Archivo de ‘Ministerio de Anécdotas’

Festivales, ronda 1. Saturday Night Fiber.

Por Nihilia | 26 Julio 2008

La guerra de los festivales viene a ser como un cuarto oscuro, todo el mundo intenta dar por culo al que tiene al lado. Primero, el FIB anunció sus fechas entre acusaciones a la productora rival, Sinnamon, de haber inflado tanto los precios de contratación de artistas que no iban a poder sentarse en meses. Se acabaron el “buenrollismo” “indie” y el “aquí estamos todos en el mismo barco”. Cuando se empiezan a mover presupuestos de casi diez millones de euros los “apasionados de la música” se convierten en empresarios y, como es normal, empiezan a actuar como tales. Total, que Sinnamon plantó su Summercase en las mismas fechas que su inmediato competidor, el FIB, por no coincidir con otros festivales europeos. Claro. No fuesen a robarle grupos los festivales europeos que pagan la mitad, ni fuesen a robarle público otros festivales europeos con gran afluencia de público extranjero como… el FIB. En realidad, lo que Sinnamon quería hacer es tan viejo como el mear y echarle un vistazo furtivo al de al lado: querían ver quién la tenía más grande.

Parece que la jugada no sentó nada bien allá por el levante, así que los promotores del FIB mandaron una delegación a Madrid con el sano objetivo de montar un festivalillo con unos cuantos grupos y, de paso, arañarle algunos asistentes al Summercase. Y allí nos plantamos Segundo de Chomón y yo, en el “Saturday Night Fiber” (SNF). El testículo del FIB.

Había bastante morbo con las cifras de asistencia al SNF. Se rumoreaba que, de un recinto con capacidad para diez mil personas, apenas habían conseguido vender dos mil y el hecho de que, a escasos días de su celebración, decidiesen rebajar el precio de las entradas a la mitad no hacía más que confirmar los rumores. Eso, y enfurecer a los compradores “leales”. ¡Dos por uno! Ya en la entrada, pudimos ver un conato de violencia en la única cola reservada para los que nos habíamos acogido a la oferta, que era infinitamente más larga que el resto. Literalmente, infinitamente más larga, en el resto de colas no había ni una sola persona. Eso explica también el conato de violencia.

Ya dentro del recinto, la primera impresión fue de que, si nos lo proponíamos, podíamos llegar a conocer a todos los asistentes sin demasiados problemas. La impresión se fué diluyendo poco a poco hasta que se alcanzó el pico de asistencia durante el concierto de Morrisey, al cual debieron acudir unas cinco mil personas, así a ojo de buen cubero. La organización hablaría después de nueve mil asistentes, momentos antes de empezar a reirse como maníacos y proclamar la llegada del Anticristo. Habría que empezar a pensar en pagarle a los del Manifestómetro la entrada de los festivales, seguro que ellos estaban encantados.

Pero bueno, vamos con la música que era lo que nos llevaba allí al fin y al cabo. Podría decirse que abrimos boca con Babyshambles, y que ellos andaban encima del escenario en las mismas, bostezando como animales en un zoo. Se notaba que estaban guardándose las mejores piruetas para ocasiones más propicias, allí no hubo ni buen sonido, ni actitud, ni provocación ni nada de nada. Por no haber, no hubo ni pose. Es lo que tiene salir constantemente en los medios de comunicación, que después darlo todo ante mil y pico tios, pues como que no.

Ya fuese por tener la sensación de que esa iba a ser la tónica del festival, ya por el influjo de Pete Doherty, salimos Segundo y yo a presentar nuestros respetos a don Jack Daniel´s hasta el concierto de Morrisey. Todo un dandy, el señor Morrisey. Dió un concierto de lo más entretenido, bastante más movido y contundente de lo que yo me podía imaginar, se entregó al público y supo mostrarse “encantadoramente inglés” durante toda la actuación. Al final, acabó descamisado ante la ovación general del público. Buen concierto.

Sin embargo, para muchos de nosotros el plato fuerte aún estaba por llegar: My Bloody Valentine. Estar a unos minutos de ver a la banda que probablemente llevó más lejos que nadie los postulados del shoegazing, y poder comprobar cuánto hay de verdad y cuánto de mito en esas teorías que hablan de “saturación de los sentidos” y experiencias cercanas al trance durante sus conciertos era una situación dulce, muy dulce. Y lo fue más aún cuando vimos acercarse en bloque los ¡ocho! amplificadores que usaría Kevin Shields para su guitarra. Alguno no pudo evitarlo y retrocedió un par de pasos, amedrentado con lo que se nos echaba encima. Al resto se nos dibujó una sonrisa de pura felicidad en la cara.

