¿Cuál es la mejor religión de este y el otro mundo?

Por Nihilia | 3 abril 2008

En su búsqueda por encontrar el sentido de la vida, el ser humano tiene a su disposición una interesante oferta de religiones, filosofías y cosmovisiones en general pero que, hasta el momento, por mero remilgo y mojigatería, se elegían normalmente en función del lugar de nacimiento o la tradición familiar. Vamos, que te tocaba una porque sí y tenías que arrastrar con ella durante toda tu existencia, un periodo de tiempo un tanto largo como para dejar la decisión al azar, ¿no? Pues ya va siendo hora de liberalizar el mercado de religiones. Hoy vamos a elegir nuestra religión en base a criterios racionales.

A mi parecer habría que tener en cuenta dos puntos de vista principales, a saber:

1. Habría que informarse sobre qué nos ofrecen para la otra vida. Planear cómo pasaremos la eternidad no es una decisión que deba tomarse a la ligera, debemos tener en cuenta qué actividades se nos ofrecen, cuáles son las costumbres de los lugareños y si hay algún código de vestimenta que atender, para después no llevarnos sorpresas desagradables.

2. Habría que conocer qué tipo de vida hay que llevar en éste mundo para acceder al otro, por si al final todo esto de las religiones resultase ser una estafa king size, dificultando sobremanera cualquier reclamación que quisiésemos cursar.

Total, que si quieren que vayamos a su cielo, que se lo curren un poco. Vamos a ver qué se nos ofrece por ahí:

CRISTIANISMO:

A FAVOR:

La eternidad contemplando a Dios. En principio tienen un estricto código moral, pero por obra y gracia de la confesión siempre puede uno confesarse y empezar de cero. Si elegimos una modalidad no ortodoxa podemos avanza en la jerarquía interna sin privarnos de practicar el sexo. Si elegimos la modalidad ortodoxa podemos gozar de gran influencia política en varios países. Compartir religión con Jesús, un tío guay, el primer hippie de la historia, dicen. Reparten vino gratis en misa.

EN CONTRA:

Lo de la eternidad contemplando el rostro de Dios parece un plan un tanto soso, así, en frío. Que no digo yo que el tipo no sea como una mezcla entre Ciudadano Kane y Showgirls, pero la eternidad se antoja un periodo de tiempo excesivo a priori. Por otro lado, si de verdad quieres llegar alto en la jerarquía cristiana, primero tienes que apañártelas para hacer tres milagros, y después sufrir una muerte violenta y agónica. Monogamia.

ISLAM:

A FAVOR:

Te dejan tener un harem. Te dejan tener un harem. Meses y meses sin tener que preocuparse por afeitarse. La posibilidad de tener 99 vírgenes en el otro mundo. Te dejan tener un harem.

EN CONTRA:

Tener que ir todos los años a la Meca con las cuatro mujeres, los cinco niños, los ocho suegros, el perro, el gato, el hurón y los 500 kilos de equipaje. Lo de las 99 vírgenes tiene truco, antes tienes que haber muerto luchando en la Guerra Santa. ¿Y si eres mujer, qué?

Tener que rezar cinco veces cada día, cinco nada menos, y siempre en una dirección determinada. El ramadán.

BUDISMO, ZEN:

A FAVOR:

Puedes quedarte rascándote las pelotas durante toda la vida, lo llaman “vida contemplativa” y es la vida de los sabios, algo en lo que hay que darles toda la razón. La posibilidad de vivir una y otra vez gracias a la reencarnación, hasta que tu alma alcanza la pureza y pasa a un nivel superior de consciencia. El karma. Si tienes suerte: ha sido el karma. Si no la tienes: ha sido el karma. Si metes la pata hasta el fondo: ha sido el karma. ¡Sin responsabilidades! Gran ahorro en productos de cosmética capilar.

EN CONTRA:

No nos dejan demasiado claro qué es eso de alcanzar un nivel superior de consciencia, no se mojan nada, puede resultar tan aburrido como el cielo cristiano. Lo de la reencarnación parece un chollo pero no lo es: para empezar uno no se acuerda de vidas anteriores, por lo que no puede disfrutar del proceso y, por otro lado, ¿y si te toca reencarnarte en sardina? No parece una vida apasionante. Tener que pintarte un estúpido punto rojo en mitad de la frente, por mucho que pueda servir para desconcertar a los francotiradores.

