Archivo de ‘Ministerio de Anécdotas’

Perdiendo el juicio I 1/2

Por Nihilia | 24 febrero 2008

Hay situaciones de las que uno no puede salir bien librado. Lo sabía Noé, cuando no le quedaron más cojones que subirse los dos leones al Arca, lo supo John cuando le confesaron que era un Kennedy, debió preverlo José Luís Moreno mientras perpetraba Matrimoniadas… y yo lo supe cuando me seleccionaron como jurado popular.

Mi primera visita a la Audiencia Provincial había resultado todo un fiasco. Uno de los testigos había avisado de que no podría declarar a tiempo, y el juez había decidido retrasarlo todo y concederle un par de meses más para llegar, yo creo que en venganza, por si algún implicado no había podido deshacerse de él a tiempo. Me dejaron muy claro que no por ello me había librado, que se habían quedado con mi cara. Tuviese yo razón o no, el caso es que a los dos meses recibí un telegrama en el que se me informaba de que el juicio había sido suspendido (glups), y se me emplazaba a participar en un nuevo proceso, previsto para enero de 2007.

El único problema era que en mi universo andábamos ya por diciembre. Hubiese podido reclamar, sí, la razón me asistía, pero me había levantado yo filósofo esa mañana, y pensé que pocas veces la razón derrota al poder, así que, por no joderme el aforismo, tuve que buscarme otra vía. Toqué “dónde vas Alfonso XII, dónde vas triste de ti” con las teclas del teléfono y esperé a que me respondiesen:

-¡Hombre, Nihilia! ¡Qué tal, hombre!
-Bueno, Doc, un poco apurado macho, necesito que me dejes el Delorean…
-¿El Delorean? ¿¡Es que ya no te acuerdas de la última vez!?
-Bueno, sí hombre, ejem…claro, cómo olvidarlo… ¿Quién iba a pensar que algo tan inocente causaría tanto estrago…?
-Desde luego, los habitantes de la Atlántida no…
-Admite que esos cimientos eran una chapuza…
-¿Es que no has aprendido la lección?
-Los atlántidos aprendieron la lección…
-¡Nihilia!
-¡Vale, vale, de acuerdo, no volverá a pasar!
-Me voy a arrepentir… venga, para cuándo necesitas el Delorean.
-Hombre, pues ya que puedes viajar en el tiempo, para hace un par de minutos.
-Lo siento, ya sabes que sólo puedo dejártelo a partir del momento en que me lo has pedido.
-Siempre con miedo a las paradojas temporales, que el universo es más duro de lo que parece, Doc…
-En el fondo del mar hay una civilización que no piensa lo mismo.
-Joder, vale, pues tráemelo en un segundo entonces.
-Venga, ¿ya estoy allí?
-Si, ya has llegado. ¿Te quieres decir algo?
-Déjame, un momento… ¿Estás más gordo no?
-Tu puta madre.
-Una santa señora es lo que era. Oye…
-Dime, precioso…
-Qué tal, tío bueno.
-Muy bien, bombón.
-Bombón tú, que eres el regalo de Dios a las mujeres de este mundo…
-Bueno, chicos… yo os voy dejando, ¿eh? Vuelvo en nada…

Dudando seriamente de que genialidad y cordura sean conceptos compatibles, monté en el Delorean, grité por la ventanilla “¡Farruquito!”, y la calle se despejó como si una pandilla de cuatreros hubiese llegado para apropiarse de todo el oro del pueblo. Este es un avance que se aplicará como estándar en todo claxon a partir de 2010, pero esa es otra historia y hay gente que prefiere no saber cuándo se cansará San Pedro de su última pareja de mus.

Por aquello de no tener ni idea de cómo arrancar un coche, me puse a pisar pedales y pulsar botones al tuntún, hasta que el Delorean comprendió que le iba la salud en ponerse en marcha y arrancamos rumbo a 2007, dejando un par de estelas de fuego que, en sí mismas, eran toda una oda a los ochenta.

Viajar en el tiempo no tiene mucho misterio, contrariamente a lo que se pueda pensar. Quizás se pasa un poco mal cuando el universo se pliega sobre sí mismo, y todos los huesos se comprimen bajo el peso de millones de universos, quedando uno reducido a una partícula de agonía, en un instante de dolor infinito sin tiempo ni medida, pero por lo demás es una experiencia bastante anodina. Bastante parecido a recibir un balonazo en los huevos, diría yo.

