Prólogo de “El Mutista”. No esperen pronto el resto.
El manto estrellado de Morfeo titilaba sereno sobre los campos de olivares, mecidos por la brisa nocturna del Mar Egeo. El único obstáculo reseñable a su avance era la ciudad de Mileto, fundada en la noche de los tiempos por un apuesto y bien formado efebo, que escapaba de un admirador demasiado fogoso y regio para su gusto y de su demasiado sanguinario y bien entrenado ejército.
Dos figuras cruzaban la acrópolis sin demasiada convicción; al menos una de ellas parecía no tenerlas todas consigo. Era una pareja compuesta por una vieja aristócrata, de cuya belleza podía decirse que era legendaria por la cantidad de tiempo que hacía que había abandonado el barco, y un prometedor estudiante con pinta de encontrarse en una situación para la que no había sido debidamente instruido.
- Señora, empezamos a alejarnos bastante del ágora, ¿no puede enseñarme lo que sea aquí mismo?
- No te preocupes, mi impulsivo doncel. Una pequeña caminata no debe ser obstáculo para un joven tan fornido y apuesto como tú.
La anciana hundió un poco más sus dedos huesudos en el brazo del estudiante e, ignorando los quejidos que emitía su joven erómeno, lo arrastró hasta un balcón delicadamente engalanado con enredaderas y flores aromáticas, desde el que se divisaba toda la ciudad. Una vez allí, la anciana se volvió hacia su acompañante al tiempo que acariciaba un ánfora de forma pretendidamente insinuante.
- Entonces, ¿todos los estudiantes lucen atributos tan apolíneos como los tuyos, o debe considerarse como una atención especial de los dioses?
El estudiante se acariciaba el brazo, que aún guardaba la memoria de los huesos de la anciana en su carne.
- Honestamente, no se si apolíneo es el adjetivo más adecuado…
- Por favor, la humildad es el consuelo de los que no tienen nada de qué presumir. Vuestra silueta, en cambio…
- Señora, me parece que esperáis ser complacida de alguna manera que no me atrevo a imaginar, y mañana tengo que…
- Oh, no os riáis de mí. Sin duda una mente tan despierta como la vuestra debe conocer infinitas maneras para satisfacer a una dama.
En la despierta mente del estudiante hacía un rato que se agolpaban imágenes de terribles accidentes de carretas y emboscadas a la vuelta de un matorral traicionero.
- Quizás si fuéramos a un lugar más iluminado y concurrido podría leerle algún pasaje de…
- Observo que te falta perspectiva, gorrioncillo.
La anciana puso los brazos en ánfora y decidió pasar de los dobles sentidos de alcoba a los de campaña. Con cada frase suya enviaba un par de caballos de Troya dialécticos hasta arriba de soldados hacinados, acalorados, hambrientos, probablemente con urgencias fisiológicas que aliviar desde hace horas y que matarán por un poco de aire fresco. El estudiante era el mocoso que se pone a jugar al frontón usando el caballo de pared.
- Una mente tan brillante e inquieta como la vuestra debe alumbrar gran cantidad de excitantes proyectos. Proyectos que se beneficiarán enormemente del apoyo financiero que puede aportar una dama como yo.
- Señora, dadme tan sólo una rama seca y tierra en la que poder dibujar; nada más necesita el verdadero sabio: quebrantará así la lengua de los charlatanes.
- ¿Y las influencias? No podéis negar que no todos los oídos son igual de valiosos, y que más vale predicar un vez en el foro adecuado que mil veces entre cardos y alimañas.
- Si una idea es cierta, se sostiene y difunde por sí misma: lo más veloz es el entendimiento, que corre por todo.
- Pero bueno, ¿afirmáis entonces que no os interesa nada de lo que os rodea?
El estudiante levantó la mirada hacia el firmamento y dejó que la luz de miles de estrellas bañase su rostro, otorgándole la prestancia de un semidiós esculpido en piedra.
-A veces, cuando contemplo la inmensidad de la cúpula celestial, las estrellas observándonos impasibles desde el firmamento como los fríos ojos escrutadores de Minerva…
-Lo que vos digáis… Esta túnica me aprieta; a ver si aflojándola un poco…
-… y los mecanismos que gobiernan la naturaleza, toda esta diversidad animada por un único mandato ignoto…
-… entre las cataratas y el tembleque esto es toda una hazaña …
-… o el voluptuoso caudal de las aguas, origen, sustrato y causa de aquello que nos rodea…
-… ¿eso era un zafiro o mi prótesis dental?…
-… la humedad de la que proviene toda vida, toda esta belleza y armonía…
-… oh, vaya. Me silban los oídos…
-… a veces me pregunto qué es, en realidad, todo esto.
-¿Y no sientes curiosidad también por todo ESTO?
La túnica, el peplo, el himatión, y saben los dioses cuántas prendas más, yacían en los tobillos de la anciana, que se ofrecía con los brazos abiertos al aterrorizado estudiante. Horrorizado, arrancado de su arrebato místico por un desnudo que haría gritar de agonía a los tres jueces del Inframundo, el estudiante echó a correr de la forma en que la trigonometría más básica le aconsejaba: en línea recta hacia el punto de fuga.
Acto seguido, el firme devino en éter y el estudiante se precipitó en la oscuridad nada confortable de una zanja. Desde el fondo, aún confuso sobre la posición y el estado general de varios de sus miembros, pudo ver cómo la anciana se asomaba sujetando su túnica con las manos y exhibiendo la amplia sonrisa desdentada por la que, según decían, el Hades en asamblea extraordinaria había decidido otorgarla una moratoria indefinida, hasta que no quedase más remedio que aceptarla. La anciana profería grandes risotadas y silbaba entre dientes:
- ¿Cómo pretendes, Tales, saber acerca de los cielos, cuando no ves lo que hay debajo de tus pies?