Este grupo es diferente. Por momentos dio la impresión de que se moviesen en un paradigma musical aparte. Se subieron al escenario entre medias sonrisas, se miraron brevemente entre ellos y descargaron un “Only Shallow” tan envolvente como el plastificado pero con toda la contundencia del directo. La voz etérea de Bilinda Butcher quedó sepultada en algún lugar entre la avalancha de vatios de Kevin Shields, pero casi que daba igual. El no tener una melodía de voz a la que asirse reforzaba la sensación de estar perdido en un mar de sonido, de estar flotando en decibelios. Las canciones estallaban sobre el escenario y se recomponían pedazo a pedazo en la cabeza en diez, cien, mil melodías diferentes, reales y sugeridas, tan evanescentes que se disolvían en cuanto que se intentaba aferrarse a ellas. La única opción posible era abandonarse.

La actuación continuó sin que la intensidad decayese en un sólo momento (enorme “Soon”) hasta la traca final con una salvaje “Realise” que, como no podía ser de otra forma, alargaron hasta que pareció que el escenario iba a despegar. Aquello pudo durar cinco, diez, quince o venite minutos, una rápida encuesta a pie de pista confirmó que cada uno tenía su propia versión al respecto. Al final, My Bloody Valentine habían conseguido disolver el tiempo después de veinte años.

Salí en tal estado de euforia que arrastré a Segundo a terminarnos el Jack Daniel´s. En ese momento me hubiese bebido medio Tennessee, hubiese besado a media Francia y hubiese bailado con media Ibiza. Que estaba en éxtasis, vaya, que My Bloody Valentine me habían sentado como una droga. Así que, en estado de hiperactividad total, nos refrescamos un poco el gaznate y llegamos al fin de fiesta de Hot Chip, que estaban moviendo con bastante éxito a todo el recinto. Luego llegó Mika, que montó un carnaval en el escenario de lo más delirante y que abrió y cerró (!?) con la misma canción. Hay que reconocer que lo dimos todo con Mika, eso sí, pero si alguien tenía la culpa de nuestro estado de total felicidad fueron, ni más ni menos, que My Bloody Valentine. Otra dimensión.

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Un nuevo transeúnte

Por Nihilia | 21 Julio 2008

En casa tenemos un nuevo inquilino. Tiene ocho años, pesa unos treinta kilos, apenas levanta medio metro del suelo y ni se lo debo a un preservativo defectuoso ni me he comprado un enano. Un señor dobermann que tengo ahora correteando por casa, olisqueando las esquinas e intentando meter el hocico en la comida al menor descuido. Con las orejas y el rabo recortados, y color negro y fuego para más señas, que son colores así como muy viriles.

“Abanlupo del Condado de Jusil” se llama el jodío chucho; excentricidades de los dueños de los padres, que eran algo así como los “brangelina” del mundo perruno. Para ellos, que el nombre del perro empezase por la letra “a” y que se hiciese referencia al “Condado de Jusil” (un adosado) era innegociable. Para nosotros era seguirles el rollo o quedarnos sin perro, así que elegimos un nombre y decidimos maquearlo hasta que no nos diera demasiada vergüenza decirlo en voz alta. Igual nos quedamos a mitad de camino. Al final se quedó con “Lupo”, y ya casi no le vacilamos con el rollo del condado. Sólo cuando llueve, que el mamón se pone digno y no hay forma de sacarle de casa.

Si hay algo que llama la atención del perro es que sólo tenga un huevo y su desbocada vitalidad. Por ese orden. Bueno, eso y que tenga tantos pezones en el lomo como tiene, aún siendo macho. Al principio pensaba que era hermafrodita. Pero volviendo a lo brioso de su carácter, como guía de la manada intento proyectar una imagen de líder impredecible. El perro nunca sabe en qué momento saltaré sobre él e intentaré morderle el cuello, o le cantaré la “Bohemian Rhapsody”, que siempre le sorprende muchísimo, o empezaremos a perseguirnos alrededor de la mesa del salón, pero parece que nunca es suficiente. Después de un buen rato de juego, el perro sigue dando vueltas sobre sí mismo de contento mientras que yo intento dejar los pulmones quietos donde están. Aunque siempre se le puede coger desprevenido. En la siesta baja la guardia.