Finalmente aparqué en 2007. Mi primera percepción al enfrentarme a sus primitivos habitantes fue que, en 2007, la gente era rara. Todavía se empeñaban en construir en cualquier solar que cogiesen desprevenido, sin ser conscientes de que la gran burbuja que nos ha mantenido todo este tiempo estaba a punto de estallar en mil pedazos. Pero ya hablaremos otro día del meteorito que ha tomado la Tierra por diana, y al que el diminutivo no hace la menor justicia. De momento que no les quite el sueño el tema de los tipos de interés ni otras zarandajas por el estilo.

Entré en la Audiencia Provincial y me dirigí directamente a la Oficina del Jurado donde, para mi sorpresa, el más sobrio de todos los funcionarios estaba ocupado intentando rascarse las piernas de la funcionaria de al lado, que decía el hombre que le picaban. Lo consideré un interlocutor válido:

-Hola, disculpe, venía porque me han citado como jurado popular y creo que ha habido un error, a ver si podemos salir del paso…
-Jijiji… pasopasopasopasopa…jamónjamónjamónjamonja…

Todo borracho pasa por su fase dadaísta. Es una constante universal que proporciona momentos memorables y ante la cual no podemos más que quitarnos el sombrero, pero que reduce considerablemente la eficiencia del interfecto en tareas que no impliquen la rebelión en contra de toda forma de coherencia, por lo que la comunicación, en términos convencionales, queda excluida. Miré por el resto de la sala y mi vista se topó con una barriga que debía contener dos adultos bien formados, en el extranjero, y pregunté a su propietario:

-Ho… hola… veamos… ¿Cuántos dedos ve usted aquí?
-¡Fresss!
-Lo doy por bueno. ¿Usted se ocupa de seleccionar los jurados?
-¡Fji! ¿Saaaapes que febgo una bieta de du edaf?
-No hace falta que me acaricie la cara, seguro que es un hermosura, pero oiga, céntrese…
-Oy me fjubilo, ¿no quiers un a cojpita para celeblajlo?
-Bueno, desde luego hay poco que hacer hasta que se le pase la castaña, pero no se si debería… debería… debería… debería…

(…)

Desperté en el suelo de la Oficina del Jurado, vestido, por decir algo, con una toga y un incómodo dolor de cabeza que me impedía recordar la noche anterior en un formato más moderno que la fotonovela… recordaba haber pegado varias circulares en los calabozos, informando de que se había reinstaurado la pena de muerte… y por lo visto había vuelto a dar una conferencia sobre montar en globo, la tercera o la cuarta ya… tengo el record en doce bocas abiertas… mientras dejaba que el lector completase el chiste con vete a saber qué barbaridades, pude ver como el jubilado se subía en una de las ventanas y se detenía a considerar con qué parte debería caer para salpicar lo máximo posible:

-¿¡Pero hombre, qué hace usted!?
-¡Déjame! ¡Todo lo que me dijiste ayer era verdad! ¡Nada merece la pena!

Pues parece que ayer hablé de más cosas. Sintiéndome como una cuchilla de afeitar, me agarré metafóricamente los machos, porque de haberlo hecho literalmente hubiese podido ser malinterpretado, y entré al trapo:

-¡Todo borracho pasa por una fase dadaísta! ¡Es una constante universal que…!
-¿¡Pero de qué cojones hablas!? ¡No quiero ser un jubilado! ¡Me sentiré como un mueble!
-¡Piénselo bien! ¡Es usted funcionario! ¡Nada cambiará!
-Hombre, visto así…
-¿Y no querrá que…?
-¿Si?
-¿…su pensión se la queden…?
-¿¿Si??
-¡Los políticos!
-¡Jamás! ¡Panda de usureros, no pondréis vuestras manos en mis ahorros! ¡Quiero vivir! ¡¡Quiero vivir!!

Por fin quedó todo claro. Si no hubiese viajado en el tiempo y llevado hasta el límite a este hombre, para después evitar que imitase a la manzana de Newton, probablemente hubiese intentado hacerse unas tostadas en la bañera en total soledad, sin posibilidad de salvación. Entonces lo supe:

-Necesito que hagas una cosa por mí.
-Lo que quieras, cualquier cosa.
-Inscríbeme como jurado popular.
-¿¿Eso quieres?? ¿¿Estás seguro??
-Sí… Supongo que hay situaciones de las que no se puede salir bien librado.

