaje ellos llegarían a la terminal, era cuestión de minutos. Tardé algo más de lo esperado en encontrar mi maleta, pues no apareció en la cinta hasta después de muchas vueltas, ya confundida con otro vuelo, así que llegué al exterior esperando encontralos allí y de nuevo aquel brutal golpe de calor me llevó al presente y al pasado, a aquel otro verano en el que decidí que mi futuro pasaba por alejarme de Madrid y de todo lo que conocía para empezar una nueva vida. Entonces pensaba que uno podía escapar de su vida, como si fuera algo ajeno, como si uno no la llevara siempre consigo, inexorable. Como si lo que uno desea no se acabara cumpliendo.

Hacía calor, y de ese calor había huído, al frío, a la lluvia y a la niebla constante en la que puedo diluirme en un setenta por ciento de agua, imaginar que soy una partícula más flotando sin voluntad alguna, esperando llegar al río que me lleve al mar o el rayo de sol que me evapore para volver a empezar, que me transporte al centro. Echaba de menos el calor.

Allí estaba, con aquellos odiosos, amados treinta y tantos grados, intentando olvidar y recordar por qué me había ido y por qué volvía mientras esperaba a que llegaran a buscarme, de nuevo la impuntualidad y las esperas sin sentido, los atascos para ir a cualquier sitio. Llamé una vez más y no contestaron. No contestaron nunca. No contestarían nunca más.

Tuve que volver en taxi.

En casa recibiría la llamada más absurda de mi vida. Me comunicaron que mi familia había muerto en un accidente de tráfico camino del aeropuerto. Todos: mis padres, mi hermano y mi hermana. Venían juntos a recibirme después de tanto tiempo y un turismo se cruzó en su camino. Él sobrevivió y nuestro coche quedó reducido a metro y medio de acero y sangre. Es ridículo, cinco mentes capaces de preguntarse sobre el sentido de la vida o qué le van a decir a su hijo o hermano cuando por fin le vuelvan a ver y de pronto un puñado de átomos, moléculas organizadas sin sentido, esencialmente lo mismo y sin valor alguno. Ridículo.

Una noticia tan absurda no se puede asimilar. Esperaba que todo fuera un malentendido, algún tipo de macabro error. Tuve que ver los cuerpos ya sin vida, prueba irrefutable, y seguí desconfiando: la evidencia está ahí, pero en tu cerebro no encajan las piezas. Es algo que siempre has dado por hecho, que forma parte de la estructura básica del mundo; puedes llevar semanas sin ver a tu madre, sin hablar con tu hermano, pero sabes que están ahí, a una llamada de distancia, existiendo sin tu ayuda. La sensación era similar, los sentía alejados temporalmente, como si ahora fueran ellos los que se hubieran ido a vivir a otro país. Sólo tenía que averiguar el número de teléfono adecuado para hablar con ellos. El cerebro en blanco, incapaz de sentir en realidad, de admitir la magnitud del hecho. No negando lo que veía, sino sin poder incorporarlo a mi idea del mundo. Cada consciencia es el centro de un universo; el mío acababa de estallar en pedazos.

Tardaría mucho tiempo en reconstruir mi universo, y de hecho creo que nunca he llegado a entender la muerte: sigo sintiéndola como una ausencia demasiado prolongada, para siempre. Tal vez no haya más que entender, no esconda sentido alguno. Simplemente, el universo carece de sentido, de propósito, y por extensión la vida. La humanidad lleva siglos preguntándose de dónde venimos y a dónde vamos como si la respuesta guardara el secreto que una vez revelado nos iluminará a todos y nos permitirá comprender los porqués. Mentira. Sólo hay oscuridad. No podemos ir a ningún lado.

Me serví un whisky para aturdirme de verdad, de una manera conocida y no esa blancura que lo invadía todo, impidiéndome pensar. Tampoco quería pensar, no creí que pudiera soportarlo, sólo caer en la inconsciencia, dormir para poder despertar de ese mal sueño. Por supuesto, no dormí en toda la noche.