Lupo con su cara de \

No todo es juego y desenfreno en su vida. También cultiva varias excentricidades. Por ejemplo, tiene la costumbre de caminar tranquilamente hasta la terraza nada más despertarse, echar un par de vistazos, como comprobando que todo sigue en su sitio, y ponerse a ladrarle al barrio. En general. Al barrio. Cada mañana le ladra cuatro veces, ni una más ni una menos, y luego se vuelve al sofá, se hace un ovillo y se pone a dormir otra vez. Es el primer perro que veo que se cree un gallo.

También fuma. Este perro fuma, desde pequeño, desde que le salieron los dientes. Colilla que ve, colilla que intenta comerse. Todavía nos acordamos del día que se comió “accidentalmente” una colilla de un porro. Madre mía qué cabezazos contra los muebles. Y, por alguna razón, odia a las hormigas. Si vemos un hormiguero, primero escarba en el agujero para enfurecerlas, después espera pacientemente a que salgan unas cuantas y entonces, con total indiferencia, casi con elegancia, se da la vuelta y se caga sobre el agujero con precisión de cirujano. Reconozco que esas no las recojo. Simplemente, no es mi guerra.

Un perro también tiene sus enemigos. En el caso de éste su bestia negra, su archienemigo, su némesis, son las puertas. No puede con ellas, hay que reconocer que le superan en astucia. Cuando oscurece es incapaz de diferenciar una puerta abierta de una cerrada. Así que tú estás tumbado tranquilamente en tu sofá, embriagado con la lectura de la “Cuádruple Raíz del Principio de Razón Suficiente” de Schopenhauer, cuando te interrumpe un golpe sordo. Tump. Vas a la fuente del sonido y ahí está él frente a una puerta cerrada, con cara de perplejidad, intentando explicarse la situación. Y cómo no vas a quererle.

Y eso que amores no le faltan. Ya por contarlo todo, tuvo una novia. Un amor de verano. En realidad un ligue de una noche más bien, que no llegó ni a “follamiga”. Para entender la historia hay que decir que este perro produce una fascinación especial en los gitanos. No me lo explico, no se por qué, pero cada vez que uno lo ve, viene corriendo con la cara iluminada y me pregunta a) si es mío o b) si es un dobermann. Y nunca se salen del guión. Nunca. Bueno, pues un día puso sus ojos en él un gitano que cuidaba una obra cerca de casa de mi padre, y le preguntó a) si era suyo, b) si era un dobermann y c) si lo quería cruzar con su perra. Mi padre pensó a) joder que perra más rara, b) si le digo que vale, pero que con condón no va a colar y dijo c) pos venga, pos fale. Sí, la novia de Lupo no era lo que se dice una reina de la belleza. Era más bien el resultado de décadas de cruces descontrolados en un poblado. Nunca llegué a ver el resultado del cruce, pero estoy seguro de que debió ser algo así.

Me dejo en el tintero cómo acabó el perro en mis manos. Tiene que ver con oscuros ritos arcanos y una chacha rebotada, pero esa es otra historia, y debe ser contada en otra parte. O si no, mira, da igual, ya la pondré por aquí algún día.

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La bebida, qué mala es

Por Timoteo | 12 Junio 2008

Como ya le sucediera a Nihilia, otro de los miembros de este Gobierno Tricefálico Vitalicio fue sorprendido en pleno acto de servicio hace cosa de un año y la Comunidad Autónoma de Madrid emprendió acciones contra él. No, no fui visto en un parque con el culo al aire, sino degustando un escocés. No, no haciendo guarreridas con un señor de aquellas lluviosas tierras. No, tampoco, probándome una falda plisada de tela a cuadros. Bebiendo güisqui, leñe, que os lo tengo que explicar todo.

El caso es que fui condenado a “la prestación en beneficio de la comunidad consistente en la asistencia a una Jornada Formativa en Materia de Prevención de Drogodependencias” (sic, por supuesto, que para eso va entre comillas) y ya me ha tocado cumplir mi sanción. Poco puedo añadir al brillante análisis de Nihilia, en especial en lo referente a la fauna (y flora, en ciertos casos) allí presente, pero mi voluntad irrefrenable de explorar los límites de la escritura me empuja a intentarlo. Vamos allá. En otro párrafo.