SATANISMO:

A FAVOR:

Las orgías. Puedes emborracharte y drogarte tanto como quieras. Todo combina con el negro. Durante el Apocalipsis, la Tierra será tuya por mil años, año arriba año abajo. Te haces coleguilla de Satán.

EN CONTRA:

La han tomado con las vírgenes, nadie sabe muy bien por qué, y no pasa un día sin que intenten sacrificar una. Si eres vegetariano o de una protectora de animales esta no te va a gustar, créeme. Por otro lado el infierno no parece un lugar demasiado agradable para pasar la eternidad.

SECTAS:

A FAVOR:

Cualquiera puede montar una. Fines de semana en casas rurales con dinámicas de grupo. Tienen fama de tener un servicio de catering bastante decente. Líderes carismáticos (además, si eres el líder puedes beneficiarte a quien te apetezca). La vida eterna en un mundo de utopía.

EN CONTRA:

La posibilidad de tener que suicidarte en algún momento. Que el OVNI tenga un accidente de camino a la Tierra y no pueda llegar el día señalado (suele ser lo habitual, los extraterrestres tienen un sistema de atención en carretera –sideral- deficiente). En muchas de ellas hay que vestirse como un idiota.

Total, ustedes deciden, pero vistas algunas de las opciones más populares que se nos ofrecen, yo apostaría sin dudarlo por crearme mi propia secta o, si acaso, crear mi propia escisión de alguna de las creencias mayoritarias, que es otra opción. Ya me contarán qué han elegido. Hasta entonces, vayan con dios.

El libro de libros

Por Nihilia | 27 marzo 2008

De cuando en cuando profesores y alumnos se enzarzan en pulsos absurdos sin saberse muy bien cómo. La historia comenzó a eso de las nueve de la mañana, en mitad de una clase de Producción Cinematográfica. Los alumnos se permitían dar pequeñas cabezadas mientras el profesor velaba por su sueño con una cháchara átona e insistente; al fin y al cabo era temprano para todos. La clase discurría con toda normalidad hasta que, de pronto, el arrullo de sus palabras cesó y la gente se despertó sobresaltada en medio de un estallido de silencio, encontrándose frente a frente con la mirada interrogante del profesor. Confusos y adormecidos, los alumnos no entendían por qué el profesor los miraba tan fija e insistentemente desde su estrado, no llegaban a comprender qué se requería de ellos.

Algunos intentaron desparecer tras las espaldas de sus compañeros, otros improvisaban fingiendo buscar algo en los apuntes, pero la mirada del profesor empezaba a quemarles a todos y allí nadie comprendía nada. De un momento a otro, el profesor clamó que cómo podíamos no saber la respuesta, cuando estaba claramente indicada en un libro que debíamos leernos para dentro de tres meses. Desamparados, buscando aún una pregunta, todo el mundo le dejó seguir hablando, así que su disgusto se convirtió en rabia, su rabia en frustración y la frustración en cólera, hasta que acabó desembocando en un examen para la siguiente semana del libro de marras.

Pues bien, la siguiente semana se presentaron cinco a clase. El profesor balbució que se le habían olvidado las preguntas y aplazó el examen para la próxima semana. Y la próxima semana se presentaron dos. Dos a cero.

Sin embargo, los planetas se habían alineado de parte del profesor. Si aplazaba el examen una última vez los alumnos se encontrarían con la semana santa, y ya no habría forma de posponer la lectura del libro; nos había dado un periodo de tiempo razonable para leerlo, algo maquiavélico, una jugada maestra. Nos tenía bien cogidos por los huevos, sí.

El libro en cuestión era “El Productor Cinematográfico” de José G. Jacoste. Es uno de esos libros que podrían venderse con el apelativo de “manual”, puesto que está escrito con la misma calidad literaria que las instrucciones de una cámara digital o un robot de cocina. Como muchas especies, que tratan de avisar a los posibles comensales de su toxicidad con colores llamativos y chillones, el color naranja de las tapas es un aviso para incautos: ladrillo, y de los gordos.

Formalmente es un ensayo vanguardista de primer orden, en el que toda concesión a una lectura fluida se ha esfumado a favor de la corrección terminológica, a pesar de que sean términos que en principio no tendrían por qué ser excluyentes. Es de agradecer que el autor haya decidido llevar sus planteamientos hasta límites experimentales, consiguiendo deleitarnos con frases de hasta once renglones que sólo pueden explicarse desde el prisma de la superación personal.

