Un nuevo transeúnte
Por Nihilia | 21 julio 2008En casa tenemos un nuevo inquilino. Tiene ocho años, pesa unos treinta kilos, apenas levanta medio metro del suelo y ni se lo debo a un preservativo defectuoso ni me he comprado un enano. Un señor dobermann que tengo ahora correteando por casa, olisqueando las esquinas e intentando meter el hocico en la comida al menor descuido. Con las orejas y el rabo recortados, y color negro y fuego para más señas, que son colores así como muy viriles.
“Abanlupo del Condado de Jusil” se llama el jodío chucho; excentricidades de los dueños de los padres, que eran algo así como los “brangelina” del mundo perruno. Para ellos, que el nombre del perro empezase por la letra “a” y que se hiciese referencia al “Condado de Jusil” (un adosado) era innegociable. Para nosotros era seguirles el rollo o quedarnos sin perro, así que elegimos un nombre y decidimos maquearlo hasta que no nos diera demasiada vergüenza decirlo en voz alta. Igual nos quedamos a mitad de camino. Al final se quedó con “Lupo”, y ya casi no le vacilamos con el rollo del condado. Sólo cuando llueve, que el mamón se pone digno y no hay forma de sacarle de casa.
Si hay algo que llama la atención del perro es que sólo tenga un huevo y su desbocada vitalidad. Por ese orden. Bueno, eso y que tenga tantos pezones en el lomo como tiene, aún siendo macho. Al principio pensaba que era hermafrodita. Pero volviendo a lo brioso de su carácter, como guía de la manada intento proyectar una imagen de líder impredecible. El perro nunca sabe en qué momento saltaré sobre él e intentaré morderle el cuello, o le cantaré la “Bohemian Rhapsody”, que siempre le sorprende muchísimo, o empezaremos a perseguirnos alrededor de la mesa del salón, pero parece que nunca es suficiente. Después de un buen rato de juego, el perro sigue dando vueltas sobre sí mismo de contento mientras que yo intento dejar los pulmones quietos donde están. Aunque siempre se le puede coger desprevenido. En la siesta baja la guardia.

No todo es juego y desenfreno en su vida. También cultiva varias excentricidades. Por ejemplo, tiene la costumbre de caminar tranquilamente hasta la terraza nada más despertarse, echar un par de vistazos, como comprobando que todo sigue en su sitio, y ponerse a ladrarle al barrio. En general. Al barrio. Cada mañana le ladra cuatro veces, ni una más ni una menos, y luego se vuelve al sofá, se hace un ovillo y se pone a dormir otra vez. Es el primer perro que veo que se cree un gallo.
También fuma. Este perro fuma, desde pequeño, desde que le salieron los dientes. Colilla que ve, colilla que intenta comerse. Todavía nos acordamos del día que se comió “accidentalmente” una colilla de un porro. Madre mía qué cabezazos contra los muebles. Y, por alguna razón, odia a las hormigas. Si vemos un hormiguero, primero escarba en el agujero para enfurecerlas, después espera pacientemente a que salgan unas cuantas y entonces, con total indiferencia, casi con elegancia, se da la vuelta y se caga sobre el agujero con precisión de cirujano. Reconozco que esas no las recojo. Simplemente, no es mi guerra.
Un perro también tiene sus enemigos. En el caso de éste su bestia negra, su archienemigo, su némesis, son las puertas. No puede con ellas, hay que reconocer que le superan en astucia. Cuando oscurece es incapaz de diferenciar una puerta abierta de una cerrada. Así que tú estás tumbado tranquilamente en tu sofá, embriagado con la lectura de la “Cuádruple Raíz del Principio de Razón Suficiente” de Schopenhauer, cuando te interrumpe un golpe sordo. Tump. Vas a la fuente del sonido y ahí está él frente a una puerta cerrada, con cara de perplejidad, intentando explicarse la situación. Y cómo no vas a quererle.
Y eso que amores no le faltan. Ya por contarlo todo, tuvo una novia. Un amor de verano. En realidad un ligue de una noche más bien, que no llegó ni a “follamiga”. Para entender la historia hay que decir que este perro produce una fascinación especial en los gitanos. No me lo explico, no se por qué, pero cada vez que uno lo ve, viene corriendo con la cara iluminada y me pregunta a) si es mío o b) si es un dobermann. Y nunca se salen del guión. Nunca. Bueno, pues un día puso sus ojos en él un gitano que cuidaba una obra cerca de casa de mi padre, y le preguntó a) si era suyo, b) si era un dobermann y c) si lo quería cruzar con su perra. Mi padre pensó a) joder que perra más rara, b) si le digo que vale, pero que con condón no va a colar y dijo c) pos venga, pos fale. Sí, la novia de Lupo no era lo que se dice una reina de la belleza. Era más bien el resultado de décadas de cruces descontrolados en un poblado. Nunca llegué a ver el resultado del cruce, pero estoy seguro de que debió ser algo así.

Me dejo en el tintero cómo acabó el perro en mis manos. Tiene que ver con oscuros ritos arcanos y una chacha rebotada, pero esa es otra historia, y debe ser contada en otra parte. O si no, mira, da igual, ya la pondré por aquí algún día.