Tras enseñar el documento de identidad al amable guardia (privado) de recepción, los asistentes esperamos a que otro guardia (privado) nos escoltara en pequeños grupos al ascensor que llevaba ¡al primer piso! Alístate en la legión, decían. Verás mundo, decían. Todo para acabar haciendo de ascensorista de un grupo de alcohólicos. Arriba nos recibió la mujer que nos daría la charla y nos hizo pasar a un aula presidida por la bandera española y una foto del rey que nos miraba a todos con gesto reprobatorio. O a lo mejor era el suyo habitual, con tamaña capacidad gestual en ocasiones me pierdo. Una vez estuvimos todos, empezó a pasar lista, haciéndonos a todos y cada uno de nosotros ir a la tarima a firmarle nuestro autógrafo. Sí, a pesar de haber sido identificados a la entrada y haber sido custodiados en todo momento por al menos un guardia (privado).

Al cabo de un cuarto de hora dedicado a tan magna tarea, puso el archiconocido vídeo informativo, que no es mucho más que el habitual folleto con música de fondo. Pero tal cual: por la pantalla desfilan imágenes de un folleto mientras un viril narrador te lo lee sobre una base chunga de Eminem. ¡Envidia, Godard! Ofreció el DVD a la salida “para quien le pueda interesar” y pensé en cogerlo para ofrecerlo en YouTube. Afortunadamente, me rehice a tiempo: el que quiera ver esa obra maestra tendrá que beber por las calles hasta que un policía le dé el alto. Así de sufrida es la vida. Para la historia del audiovisual queda el momento en el que la voz enuncia “el botellón” y aparece un joven que no alcanza la treintena con la cara tiznada, gorro de lana y guantes con los dedos cortados alzando la mano desde el suelo. Qué simbolismo. Qué caracterización. Ni en La pared, oigan.

Por supuesto, también nos ofrecen sorprendentes afirmaciones. Verbigracia: “la respuesta de las autoridades [frente al consumo de alcohol] no es represiva, sino de preocupación”; “el alcohol es un alimento: falso” (aunque no dicen nada sobre el resto de la bebida alcohólica); “si observamos un grupo que bebe, veremos que el volumen de la conversación va aumentando” (¡un estudio que lo demuestre, por favor!); “un problema derivado del alcoholismo es el económico, pues el alcohol es caro” (pues bajadlo de precio, hombre); “ante la falta de servicios públicos, la gente se ve obligada a usar la calle como urinario y vomitorio (sic)” (y aun así, se niegan rotundamente a poner servicios públicos como en el resto de capitales europeas). Todo ello intercalado con un maravilloso “Chat Botellón”, brillante idea con la que unos profesionales del doblaje declamaban los argumentos de los jóvenes con una intensidad shakesperiana. Espeluznantes los “¡jo, machos!, los “¡qué chungo, troncos!” y los “¡mola mazo, tíos!” interpretados calavera en mano. Uf, esta última parte me ha quedado especialmente bien. Esto se escribe solo.

Para rematar, el vídeo nos lista una serie de soluciones para acabar con esa lacra social que es el alcoholismo, entre las que destaca “romper la relación alcohol/diversión/amistad”. Yo me imagino a un señor sembrando cizaña entre los amigos alcoholizados o escupiéndote en el ojo para que no te diviertas cuando vas borracho.

En cuanto empezaron los créditos la buena mujer quitó el vídeo (qué poco respeto para los profesionales que tanta ilusión han puesto en él) y comenzó a relatarnos el procedimiento de sanción administrativa para aquellos que consuman alcohol en la vía pública. Lo cual, una vez te han sancionado, resulta muy útil. Además nos ilustró con la ley 5/2002 que regula todo el tinglado, justificada, mientras intentaba aguantarse la risa, en impedir el acceso de los menores de edad al alcohol. También por los problemas de convivencia causados y por el arraigo que hay en la sociedad (?!).

Pero todavía, antes de firmar por segunda vez (¿pero a dónde rayos vamos a irnos sin que nos vean?) y obtener el certificado de asistencia, quedaba un pequeño guiño: “[los destinatarios de la ley son] todos los españoles residentes o transeúntes (…)”. Transeúntes, nos tienen vigilados.

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Duelo de titanes

Por Nihilia | 28 Mayo 2008

Esta pintada me tiene fascinado. Total, que llega un tipo, probablemente con nocturnidad y una merluza que no se tenía en pie, y decide que va a mearse en un par de reglas de convivencia, vomitándoles una pintada racista a unos pobres vecinos en su fachada, pero que eso no excusa para no respetar escrupulosamente las reglas de ortografía. Claro, qué van a pensar los vecinos de él si no.

