Fauna playera (II)

Por Timoteo | 1 agosto 2008

La playa de Minigauss, a falta de otros servicios como chiringuito, duchas o alquiler de hidropedales, cuenta con su propio pervertido, con su voyeur. Con su mirón, vaya. No un aficionado al voyeurismo que se deje caer por allí, sino un profesional, alguien que dedica sus tardes de verano a ponerse morado viendo cuerpos en diferente grado de desnudez. El tipo debe pasar los treinta, escuchimizado, cabello oscuro, largo y desaliñado, dientes torcidos y prominentes, gafas -no se las quita ni para bañarse: hay que ver bien hasta desde el agua- y suele llevar por único atuendo, una vez se ha instalado, una vieja gorra que en algún momento debió ser azul. El aspecto global es desagradable, pero el rechazo aumenta cuando descubres que constantemente dirige indisimuladas miradas a los que le rodean. Incluso a ti. No se molesta en fingir que lee un libro o escucha música o hace ejercicios de yoga, simplemente baja al caer la tarde y se dedica a mirar al paisanaje; si acaso, cuando no puede aguantar más el calor o el calentón se refresca con un breve baño en el que no deja de escudriñar los cuerpos que le rodean.

Y ojo, que en una playa todos miramos a nuestros vecinos, especialmente si es una moza de buen ver, están tan cerca que no es raro que en algún momento fijemos nuestra atención en ellos y, qué carajo, no hay nada malo en alegrarse un poco la vista. Es uno de los atractivos de la playa: allí cada uno expone lo suyo y atisba lo de los demás. Quid pro quo (jeje, si sé latín yo). Lo que ya pasa de lo razonable es aposentarse en un lugar, observar al personal, otear los alrededores en busca de más cuerpos interesantes -si hay genitales a la vista, mejor- y trasladarse a esa nueva posición, situándose mucho más cerca de lo que parecería aconsejable, a una distancia sospechosamente menor que la que pueda haber entre otras dos toallas cualquiera de la playa, si es posible en la bisectriz de las piernas, mirar descaradamente y vuelta a empezar. Más de una -y más de uno- se han visto (juas, observen el juego de palabras) obligados a mudarse ante tanta observación, incómodos. Supongo que algún(a) exhibicionista también lo habrá disfrutado.

Claro que en ocasiones he envidiado su desvergüenza para cambiar de lugar, cuando entra en juego la Ley del Barco Fondeado: ya puede haber un centenar de metros entre cada bañista playero que en tus inmediaciones hasta entonces tranquilas irá a aposentarse, no una jugosa cierva partidaria del moreno integral, sino siempre una familia con niños alborotadores y suegra, en el peor de los casos ella amante del bronceado integral. Y así no hay manera, oiga. Uno se baja a un lugar público a lucir cuerpo serrano mientras lee una ligera novela veraniega, no sé, Crimen y castigo, o a algún escritor inglés en su lengua original, con el título bien a la vista, esperando llamar la atención de una estupenda doncella amante de la novela rusa del XIX, en el primer caso, o una simple guiri en el segundo, y con tanta algarabía no hay forma de parecer una atormentada alma solitaria. No hay derecho.

Fauna playera (I)

Por Timoteo | 15 julio 2008

En la playa de Minigauss -en honor al célebre matemático (el desgraciado hizo de todo) y ciertas similitudes fonéticas y, por qué no, a una película de la talla de Austin Powers-, al igual que en otras, la verdad, es habitual encontrar grupos de mochileros perrofláuticos: entre el comeflores tradicional y el jipipollas, con ropa de mercadillo, tendencia al nudismo, greñudos, rastudos, poco amigos de la depilación, porreros y con perro de raza imposible de determinar, generalmente una versión venida a menos del Patada. Dicho perro es libre de vagar por la playa a sus anchas, cómo vas a cohartar su libertad, si sólo quiere jugar, vaya, se ha sacudido el agua sobre ti, paz, hermano, cómo vamos a atarlo al pobre, qué travieso, hakuna matata, cuánto lamento que haya meado en tu mochila.