Perdiendo el juicio II

Por Nihilia | 29 enero 2008

Siempre me ha caído mejor la libertad que la justicia. Tranquilos, no estoy intentando ser profundo, es simplemente que no me cae bien la Justicia, yendo por el mundo con un espadón como su brazo de largo y esa venda tapándola los ojos. Siempre me he quedado con ganas de preguntarla dónde coño está la piñata y por qué necesita tanto tiempo para endiñarle. La libertad, sin embargo, siempre va enseñando un pecho. Algunas podrían aprender. En fin, que todo este rollo sin sentido era para introducir la crónica de mi tercera visita a los juzgados de la Audiencia Provincial (ya les contaré la segunda, ya), en calidad de jurado popular. El día que me sentí piñata.

En realidad, el día fue tan excitante como hacer cábalas sobre la generación espontánea de pelusa en el ombligo. De acuerdo, quizás no es la mejor forma de comenzar un post, previniendo al lector (obsérvese el singular) de que lo que viene a continuación es la crónica de un día yermo como el desierto, pero nobleza obliga. De todas formas, creo que podría empeorarlo: los adjetivos “lúcido” y “observador” me describían tan bien como “recatada” a Isabel II. Había dormido dos horas y perdido el resto del tiempo y las córneas frente al ordenador, intentando rescatar del naufragio un corto con más fugas que la cárcel de “Evasión o Victoria”. De autoría propia, sí, aingh. Y por si aún no se han convencido de que seguir leyendo esto no les va a reportar ningún beneficio y que no les ayuda ni a ustedes ni a mí, les prevengo que escribo este post en ese mismo estado de somnolencia.

En fin, me imagino que las personas con un mínimo de decencia y sentido común habrán abandonado hace ya un rato el post, así que sólo quedamos los buenos. Ahora puedo decírselo. En la callecita tenemos planes precisos para dominar el mundo. Muahahaha. Todo está preparado, estén alerta, en cualquier momento les haremos una señal y desencadenaremos el caos y la destrucción. Muahahaha. No se corten, ríanse ustedes también como maníacos, que relaja una barbaridad. Si alguien les mira raro, quédense con su cara, que ya tendrá noticias suyas. Entonces si que tendrá razones para mirarles mal. Por el momento, hagan como si no hubiese dicho nada, silben distraídamente para disimular y prosigamos.

El caso es que había perdido el mapa que me enviaron (disimulen, coño, disimulen) para llegar a los juzgados y decidí ir a pelo, al fin y al cabo ya había ido una vez y siempre he pensado que tengo dotes de sherpa, así que me bajé en la estación de Metro que me dio la gana y fui a mi aire. El resultado fue que, al bajarme en una estación diferente a la que recomendaba el mapa, en vez de dar siete giros para llegar, conseguí llegar en tan sólo uno. A derechas, sí, pero no se me acostumbren. Un aplauso para el topógrafo de la Audiencia Provincial. GPS le apodan, los cabrones.

Lo dicho, que pese a la oposición institucional llegué a los juzgados. Al principio la cosa prometía. Tras pasar el arco de seguridad fui a subirme al ascensor y me encontré dentro una tía que llevaba una silla. Pensé “no recordaba que el ascensor fuera tan lento”, o lo mismo lo dije en alto (como aquella vez que a Tito se le escapó un “¡mmmm! tetitas…” al lado de una desconcertada viajera del Metro), porque mientras ascendíamos dijo:

-Este ascensor es lentísimo.
-Al menos tú vas cómoda.

Mirada de odio intenso. Cortinilla de estrella.

Cuando bajé del ascensor había una mujer esperando para conducirme a una sala de espera. Yo accedí, pero no sin antes fijarme que en el directorio anunciaban una prometedora “sala de togas”, que finalmente no pude visitar. Ya les decía que el día fue un auténtico tostón. No diré que la sala de espera cumplió con su cometido hasta que la mitad de los asistentes cayeron dormidos, no diré que la mujer que tenía al lado no paró de dedicarme su desayuno en forma de proyecciones de gas fétido, no diré que, entre veinticinco personas, no había ni una sola jamona con la que alegrarse la vista, simplemente diré que treinta euros no compensan, señores, no compensan. De vez en cuando aparecía una funcionaria para decirnos que lo mismo se llegaba a un acuerdo y nos íbamos de rositas. Mentalmente la respondía con un sonoro “los cojones”, pero al final resultó que sí, que tras tres tristes tigres… horas, habían llegado a un acuerdo y nos podíamos marchar. Sin embargo, en medio de la estampida generalizada, apareció otra funcionaria y nos dijo que la fiscal quería hablar con nosotros. Justo en ese momento empezaron a pitarle los oídos a la madre de la fiscal.