Después llega otro,  y se pone a tachar la segunda parte del mensaje, para invitarle a reflexionar si de verdad cree que hay relación entre ambas frases, si no cree que el mundo visto desde varios ángulos es más rico, más completo, más bello. El caso es que va perdiendo fuelle, nota que cada vez tacha letras con menos entusiasmo, y piensa que debe haber una forma más rápida de terminar con todo esto. Escribe: ”jilipolla”.

Y tan contentos. Moratalaz, pero qué grande eres

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Pásate esa sangre

Por Nihilia | 14 Abril 2008

Segundo de Chomón lo anunció a grito pelado:

-¡Tenemos la sangre! ¡Viene de camino!

Esas dos frases deberían aparecer en el manual sobre “cómo hacer feliz a un aspirante a cineasta”, capítulo “mitos y fetiches”. Ya podíamos llevar dos días trasteando con la cámara, tropezándonos con los cables del sonido, asándonos con los focos o peleándonos con la Dolly que hasta ese momento no sentimos que aquello que estábamos haciendo podía ser cine. Adiós, tomate Orlando, ándale manito, vaya usted con Dios. El primer rodaje con sangre de verdad, de pega, pero de verdad. Moola.

Mientras esperábamos era muy difícil no dejar volar la imaginación, la sangre justifica por sí misma planos enteros, secuencias enteras, historias, películas, demonios, ¡géneros enteros! Fuera los remilgos, las coartadas intelectuales bien lejos, en ese momento yo quisiese haberle dedicado una oda a la sangre.

El protagonista sería un Testigo de Jehová que ha sido mordido por un vampiro, y no por uno cualquiera, sino por un vampiro ¡con casino! ¡Y con furcias! Asistiríamos a los primeros tentempiés de Genaro, nuestro hombre de fe, consistentes en exuberantes damiselas que una vez mordidas pasarían a formar parte del ejército del vampiro, compuesto únicamente por despampanantes putones. En un momento dado podría barajarse que el don vampírico aumentase un par de tallas de busto, por aportar algo nuevo al género.

Sin embargo, los antiguos compañeros de Genaro, viéndole disfrutar de la vida más de lo habitual, decidirían tomar cartas en el asunto y presentarse en el casino armados hasta los dientes, pese a que en principio no puedan ni oler las armas, y entonces empezaría de verdad lo bueno. El objetivo sería llegar a utilizar unos dos o tres camiones cisterna de sangre de pega por cada metro de celuloide, o su equivalente en digital, en una orgía de miembros cercenados, tripas voladoras y herejías varias. ¿Un musical? ¿Y por qué no un musical?

En esas andaba yo cuando llegó la sangre. Un paquetito que contenía tanta magia del cine como las pistolas cogidas de medio lado, los sables de luz o los trajes de mafioso. Nos abalanzamos sobre él con tantas ganas que parecíamos caníbales que hubiesen encontrado un explorador después de tres días de larga caminata, y nos las vimos con el envoltorio de la sangre. ¡¿Ositos de peluche?!

Hace falta ser sádico.

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El libro de libros

Por Nihilia | 27 Marzo 2008

De cuando en cuando profesores y alumnos se enzarzan en pulsos absurdos sin saberse muy bien cómo. La historia comenzó a eso de las nueve de la mañana, en mitad de una clase de Producción Cinematográfica. Los alumnos se permitían dar pequeñas cabezadas mientras el profesor velaba por su sueño con una cháchara átona e insistente; al fin y al cabo era temprano para todos. La clase discurría con toda normalidad hasta que, de pronto, el arrullo de sus palabras cesó y la gente se despertó sobresaltada en medio de un estallido de silencio, encontrándose frente a frente con la mirada interrogante del profesor. Confusos y adormecidos, los alumnos no entendían por qué el profesor los miraba tan fija e insistentemente desde su estrado, no llegaban a comprender qué se requería de ellos.

Algunos intentaron desparecer tras las espaldas de sus compañeros, otros improvisaban fingiendo buscar algo en los apuntes, pero la mirada del profesor empezaba a quemarles a todos y allí nadie comprendía nada. De un momento a otro, el profesor clamó que cómo podíamos no saber la respuesta, cuando estaba claramente indicada en un libro que debíamos leernos para dentro de tres meses. Desamparados, buscando aún una pregunta, todo el mundo le dejó seguir hablando, así que su disgusto se convirtió en rabia, su rabia en frustración y la frustración en cólera, hasta que acabó desembocando en un examen para la siguiente semana del libro de marras.

