Amores a cuatro manos

Por Nihilia | 2 abril 2011

Y llegó el momento, me besó y no dijo nada. Se separó de mí y me mantuvo la mirada, quién sabe si con gesto desafiante o implorante. Aparté las manos que rodeaban mi cintura. Si se sintió decepcionado, no lo hizo notar; quizás fui yo la que esperaba mayor insistencia por su parte. ¿Por qué estoy aquí? Él lo sabe todo: lo mío con Alfredo, los años que llevamos juntos, el comienzo fulgurante y prometedor y el lento tedio que se ha ido apoderando de nuestra vida; quizás no de forma definitiva pero, en cualquier caso, de forma dolorosamente rutinaria. Me voy. Estoy llegando a la puerta cuando me doy cuenta que sus labios siguen entreabiertos. Me espera, me anhela. Busca redención, catársis, épica. Como yo. Me pregunto si dos personas que buscan los mismo pueden obtenerlo el uno del otro. ¿Cómo se llamará ella?

Me separo de él de un empujón. No se cuál de los dos se tambalea más. Creo que le odio, y me parece ya muy lejano el momento en que me regaló aquella camiseta roída. Si no la llevase puesta en este momento, con gusto se la tiraría a la cara. En vez de eso, empiezo a acariciarle. Él parece desconcertado durante apenas un segundo, después me embiste suavemente con su lengua. Sus dedos me duelen apenas un momento,después me derriten. Me siento floja, débil y febril; me abandono. Mientras pensaba en Alfredo, descubrí algo debajo de la almohada. Eran las claves del gobierno Khordiano que llevaba buscando desde que abandoné el sistema Beta-Sigma. Así que, ¡él era el traidor! ¡El conspirador de la Alianza Velvet-Gamma!

¡Yo os maldigo, Velvet-Gamma!

¡Me arrebatásteis a mi familia!

Pues aquí hay un chocho que no probaréis los de la Alianza.

VENDETTA.

Escrito y publicado a cuatro manos y en estado de total embriaguez por Nihilia y Mrs. N. (firma invitada).

Basado en hechos reales

Por Nihilia | 19 noviembre 2010

Prólogo de “El Mutista”. No esperen pronto el resto.

El manto estrellado de Morfeo titilaba sereno sobre los campos de olivares, mecidos por la brisa nocturna del Mar Egeo. El único obstáculo reseñable a su avance era la ciudad de Mileto, fundada en la noche de los tiempos por un apuesto y bien formado efebo, que escapaba de un admirador demasiado fogoso y regio para su gusto y de su demasiado sanguinario y bien entrenado ejército.

Dos figuras cruzaban la acrópolis sin demasiada convicción; al menos una de ellas parecía no tenerlas todas consigo. Era una pareja compuesta por una vieja aristócrata, de cuya belleza podía decirse que era legendaria por la cantidad de tiempo que hacía que había abandonado el barco, y un prometedor estudiante con pinta de encontrarse en una situación para la que no había sido debidamente instruido.

- Señora, empezamos a alejarnos bastante del ágora, ¿no puede enseñarme lo que sea aquí mismo?

- No te preocupes, mi impulsivo doncel. Una pequeña caminata no debe ser obstáculo para un joven tan fornido y apuesto como tú.

La anciana hundió un poco más sus dedos huesudos en el brazo del estudiante e, ignorando los quejidos que emitía su joven erómeno, lo arrastró hasta un balcón delicadamente engalanado con enredaderas y flores aromáticas, desde el que se divisaba toda la ciudad. Una vez allí, la anciana se volvió hacia su acompañante al tiempo que acariciaba un ánfora de forma pretendidamente insinuante.

- Entonces, ¿todos los estudiantes lucen atributos tan apolíneos como los tuyos, o debe considerarse como una atención especial de los dioses?

El estudiante se acariciaba el brazo, que aún guardaba la memoria de los huesos de la anciana en su carne.

- Honestamente, no se si apolíneo es el adjetivo más adecuado…

- Por favor, la humildad es el consuelo de los que no tienen nada de qué presumir. Vuestra silueta, en cambio…

- Señora, me parece que esperáis ser complacida de alguna manera que no me atrevo a imaginar, y mañana tengo que…

- Oh, no os riáis de mí. Sin duda una mente tan despierta como la vuestra debe conocer infinitas maneras para satisfacer a una dama.

