Archivo de ‘Ministerio de Anécdotas’

Perdiendo el juicio

Por Nihilia | 5 noviembre 2007

Hará un par de meses ya que se presentó en mi casa la cartera más peculiar de todo el barrio con un sobre verde de considerable tamaño. Esta cartera es toda una institución, ya que se hace acompañar en sus entregas por dos perretes bastante hijoputas que tienen asolada a toda la población de felpudos del barrio. Mientras que la señora recogía mis datos y yo le pegaba patadas con disimulo a uno de los chuchos, que ya tenía una pata levantada y la chorra a punto de caramelo, fui inspeccionando el sobre. Color verde pistacho. Tamaño folio. Escudo de España. “Tribunal del Jurado”. “Audiencia Provincial”. Mal asunto. “Pringao”, faltaba, con letras rojas y un sello con un magistrado haciéndome un calvo. Me ha tocado ser jurado. Jurado popular, para más INRI. Habrase visto.

Resignado, me senté en el sofá y comencé a investigar el contenido del sobre. Un libreto con las normas del jurado a medio imprimir, muy bien, un cuestionario de dos páginas y un manual de siete para rellenarlo, fantástico, una hoja para el pago de dietas, hombre, esto no está mal, un mapa cutre para que me pueda perder, bárbaro, y un montón de papelajos con los cargos y los nombres de los acusados… El resto puede esperar. Vamos a ver quiénes son los perlas.

Con la mafia rusa nos hemos topado, eso es seguro. Jamás había visto tanta consonante junta y tan pocas vocales en un apellido. ¿Pero qué clase de apellidos son estos? Les pones un par de números y parecen la clave del Windows. ¿A qué mente perturbada se le ocurrió montar esto así? Me imagino la escena. El pueblo reunido en sesión plenaria repartiendo los apellidos:

-Bueno, visto que no podemos ponernos de acuerdo, y que todos quieren apellidarse Smirnoff, que cada uno diga una letra y a tomar por culo. Venga, Grwiszky, di tú una.
-¡La “k”!
-Joder, la “k”. Bueno, venga, Slazkyprvszky, di tú otra.
-¡La “w”!
-¡Coño Slazkyprvszky! ¡Siempre con la puta “w”! ¡Di otra!
-Estoo… ¿la “y”?
-“La y, la y”… cagoen… a ver cómo ha quedado… Gorbynsky… ¡Coño! ¡Gorbynsky! ¡El mejor en meses! ¡Barra libre de mamadas!

Total, que rellené los formularios mientras usaba el manual de mantel, lo metí todo en el sobre, escupí en el sello con un poco de mala leche y lo mandé un día tarde, con la esperanza de poder echarle la culpa a la colgada de los perros. No hubo suerte. Una semana antes de mi primera cita con la justicia, me llegó un telegrama amenazándome de “apercibimiento” en caso de que no fuese.

Como no quería que me “apercibiesen”, no fuera a ser peor de lo que me imaginaba, allí me presenté. Nada más llegar, buen rollo. Recordaba la fachada del edificio por la tele, recordaba a Rodríguez Menéndez, rodeado por un par de putones empitonaos, masajeándolas el culo en medio de una nube de periodistas. Poseía el hombre un ideal de belleza bastante obvio, desde luego, pero, salvo por lo estético y por lo legal, ese hombre era un ejemplo para el resto para el resto del género. Imaginarme a mí mismo rodeado de putonazos neumáticos me dio fuerzas para continuar.

Entré en el vestíbulo, donde me esperaba una policía de esas que tanto nos gustan. Cara de niña buena, ojos azules a juego con el uniforme del cuerpo y el pelo recogido con una cinta que poder quitarse grácilmente mientras te cabalga como una gacela. Sí, una de esas, metralleta en mano. Ñam, ñam. Con la sonrisa decorada por la baba dejé mi bolso, ejem, mi bandolera sobre la cinta del detector de metales y pasé el arco. Mierda. Ahora caigo. Vengo armado hasta los dientes. Todo el equipo del perfecto promotor de bebidas alcohólicas, incluyendo los reglamentarios cuchillos, azote de limones. Pitido chungo. Manos a las pistolas.

-¿Llevas cuchillos, verdad? ¿Puede saberse por qué?

Por la puerta grande. Has entrado por la puerta grande. Dudé un momento si era un buen o un mal momento para enseñarles mi imitación de Neo: “¡Entregadme a Morfeo o sufrid las consecuencias, muahahaha!”, pero me decidí por el típico balbuceo de sumisión:

-Esto es para cortar limones, que pongo copas por los bares y pensaba devolverlo a la agencia después del juicio y tal…
-Confiscao hasta que salgas.
-Pero qué bien te comes las “des”, preciosa.
-¿¡Cómo!?
-¡Que es usted una agente muy talentosa!
-Anda tira.