Otro rasgo novedoso de autoría es el del narrador único en plural. El aludir constantemente a un “nosotros” cuando se supone que hay un único autor nos hace imaginarnos al profesor Jacoste sentado en la oscuridad frente a una Olivetti bebiendo de un vaso de bourbon, rumiando los sinsabores de una vida dedicada a la producción y consultándole a Napoleón su opinión sobre los últimos párrafos.

En cuanto al contenido, el libro abre con la afirmación de que el cine es un medio de comunicación. Sólo después de habernos maravillado con sus dotes de fino observador se permite el autor pasar a los siguientes párrafos. El libro, qué digo el libro, la obra de arte continúa entre menciones a lo apuntado dos líneas más arriba e introducciones a las dos posteriores, consiguiendo el ritmo de lectura adecuado para que el lector compruebe las virtudes voladoras del formato.

Por si fuera poco esta cumbre de la literatura didáctica contiene una inmensa capacidad de evocación y es capaz de devolvernos, verbigracia, a una época en la que el videocasete dominaba el mundo y “el DVD se convertirá, en un futuro próximo, en el soporte exclusivo”. Pero es que además es una obra con recorrido, que envejecerá con dignidad, como los buenos vinos, y en pocos años las partes dedicadas al tratamiento del negativo de las películas pasarán a arrancarnos lágrimas de nostalgia. Mención especial merece la parte dedicada a Inter¿qué? En definitiva, se nota el mimo con el que han preparado esta concienzuda “segunda versión revisada”, de 2004.

Para ser justo con el libro diré que en realidad el autor fue nominado a los Premios Goya como mejor ayudante de producción en 1988, así que entiende un rato del tema, pero es una lástima que haya plasmado todo su conocimiento de una forma tan fría y desesperantemente formal. Con la cantidad de anécdotas que le hubiesen servido para ilustrar su libro y se las ha guardado todas, a pesar de que él más que nadie debe saber que todo entra mejor con una buena historia. Si le ven, invítenle a unas cervezas y tírenle de la lengua pero, por Dios, aléjense de su libro. Para una tercera edición yo sugeriría que se vendiese escrito a boli y sujeto por un clip, porque esto no es un libro, son apuntes.

El 26 de Marzo de 2008 el profesor de Producción Cinematográfica, apodado en ciertos círculos Milhouse, consiguió por fin realizar su examen sobre el libro “El Productor Cinematográfico”. Concurrieron al examen un cuarenta por ciento de los matriculados, y de las cuatro preguntas que hizo, sólo media requería haber leído el libro. A día de hoy, aún no se sabe si el examen era evaluable o no pero, por los comentarios de los alumnos a la salida, más les vale que no. Más nos vale. Joder. El profesor le había dado la vuelta al marcador.

Para ti, que eres joven

Por Nihilia | 24 marzo 2008

Acabo de recuperar mi edición de “Un Mundo Feliz” de Aldous Huxley. Edición mexicana (me gusta pensar que de contrabando), tapa blanda, papel que amarillea por segundos, la tinta que chorrea en algunas páginas y en otras escasea; una delicia, vaya.

En este libro se describía un futuro en el que los seres humanos son alumbrados en cadena desde inmensos laboratorios, dotados con las cualidades óptimas para los trabajos que desempeñarían en su vida y, sí, diferenciados a través de un sistema de castas. Si te tocaba ser un Alfa, a desarrollar trabajos intelectuales. Si te tocaba ser un Épsilon, a cargar como una mula. Tampoco pasaba nada por ser una cosa u otra, en realidad, ya que desde el mismo estado embrionario a uno lo condicionan para ser completamente feliz con el tipo de vida que va a llevar. Determinismo genético a lo burro.

La juventud, si bien no es el tema central de la novela, sí es el valor supremo de esa sociedad. La medicina ha conseguido mantener a todos jóvenes hasta los sesenta (momento en el que hay que meterse en un horno, pero esa es otra historia) y, ¿qué puede hacer uno cuando su trabajo lo satisface plenamente y es “eternamente” joven y bello? Follar, follar y follar. Todo el día, a todas horas, con todo el mundo, es el deporte nacional de “Un Mundo Feliz”. Y cuando todo lo demás falla: drogas. En un mundo eternamente joven lo único que importa es el placer así que, por si algún temor nos estropea la fiesta, basta con tomarse una tableta de “soma”; una tableta cura diez pensamientos. Y es completamente inocua, además de legal. Está hasta subvencionada.