En la despierta mente del estudiante hacía un rato que se agolpaban imágenes de terribles accidentes de carretas y emboscadas a la vuelta de un matorral traicionero.

- Quizás si fuéramos a un lugar más iluminado y concurrido podría leerle algún pasaje de…

- Observo que te falta perspectiva, gorrioncillo.

La anciana puso los brazos en ánfora y decidió pasar de los dobles sentidos de alcoba a los de campaña. Con cada frase suya enviaba un par de caballos de Troya dialécticos hasta arriba de soldados hacinados, acalorados, hambrientos, probablemente con urgencias fisiológicas que aliviar desde hace horas y que matarán por un poco de aire fresco. El estudiante era el mocoso que se pone a jugar al frontón usando el caballo de pared.

- Una mente tan brillante e inquieta como la vuestra debe alumbrar gran cantidad de excitantes proyectos. Proyectos que se beneficiarán enormemente del apoyo financiero que puede aportar una dama como yo.

- Señora, dadme tan sólo una rama seca y tierra en la que poder dibujar; nada más necesita el verdadero sabio: quebrantará así la lengua de los charlatanes.

- ¿Y las influencias? No podéis negar que no todos los oídos son igual de valiosos, y que más vale predicar un vez en el foro adecuado que mil veces entre cardos y alimañas.

- Si una idea es cierta, se sostiene y difunde por sí misma: lo más veloz es el entendimiento, que corre por todo.

- Pero bueno, ¿afirmáis entonces que no os interesa nada de lo que os rodea?

El estudiante levantó la mirada hacia el firmamento y dejó que la luz de miles de estrellas bañase su rostro, otorgándole la prestancia de un semidiós esculpido en piedra.

-A veces, cuando contemplo la inmensidad de la cúpula celestial, las estrellas observándonos impasibles desde el firmamento como los fríos ojos escrutadores de Minerva…

-Lo que vos digáis… Esta túnica me aprieta; a ver si aflojándola un poco…

-… y los mecanismos que gobiernan la naturaleza, toda esta diversidad animada por un único mandato ignoto…

-… entre las cataratas y el tembleque esto es toda una hazaña …

-… o el voluptuoso caudal de las aguas, origen, sustrato y causa de aquello que nos rodea…

-… ¿eso era un zafiro o mi prótesis dental?…

-… la humedad de la que proviene toda vida, toda esta belleza y armonía…

-… oh, vaya. Me silban los oídos…

-… a veces me pregunto qué es, en realidad, todo esto.

-¿Y no sientes curiosidad también por todo ESTO?

La túnica, el peplo, el himatión, y saben los dioses cuántas prendas más, yacían en los tobillos de la anciana, que se ofrecía con los brazos abiertos al aterrorizado estudiante. Horrorizado, arrancado de su arrebato místico por un desnudo que haría gritar de agonía a los tres jueces del Inframundo, el estudiante echó a correr de la forma en que la trigonometría más básica le aconsejaba: en línea recta hacia el punto de fuga.

Acto seguido, el firme devino en éter y el estudiante se precipitó en la oscuridad nada confortable de una zanja. Desde el fondo, aún confuso sobre la posición y el estado general de varios de sus miembros, pudo ver cómo la anciana se asomaba sujetando su túnica con las manos y exhibiendo la amplia sonrisa desdentada por la que, según decían, el Hades en asamblea extraordinaria había decidido otorgarla una moratoria indefinida, hasta que no quedase más remedio que aceptarla. La anciana profería grandes risotadas y silbaba entre dientes:

- ¿Cómo pretendes, Tales, saber acerca de los cielos, cuando no ves lo que hay debajo de tus pies?

El Café des Gaspiller

Por Nihilia | 23 septiembre 2010

Son pocos los afortunados que han oído hablar sobre los formidables acontecimientos que sucedieron, hace ya cerca de ochenta años, en el Café des Gaspiller, y que convulsionaron el mundo del pensamiento occidental hasta un punto difícil de imaginar. Probablemente usted mismo sea, sin saberlo, un hijo intelectual de aquella extraordinaria noche. El Café des Gaspiller era un popular y exclusivo centro de reunión de intelectuales de la época; fueron pocos los pensadores, filósofos, científicos, políticos o artistas que no acudieron a templarse el alma con un trago de “99 octanos”, la especialidad de la casa, o que no se alegraron la vista contemplando a Justine, la popular camarera del local, cuyo vestuario fue definido en una ocasión por un conocido político de la época como “descapotable”.