Nos hicieron entrar a, atención, la “sala número A” (“A” escrito a rotulador y pegado con celo en un papel), para que la fiscal nos informase de que habían llegado a un acuerdo y que nos podíamos ir. “Gracias”, añadió como principal novedad. Justo en ese momento empezaron a pitarle los oídos a la fiscal.

Nos condujeron de nuevo a la sala de espera y nos fueron llamando en grupos de cinco para aflojarnos los treinta lereles. Finalmente, nos devolvervieron la libertad. Según salía de los juzgados me encontré de frente con un cartel que rezaba “Metro a 300 metros”. Me dije, “no puede ser que el puto GPS no lo haya visto, seguro que la han puesto hace dos días”, y me fui a comprobar si la estación era nueva.

No, no lo era.

Mal de alturas

Por Nihilia | 25 enero 2008

VUELO EI592
TRAYECTO MADRID – NUEVA YORK
HORA GMT + 01:00: 11: 11

“Señores pasajeros, les habla el capitán. Gracias por escoger nuestra compañía para volar. En breves momentos iniciaremos el despegue rumbo a Nueva York. Que disfruten del [CRICK]”

El capitán se quedó perplejo, mirando el comunicador en su mano. Era la primera vez que fallaba.
-…vuelo.

Estaba de un excelente humor esa mañana, el cielo estaba tan despejado como el escote de sus azafatas, se había acordado de quitarse la alianza antes de subir al avión y tenía los machos llenos de amor, así que miró a su copiloto y se encogió de hombros. Se caló la gorra de piloto con la visera a un lado, “gangsta style”, y despegó canturreando un mambo.

Cuando hubo puesto el avión en ruta dejó que el piloto automático hiciese el trabajo sucio, subió los pies encima del panel de mando y se relajó mirando cómo engullía nubes el avión, mientras repasaba mentalmente la lista de cócteles del servicio de catering. De pronto, un piloto se encendió y comenzó a parpadear.

Un pitido de alarma invadió toda la cabina y su copiloto y él intercambiaron una mirada de pavor. El capitán fijó su mirada en el piloto intermitente y reaccionó como cualquier primate reacciona ante un piloto de emergencia que se enciende y se apaga: puso cara de no haber pensado nada en toda su vida y procedió a darle golpecitos con la punta del dedo índice.

Mientras que una parte de su cerebro se ofendía con una lucecita por el poco caso que le estaba haciendo, otra estaba trabajando duro para interpretarla (no sin antes hacer que descendiesen los niveles de testosterona, por capullo) hasta que consiguió mandar un luminoso con letras rojas bien gordas al centro de decisiones: FUEGO EN COLA. Para entendernos, el “fuego en cola” es algo así como un 9`5 en el hostiómetro, no a mucha distancia del tubo del avión partido por la mitad. Los centros del habla hicieron del terror, poesía:

-¡Coño! ¡Coño! ¡Coño!
-Me silban los oídos – apareció una azafata insinuándose.
-¡Que no! ¡Que no! ¡Fuego en cola! ¡Fuego en cola!
-De eso me encargo yo, papito…
-¡Que no, joder! ¡Que hay fuego en la cola del avión! ¡Que vayas a mirar cagando leches!

La azafata salió cagándose en todo el santoral. El capitán sacó una foto de su esposa y sus dos hijos de la cartera y la acarició con ternura. Miró a sus dos niños, y pensó que probablemente recibirían una buena indemnización, y podrían estudiar en colegios caros e ir a buenas universidades. Pensó que quizás el mayor podría seguir sus pasos, y sintió una mezcla de orgullo y melancolía imaginándose a su hijo con un altavoz, abriéndose paso entre una horda de viajeros suplicantes, arengando al resto de pilotos a mantener la huelga un puente más. Después miró a su mujer. Tantos años y seguía reconociendo la misma mirada que lo cautivó cuando se conocieron. Lamentó haberla sido tan infiel. Las azafatas eran una conquista irrenunciable, demasiado tentadoras, demasiado… qué coño, no iba a traicionarse a sí mismo en sus últimos momentos, que le quitasen lo bailao.