Al día siguiente les incineraron. No todo ocurrió tan rápido. Hubo interminables horas de papeleo y decisiones carentes de importancia y sentido que tomar sobre la marcha, multitud de aspectos legales que ignoraba hasta entonces y que debería haber seguido ignorando por muchos años; hubo que investigar la forma de contactar con sus amigos; hubo que tratar con todos los parientes. Todo aquello me daba igual, poco tenía que ver conmigo. La misma sensación se mantuvo durante la ceremonia, un extraño ritual al que asistí como un indolente espectador, sin apenas prestar atención; y cuando al final uno por uno se acercaron sus familiares y amigos llorosos a darme el pésame, estrecharme la mano, una palmada en el hombro, únicamente pensaba en llorar, en desmoronarme como se esperaba de mí. No podía hacerlo y eso me convertía en un monstruo insensible. Despaché a todos tan rápido como pude, agarrándome a los habituales convencionalismos para mantener los breves diálogos. Al fin y al cabo, no se me exigía más.

Con algo más de persuasión me deshice de los más allegados que insistían en acompañarme un poco más, llevarme a casa, invitarme a cenar. Quería estar solo. Estaba solo, pues en realidad no eran tan cercanos, tíos y primos que llevaba años sin ver, una pareja muy amiga de mis padres a la que apenas había tratado, el prometido de mi hermana al que acababa de conocer y casi parecía tan fuera de lugar como yo, aunque con voluntad de fundirse en los demás para mitigar su pérdida. Yo estaba solo por dentro y quería estar solo por fuera para que el desequilibrio no fuera tan brutal.

Cogí un taxi hasta casa, llevando las cenizas, cuatro urnas, como si volviera cargado de compras. La casa de mis padres, el único sitio en el mundo que había sido mi casa, en la que me iba a instalar mientras buscaba piso y que ahora era realmente mía. Subí, dejé las cenizas en la mesa del salón a la espera de saber qué hacer con ellas y, a pesar de no tener hambre, inspeccioné la nevera por pura rutina, era hora de cenar y tal vez algo me abriera el apetito. Estaba llena de comida, comida para ellos y para mí, para la cena de bienvenida en la que íbamos a celebrar la reunión de nuevo de toda la familia y yo iba a conocer a mi futuro cuñado. Se iba a echar a perder como no me la comiera rápido. Corrí por el pasillo y me abalancé sobre el retrete para echar el estómago por la boca con violencia. Sobre el frío suelo, abrazado a la fría porcelana, todavía atacado por arcadas, comencé a llorar.

Pasé los siguientes días dando cuenta de la nevera, acabando con lo último que mis padres habían hecho por mí acompañado por generosos vasos de whisky. No recuerdo mucho de lo que hice aquellos días, tal vez porque no hice nada. Recibí alguna llamada interesándose por mí, pero pronto desconecté el teléfono y no salí de casa ni vi a nadie. Vagaba por la casa sin objetivo alguno, mortificándome en lo absurdo de todo el asunto: podría haber ido a casa directamente en taxi, no hacía ninguna falta que fueran a buscarme, y menos que fueran los cuatro, con lo difícil que era juntarnos a todos, si además ya íbamos a cenar todos juntos, en principio mi futuro cuñado iba a acompañar a mi hermana, pero a última hora mi hermano consiguió escaparse del trabajo y venir a buscarme ocupando su plaza, ya ves, qué tontería, si el jefe hubiera sido un poco más intransigente él seguiría vivo; y no hacía falta que fueran a buscarme, bien podría haber cogido un taxi, si no hubieran ido a buscarme seguirían todos vivos, todos con sus vidas; bastaba con que yo hubiera llamado minutos, segundos más tarde, que hubiera esperado a tener la maleta en mis manos para decirles que vinieran y todo sería distinto, si hubiera cogido un taxi para presentarme en casa sin más, si…

Para colmo estaba en una situación económica envidiable, lo que siempre había deseado. Tenía casa y suficiente dinero como para no preocuparme durante años. Los ahorros para la jubilación de mis padres más un seguro de vida cuya existencia desconocía sumaban números con muchas cifras. La vida solucionada, lo que siempre había deseado. A qué precio. Es cierto que puedes conseguir todo lo que deseas: sólo hay que saber cuál es el coste y estar dispuesto a pagar. Por eso debes tener cuidado con lo que ambicionas, porque se puede acabar cumpliendo. A mí nadie me había avisado del precio, ni de que el único trámite era una llamada en el momento justo.