El libro es una crítica, por cierto. Una crítica sobre las consecuencias de intentar alcanzar el mito de una sociedad perfecta, aunque tengo la impresión de que no ha resistido demasiado bien el paso del tiempo. Quién diría que mucha gente lo daría hoy todo por vivir en un mundo así, renunciaría por completo a su libre albedrío, a la parte más importante de uno mismo sólo por verse siempre joven ante el espejo. Sin desgaste, pero también sin evolución. Sin identidad, a fin de cuentas.

Pues no puede ser, cojones. De todas formas hoy he descubierto un artefacto con el que poder comprobar morbosamente cuán joven es uno. Se trata de (¡tachaaaan!): ¡El Ruido Mosquito!

El “ruido de mosquito” es un sonido que sólo pueden escuchar los jóvenes, aproximadamente hasta los treinta años, aunque según vamos avanzando en edad menos individuos son capaces de escucharlo. Es un sonido chirriante y agudo, que deja el arañar la pizarra con las uñas o el frotar las púas del tenedor sobre un plato a la altura de la novena de Beethoven. Si se reproduce de forma constante consigue crispar los nervios del más pintado, y por ello se lleva utilizando desde hace un tiempo en ciertos lugares de Londres para disolver reuniones no deseadas de jóvenes. ¿El arma anti botellón definitiva? Definitivamente sí.

De todas formas los jóvenes ya han visto la forma de sacar provecho del ruido de marras, y ya empieza a haber disponibles tonos para el móvil con los que poder pasarse mensajes en medio de cualquier clase. Yo sueño con llevarme un bafle de diez metros a la facultad, emitir el “ruido mosquito” a máxima potencia y ver la cara de la desconcertada profesora que, ante la agonía de sus alumnos, piensa que está expuesta a un ataque de gas mostaza. O en utilizarlo para desenmascarar top models creciditas y guardarles el secreto a cambio de… ésto me lo guardo. Cada uno se divierte como quiere, qué puedo decir.

Sin embargo, el invento éste también tiene una aplicación didáctica. El “ruido de mosquito” se basa en que el oído, con el paso de los años, pierde la capacidad de escuchar ciertas frecuencias. Reunid a la familia delante del ordenador, pinchad en este enlace y recordad, mientras os asombréis por los estragos de la edad, que más pronto que tarde seréis como ellos. Memento mori. Estad preparados.

XP (A Toy Story)

Por Nihilia | 18 marzo 2008

En La Callecita estamos que nos salimos. Sí, por nuestro vertiginoso ritmo de actualización también, pero en este caso me refiero a que, no contentos con aporrear teclados y publicar sus resultados alegremente, también nos atrevemos con el séptimo arte. Nuestra diletancia no conoce límites, es lo que tiene ir por el mundo sin vergüenza.

La propuesta consistía en entregar un “corto sin palabras” bajo la amenaza de supender una asignatura de muchos créditos y conducir la carrera a un punto muerto. Como la dotación del concurso, en general, nos convenció a todos, no nos quedaron más huevos que presentar algo. Yo presenté ésto:

Cahiers du Cinéma, a ver cómo os las arregláis ahora para ignorarnos.

Perdiendo el juicio I 1/2

Por Nihilia | 24 febrero 2008

Hay situaciones de las que uno no puede salir bien librado. Lo sabía Noé, cuando no le quedaron más cojones que subirse los dos leones al Arca, lo supo John cuando le confesaron que era un Kennedy, debió preverlo José Luís Moreno mientras perpetraba Matrimoniadas… y yo lo supe cuando me seleccionaron como jurado popular.

Mi primera visita a la Audiencia Provincial había resultado todo un fiasco. Uno de los testigos había avisado de que no podría declarar a tiempo, y el juez había decidido retrasarlo todo y concederle un par de meses más para llegar, yo creo que en venganza, por si algún implicado no había podido deshacerse de él a tiempo. Me dejaron muy claro que no por ello me había librado, que se habían quedado con mi cara. Tuviese yo razón o no, el caso es que a los dos meses recibí un telegrama en el que se me informaba de que el juicio había sido suspendido (glups), y se me emplazaba a participar en un nuevo proceso, previsto para enero de 2007.