Muchas fueron las leyendas que corrieron de boca en boca sobre las tertulias del local. Se rumoreaba, por ejemplo, que un día apareció por el local un eminente físico teórico que comenzó a cuestionar la naturaleza predecible y ordenada de la realidad, afirmando que esta es “un mero constructo mental” y que él sólo creía “en los átomos, las partículas y particularmente en las pechugas de Justine”. Entonces un respetado obispo que se encontraba entre la audiencia de tapadillo, ofendido ante el relativismo moral que eso planteaba y ante la posibilidad de perderse las jugosas confesiones de Justine, lanzó un montón de átomos de ladrillo sobre el montón de átomos de físico desprevenido, que salió del local recogiendo sus dientes y habiendo recuperado la perspectiva newtoniana del universo. Supuestamente este episodio retrasó el desarrollo de la física cuántica en varios años.

Sin embargo aquel incidente no sería, ni por asomo, el más relevante de cuantos sucedieron en el Café des Gaspiller. Hay varias versiones de la historia que compiten por ser la traducción más veraz de los hechos, con mayor o menor grado de fiabilidad, si bien hay cierto consenso acerca su inicio. Varios testigos afirmaron que, en el epicentro de lo que se conoció como “la tragedia del tugurio ese, el que estaba siempre oscuro y lleno de gente rara”, se encontraban Maximillien Langdoc, un reputado filósofo racionalista, y un misterioso hombre conocido como Sesga, un supuesto dramaturgo de vanguardia del que no se conserva registro alguno.

La existencia de Sesga es un verdadero misterio. Por diversos testimonios tenemos una idea aproximada de su procedencia: su voluble temperamento, su heroica ingesta de espirituosos y, sobre todo, su afición a dejar largas facturas a cuenta, hablan de su origen mediterráneo con más locuacidad que un rastro de carmín en unos calzoncillos. Sabemos también de sus manejos en el mundo del teatro por un conocido cercano, ocasional compañero de correrías nocturnas, quien tras ser interrogado brevemente por los sucesos del Café des Gaspiller, se agazapó en una esquina y procedió a chuparse fanáticamente el pulgar mientras se oprimía el lóbulo de una oreja. No hubo manera de sacarle de su mutismo.

Queda claro, pues, que tan sólo disponemos de información acerca de Sesga por los testimonios de aquellos que asistieron a los insólitos acontecimientos del Café des Gaspiller, en una lluviosa noche de invierno. Según revelan nuestras pesquisas, Maximillien Langdoc debía encontrarse departiendo amigablemente con un par de conocidos cuando Sesga se precipitó dentro del Café. Completamente empapado por fuera y terriblemente desecado por dentro, Sesga se dirigió a la barra para reducir el desequilibrio entre ambos estados, y fue allí donde debió producirse el fatal encuentro.

Existen varias versiones, contradictorias entre ellas, acerca de cuánto tiempo pasó hasta que el uno se cruzó con el otro; sin embargo varios testigos afirman que, para cuando lo hicieron, ambos caminaban “como si se encontrasen en la bodega de un barco que atraviesa el padre de todos los huracanes”. Sesga y Langdoc comenzaron a charlar animadamente al principio, e incluso se tiene constancia de que ambos departieron amigablemente durante un buen rato, hasta que Langdoc sacó a relucir su concepto de la realidad.

Langdoc expuso, en términos generales, que el universo es un todo ordenado y que, mediante los procedimientos de la razón, todos sus principios pueden ser deducidos por completo; el universo tiene, por tanto, sentido, y explicarlo es tan sólo cuestión de tiempo. Sesga escuchó atenta y educadamente a su interlocutor y, una vez hubo terminado su disertación, agarró una botella de la barra y la estalló en su cabeza para después susurrarle al oído, mientras se convulsionaba en el suelo: “entonces explica esto”. Evidentemente Sesga invocaba, mediante ese acto, la existencia del absurdo en el universo y, por ende, la inviabilidad de la razón como única herramienta para desentrañar su esencia.

Sin embargo Sesga no debió quedar del todo satisfecho con su argumentación. La verdad es que aún era posible, e incluso sencillo, deducir la lógica dialéctica que le había llevado a actuar de tal manera. Se dio cuenta de que, para demostrar su tesis, debía llevar a cabo un acto verdaderamente irracional, un puro sinsentido que abriese definitivamente las mentes de sus compañeros. Probó suerte agrediendo a los compañeros de Langdoc mediante sendas patadas en la entrepierna, ante la algarabía general, pero pronto determinó que aquella línea de pensamiento era demasiado continuista: nunca produciría los resultados deseados.

