Segundo capítulo
Por Timoteo | 25 Agosto 2008[ Uno ]
La tarde siguiente desperté muerto de sed. Bebí agua hasta que me dolió el estómago y luego un poco más. Agua, agua purificadora, deliciosa agua de Madrid. Por fin aplacaba mi sed y mi apetito. No era alcohol sino agua, simple agua lo que necesitaba. Me abandoné a una reparadora potomanía.
A medida que bebía agua y limpiaba mi organismo mis ideas se fueron aclarando. Tenía que adueñarme de mi vida, retomar las riendas que había soltado las últimas semanas; incluso, remontándome más atrás, retomar lo que dejé pendiente en Madrid antes de marcharme, antes de ese largo paréntesis que suspendió mi vida durante seis años. El primer paso sería adueñarme de la casa, dejar de ser un intruso en mi propio hogar. Pero iba a necesitar ayuda para semejante tarea, y sólo había una persona en mi mente. Entonces tendría que haber un paso previo al primero. Sí, me gustaba la idea: un paso cero, un origen, empezar por hacer lo que no me atreví a hacer seis años antes. Llamaría a Julia.
Por suerte seguía teniendo el mismo número de teléfono. No quise extenderme mucho en la conversación, así que, con lo que me pareció cierto halo de misterio, lo emplacé todo para un encuentro en un café la tarde siguiente.
Llegué con antelación, sólo para regodearme en su seguro retraso. Veinte minutos después de lo acordado apareció en el umbral su inconfundible figura: estilizada, piernas largas y pechos pequeños, larga melena morena. Vestía con sencillez, unos vaqueros y camiseta de tirantes; no se había maquillado para verme.
Ella me había localizado. Me puse en pie para asegurarme y esperé a que se acercase para hacer el primer gesto. Dos besos. Olía como entonces, aquel olor que quedaba impregnado en mis sábanas y yo acariciaba cuando ella se marchaba, una parte de ella que todavía podía disfrutar en su ausencia, que me acompañaba hasta que pudiera tenerla de nuevo entera, cuerpo y olor y alma. Aquel olor que tanto había añorado cuando sus ausencias dejaron de ser de horas o días para ser kilómetros y kilómetros, semanas, meses, años sin rastro de ella en mi colchón al despertar.
-Tienes mal aspecto -dijo con media sonrisa, como si se alegrara o le pareciera divertido. No venía con ganas de ponerlo fácil.
-Tú en cambio estás como siempre -mentí. Los años habían pasado por ella, pero para bien. Había perdido definitivamente los rasgos aniñados que conservó hasta bien entrada la veintena, se le había afilado el rostro y ahora tenía una expresión más dura, ya no de niña buena sino de mujer que conoce la vida. Sus ojos no tenían aquel brillo de entonces, pero habían ganado en profundidad. Más interesante. Más atractiva.- Siéntate. ¿Qué quieres tomar?
-¿Qué estás bebiendo tú?
-Café irlandés.
-Entonces me conformaré con una infusión.
Conseguimos la atención de un camarero para que Julia pidiera su poleo. Quedamos en silencio, pensando, yo, cómo exponer lo que quería exponer. Había estado pensándolo desde que la llamé, desde antes, en realidad, sin llegar a encontrar una estrategia o planteamiento adecuado. Ya se me ocurriría sobre la marcha. No se me ocurría.
-¿Y hace mucho que has vuelto? -vino ella en mi ayuda, o tal vez en socorro de la conversación. Conocía mis silencios demasiado largos cuando me perdía en mis elucubraciones. Nunca los había soportado muy bien. Sabía que estaba buscando fuerzas y palabras para decir lo que había ido a decir, pero no tenía tanta curiosidad, o la dominó para no decir lo que estaría pensando. En lugar de la pregunta directa me mostró, me restregó el camino hacia una conversación normal entre dos personas que llevan tiempo sin verse. Sí, parecía lógico y normal, una vez lo había dicho. Seguramente por eso no se me había ocurrido a mí.
-No, no hace ni un mes -decidí agarrarme a aquel resquicio que me ofrecía y alargar la conversación para acercarme y postergar el doloroso asunto que me había llevado allí-. ¿Y tú? ¿Qué ha sido de ti en estos -dudé, como si no supiera la cifra con precisión de días- seis años?
-Me divorcié hará un año -dijo mirándome a los ojos muy tranquila.
Se había divorciado. Al final se había divorciado, había dejado a aquel mediocre abogado, mediocre amante, mediocre conversador, medicore bebedor, mediocre, mediocre, mediocre.
-¿Y el niño? -conseguí decir mientras intentaba digerir la noticia y no pensar en las consecuencias que podría tener aquello.
-Joder, Luis, nunca te enteras de nada -se paró, sorprendida de que no tuviera conocimiento alguno de lo sucedido-. ¿De verdad no te enteraste de nada?
Negué con la cabeza. Y aún me sentí obligado a aclarar:
-Cuando me fui corté el trato con todos los de aquí. Sólo hablaba con mi familia -’y ya nunca más hablaré con ellos’.
-Tuve un aborto.
Tenía razón, nunca me entero de nada. Resulta que la mujer que había dejado embarazada de su marido no tiene ni hijo ni marido. Yo había puesto tierra de por medio poco después de saber la noticia. Una noche apareció muy seria y me dijo ‘Luis, tenemos que hablar’. Me contó que estaba embarazada y aseguró que era de su marido con tal vehemencia que no pude más que creerla. ‘¿Y qué vamos a hacer?’. ‘Tenerlo’, dijo también sin dejar lugar a dudas, ‘Pablo y yo vamos a tener un hijo’. Siguió una acalorada discusión en la que intenté averiguar en qué lugar me dejaba todo aquello, tras la que nos refugiamos en lo único que nos quedaba: un angustiado polvo, como si ambos supiéramos que iba a ser el último.