Mi número de los cuchillos cortando latas al garete, otro día será, en fin. Con las piernas temblando me acerqué al mostrador y le di el telegrama a la funcionaria, que me dedicó unas cuantas caras raras bastante logradas, hasta que me dijo:

-Uy, pero si hoy “no hay jurados”.
-¿Cómo? Pues en el telegrama dice que…
-Si, ya, pero hoy no hay jurados… Mira, sube a la planta 11, a la Oficina del Jurado y pregunta allí.
-Pero cómo…
-Planta 11.
-Ya, y entonces…
-Oficina del Jurado.

¡Por Tutatis! Ahora empieza lo bueno. Ya lo estoy viendo, tres horas dando vueltas, subiendo plantas, bajando plantas, hablando con gente que te manda a otra gente que te remite al lugar del que vienes hasta que acabas en los calabozos con espumarajos en la boca, aferrado al brazo desmembrado de un letrado.

Felizmente no fue así, y en la oficina de marras me dijeron que un testigo no había podido llegar a tiempo y que habían decidido aplazarlo todo… unos dos meses, para que le diese tiempo esta vez al buen hombre. Pues nada, pues gracias por avisar. “Pringao”, tenían que poner en el sobre que te mandan: pringao.

The Wall (We Need Education)

Por Nihilia | 18 octubre 2007

Después de pasear por medio Madrid cargado con un retrete, lanzando vivas a Duchamp, ofreciéndolo ¡por sólo! cinco euros y recibiendo dinero de la gente por contarles toda la historia, que en medio del desenfreno sexual te chupen un dedo puede resultar un gesto poco afortunado.

Y es que a veces las cosas se tuercen. Eso debió pensar el bueno de Tito en su primera incursión en la península, cuando pensaba que iba a probar las mieles godas:

Goda: ¡Anda, qué mono, un canario! ¿Y cómo haces para ir a Canarias?
Tito: ¿?… Pues… voy en avión…
Goda: Claro, porque en barco para saltar el muro chungo, ¿no?

Helo aquí, el muro, en toda su inmensidad, en naranja rodeando las Islas Canarias:

De niña a mujer

Por Nihilia | 1 octubre 2007

Una mañana cualquiera, me desperté sin más. No había sido el único. Caminando aún entre brumas me dirigí a la cocina, temiendo abrir una puerta y encontrarme en alguna región particularmente denigrante de mi subconsciente, siguiendo el murmullo de dos voces femeninas. Temiéndome lo peor, abrí la puerta y me encontré con mi madre y mi hermana transmutadas en sendos borrones de enormes ojos interrogantes que, inmediatamente, enmudecieron y pusieron sus miradas en fuga, cual trileras sorprendidas in fraganti. Dentro de mí, Sherlock Holmes se arrebujó bajo las sábanas y gimió:

-Cinco minutitos más, por Scotland Yard…

…asentí interiormente, ensayé mi mejor cara de pasmao, me rasqué con desinterés un cachete del culo para redondear la escena y me fui a prepararme un café. Algo se traían entre manos. Notaba sus miradas en la nuca mientras intentaba desmontar la cafetera. Notaba cómo conspiraban con leves miradas. Sentía sus miradas en el cogote mientras intentaba recordar, una mañana más, en qué sentido se desenrosca una cafetera. Sentía cómo ese par de telépatas se hacían confidencias en fugaces sonrisas. No las noté mientras maldecía a todas las cafeteras del mundo, pero sé que se infundían mutuamente paciencia ancestral para con todo mi género. Las noté hasta que capitulé y me decidí por la cafetera de émbolo. Entonces pude sentarme entre ellas. Una vez que comprobaron que mantener una ceja en alto no bastaba para echarme, pusieron los ojos en blanco y confesaron:

-A tu hermana le ha venido la reg… ejem, tu hermana está mala.

-No creo que esa expresión la haya acuñado una mujer –saltó Holmes en plan House, reivindicándose el hombre.

-¡Calla, insensato! –me apresuré a decir. ¿Es que quieres hundirnos? Ni un solo comentario en esa línea o las perdemos. Es un tema sensible, mi hermana puede sentirse incómoda. Somos hombres y quizá la intimidemos, no sabrá cómo comportarse ante nosotros, debemos ser en extremo cautelosos, comprensivos y sensibles.

-Por Enrique VIII, cuánto remilgo…

-Tú nunca te casaste ¿no?