Dedujo entonces que, si quería alcanzar el absurdo absoluto, primero debía sacudirse de encima la carga de los convencionalismos. Consecuentemente se abalanzó sobre el resto de asistentes con renovada fiereza. Varios clientes comprendieron intuitivamente la metodología de Sesga, o iban tan borrachos como para despreciar el dolor de un directo al mentón, y en pocos segundos el bar se convirtió en una gigantesca y vibrante trifulca ideológica. Varios testigos afirman que, durante el tiempo que duró la pelea, escucharon con nitidez una melodía de pianola, sin que tal instrumento se encontrase en el local en ningún momento.

Sin embargo, Sesga se dio cuenta al observar el enloquecido local de que, al tratar de romper con los antiguos convencionalismos, había creado sin querer otros nuevos. Soltó las solapas del tipo que tenía agarrado, que se derrumbó como un pelele. Mortificado por la inexorable causalidad de sus actos, abandonó compungido el Café des Gaspiller, mientras pasaban volando a su alrededor sillas y restos de botellas. Tras haber alcanzado una cierta distancia de seguridad, Sesga se sentó en la acera y encendió un cigarrillo.

El problema era que, aunque para un espectador externo todo hubiese sido un absoluto sinsentido, para él, conocedor de sus propias intenciones, no había sido más que el producto lógico de una serie de deducciones. “Si hubiese un creador”, reflexionó, “o un principio rector del universo, se sentiría exactamente como yo en este momento”. Se conocen sus últimas reflexiones porque las escribió sobre un pecho de Justine, que consiguió salir del café sin apenas magulladuras. En el otro escribió: “Somos nuestro propio Dios”.

Os odio, os odio tantísimo (2)

Por Nihilia | 23 julio 2010

Apenas recuperado de mi odio animalicida hacia los kiwis o, como yo los llamo en mi fuero interno, “cojones con patas”, me sorprende en pleno visionado de A dos metros bajo tierra  otro espécimen inverosímil, otra quimera de la naturaleza, otro animal cuya mera visión hace que el cerebro se ponga a rebotar de un lado para otro dentro de la sesera:

EL OKAPI

Un animal que hace esto debe ser o muy inteligente, o muy poco.

Los odio más que a la publicidad telefónica, los odio más que a la arenilla por dentro del bañador, me atrevo a decir, incluso, que los odio más que a la gente que dialoga sus anécdotas: “Y yo le dije. Y él me dijo. Y yo le contesté. Y él se levanto y me dijo. Y yo, ofendidísima, le digo. Y él va, y me suelta. Y entonces, yo…” Concreción, señores. Concreción.

Ejem.

Los okapis. Observen detenidamente al okapi. Más que un animal, parece una macedonia de animales, ¿verdad? Cuerpo de burro, extremidades de cebra, cuernos de jirafa, orejas de sabe quién qué… Ahora, si lo observan con más detenimiento, una pregunta fundamental se abrirá paso en sus mentes como la imagen de Megan Fox saliendo a cámara lenta de una piscina (de nada). Esa pregunta es: pero, ¿qué clase de desquiciada vida sexual han debido llevar sus antepasados? ¿Cómo hemos llegado a esto?

“Mis padres fueron una jirafa, una cebra y un oso hormiguero. Con mi madre es mejor no especular.”

En la redacción de La callecita nos hemos devanado los sesos para reconstruir la noche en que fue alumbrado este engendro. Como escenario más plausible, manejamos la hipótesis de que todo partiese de una cebra con cataratas, probablemente intoxicada por la ingesta de agua encharcada, con efectos similares a los que provoca curarse el despecho a base de gintonics. En su beodo zigzagueo por la selva, debió toparse con una jirafa en no mucho mejor estado y, sin apenas galanteo ni preliminares, pasaron a mayores. Sería un fenómeno análogo a sentir atracción por la mujer de 50 pies de altura, de un lado, y por el bombero torero del otro.