El único problema era que en mi universo andábamos ya por diciembre. Hubiese podido reclamar, sí, la razón me asistía, pero me había levantado yo filósofo esa mañana, y pensé que pocas veces la razón derrota al poder, así que, por no joderme el aforismo, tuve que buscarme otra vía. Toqué “dónde vas Alfonso XII, dónde vas triste de ti” con las teclas del teléfono y esperé a que me respondiesen:

-¡Hombre, Nihilia! ¡Qué tal, hombre!
-Bueno, Doc, un poco apurado macho, necesito que me dejes el Delorean…
-¿El Delorean? ¿¡Es que ya no te acuerdas de la última vez!?
-Bueno, sí hombre, ejem…claro, cómo olvidarlo… ¿Quién iba a pensar que algo tan inocente causaría tanto estrago…?
-Desde luego, los habitantes de la Atlántida no…
-Admite que esos cimientos eran una chapuza…
-¿Es que no has aprendido la lección?
-Los atlántidos aprendieron la lección…
-¡Nihilia!
-¡Vale, vale, de acuerdo, no volverá a pasar!
-Me voy a arrepentir… venga, para cuándo necesitas el Delorean.
-Hombre, pues ya que puedes viajar en el tiempo, para hace un par de minutos.
-Lo siento, ya sabes que sólo puedo dejártelo a partir del momento en que me lo has pedido.
-Siempre con miedo a las paradojas temporales, que el universo es más duro de lo que parece, Doc…
-En el fondo del mar hay una civilización que no piensa lo mismo.
-Joder, vale, pues tráemelo en un segundo entonces.
-Venga, ¿ya estoy allí?
-Si, ya has llegado. ¿Te quieres decir algo?
-Déjame, un momento… ¿Estás más gordo no?
-Tu puta madre.
-Una santa señora es lo que era. Oye…
-Dime, precioso…
-Qué tal, tío bueno.
-Muy bien, bombón.
-Bombón tú, que eres el regalo de Dios a las mujeres de este mundo…
-Bueno, chicos… yo os voy dejando, ¿eh? Vuelvo en nada…

Dudando seriamente de que genialidad y cordura sean conceptos compatibles, monté en el Delorean, grité por la ventanilla “¡Farruquito!”, y la calle se despejó como si una pandilla de cuatreros hubiese llegado para apropiarse de todo el oro del pueblo. Este es un avance que se aplicará como estándar en todo claxon a partir de 2010, pero esa es otra historia y hay gente que prefiere no saber cuándo se cansará San Pedro de su última pareja de mus.

Por aquello de no tener ni idea de cómo arrancar un coche, me puse a pisar pedales y pulsar botones al tuntún, hasta que el Delorean comprendió que le iba la salud en ponerse en marcha y arrancamos rumbo a 2007, dejando un par de estelas de fuego que, en sí mismas, eran toda una oda a los ochenta.

Viajar en el tiempo no tiene mucho misterio, contrariamente a lo que se pueda pensar. Quizás se pasa un poco mal cuando el universo se pliega sobre sí mismo, y todos los huesos se comprimen bajo el peso de millones de universos, quedando uno reducido a una partícula de agonía, en un instante de dolor infinito sin tiempo ni medida, pero por lo demás es una experiencia bastante anodina. Bastante parecido a recibir un balonazo en los huevos, diría yo.

Finalmente aparqué en 2007. Mi primera percepción al enfrentarme a sus primitivos habitantes fue que, en 2007, la gente era rara. Todavía se empeñaban en construir en cualquier solar que cogiesen desprevenido, sin ser conscientes de que la gran burbuja que nos ha mantenido todo este tiempo estaba a punto de estallar en mil pedazos. Pero ya hablaremos otro día del meteorito que ha tomado la Tierra por diana, y al que el diminutivo no hace la menor justicia. De momento que no les quite el sueño el tema de los tipos de interés ni otras zarandajas por el estilo.