- Capitán… – entró la azafata acompañada de un pasajero. Falsa alarma, capitán. Era este pasajero, que estaba fumando en los servicios de cola.
- ¿Cómo? – el capitán se levantó a duras penas de su asiento, con las piernas bailándole el calypso y calzoncillos blanco nuclear en la mente. Intentó recuperar la compostura. Caballero, ¿sabe usted que no está permitido fumar en el avión?
- Sí, bueno, oiga, era sólo un cilindrito, este maldito vicio que…
- Caballero… ¿Sabe usted que esto puede costarle una dura sanción por parte de la compañía?
- ¿Una sanción? ¡Qué persecución! ¡Nos tienen enfilaos! ¿Por qué no nos ponen ya un brazalete con una estrella de David?
- ¿Pero qué coño dice usted?
- ¡O envenenan un cigarro de cada cien y acabamos antes! ¡¡Son ustedes unos talibanes del tabaco!!
- ¡¿Pero qué cojones dice usted?!
- ¡Todo el mundo con las manos en alto! –apareció un tipo encañonándolos a todos con una pistola.
- ¡Aaaargh! ¡No volveré a fumar, lo prometo!
- ¿¡Pero qué…!?¡¿Y usted quién coño es?! –bramó el piloto mientras el pasajero y la azafata se abrazaban aterrados.
- ¡Policía de Estados Unidos! ¿¡Quién ha dicho talibán!?
- ¡¡Pero me cago en mi estampa!! ¡¡Llevaros a estos memos de aquí!! ¡¡Y me atáis a ese al asiento!! ¡¡Y como vuelva a fumar viaja en la bodega!! ¡¡En la puta bodega!!

Mientras el copiloto y la azafata intentaban sacar al pasajero y al policía de paisano de la cabina, el capitán cogió el comunicador y, completamente enajenado, habló para los pasajeros:

“Se[CRICK]res pa[CRICK]jeros, les recordamos que en este vuelo [CRICK] está permitido [CRICK]ar. Coo [CRICK CRICK CRICK] pulación [CRICK CRICK CRICK CRICK] con el resto de pasajeros. Tengan muy buenos días [CRICK].”

VUELO EI592
TRAYECTO MADRID – NUEVA YORK

HORA GMT + 01:00: 13: 31

El capitán había conseguido relajarse después de todo, y había recuperado su optimismo habitual. Se relajaba recreándose en imágenes lúbricas de azafatas mientras se hacía trampas al solitario. El copiloto se había puesto sus gafas ahumadas, señal inequívoca de que estaba debatiéndose entre la vigilia y la inconsciencia, así que el capitán buscó con la mirada algún objeto con el que producir un estruendo ensordecedor. Sincronicidad lo llaman. El pitido de alarma los hizo saltar de su asiento. Comprobaron aturdidos el origen del problema: se había encendido de nuevo el piloto de “fuego en cola”. El copiloto se hundió en su asiento, aún adormilado:

-Ese idiota habrá vuelto loco al detector de humos. Ve a echar un vistazo, anda.
-Ejem… Díselo a mi gorra. Oh, vaya, dice que yo soy el capitán, que vayas tú.

Se produjo un silencio incómodo. Respondieron al unísono:

-Azafatas.
-Las llamas tú –se adelantó el capitán.
-Llamas t… Las llamo yo, vaya problema –dijo el copiloto con evidente rencor, se le daban mal este tipo de juegos de respuesta rápida. En el colegio nunca le llegaban los porros.

El copiloto abandonó la cabina entre gruñidos. El capitán se quedó con la mirada perdida, pendiente del pitido de alarma. Dos avisos en un mismo vuelo, ¿cuántas posibilidades había de que eso ocurriese? Pocas, aunque dependiendo de cada compañía, claro. Comenzó a recordar que durante la anterior alarma, mientras pensaba que iba a morir, pudo arrepentirse de haber sido infiel a su mujer y no lo hizo. ¿Acaso eso lo convertía, entonces, en una mala persona? Sí, sin duda. Pensaba que no debía ponerle los cuernos a su mujer, pero aún así no se arrepentía. Se quedó en blanco un momento. Era la primera vez que se veía a sí mismo como una mala persona. Un momento. ¿El altímetro marcaba un ligero descenso? No, era su imaginación. No, marcaba un ligero descenso. Siempre había pensado que tendría tiempo para redimirse, para resarcir el mal que había hecho. Los niveles estaban en sus parámetros normales, aunque oscilaban algo más de lo normal. ¿No estaría cediendo al pánico? Pero, ¿y si no quedaba ya tiempo? ¿Y si no pusiese dar marcha atrás? ¿No parpadeaba cada vez más deprisa el piloto de alarma? Entonces, él, ¿no tenía ya solución? ¿No podría morir en paz consigo mismo? ¿La velocidad se mantenía constante? ¿Había vuelto a descender el altímetro? ¿Su último pensamiento sería un lamento? Todavía no podía morir. Justo ahora no. Tarde, pero se había dado cuenta. No quería morir. No podía. No…

-Hola, lo siento, soy yo otra vez… -apareció el pasajero fumador con la cabeza gacha y una colilla a medio apagar en las manos.
-¡¿Pero qué…?! ¡¡Me cago en mi raza!!
-Es este maldito tabaquismo que…
-¡¿¡Pero tú me quieres matar de un infarto o qué!?!¡¡Al puto océano vas!! ¡¿Me entiendes?!¡¡¡Al puto océano!!!
-No, ¿eh?, yo… con mojarme los cilindritos…
-¡¡¡¡Me lo cargo!!!!¡¡¡¡Yo a este me lo cargo!!!!¡¡¡¡La pistola de bengalas que me lo cargo!!!

