Os odio, os odio tantísimo (2)
Por Nihilia | 23 julio 2010Apenas recuperado de mi odio animalicida hacia los kiwis o, como yo los llamo en mi fuero interno, “cojones con patas”, me sorprende en pleno visionado de A dos metros bajo tierra otro espécimen inverosímil, otra quimera de la naturaleza, otro animal cuya mera visión hace que el cerebro se ponga a rebotar de un lado para otro dentro de la sesera:
EL OKAPI
Los odio más que a la publicidad telefónica, los odio más que a la arenilla por dentro del bañador, me atrevo a decir, incluso, que los odio más que a la gente que dialoga sus anécdotas: “Y yo le dije. Y él me dijo. Y yo le contesté. Y él se levanto y me dijo. Y yo, ofendidísima, le digo. Y él va, y me suelta. Y entonces, yo…” Concreción, señores. Concreción.
Ejem.
Los okapis. Observen detenidamente al okapi. Más que un animal, parece una macedonia de animales, ¿verdad? Cuerpo de burro, extremidades de cebra, cuernos de jirafa, orejas de sabe quién qué… Ahora, si lo observan con más detenimiento, una pregunta fundamental se abrirá paso en sus mentes como la imagen de Megan Fox saliendo a cámara lenta de una piscina (de nada). Esa pregunta es: pero, ¿qué clase de desquiciada vida sexual han debido llevar sus antepasados? ¿Cómo hemos llegado a esto?
En la redacción de La callecita nos hemos devanado los sesos para reconstruir la noche en que fue alumbrado este engendro. Como escenario más plausible, manejamos la hipótesis de que todo partiese de una cebra con cataratas, probablemente intoxicada por la ingesta de agua encharcada, con efectos similares a los que provoca curarse el despecho a base de gintonics. En su beodo zigzagueo por la selva, debió toparse con una jirafa en no mucho mejor estado y, sin apenas galanteo ni preliminares, pasaron a mayores. Sería un fenómeno análogo a sentir atracción por la mujer de 50 pies de altura, de un lado, y por el bombero torero del otro.
En un momento indeterminado de la noche, gran variedad de animales debieron aparecer por la zona, sin duda alertados por los aterradores sonidos que emitía la pareja en el desempeño de algo parecido a un coito –especialmente si la jirafa era el macho-. Admitimos que posiblemente alguno de ellos alumbrase la esperanza de un tentempié tardío. Consecuentemente, si descartamos a aquellos que perdiesen el apetito ante la visión de la escena, y aquellos que huyesen despavoridos, nos quedamos con los que hiciesen gala de un estómago a prueba de bombas y un maleable sentido de la moral. De aquí en adelante sólo podemos especular pero, a la vista del resultado, podemos asegurar que debieron estar involucrados, en un momento u otro, un número indeterminado de osos hormigueros, un murciélago extraviado y algún tipo de rata enorme.
Esta no es la selva que nos enseñó Disney. En la selva de Disney, lo peor que podía pasarte era que todos se pusiesen a cantar y bailar como fanáticos sin previo aviso. En esta jungla, apartas un par de matorrales y te topas con una masa informe de animales de quién sabe cuántas especies haciéndose furiosamente el amor. Mowgly no lo hubiese tenido tan fácil en una selva así. A saber qué hubiese terminado siendo Baloo.
Así que ya saben. Por la decencia. Por la moral. Por el legado de Disney. No me digan que en el fondo son monos.
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