En un momento indeterminado de la noche, gran variedad de animales debieron aparecer por la zona, sin duda alertados por los aterradores sonidos que emitía la pareja en el desempeño de algo parecido a un coito –especialmente si la jirafa era el macho-. Admitimos que posiblemente alguno de ellos alumbrase la esperanza de un tentempié tardío. Consecuentemente, si descartamos a aquellos  que perdiesen el apetito ante la visión de la escena, y aquellos que huyesen despavoridos, nos quedamos con los que hiciesen gala de un estómago a prueba de bombas y un maleable sentido de la moral. De aquí en adelante sólo podemos especular pero, a la vista del resultado, podemos asegurar que debieron estar involucrados, en un momento u otro, un número indeterminado de osos hormigueros, un murciélago extraviado y algún tipo de rata enorme.

Su libido no conoce límites: Okapi seduciendo a una roca

Esta no es  la selva que nos enseñó Disney. En la selva de Disney, lo peor que podía pasarte era que todos se pusiesen a cantar y bailar como fanáticos sin previo aviso. En esta jungla, apartas un par de matorrales y te topas con una masa informe de animales de quién sabe cuántas especies haciéndose furiosamente el amor. Mowgly no lo hubiese tenido tan fácil en una selva así. A saber qué hubiese terminado siendo Baloo.

Así que ya saben. Por la decencia. Por la moral. Por el legado de Disney. No me digan que en el fondo son monos.

Mis problemas con la sexta temporada de Lost

Por Nihilia | 27 mayo 2010

Tenía una deuda pendiente con Lost. Hace seis años me robó la siesta de un sábado cualquiera de resaca y, desde entonces, he estado siguiéndola cada semana con el cuchillo entre los dientes. Escéptico al principio, levemente interesado después,  involucrándome poco a poco en la trama y finalmente boquiabierto y con el cuchillo por los suelos, tirado en alguna parte del salón. Y sin embargo, seis años después, siento la tentación de ponerme a buscar bajo el sofá para recuperarlo.

Quede claro que no considero que haya que juzgar la totalidad de la serie por su último cuarto de hora. No sería justo con todas esas veces que he sentido que la serie no era más que la puerta de entrada a un buen montón de charlas interesantes y apasionadas. Sin embargo, sí es cierto que gran parte de la serie dependía de la última temporada, del momento de saldar cuentas después de tanta expectativa creada. Los creadores habían hecho un pacto con el espectador en el que ellos formaban una intrincada red de misterios, secretos y medias verdades y nosotros les éramos fieles semana tras semana esperando una resolución.

Pero de pronto nos cambiaron el pacto. Nos dijeron que Lost era una serie de personajes, por contraste con otras cuyo protagonismo debe acapararlo el atrezzo. Es como si intentasen convencernos de que habíamos seguido la serie para saber si Kate se decidía por Sawyer o por Jack, y no para averiguar qué escondía la isla que nos había tenido en vilo seis temporadas. Y que si no estábamos de acuerdo que revisásemos la definición de McGuffin. Fiesta.

Toda serie trata sobre sus personajes. Toda. Y en toda serie, qué digo serie, en todo relato narrativo hay una “excusa” argumental que permite a sus personajes alcanzar su catarsis, por utilizar términos clásicos (porque sí, vamos). Hay relatos en los que hay un equilibrio entre ambas cosas y otros en los que no. Hay relatos en los que, por ejemplo, no nos importa qué hay dentro de la maleta que portan los dos protagonistas, sino que nos importa su viaje. Bien, la maleta es un McGuffin y maldita la falta que nos hace abrirla. En Lost tampoco hay ese equilibrio. En Lost siempre nos importó más el interior de la maleta que Vincent Vega y Marcellus Wallace. No nos pasábamos las noches en vela en foros ni nos peleábamos hasta la muerte (dialéctica) por saber si Desmond quería más a Penny que Penny a Desmond. Lo hacíamos porque Desmond, cual Dr. Manhattan, tenía una percepción diferente del paso del tiempo y eso le hacía partícipe del misterio de la isla.

En Lost, los personajes valen lo que vale el secreto que ocultan; su importancia se mide por la fortaleza del lazo que les une al misterio de la isla. Si ésta resulta ser un McGuffin, han conseguido que nos importase más la excusa que el fondo. Hemos llegado a una sexta temporada en la que los creadores nos decían que la isla era un McGuffin, una simple excusa que hacía avanzar la trama. Nosotros pensábamos que el McGuffin eran los personajes.

Por eso está tan fuera de lugar resolver la serie de la forma que se ha resuelto: olvidándose por completo de la isla, el verdadero motor de la serie, en una trama secundaria que se sacaron de la manga en la última temporada. Con una suerte de epílogo que, para colmo, se ha emitido en montaje simultáneo que estorba la conclusión de la trama principal.