Aquel dinero me quemaba, era la prueba del delito, estaba claro: ellos habían muerto y como consecuencia yo me había enriquecido. El móvil es evidente, señor juez, no sé cómo la policía tarda tanto en verlo. Que yo no participara en el asesinato no es excusa, yo quería dinero y ahora lo tengo. Pensé en deshacerme de él, donarlo a alguna asociación benéfica, limpiarlo, pero no tuve valor. Me había costado demasiado. Quería vivir mi sueño, aunque pareciera una pesadilla.

Tenía dinero para hacer todo lo que quisiera, hacer lo que siempre había querido, pero lo cierto es que no quería hacer nada. Vivir, completar cada minuto era un lento tormento; había que dividir los minutos en segundos para que fuera más fácil: siempre se puede aguantar un segundo más, sumar un segundo tras otro hasta completar un minuto y volver a empezar, acumular minutos hasta tener horas y, poco a poco, días. Segundo a segundo, trago a trago, pasaron los días.

Pensé muchas veces en llamarla. Necesitaba alguien a quien abrazar, una mujer que me recostara en su pecho y no me dijera nada, se mantuviera ahí, transimitiéndome calor, manteniendo un vínculo con el mundo. Necesitaba de manera desesperada a alguien sobre quien abandonarme, que me tomara a su cuidado como si estuviera enfermo y con paciencia aguardase mi redención.

Fantaseaba con llamarla, pero sabía que la realidad no sería como me gustaba imaginarla. No sería justo aparecer así después de los años, con semejante historia tendría que guardarse cualquier rencor. Seguro que me compadecería sincera, y eso sí que no podría soportarlo, su compasión, su lástima. Si había aguantado tanto tiempo allá fuera las inclemencias del Norte fue para no volver arrastrándome y ésta sería la forma menos digna de presentarme: como un auténtico perdedor, pues lo había perdido todo.

Debí pasar unos veinte días en aquel bucle de remordimientos y expectativas, negación y aceptación, sin salir de casa, acabando con toda la comida que allí había, nevera, congelador, conservas, con whisky al principio, después con ginebra, distintos licores y los últimos días vino y cerveza. Una dieta desordenada por completo, comiendo cuando me apetecía lo que me apetecía, en ocasiones sin cocinar; engullía todo lo comestible que encontraba, absurdamente obsesionado por acabar con aquellos restos, aquel vestigio del paso de mis padres por el mundo. Con sorprendente tenacidad para aquel estado de duermevela en el que pasaba sin transición del pensamiento al sueño y del sueño a la fantasía.

Hasta un día en que se acabaron los alimentos. Rebuscando por la casa en busca de algo que comer llegué al armario de las medicinas. Cargué con todo lo que pude hasta la cama para darme un banquete picando de esta caja y aquella con un tinto para ayudar a tragar. Tras un gelocatil y un valium perdí la consciencia, completamente borracho.

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Científicos estadounidenses crean un material invisible

Por Nihilia | 12 Agosto 2008

Todo comenzó con una bofetada, una orden de alejamiento y una condena por escándalo público. Muchos años después, el profesor Xian “Abracadabra” Zahan, al frente de un equipo de investigación y desarrollo de la Universidad de Berkeley, California, y con el apoyo financiero del Pentágono, conseguió crear un material capaz de desviar los haces de luz que inciden sobre él, resultando éste invisible para el ojo humano. Adios, problemas de masturbación compulsiva. Bienvenido, Premio Nobel.

Un exultante General Waterparties nos invitaba por vía telefónica a una demostración de las cualidades del nuevo material en las oficinas del mismísmo Pentágono, el edificio de oficinas más eficiente del mundo, poblado por algunas de las mentes más preclaras de la historia, custodio de secretos que harían zozobrar naciones enteras, con unas medidas de seguridad capaces de detectar una lenteja tres meses después de haberla ingerido… 

¡General! ¡Dichosos los ojos que-

¡Alto ahí, hijo! ¡No des un sólo paso más!

¡Leñe! ¿Pero qué pasa aquí?