Pues bien, la siguiente semana se presentaron cinco a clase. El profesor balbució que se le habían olvidado las preguntas y aplazó el examen para la próxima semana. Y la próxima semana se presentaron dos. Dos a cero.

Sin embargo, los planetas se habían alineado de parte del profesor. Si aplazaba el examen una última vez los alumnos se encontrarían con la semana santa, y ya no habría forma de posponer la lectura del libro; nos había dado un periodo de tiempo razonable para leerlo, algo maquiavélico, una jugada maestra. Nos tenía bien cogidos por los huevos, sí.

El libro en cuestión era “El Productor Cinematográfico” de José G. Jacoste. Es uno de esos libros que podrían venderse con el apelativo de “manual”, puesto que está escrito con la misma calidad literaria que las instrucciones de una cámara digital o un robot de cocina. Como muchas especies, que tratan de avisar a los posibles comensales de su toxicidad con colores llamativos y chillones, el color naranja de las tapas es un aviso para incautos: ladrillo, y de los gordos.

Formalmente es un ensayo vanguardista de primer orden, en el que toda concesión a una lectura fluida se ha esfumado a favor de la corrección terminológica, a pesar de que sean términos que en principio no tendrían por qué ser excluyentes. Es de agradecer que el autor haya decidido llevar sus planteamientos hasta límites experimentales, consiguiendo deleitarnos con frases de hasta once renglones que sólo pueden explicarse desde el prisma de la superación personal.

Otro rasgo novedoso de autoría es el del narrador único en plural. El aludir constantemente a un “nosotros” cuando se supone que hay un único autor nos hace imaginarnos al profesor Jacoste sentado en la oscuridad frente a una Olivetti bebiendo de un vaso de bourbon, rumiando los sinsabores de una vida dedicada a la producción y consultándole a Napoleón su opinión sobre los últimos párrafos.

En cuanto al contenido, el libro abre con la afirmación de que el cine es un medio de comunicación. Sólo después de habernos maravillado con sus dotes de fino observador se permite el autor pasar a los siguientes párrafos. El libro, qué digo el libro, la obra de arte continúa entre menciones a lo apuntado dos líneas más arriba e introducciones a las dos posteriores, consiguiendo el ritmo de lectura adecuado para que el lector compruebe las virtudes voladoras del formato.

Por si fuera poco esta cumbre de la literatura didáctica contiene una inmensa capacidad de evocación y es capaz de devolvernos, verbigracia, a una época en la que el videocasete dominaba el mundo y “el DVD se convertirá, en un futuro próximo, en el soporte exclusivo”. Pero es que además es una obra con recorrido, que envejecerá con dignidad, como los buenos vinos, y en pocos años las partes dedicadas al tratamiento del negativo de las películas pasarán a arrancarnos lágrimas de nostalgia. Mención especial merece la parte dedicada a Inter¿qué? En definitiva, se nota el mimo con el que han preparado esta concienzuda “segunda versión revisada”, de 2004.

Para ser justo con el libro diré que en realidad el autor fue nominado a los Premios Goya como mejor ayudante de producción en 1988, así que entiende un rato del tema, pero es una lástima que haya plasmado todo su conocimiento de una forma tan fría y desesperantemente formal. Con la cantidad de anécdotas que le hubiesen servido para ilustrar su libro y se las ha guardado todas, a pesar de que él más que nadie debe saber que todo entra mejor con una buena historia. Si le ven, invítenle a unas cervezas y tírenle de la lengua pero, por Dios, aléjense de su libro. Para una tercera edición yo sugeriría que se vendiese escrito a boli y sujeto por un clip, porque esto no es un libro, son apuntes.

El 26 de Marzo de 2008 el profesor de Producción Cinematográfica, apodado en ciertos círculos Milhouse, consiguió por fin realizar su examen sobre el libro “El Productor Cinematográfico”. Concurrieron al examen un cuarenta por ciento de los matriculados, y de las cuatro preguntas que hizo, sólo media requería haber leído el libro. A día de hoy, aún no se sabe si el examen era evaluable o no pero, por los comentarios de los alumnos a la salida, más les vale que no. Más nos vale. Joder. El profesor le había dado la vuelta al marcador.

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