Nos vimos una vez más, en un bar cerca de su trabajo en el que de nuevo me esforcé en dilucidar mi posición en aquel triángulo que estaba a punto de convertirse en un rombo, o mejor un trapecio del que yo me veía cayendo sin red mientras Pablo y Julia volvían a encontrarse tras un complicado triple mortal. Ella insistió en que no quería perderme, pero que no podía traicionar tanto a Pablo como para arrebatarle un hijo, que aquello podía ser una oportunidad para salvar su matrimonio. Para mí quedaba la tarea de esperar, ver qué pasaba, ver cómo crecía en su vientre un hijo que no era ni sería mío, y luego fuera de su vientre, y yo esperando, el plan B, con el motor en marcha por si se torcían las cosas. No pintaba nada bien.
No creí poder soportarlo, así que sin pensarlo mucho decidí alejarme. Pregunté en mi empresa si podía trasladarme sin importar el destino, con idea de ir a Barcelona o Sevilla y aclarar mis ideas con la perspectiva de la distancia. Ellos se mostraron entusiasmados, les gustaba ‘fomentar la movilidad’ y ‘el intercambio cultural’ del que podían ’surgir nuevos enfoques’. Había una vacante en París que yo acepté sin dudar, al fin y al cabo, puestos a irse, cuanto más lejos mejor, y qué más da España que Francia. En un par de semanas me mudé de ciudad, de país y de vida.
No me sentí capaz de hablar, no digamos ya de ver, a Julia, de modo que me despedí en una larga carta escrita en la febril noche de la víspera de mi partida, enviada camino del aeropuerto como quien mete un mensaje en una botella: depositando allí mi última esperanza, condenado en adelante a centrar mis esfuerzos en el día a día, sin más ambición que sobrevivir. Cambié el sol y el cielo de Madrid por la lluvia y los días grises de París, la tibieza de su cuerpo en mi cama por los fríos despertares franceses, la perfección de su piel por otra piel cualquiera. Seis años sin querer saber qué pasaba en su casa, sin dejar de imaginarlo, deseando y temiendo que fuera feliz.
Conseguí salir del silencio:
-Podrías haberme avisado, ¿no? -balbucí con rencor. Seis años. Seis años viviendo en un mundo falso, engañado. Seis años exiliado, intentando olvidarla sin éxito. Seis años sin familia, perdiendo el contacto con los amigos. Seis años haciendo el gilipollas.
-No me dejaste tus señas, ningún teléfono por si acaso. Además, no te despediste, dejaste de responder mis llamadas, sin más, no supe que te ibas hasta que recibí tu carta. Decidiste desaparecer, borrarte.
No habría sido tan difícil seguir mi rastro, bastaba con preguntar en el trabajo, a mi familia. Pero estaba claro que aquello era una excusa, para qué señalarlo, no había que perder de vista el centro.
-¿Y qué querías que hiciera?
-No sé, largarte sin decir nada no, desde luego. Podías haber preguntado, haber explicado, haber esperado un poco. Pero no, desapareciste, sin dejar rastro hasta esa carta semanas después. Y luego nada, sin noticias. Siempre te gustó tomarte las cosas a la tremenda, tan melodramático, como si vivieras en una novela.
-Claro, podía haberme quedado a ver cómo volvías con tu marido para tener un hijo.
-No estaba tan claro.
-Tú parecías tenerlo muy claro.
-¿Yo? En mi vida he tenido tantas dudas. Joder, ¿embarazada, casada y con amante? ¡Por dios, cómo iba a tenerlo claro!
¿De verdad había ocurrido así? ¿Me había acobardado y salido huyendo con sólo ver el problema? Lo que parecía evidente es que aquello sólo nos había dejado rencor a los dos. Así que aproveché para cambiar el rumbo de la conversación y soltar mi dolor, ya no para compartirlo con ella sino para arrojárselo a la cara.
-Bueno. No he venido a hablar de eso. Tendremos que seguir otro día porque… pero no te he llamado para eso -hice una pausa para ver si tenía algo que decir; cogí impulso-. Mi familia ha muerto.
-¿Qué?
-Mi padre, mi madre, mi hermana, mi hermano. Muertos. Un accidente de tráfico. El día que llegué. No hace ni un mes -me fui relajando según lo decía, aflojando el nudo del estómago hasta casi quedar en paz. Sus ojos brillaron, suavizó su expresión. Sin embargo, había venido blandiendo el hacha de guerra y no iba a enterrarla así como así.
-¿Y por qué me lo cuentas a mí?
-Hace años que no hablo con nadie. ¿A quién si no? La casa se me cae encima. La vida se me cae encima. Necesito ayuda. Necesito tu ayuda.
-¿Que te ayude? ¿A qué? -todavía se mostraba reticente, pero noté que ya había accedido, sólo quería hacerse de rogar, no ponerlo fácil.
-No puedo hacerlo solo. Ven a casa y ayúdame. A vaciarla, tirar lo que haga falta, sacarlos de allí. Enterrarlos de una vez.
-¿Ahora?
-No tiene por qué ser ahora. Cuando tengas tiempo. Lo antes posible.
-¿El sábado?
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