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Mis problemas con la sexta temporada de Lost

Por Nihilia | 27 mayo 2010

Tenía una deuda pendiente con Lost. Hace seis años me robó la siesta de un sábado cualquiera de resaca y, desde entonces, he estado siguiéndola cada semana con el cuchillo entre los dientes. Escéptico al principio, levemente interesado después,  involucrándome poco a poco en la trama y finalmente boquiabierto y con el cuchillo por los suelos, tirado en alguna parte del salón. Y sin embargo, seis años después, siento la tentación de ponerme a buscar bajo el sofá para recuperarlo.

Quede claro que no considero que haya que juzgar la totalidad de la serie por su último cuarto de hora. No sería justo con todas esas veces que he sentido que la serie no era más que la puerta de entrada a un buen montón de charlas interesantes y apasionadas. Sin embargo, sí es cierto que gran parte de la serie dependía de la última temporada, del momento de saldar cuentas después de tanta expectativa creada. Los creadores habían hecho un pacto con el espectador en el que ellos formaban una intrincada red de misterios, secretos y medias verdades y nosotros les éramos fieles semana tras semana esperando una resolución.

Pero de pronto nos cambiaron el pacto. Nos dijeron que Lost era una serie de personajes, por contraste con otras cuyo protagonismo debe acapararlo el atrezzo. Es como si intentasen convencernos de que habíamos seguido la serie para saber si Kate se decidía por Sawyer o por Jack, y no para averiguar qué escondía la isla que nos había tenido en vilo seis temporadas. Y que si no estábamos de acuerdo que revisásemos la definición de McGuffin. Fiesta.

Toda serie trata sobre sus personajes. Toda. Y en toda serie, qué digo serie, en todo relato narrativo hay una “excusa” argumental que permite a sus personajes alcanzar su catarsis, por utilizar términos clásicos (porque sí, vamos). Hay relatos en los que hay un equilibrio entre ambas cosas y otros en los que no. Hay relatos en los que, por ejemplo, no nos importa qué hay dentro de la maleta que portan los dos protagonistas, sino que nos importa su viaje. Bien, la maleta es un McGuffin y maldita la falta que nos hace abrirla. En Lost tampoco hay ese equilibrio. En Lost siempre nos importó más el interior de la maleta que Vincent Vega y Marcellus Wallace. No nos pasábamos las noches en vela en foros ni nos peleábamos hasta la muerte (dialéctica) por saber si Desmond quería más a Penny que Penny a Desmond. Lo hacíamos porque Desmond, cual Dr. Manhattan, tenía una percepción diferente del paso del tiempo y eso le hacía partícipe del misterio de la isla.

En Lost, los personajes valen lo que vale el secreto que ocultan; su importancia se mide por la fortaleza del lazo que les une al misterio de la isla. Si ésta resulta ser un McGuffin, han conseguido que nos importase más la excusa que el fondo. Hemos llegado a una sexta temporada en la que los creadores nos decían que la isla era un McGuffin, una simple excusa que hacía avanzar la trama. Nosotros pensábamos que el McGuffin eran los personajes.

Por eso está tan fuera de lugar resolver la serie de la forma que se ha resuelto: olvidándose por completo de la isla, el verdadero motor de la serie, en una trama secundaria que se sacaron de la manga en la última temporada. Con una suerte de epílogo que, para colmo, se ha emitido en montaje simultáneo que estorba la conclusión de la trama principal.

Pero es que, además, el final arroja un mensaje confuso que, en cierto modo, vacía de significado las acciones de los personajes en la trama principal: no importa lo que hagas en vida, ya solucionarás todos tus problemas después, en un “punto omega” o “purgatorio Disney”, donde todas las religiones caben en la vidriera de tu corazón, tus amigos serán como siempre los recordaste y la representación de ciudadanos de color y de etnia latina se ha reducido drásticamente. Más allá de bromas, la lectura que arroja el final no es especialmente brillante.

No se si será lícito citar en este momento a J.J. Abrams, puesto que hace tiempo que se desvinculó de la serie pero, hace años, contaba en una de las charlas del TED algo que puede ser revelador. Abrams contaba que, cuando era niño, se había comprado una caja que contenía dentro 50 dólares de magia y que nunca había llegado a abrirla. Que se había enamorado de las infinitas posibilidades que contenía la caja mientras se mantuviese cerrada. Desde luego la metáfora lleva el sello J.J. ¿Puede ser que nos hayamos acercado demasiado al misterio y éste haya perdido la gracia?

Mi respuesta es: Michael en bermudas. Después de varias temporadas de trémulas voces susurrantes que envolvían a los personajes en el momento más inesperado, al final la solución a tanto entuerto nos la ofrece, con la naturalidad del vecino que se te cruza camino de la panadería, un Michael en bermudas y con una sudadera de mercadillo. Cuse y Lindelof abrieron la caja que les dejó J.J. y eso fue todo lo que supieron encontrar.

Personalmente, pienso inducirme este fin de semana un proceso de amnesia selectiva. Pienso beber, beber y beber hasta que me olvide de esta última sexta temporada y lo único que quede sea ese final de la quinta. Ese final en el que podía discutirse si los personajes habían cumplido su destino por propia voluntad o no, o si quizás no había siquiera un destino que cumplir. Ese final que incluía dos inquietantes personajes que lo observaban todo, sin que tuviésemos realmente claro hasta qué punto y en qué sentido habían intervenido. Ese final en el que los personajes habían jugado sin conocer las reglas, como tenemos que hacer todos nosotros. Ese final que resumía la esencia de Lost.

PUM. LOST.