Si al menos las mujeres van desnudas, puede hacerse algo más soportable, acercándose casi hasta agradable. Desgracidamente, este año parece que sólo ellos son partidarios del moreno integral, mientras que muchas de ellas (demasiadas) no siguen los sabios pasos de sus compañeros y no pasan de un más que visto top-less. Estaría harto de ver tetas si no se hubiera demostrado científicamente que es imposible.

Qué bien se queda uno después de un comentario machista.

La bebida, qué mala es

Por Timoteo | 12 junio 2008

Como ya le sucediera a Nihilia, otro de los miembros de este Gobierno Tricefálico Vitalicio fue sorprendido en pleno acto de servicio hace cosa de un año y la Comunidad Autónoma de Madrid emprendió acciones contra él. No, no fui visto en un parque con el culo al aire, sino degustando un escocés. No, no haciendo guarreridas con un señor de aquellas lluviosas tierras. No, tampoco, probándome una falda plisada de tela a cuadros. Bebiendo güisqui, leñe, que os lo tengo que explicar todo.

El caso es que fui condenado a “la prestación en beneficio de la comunidad consistente en la asistencia a una Jornada Formativa en Materia de Prevención de Drogodependencias” (sic, por supuesto, que para eso va entre comillas) y ya me ha tocado cumplir mi sanción. Poco puedo añadir al brillante análisis de Nihilia, en especial en lo referente a la fauna (y flora, en ciertos casos) allí presente, pero mi voluntad irrefrenable de explorar los límites de la escritura me empuja a intentarlo. Vamos allá. En otro párrafo.

Tras enseñar el documento de identidad al amable guardia (privado) de recepción, los asistentes esperamos a que otro guardia (privado) nos escoltara en pequeños grupos al ascensor que llevaba ¡al primer piso! Alístate en la legión, decían. Verás mundo, decían. Todo para acabar haciendo de ascensorista de un grupo de alcohólicos. Arriba nos recibió la mujer que nos daría la charla y nos hizo pasar a un aula presidida por la bandera española y una foto del rey que nos miraba a todos con gesto reprobatorio. O a lo mejor era el suyo habitual, con tamaña capacidad gestual en ocasiones me pierdo. Una vez estuvimos todos, empezó a pasar lista, haciéndonos a todos y cada uno de nosotros ir a la tarima a firmarle nuestro autógrafo. Sí, a pesar de haber sido identificados a la entrada y haber sido custodiados en todo momento por al menos un guardia (privado).

Al cabo de un cuarto de hora dedicado a tan magna tarea, puso el archiconocido vídeo informativo, que no es mucho más que el habitual folleto con música de fondo. Pero tal cual: por la pantalla desfilan imágenes de un folleto mientras un viril narrador te lo lee sobre una base chunga de Eminem. ¡Envidia, Godard! Ofreció el DVD a la salida “para quien le pueda interesar” y pensé en cogerlo para ofrecerlo en YouTube. Afortunadamente, me rehice a tiempo: el que quiera ver esa obra maestra tendrá que beber por las calles hasta que un policía le dé el alto. Así de sufrida es la vida. Para la historia del audiovisual queda el momento en el que la voz enuncia “el botellón” y aparece un joven que no alcanza la treintena con la cara tiznada, gorro de lana y guantes con los dedos cortados alzando la mano desde el suelo. Qué simbolismo. Qué caracterización. Ni en La pared, oigan.

Por supuesto, también nos ofrecen sorprendentes afirmaciones. Verbigracia: “la respuesta de las autoridades [frente al consumo de alcohol] no es represiva, sino de preocupación”; “el alcohol es un alimento: falso” (aunque no dicen nada sobre el resto de la bebida alcohólica); “si observamos un grupo que bebe, veremos que el volumen de la conversación va aumentando” (¡un estudio que lo demuestre, por favor!); “un problema derivado del alcoholismo es el económico, pues el alcohol es caro” (pues bajadlo de precio, hombre); “ante la falta de servicios públicos, la gente se ve obligada a usar la calle como urinario y vomitorio (sic)” (y aun así, se niegan rotundamente a poner servicios públicos como en el resto de capitales europeas). Todo ello intercalado con un maravilloso “Chat Botellón”, brillante idea con la que unos profesionales del doblaje declamaban los argumentos de los jóvenes con una intensidad shakesperiana. Espeluznantes los “¡jo, machos!, los “¡qué chungo, troncos!” y los “¡mola mazo, tíos!” interpretados calavera en mano. Uf, esta última parte me ha quedado especialmente bien. Esto se escribe solo.