Entré en la Audiencia Provincial y me dirigí directamente a la Oficina del Jurado donde, para mi sorpresa, el más sobrio de todos los funcionarios estaba ocupado intentando rascarse las piernas de la funcionaria de al lado, que decía el hombre que le picaban. Lo consideré un interlocutor válido:

-Hola, disculpe, venía porque me han citado como jurado popular y creo que ha habido un error, a ver si podemos salir del paso…
-Jijiji… pasopasopasopasopa…jamónjamónjamónjamonja…

Todo borracho pasa por su fase dadaísta. Es una constante universal que proporciona momentos memorables y ante la cual no podemos más que quitarnos el sombrero, pero que reduce considerablemente la eficiencia del interfecto en tareas que no impliquen la rebelión en contra de toda forma de coherencia, por lo que la comunicación, en términos convencionales, queda excluida. Miré por el resto de la sala y mi vista se topó con una barriga que debía contener dos adultos bien formados, en el extranjero, y pregunté a su propietario:

-Ho… hola… veamos… ¿Cuántos dedos ve usted aquí?
-¡Fresss!
-Lo doy por bueno. ¿Usted se ocupa de seleccionar los jurados?
-¡Fji! ¿Saaaapes que febgo una bieta de du edaf?
-No hace falta que me acaricie la cara, seguro que es un hermosura, pero oiga, céntrese…
-Oy me fjubilo, ¿no quiers un a cojpita para celeblajlo?
-Bueno, desde luego hay poco que hacer hasta que se le pase la castaña, pero no se si debería… debería… debería… debería…

(…)

Desperté en el suelo de la Oficina del Jurado, vestido, por decir algo, con una toga y un incómodo dolor de cabeza que me impedía recordar la noche anterior en un formato más moderno que la fotonovela… recordaba haber pegado varias circulares en los calabozos, informando de que se había reinstaurado la pena de muerte… y por lo visto había vuelto a dar una conferencia sobre montar en globo, la tercera o la cuarta ya… tengo el record en doce bocas abiertas… mientras dejaba que el lector completase el chiste con vete a saber qué barbaridades, pude ver como el jubilado se subía en una de las ventanas y se detenía a considerar con qué parte debería caer para salpicar lo máximo posible:

-¿¡Pero hombre, qué hace usted!?
-¡Déjame! ¡Todo lo que me dijiste ayer era verdad! ¡Nada merece la pena!

Pues parece que ayer hablé de más cosas. Sintiéndome como una cuchilla de afeitar, me agarré metafóricamente los machos, porque de haberlo hecho literalmente hubiese podido ser malinterpretado, y entré al trapo:

-¡Todo borracho pasa por una fase dadaísta! ¡Es una constante universal que…!
-¿¡Pero de qué cojones hablas!? ¡No quiero ser un jubilado! ¡Me sentiré como un mueble!
-¡Piénselo bien! ¡Es usted funcionario! ¡Nada cambiará!
-Hombre, visto así…
-¿Y no querrá que…?
-¿Si?
-¿…su pensión se la queden…?
-¿¿Si??
-¡Los políticos!
-¡Jamás! ¡Panda de usureros, no pondréis vuestras manos en mis ahorros! ¡Quiero vivir! ¡¡Quiero vivir!!

Por fin quedó todo claro. Si no hubiese viajado en el tiempo y llevado hasta el límite a este hombre, para después evitar que imitase a la manzana de Newton, probablemente hubiese intentado hacerse unas tostadas en la bañera en total soledad, sin posibilidad de salvación. Entonces lo supe:

-Necesito que hagas una cosa por mí.
-Lo que quieras, cualquier cosa.
-Inscríbeme como jurado popular.
-¿¿Eso quieres?? ¿¿Estás seguro??
-Sí… Supongo que hay situaciones de las que no se puede salir bien librado.

Perdiendo el juicio II

Por Nihilia | 29 enero 2008

Siempre me ha caído mejor la libertad que la justicia. Tranquilos, no estoy intentando ser profundo, es simplemente que no me cae bien la Justicia, yendo por el mundo con un espadón como su brazo de largo y esa venda tapándola los ojos. Siempre me he quedado con ganas de preguntarla dónde coño está la piñata y por qué necesita tanto tiempo para endiñarle. La libertad, sin embargo, siempre va enseñando un pecho. Algunas podrían aprender. En fin, que todo este rollo sin sentido era para introducir la crónica de mi tercera visita a los juzgados de la Audiencia Provincial (ya les contaré la segunda, ya), en calidad de jurado popular. El día que me sentí piñata.