Mientras que en las pantallas del avión Meg Ryan tenía un e-mail y cundía el pesimismo entre el pasaje, de la cabina salían unos berridos infrahumanos:

¡¡¡Que estoy muy loco!!!¡¡¡¡Que estoy muy loco hostias!!!!

VUELO EI592
TRAYECTO MADRID – NUEVA YORK

HORA GMT + 01:00: 15: 51

Hay varios grados de mala hostia. Está el primer grado, reconocible porque el individuo en cuestión responde con monosílabos ante cualquier interpelación. Está el segundo, en el que el energúmeno padece un ataque de verborrea y arremete irreflexivamente contra cualquier ser u objeto querido a su alcance. Está el tercer grado, en el que el espécimen se queda quieto, muy quieto, tan quieto que su cuerpo comienza a temblar, esperando la más mínima excusa para descargar su furia homicida. El cuarto grado está poco documentado. El quinto es experimental. El capitán se encontraba desde hacía dos horas en el sexto grado: con los ojos inyectados en sangre, respirando con dificultad y enseñándole los colmillos a su copiloto, que se había refugiado detrás del sillón. Cuando el piloto de “fuego en cola” volvió a encenderse, el pobre hombre se encomendó a Cristo, Angel, y su buen hacer con los leones.

El capitán le graznó que le diese su comunicador para hablar con las azafatas. El copiloto se lo acercó hasta una distancia prudencial y retiró rápidamente la mano. Con la voz más dulce y sosegada que ser humano ha entonado sin recurrir a barbitúricos, el capitán entonó:

-Niñas, preciosas, decidme. ¿Veis algún indicio de fuego en cola?
-¿Ca… capitán? ¿Está usted bien?
-No os preocupéis por mí y limitaros a contestarme. ¿Veis humo en el pasillo?
-…no, no, no hay humo.
-¿Gente chillando, corriendo por los pasillos aterrorizada o arrancándose el pelo a tirones?
-…no, no.
-Muy bien, niñas. Muchas gracias. Protocolo de emergencia.

Estaba fumándose su cilindrito de después de comer. Exhalaba el humo a grandes bocanadas e intentaba perfeccionar sus círculos de humo. Cuando la puerta se abrió de sopetón, sólo alcanzó a ver a cuatro personas con máscaras de gas y trajes ignífugos que lo apuntaban con varios extintores. Un segundo después estaba flotando en un universo blanco e inmaculado, vagando en la inmensidad, sintiéndose como si hubiese vuelto al vientre de su madre y, conmovido, pensó que la experiencia bien merecía que le regalase al capitán una caja de puros.

Sin razón alguna, me niego a titular este post

Por Nihilia | 13 diciembre 2007

Venía yo pensando en aquello del Twitter, EnriqueDance y la excursión de niños pijos con la que acababa de cruzarme en el Metro (¿Veis niños? Así viaja la gente que no tiene chófer.), cuando me he acordado de un estultao que apareció por casa una noche de guateque. Era el acompañante de la chica con la que quería retozar por aquel entonces, y era un monstruo de las twittipolleces. Entre todas las píldoras de ingenio, agudeza y audacia intelectual que despilfarró durante TODA LA PUTA NOCHE, una pasará a la historia:

“Si las naranjas se llaman naranjas, ¿por qué los limones no se llaman amarillos?”

Maldita sea, y ahí estaba ella, desperdiciando su preciosa risa en los rebuznos de aquel infraser. Pronto se redimiría ella, a mis ojos, porque tenía la demencial costumbre de poner la música en el coche a todo trapo y, en cada semáforo en rojo, saltar del coche y ponerse a interpretar la danza de la lluvia a su alrededor. Ni que decir tiene que acepté emocionado participar en tal astracanada. Los malos tragos hacen que los buenos sean aún mejores.