Para rematar, el vídeo nos lista una serie de soluciones para acabar con esa lacra social que es el alcoholismo, entre las que destaca “romper la relación alcohol/diversión/amistad”. Yo me imagino a un señor sembrando cizaña entre los amigos alcoholizados o escupiéndote en el ojo para que no te diviertas cuando vas borracho.

En cuanto empezaron los créditos la buena mujer quitó el vídeo (qué poco respeto para los profesionales que tanta ilusión han puesto en él) y comenzó a relatarnos el procedimiento de sanción administrativa para aquellos que consuman alcohol en la vía pública. Lo cual, una vez te han sancionado, resulta muy útil. Además nos ilustró con la ley 5/2002 que regula todo el tinglado, justificada, mientras intentaba aguantarse la risa, en impedir el acceso de los menores de edad al alcohol. También por los problemas de convivencia causados y por el arraigo que hay en la sociedad (?!).

Pero todavía, antes de firmar por segunda vez (¿pero a dónde rayos vamos a irnos sin que nos vean?) y obtener el certificado de asistencia, quedaba un pequeño guiño: “[los destinatarios de la ley son] todos los españoles residentes o transeúntes (…)”. Transeúntes, nos tienen vigilados.

Todo va bien

Por Timoteo | 15 mayo 2008

Clic.

Clic.

Cada día amaba más a su esposa. Admirando la dorada cabellera de su nueva secretaria, se fue.

Portishead – Third

Por Timoteo | 12 mayo 2008

Cuando uno acomete un proyecto, especialmente en ingeniería, no puedes darlo por concluido una vez que has conseguido diseñar y encajar todas las piezas. En ese momento hay que replantearse la necesidad de cada parte, si se podría hacer con menos, si algún subsistema es inintencionadamente redundante y por tanto prescindible. Todo lo que sobre no hace más que complicar el producto, que se considera mejor cuanto más sencillo. La solución óptima es la más simple.

Algo similar ocurre en la literatura y el cine: cuando uno ha contado todo lo que quería conviene releer el texto en busca de detalles superfluos que no añadan nada a la narración, reconsiderar adjetivos que puedan estar de más, diálogos que se podrían resumir en un plano. La elipsis es una potente herramienta narrativa de la que a menudo nos olvidamos. De nuevo nos encontramos con que para conseguir la maestría la pregunta clave no es qué le falta sino qué le sobra.

Esa obra final en la que nada sobra, construida con lo imprescindible, es lo que Portishead ha conseguido con su maravilloso Third, un álbum que gira sobre lo que no se cuenta, en el que los silencios pesan más que la música. Su escucha provoca desazón y tranquilidad, te eleva y te tira al suelo y te lame las heridas. Es como si algo trascendental hubiera ocurrido y nadie se hubiera parado a explicártelo. Estás en el ojo del huracán, en medio de la devastación, destrucción tras de ti y destrucción es lo único que puedes esperar, y flotas con una extraña calma que no puede presagiar nada bueno.

Que es una clase magistral sobre la importancia del silencio en el arte queda declarado en la canción que abre el disco, Silence, una desasosegante progresión en la que Beth con su doliente voz “grita en silencio” si sabemos lo que perdió, lo que quería. Lo intuimos vagamente y llegamos a la certeza cuando la progresión, a punto de estallar por fin, se corta de forma abrupta y nos enfrenta a un silencio de seis segundos. Silencio es la única respuesta que recibirá a sus desgarradas preguntas, como en el redondo y característico estribillo de Hunter. Silencio es lo único que oímos cuando Beth se queja de que “nunca tuve la oportunidad de explicarte lo que quería decir” en la bipolar Nylon Smile: “no sé qué he hecho para merecerte/ y no sé qué haría sin ti”.