-Well… yes… you know… yo tenía que salir a por rapé…

Olvídale. Piensa rápido. Piensa rápido. Veamos. Es un momento importante, esperado y quizá temido, debes transmitirle naturalidad ante todo, así que muestra alegría. Alegría. Alegría. Naturalidad y alegría. ¿Y qué más? ¿Qué más? Empatiza, hombre, empatiza, eso es. Pregúntale algo. Duele, eso es, la regla a veces duele, pregúntale sobre eso. Vamos, vamos, que ya lo tienes:

-Estoo… eeh… Joder que bien, ¿no? ¿Y te duele o qué?

Mi hermana me retiró la mirada. Mi madre me retiró la mirada. Todos nos refugiamos en el televisor, que no pudo tener mejor puntería:

“…y ahora pasamos a hablarles de un videojuego que está causando polémica. Un videojuego al que han tachado de innecesariamente SANGRIENTO…”

De repente mi hermana se puso tensa. Se incorporó con los puños cerrados, la cara iluminada como un farolillo y furia homicida en la mirada. Tenía un par de cosas que decirle al mundo. Se había descubierto a sí misma contra todo, contra todos. Había descubierto que ciertas situaciones requieren una actuación contundente. Ya sólo una afirmación certera en el momento adecuado podría ayudarla. Y ahora podía, vaya si podía, ahora ya era una mujer. Acababa de descubrir EL SENTIDO DEL HUMOR. Gritó con todas sus fuerzas:

-¡¡¡PARA SANGRIENTO MI CHOCHOOOOO!!!

La ostia que le arreó mi madre aún hace eco en algún lugar del mundo.

Para uno que vino solo y se fue escoltado.

La crème de la crème

Por Nihilia | 9 agosto 2007

He tenido dos conversaciones realmente magníficas en mi vida. Sólo dos. La primera, sobre las características técnicas de los tractores. Ya se sabe. Potencia, tracción, neumáticos, caudal del circuito hidráulico… Tremendamente instructiva.

La segunda sucedió hace unos cuantos años ya. Por aquel entonces yo me había arrejuntado con una prometedora moza de la alta sociedad. Su padre se afanaba por mantener bien atadas las rentas que le proporcionaban siete pisos de la zona noble de la ciudad, desde su propia y laberíntica residencia. Mientras yo le conocí el tipo debió cambiar unas siete u ocho veces de ratón. Diagnóstico: lesión del botón derecho incompatible con la vida por exceso de solitarios. Llevaba una vida vertiginosa.

El caso es que la chica estudiaba Administración y Dirección de Empresas en una bendita universidad privativa, de esas por las que se dejan caer regularmente ministros de Dios y del Estado. Fueron días de Golfs GTI y radiofórmulas, de camisas con caballitos y pantalones de pinzas. En mi descargo he de decir que era la única hembra disponible del grupo y que no, no tenía ninguna deformidad física discernible a simple vista, más allá de una agradable hipertrofia allá por la zona pectoral.

Un día fui a conocer a sus compañeros de facultad a un pub cercano que gozaba, y creo que sigue gozando, de gran predicamento en tales ambientes. Allí estaban, todos uniformados con sus camisas y sus pantalones de pinzas. Juro que a uno de ellos le estaba creciendo una corbata directamente de la nuez. No sabiendo muy bien de qué hablar hice una lista mental de charlas ligeritas y, dada la cercanía de ese extraño periodo universitario al que llaman vacaciones, que hay quien sigue manteniendo que no comprende todo el año excepto febrero, junio y septiembre, me decidí por saber dónde pasarían agosto. Para diferenciar entre el vástago de un señor del papel moneda y un pimpollo en época de vacas gordas lo mejor es plantear la disyuntiva playa o montaña. Si la respuesta es “puerto”, es que maneja de verdad.

La conversación degeneró sorprendentemente rápido en un concurso de metros de eslora. Quince, veinte, treinta y dos… “Pero el mío tiene un living precioso. El mío un camarote para el servicio. Pues el mío venía con un corbatero a motor. Sí, bueno, pero volvamos a las medidas.” Como el tema no tenía mucha miga desde una perspectiva freudiana e imaginármelos a todos con monóculo había dejado de tener ya su gracia, me volví hacia la chica que venía con ellos y le solté, con todo mi recién descubierto desparpajo:

- Vaya panda gilipollas, ¿no?

Ella me miró sin sorprenderse, me sonrió un instante y me dijo al oído:

- Ya te digo, el mío mide ochenta y tres.

Por favor, el batería, que remate el chiste.