Mis problemas con la Justicia (y 1, espero)

Por Nihilia | 20 noviembre 2007

Como ya relatásemos hace un tiempo, el Estado Español, vía Comunidad de Madrid, había decidido tomar medidas punitivas contra uno de los prohombres del Gobierno Tricefálico Vitalicio, bajo la acusación de castigarse el hígado y alegrarse el alma en plena rúe. La sanción de marras consistía en la asistencia a una Jornada Formativa en Materia de Prevención de Drogodependencias en la que, durante dos horas, nos darían la chapa sobre las vergüenzas del bebercio, ya fuese consumido en vía pública o respetando escrupulosamente la ley. Que nadie les explique el matiz, que la alternativa son trescientos euros.

Pues bien, al fin llegó el día de saldar cuentas y allí me presenté, dispuesto a relatar a mi vuelta en qué se anda gastando la Comunidad de Madrid sus impuestos y los míos. Hice aparición con la puntualidad que me caracteriza, sobre la campana, y el agente de la recepción me ordenó, al más puro estilo marcial, que ¡pasase, por favor!, para tomar mi nombre y apellidos. El ritual se repitió unas cuantas veces más con los últimos rezagados, con lo que pude comprobar que éramos varios los que portábamos el mismo insigne apellido. Todos Martínez. Todos primos.

Una vez ubicado en el hall de entrada, esperando sin saber muy bien qué, hice un somero repaso de la parroquia. Había mayoría de “Güijkys con Red Bull” en chándal de gala y “Rones con Cola” de ambos sexos, seguidos de unos cuantos “Tequilas”, un par de “Calimotxos”, un “Litronas”, un grupito de “Malibús con Piña” y una inclasificable a la que llamaremos “Angostura con Granadina”, por poner algo.

Pronto nos informaron cortésmente de que ¡podíamos pasar a la sala, por favor! donde se impartiría la charla. Me preguntaba si alguien habría tenido la genial idea de que la ponencia la realizase un agente disfrazado de mascota, al estilo yanqui: “Botellín, la mascota del saber beber” te enseña civismo. A nadie se le había ocurrido. Una lástima, no se pueden perder estas oportunidades así como así.

Nos condujeron a un aula bastante amplia, repleta de pupitres diseñados para que un pigmeo no pudiese escapar una vez sentado, un ordenador y un proyector que, vista la nitidez con la que vomitaba imágenes, debía andar de resaca. Un agente de paisano con aires de profesor enrollado nos esperaba, invitándonos a tomar asiento y ponernos cómodos para, acto seguido, amenazarnos con poner un vídeo didáctico: “El vídeo no me parece muy bueno, pero ya que lo han hecho vamos a verlo”. Una introducción de cine.

Por cierto, si alguien anda preocupado por el despilfarro en las administraciones públicas, que se quede tranquilo. La imagen la pasaron por un proyector, sí, pero el audio provenía directamente de los altavoces del ordenador. Despeinados nos dejó el sonido. Qué potencia. Comenzó la función.

Al más puro estilo minuto del odio orwelliano, un narrador iba desgranando las miserias del alcohol, sobre una música machacona digna de la rave más desbocada, mientras se proyectaban rostros desencajados, miradas perdidas, el vacío, el horror: la náusea, señores, la náusea.

Gracias al narrador, los presentes pudimos comprender de una vez por todas que “el alcohol no es un alimento” o que “provoca alcoholismo”, y otras lindezas que no revelaré por no volver abstemio a todo transeúnte que pase por aquí, que uno se dedica los fines de semana a promocionar exquisitas libaciones por los bares y tiene que velar por sus ingresos.

Tamañas revelaciones se iban intercalando con un virtual “Chat Botellón”, brillante idea con la que unos profesionales del doblaje declamaban los argumentos de los jóvenes con una intensidad shakesperiana. Espeluznantes los “¡jo, machos!, los “¡qué chungo, troncos!” y los “¡mola mazo, tíos!” interpretados calavera en mano.

El agente de paisano debió sentir el sonrojo generalizado, porque decidió poner fin a nuestra agonía e intentó articular un debate. El caso es que el agente trabajaba bastante bien. Consciente de que su público no estaba para muchas gaitas, y que algunos venían con ánimos reivindicativos, tuvo especial cuidado en mantener un tono alejado del reproche paternalista y escuchar respetuosamente los argumentos más inverosímiles. Por supuesto todo el mundo, desde los “Güijkys con Red Bull” hasta “Angostura con Granadina” pretendían hacerse pasar por “Trinaranjus, que no tiene gas”, y todos los policías habían sido unos taimados hijos de mil padres que, por descontado, los habían denunciado injustamente. Que esto no es mío, que se lo estoy sujetando a un amigo, señor agente.