¡Hemos perdido el material, chico! ¡Podría estar en cualquier parte! ¡Ten mucho cuidado con dónde pisas!

¡Claro, claro! Cómo no. Si lo prefiere, dejamos la entrevista para cuando puedan hacer la demostración.

No, no se preocupe usted por la presentación. De todas formas era de todo menos espectacular, créame.

Yo pensaba que iban a hacer desaparecer un avión, o algo así.

¿Quién se cree que somos, hijo? ¿David Copperfield? Pensábamos poner el material en una urna y dos tipos muy serios y con metralletas al lado, como evidenciando que ahí había algo muy importante.

Bueno, eso todavía pueden hacerlo.

En este momento hay treinta tíos en una sala secreta discutiéndolo. Prosiga con la entrevista como si nada. Caminemos.

Caminemos pues. En el cine y la literatura, el uso más inocuo que se le ha dado a la invisibilidad se lo han dado los pervertidos. ¿En qué lugar les deja eso a uste- CRAC.

¡¡Alto!! ¡¿Qué ha sido eso?!

¿Eso? Nada.

¡Ese crujido!

Yo no he escuchado nada.

¡Sonaba exactamente igual que si hubiese pisado el material!

No, no, no… ja,ja, qué ideas. Cómo iba yo a pisar el mate- CRAC.

¡Otra vez!

Coño…

Hijo, detente inmediatamente. Es como si estuvieses pisando un cheque de treinta millones de dólares.

No, no, mi señor, ¿treinta ha dicho? No, no, qué va. Escuche General, ¿participó usted en la Guerra de Iraq?

¡Por supuesto! Estuve defendiendo a mi patria del horror químico. ¡¿No me vendrás ahora con historias de hippies?!

No, hombre no. Pero esos crujidos van a ser tinitus de la guerra, ¿eh? Por las explosiones. No se me preocupe hombre.

¡Demonios, chico! ¡Puede que tengas razón!

Claro hombre, relájese y acláreme una última cosa. ¿Esto de la invisibilidad tiene algún uso que no sea militar?

Por supuesto, permitirá ingentes avances en óptica…

…que podrán implementarse en satélites para realizar mejores observaciones.

¡Exacto! ¡Esa es la idea! No, a ver, lo que quiero decir es que…

Tranquilo, ya ha dicho suficiente. CRAC. CRAC. ¿Ha visto bailar flamenco alguna vez?

Nunca, hijo, enséñame ese baile primitivo, así me relajaré un poco, que me estoy volviendo loco.

Pues mire, básicamente consiste en taconear con fuerza en el suelo, mire, así. CRAC. CRAC. CRAC.

¡Ole! ¡Ole! ¡Toreador! ¿Es normal que cruja el suelo?

¡Oh, sí! ¡Normalísimo! CRAC. CRAC. ¡Eso es señal de que se está haciendo bien! ¡CRAC! ¡CRAC! ¡CRAC!

Pues siga, siga, qué delicia. ¡Palmas, palmas! ¡Ole! ¡Ole!

Militares. Habrase visto.

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Entrevista desde el fin del mundo

Por Nihilia | 8 Agosto 2008

Al final, y nunca mejor dicho, sucedió. Las últimas palabras de la humanidad fueron “¿el sitio de este tornillo es el suelo?” y después, el silencio. De acuerdo, quizás hubiera unos instantes de dolor atroz entre lo uno y lo otro, pero nada realmente importante, una vez que la humanidad entera ha quedado reducida a pura energía vagando en el vacío.

Para nuestra sorpresa, las consciencias de los seres humanos “sobrevivieron” a la catástrofe, si es que tal término puede aplicarse al estado de existencia en el que ahora nos encontramos. Siempre que el término “ahora” pueda ser aplicado en este espacio inerte en el que vagamos. Si el término “espacio” pudiese… Ustedes ya me entienden. Para disipar éstas y otras dudas, hemos conseguido realizar una entrevista con el máximo responsable del LHC, que pueden ustedes leer antes incluso de que se haya realizado aunque, desde luego, no gracias a lo “acertado” de las teorías de cierto alemán desquiciado. Ahora la palabra “Einstein” se utiliza como sinónimo de zumbado.