Pero es que, además, el final arroja un mensaje confuso que, en cierto modo, vacía de significado las acciones de los personajes en la trama principal: no importa lo que hagas en vida, ya solucionarás todos tus problemas después, en un “punto omega” o “purgatorio Disney”, donde todas las religiones caben en la vidriera de tu corazón, tus amigos serán como siempre los recordaste y la representación de ciudadanos de color y de etnia latina se ha reducido drásticamente. Más allá de bromas, la lectura que arroja el final no es especialmente brillante.

No se si será lícito citar en este momento a J.J. Abrams, puesto que hace tiempo que se desvinculó de la serie pero, hace años, contaba en una de las charlas del TED algo que puede ser revelador. Abrams contaba que, cuando era niño, se había comprado una caja que contenía dentro 50 dólares de magia y que nunca había llegado a abrirla. Que se había enamorado de las infinitas posibilidades que contenía la caja mientras se mantuviese cerrada. Desde luego la metáfora lleva el sello J.J. ¿Puede ser que nos hayamos acercado demasiado al misterio y éste haya perdido la gracia?

Mi respuesta es: Michael en bermudas. Después de varias temporadas de trémulas voces susurrantes que envolvían a los personajes en el momento más inesperado, al final la solución a tanto entuerto nos la ofrece, con la naturalidad del vecino que se te cruza camino de la panadería, un Michael en bermudas y con una sudadera de mercadillo. Cuse y Lindelof abrieron la caja que les dejó J.J. y eso fue todo lo que supieron encontrar.

Personalmente, pienso inducirme este fin de semana un proceso de amnesia selectiva. Pienso beber, beber y beber hasta que me olvide de esta última sexta temporada y lo único que quede sea ese final de la quinta. Ese final en el que podía discutirse si los personajes habían cumplido su destino por propia voluntad o no, o si quizás no había siquiera un destino que cumplir. Ese final que incluía dos inquietantes personajes que lo observaban todo, sin que tuviésemos realmente claro hasta qué punto y en qué sentido habían intervenido. Ese final en el que los personajes habían jugado sin conocer las reglas, como tenemos que hacer todos nosotros. Ese final que resumía la esencia de Lost.

PUM. LOST.

Pandemia, ¡pandemia! de ataques a altos mandatarios en Italia

Por Nihilia | 29 diciembre 2009

Del “catedralazo” de Berlusconi al “penalty” de Ratzinger, los ataques a altos mandatarios se suceden por toda la península itálica. El debate en torno a la seguridad de altas personalidades e Il Cavaliere ha comenzado. ”Nosotros no estamos preocupados”, ha declarado un miembro del equipo de seguridad del Primer Ministro, “en la dieta de Silvio no son raros los souvenirs. Todas las mañanas se desayuna una reproducción de la Torre de Pisa entre carcajadas. A algunos les pone los pelos de punta, pero yo lo encuentro encantador.”

El perfil del atacante parece ser siempre el mismo: personas con problemas psíquicos que eligen a sus víctimas con sorprendente lucidez. El jefe de seguridad del Vaticano se pregunta qué puede estar pasando: “Estamos completamente desconcertados. Normalmente el papa se defiende solo; intervención divina, ya sabes. Tendríais que ver cómo vacila a los nuevos con el tema: los monta en la cabina del papa móvil, se pone a doscientos por hora apuntando a un muro y levanta las manos del volante. Pocos metros antes de estrellarse, el coche se detiene solito, sin que nadie mueva un pelo. Esto nos ha cogido a contrapié.”

Preguntado Dios al respecto, ha declarado: “Yo estaba celebrando el cumpleaños del niño, y Ratzinger lo sabe. Ese día Yo me dedico a buscarle unas sandalias nuevas al chaval, un buen alpiste para el Espíritu Santo… lo típico. Tampoco es el primer año que lo hago, ¿eh? Lo único que tenía que hacer Benedicto era quedarse tranquilo en casita, lejos de cualquier objeto punzante. Pero no. Tenía que montar el pifostio con todos los amiguetes.” Y añade, no sin cierto resquemor: “Pero es que esto no es nuevo. Mira, te pongo un ejemplo: celebran la misa el día de la semana que yo libro, y luego se quejan de que hay maldad en el mundo. ¡Pues que la hagan otro día, cojones!”.