Cuando terminó la charla se lo dije: “Has hecho de la charla algo sorprendentemente ameno. No sé cómo puedes hacerlo, dando cinco o seis al día”. Me miró y se sonrió. Para mí que este empina el codo.

…y sin haberme fumado nada.

Por Nihilia | 15 noviembre 2007

No sé qué como mientras duermo que me deja un regusto pésimo. Menos mal que entre los placeres de la cama se encuentra, también, el del picoteo furtivo. De madrugada, con toda la vigilancia inconsciente, no es difícil deslizarse en la oscuridad y dar buena cuenta de algún suculento manjar que todos rechazaron rematar, ya fuese por conservar la línea o por mantener la compostura.

Una verdadera lástima que aquella noche la nevera estuviese en cuadro. Las perspectivas eran poco sugerentes, a no ser que me poseyera el espíritu del Bulli y consiguiese mezclar, de forma relativamente indolora al paladar, algo de mostaza de la última Nochevieja (ahora la llamamos “Napalm”), dos sobres de ketchup y una lata de anchoas. Tuve que conformarme con poner fin a un mísero cartón de leche. P´al coleto, maldito. Ya me estaba deshaciendo del cadáver cuando una voz tronó:

-¡Exijo se me aplique el Tercer Convenio de Ginebra, la mediación de una Potencia protectora y solicito una revisión de mi estado a la luz de la Declaración Universal de los Derechos Humanos!

Acerté a responder:

-¡Frschtz! –con la nariz. De nuevo:

-¡Exijo se me aplique el Tercer Convenio de Ginebra, la mediación de una…!

Cerré de un portazo el armario de la basura. Me restregué los ojos para quitarme el aturdimiento y me abalancé sobre envase que tenía más a mano. Lo leí, aparté la mirada un momento y volví a leerlo. Ponía exactamente lo mismo. Mierda, estoy despierto. Abrí con cautela y eché un vistazo:

-¡Groar! ¡Groar! ¡Groar! –cerré rápidamente.

Pues sí, ahora no cabe duda… Efectivamente: la basura ha cobrado consciencia de sí misma y exige que se le aplique el derecho internacional… Definitivamente, tengo una vida rara. ¡Bienvenida paranoia!

-¡En esta casa no se negocia con basura!

-¡Groar!¡Groar!¡Groar!

Ni caso. La basura comenzó a embestir una y otra vez las puertas del armario. ¿Cómo me meto en estas situaciones?

-¡Vale, vale! ¡Voy a abrir! ¡Sepárate de la puerta medio palmo! Y… y… ¡Y mantén las pieles de plátano a la vista!

-Grrrrrrrr…

Abrí lentamente la portezuela:

-¡Exijo se me aplique el Convenio Tercero de Ginebra y la mediación de…!

-Que sí, que sí, que ya te he escuchado y, francamente, no he entendido ni papa, pero…

-¡Exijo que se me…!

-¡¿Pero te quieres callar…?! A ver si te lo explico: eres la jodida basura. Debo ser yo que estoy como unas maracas, así que no pienso hacer nada por ti. Simplemente, mañana, antes de ir a mi psiquiatra para que me drogue durante un mes, te sacaré de casa y te reunirás con el resto de tus congéneres.

-¡Jamás! ¡No claudicaré! ¡Como nosotras decimos: “La mierda siempre flota”!

-¡¿Pero qué…?! ¡A ver, eres basura, aunque quisiese no te puedo aplicar los derechos HUMANOS!

-Pero yo… -me miró implorante desde abajo, con sus dos enormes ojos de envase de yogur a punto de romper en llanto… yo tengo sentimientos.

-¡¿Qué…?! ¡¡No!! ¡¡No tienes!! ¡No puedes! ¡Eres la basura!

-Pues no decías lo mismo cuando leías a Asimov…

Coño. Ahí me ha pillado.

-Bueno, está bien. Qué es lo que pides.

-Tan sólo un par de legítimas peticiones, mi estimado interlocutor, no sin antes felicitarle por tan acertada decisión. Dignifiquémonos usted y yo tomando en consideración, en primer lugar, todas las enmiendas y protocolos adicionales que se han ido sumado durante las sucesivas revisiones de un texto que, como usted sabrá provienen del intento de normalizar el Derecho Internacional Humanitario ya desde 1864, y en especial el relativo al trato de los prisioneros de guerra aprobado en 1929…

Y por eso, chicas, no he bajado la basura.