En realidad, el día fue tan excitante como hacer cábalas sobre la generación espontánea de pelusa en el ombligo. De acuerdo, quizás no es la mejor forma de comenzar un post, previniendo al lector (obsérvese el singular) de que lo que viene a continuación es la crónica de un día yermo como el desierto, pero nobleza obliga. De todas formas, creo que podría empeorarlo: los adjetivos “lúcido” y “observador” me describían tan bien como “recatada” a Isabel II. Había dormido dos horas y perdido el resto del tiempo y las córneas frente al ordenador, intentando rescatar del naufragio un corto con más fugas que la cárcel de “Evasión o Victoria”. De autoría propia, sí, aingh. Y por si aún no se han convencido de que seguir leyendo esto no les va a reportar ningún beneficio y que no les ayuda ni a ustedes ni a mí, les prevengo que escribo este post en ese mismo estado de somnolencia.

En fin, me imagino que las personas con un mínimo de decencia y sentido común habrán abandonado hace ya un rato el post, así que sólo quedamos los buenos. Ahora puedo decírselo. En la callecita tenemos planes precisos para dominar el mundo. Muahahaha. Todo está preparado, estén alerta, en cualquier momento les haremos una señal y desencadenaremos el caos y la destrucción. Muahahaha. No se corten, ríanse ustedes también como maníacos, que relaja una barbaridad. Si alguien les mira raro, quédense con su cara, que ya tendrá noticias suyas. Entonces si que tendrá razones para mirarles mal. Por el momento, hagan como si no hubiese dicho nada, silben distraídamente para disimular y prosigamos.

El caso es que había perdido el mapa que me enviaron (disimulen, coño, disimulen) para llegar a los juzgados y decidí ir a pelo, al fin y al cabo ya había ido una vez y siempre he pensado que tengo dotes de sherpa, así que me bajé en la estación de Metro que me dio la gana y fui a mi aire. El resultado fue que, al bajarme en una estación diferente a la que recomendaba el mapa, en vez de dar siete giros para llegar, conseguí llegar en tan sólo uno. A derechas, sí, pero no se me acostumbren. Un aplauso para el topógrafo de la Audiencia Provincial. GPS le apodan, los cabrones.

Lo dicho, que pese a la oposición institucional llegué a los juzgados. Al principio la cosa prometía. Tras pasar el arco de seguridad fui a subirme al ascensor y me encontré dentro una tía que llevaba una silla. Pensé “no recordaba que el ascensor fuera tan lento”, o lo mismo lo dije en alto (como aquella vez que a Tito se le escapó un “¡mmmm! tetitas…” al lado de una desconcertada viajera del Metro), porque mientras ascendíamos dijo:

-Este ascensor es lentísimo.
-Al menos tú vas cómoda.

Mirada de odio intenso. Cortinilla de estrella.

Cuando bajé del ascensor había una mujer esperando para conducirme a una sala de espera. Yo accedí, pero no sin antes fijarme que en el directorio anunciaban una prometedora “sala de togas”, que finalmente no pude visitar. Ya les decía que el día fue un auténtico tostón. No diré que la sala de espera cumplió con su cometido hasta que la mitad de los asistentes cayeron dormidos, no diré que la mujer que tenía al lado no paró de dedicarme su desayuno en forma de proyecciones de gas fétido, no diré que, entre veinticinco personas, no había ni una sola jamona con la que alegrarse la vista, simplemente diré que treinta euros no compensan, señores, no compensan. De vez en cuando aparecía una funcionaria para decirnos que lo mismo se llegaba a un acuerdo y nos íbamos de rositas. Mentalmente la respondía con un sonoro “los cojones”, pero al final resultó que sí, que tras tres tristes tigres… horas, habían llegado a un acuerdo y nos podíamos marchar. Sin embargo, en medio de la estampida generalizada, apareció otra funcionaria y nos dijo que la fiscal quería hablar con nosotros. Justo en ese momento empezaron a pitarle los oídos a la madre de la fiscal.

Nos hicieron entrar a, atención, la “sala número A” (“A” escrito a rotulador y pegado con celo en un papel), para que la fiscal nos informase de que habían llegado a un acuerdo y que nos podíamos ir. “Gracias”, añadió como principal novedad. Justo en ese momento empezaron a pitarle los oídos a la fiscal.

Nos condujeron de nuevo a la sala de espera y nos fueron llamando en grupos de cinco para aflojarnos los treinta lereles. Finalmente, nos devolvervieron la libertad. Según salía de los juzgados me encontré de frente con un cartel que rezaba “Metro a 300 metros”. Me dije, “no puede ser que el puto GPS no lo haya visto, seguro que la han puesto hace dos días”, y me fui a comprobar si la estación era nueva.

No, no lo era.