La atmósfera opresiva parece relajarse un poco en el comienzo acústico de The Rip. Sin embargo, al contrario de la huida de la oscuridad que augura la voz, nubarrones como una manada de caballos blancos se dirigen hacia nosotros a ritmo de vertiginoso sintetizador. La tensión se mantiene en Plastic para llegar al hipnótico ritmo de We Carry On y desembocar en la breve incursión folk de Deep Waters, que sirve de dulce intermedio para relajarnos y afrontar con algo más de optimismo lo que queda de disco, pues “sabré capear la tormenta (…) las aguas profundas no me asustarán esta noche”.

Y necesitaremos hacer acopio de valor, porque a continuación llegan el electrónico sencillo Machine Gun con su potente percusión que acaba fundiéndose con un teclado desquiciado y la portentosa Small, oscilante entre la voz casi desnuda de Beth evocando aquella noche en que se conocieron y la electrónica desatada apoyada en un poderoso órgano. El clímax de intensidad ya ha pasado, y eso se nota en la floja, en lo artístisco y en lo opresivo, Magic Doors, quizá lo más prescindible del disco junto con Plastic. Threads tampoco brilla a la altura del conjunto, sin embargo creo que cumple bien con su función de final de disco, su labor de descompresión: nos trae de las profundidades poco a poco, “siempre insegura”, mientras la voz se va disolviendo, quedándose atrás, dejándonos con una suerte de bocina que intermitentemente explora la niebla, lo invisible, lo desconocido.

El resultado conjunto es brillante. El disco te transporta a su propio mundo, te eriza los pelos con la primera canción y te mantiene en vilo, con un nudo en la garganta durante cincuenta minutos. En ese sentido, si consideramos que el arte es en primer lugar transmitir, el objetivo está cumplido, pues conmueve profundamente. Si por contra se piensa en el arte como evasión, también consigue sacarte de tu vida: prueben a escucharlo en el metro y verán que cuando vuelvan a la superficie el mundo es distinto al que conocían cuando bajaron. Además, escucha tras escucha se mantiene la magia.

En lo musical, tras diez año de silencio, Portishead vuelve con un sonido Portishead puro y sin embargo renovado, reconocible y lleno de elementos nuevos. La voz de Beth nos recuerda por qué nos enamoramos de Glory Box al instante, las referencias son las ya habituales en el grupo, la oscuridad se mantiene. Da la sensación, y que Thom me perdone, de que es lo que Radiohead lleva intentando hacer desde que publicó Kid A: crear una nueva obra maestra con un sonido distinto, que vuelva a revolucionar el universo conocido, y a la vez seguir siendo Radiohead. Los de Bristol lo han conseguido. Desde ya, candidato a disco del año.

Fiesta de inauguración

Por Timoteo | 1 mayo 2008

Parece que por fin, tras unos cuantos dimes y diretes, un par de replanteamientos en cuanto al color de las paredes y dónde poner los muebles e inumerables días sin asistir a clase, el nuevo emplazamiento de La Callecita está preparado para entrar a vivir. Atrás queda el viejo barrio de Blogger, en favor de uno nuevo más céntrico, mejor comunicado, con más bares abiertos hasta más tarde, nuevos adoquines y nuevos olores a orín en las esquinas. Y si no los hay, ya nos encargaremos nosotros de marcar el territorio.

Como veréis, la nueva calle tiene pisos individuales para cada uno de los integristas integrantes de este blog (excepto Segundo de Chomón, que tiene un chalé), aunque seguimos compartiendo la cocina y el recibidor. Hay unas etiquetas que aparecen ahí a la derecha en forma de nube a las que tenemos que averiguar cómo sacar partido. Un buscador arriba del todo para… bueno, buscar palabras entre estos textos. Y otras pequeñas novedades que os invitamos a descubrir. Más posibilidades para que cada uno haga sus visitas más a gusto.

Pasean y lean. Están en su calle.