Buenos di… buenas tar… ¡Saludos! Bueno, al final, ¿qué fue? ¿Un agujero negro, un “strangelet”, el decaimiento del protón o el vacío cuántico?

Hans.

¿Hans?

Sí, Hans, el becario. Se le olvidó llevarse una.

¿Tenían ustedes un becario haciendo los cálculos de seguridad? ¿Creían que, recién salido de la Universidad, estaría preparado?

Hombre, algo sospechamos cuando le vimos contar con los dedos, pero como era sobrino del presidente, pues ya sabe usted como son estas cosas.

Pues se van a poner contentos el resto cuando lo descubran.

¿Y qué van a hacer? ¿Hacerle el vacío? Ja, ja, ja, ja…

¿Se está usted haciendo el gracioso?

Ehm… no.

No están ustedes en posición de de hacer muchos chascarrillos.

Lo entiendo…

Saben ustedes los científicos que son el colectivo más odiado de toda esta… todo este… cosa.

No se crea, los historiadores están encantados, dicen que ya creían que se iban a perder el final de la película.

Pues al final ha resultado ser una de las malas, de esas con científicos locos jugando a ser Dios y cargándose todo el mundo en el proceso.

Es verdad, al final las películas de serie B resultaron ser la única aportación relevante de la cultura para el ser humano. Si tan sólo hubiésemos sido un poco más frikis…

Supongo que ya no tiene importancia.

No, supongo que no.

Gilipollas.

¿Perdón?

Nada, que no me podía quedar sin llamárselo.

No pasa nada, muchos de nosotros ya lo estamos confundiendo con nuestro nombre.

Eso está bien. Bueno, y ¿tienen ustedes algún dato sobre dónde estamos?

En realidad la noción de ahora no sería demasiado correcta, ni tampoco la de “donde”.

No me repita información que eso ya lo he dicho yo antes.

De acuerdo, pues son las “nunca” y estamos atrapados en “nada”.

Creo que voy a partirle la cara.

No pretendía vacilarle, quería decir no nos encontramos en ningún…

Prepárese que voy.

Lo que intento expli- oinch.

Qué a gusto se queda uno.

Ezo no eda nezezadio.

Qué sabran ustedes los científicos lo que es necesario. Bueno, para ir terminando, ¿alguna idea sobre cómo pasar el resto de la eternidad?

 Zí, en dealidad zí. Unoz cuantoz de miz codegaz y yo mizmo eztamoz elabodando un pdoyezto que noz pedmitidá avediguad la eztruztura ezazta de ezte univedzo y…

No siga, por favor.

¡Pedo zi ez muy intedezante! Mide, mide, zi ze obzedva la auzenzia de colizionez entde padtículaz de etza peculiadidaz pdotocózmica…

Le pido que se calle y deje de escupirme.

¡Zi me deja ezplicadme lo encontdadá apazionande! Ze zupone que la auzenzia de dimenzionez de ezte univedzo…

Nada. Que no cambiaremos nunca. 

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El LHC y la teoría del ¡Zacatrás!

Por Nihilia | 6 Agosto 2008

Por cuestiones legales que no viene al caso relatar, he de comenzar esta entrada desmintiendo los rumores de que los chicos de La Hora Chanante vayan a destruir éste o cualquier otro universo en un futuro próximo. Según sus abogados, si en un breve plazo de tiempo el mundo se acabase, la responsabilidad recaería única y exclusivamente sobre los científicos a cargo del Gran Colisionador de Hadrones. Llamadme desconfiado, pero nombre para destruir el universo no le falta, no.

A estas alturas ya todo el mundo debe saber qué es el LHC. Un acelerador y colisionador de partículas fundamentales que recreará las condiciones del Big Bang y que, según algunos científicos, puede confirmar la Teoría del ¡Zacatrás!. El cumplimiento de la Teoría del ¡Zacatrás! implicaría la total destrucción de nuestro planeta, o del universo entero, los científicos no ven la necesidad de ponerse de acuerdo en este punto, y supondría la constatación de dos grandes postulados:

1. El universo es finito.

2.Y el ser humano gilipollas.

Es el precio por saber qué es la masa, amigos.

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