Archivo de ‘Ministerio de lo Interior’

La tierra

Por Segundo de Chomon | 4 Noviembre 2008

Cuando sientas deseos de criticar a alguien” -fueron sus palabras- “recuerda que no todo el mundo ha tenido las mismas oportunidades que tú tuviste.

(El Gran Gatsby)

Desde que entré en la adolescencia el verano ha supuesto siempre por diferentes motivos una buena ocasión para oxigenar mi rutina invernal en el lugar de origen de mis padres, un pequeño pueblo de la meseta castellana de apenas cien habitantes. El pueblo está enclavado en la falda de un valle, y se hizo famoso entre los pueblos cercanos por sus cuestas y por los numerosos nacimientos de agua. Esta brota en cada esquina (como la desidia y el rencor), abasteciendo de agua tanto a las casas como a los innumerables pequeños terrenos donde fundamentalmente los jubilados pasan el tiempo durante el año.

Se trata de un ecosistema diferente, donde el tiempo pasa más despacio y las gentes hablan de otro modo. Tanto, que cuando llegaba Septiembre y volvías de nuevo a la Gran Ciudad, uno sentía llegar a un lugar desconocido, hostil, donde los amigos del colegio no se parecían ni por asomo a los que habías olvidado ya en Junio, personajes insulsos que carecían de interés alguno hasta bien entrado el mes de Noviembre, en comparación a los amigos de “La Peña”, que dejabas atrás y que no volverías a verlos hasta que el pueblo se hubiera convertido de nuevo, y así cíclicamente a lo largo de mi infancia y adolescencia, en un lugar gris y solitario.

Supongo que por la euforia inicial de visitar un lugar que por el paso del tiempo y la ausencia se había convertido en algo pintoresco y atractivo, y al no tener a corto plazo ningún compromiso importante en Madrid, decidí postergar las vacaciones de verano hasta que el cuerpo me lo pidiera.

Durante aquellos primeros días, paseé, visité los lugares que frecuentaba de niño, hice alguna que otra visita. Revisité los escenarios de la niñez de mis padres, todas las casas derruidas, las fachadas desvencijadas, parecían decir cosas sobre la historia del pueblo, sobre la guerra, sobre los dramas rurales de mis antepasados, sobre el trabajo duro. Me dejé seducir por la vida en el pueblo, por las conversaciones con los ancianos que se sentaban en las escaleras del ayuntamiento todas las mañanas, por las partidas de cartas en el bar y el carajillo, por el huerto de tomates, pepinos, cebollas, repollos y coliflores que me encargó mi difunto tío cuidar diez años atrás, aunque entonces lo despreciara. Un huerto que empecé a sentir muy mío, mucho más que cualquier portátil, colección de vinilos, tocadiscos, camisas o coches que hubiera tenido. Eran mis tomates, mis pepinos, yo los había cuidado y tratado con cariño para que ninguna raíz se secara, para que diera los tomates más grandes del pueblo. Los había visto crecer.

Durante el mes de Agosto había recolectado más tomates que cualquier otro vecino, había ido a un invernadero para comprar las mejores semillas, los mejores abonos, los cuidados más exhaustivos. Pasaba más de 6 horas al día entre los surcos de la parcela. Si podía en un solo verano explotar de aquella forma un terreno durante años yermo, con algo de planificación, en un tiempo llegaría a autoabastecerme e incluso vender una parte para vivir razonablemente durante el año.

Pronto los demás hombres del pueblo se acercaron entusiasmados al huerto, a veces a escondidas, intentando comprender el extraño fenómeno. Una información que no merecían. Habían dejado perecer sus cosechas más preocupados de la televisión o de gastarse los cuartos en putas . Esa semana ya no parecían interesados en invitarme a la partida, ni a tratar en tono paternalista de explicarme como recoger una calabaza. Un día fumigando los primeros tomates de la temporada me encontré que no tenían el tamaño del año anterior. Instantáneamente me percaté de que el nivel del agua en la acequia  que abastecía un torrente de agua cercano disminuía cada vez más, con la consiguiente falta de riego, problema por el cual una cantidad importante de mis plantas habían dejado de dar el rendimiento adecuado. Simplemente había que echar un vistazo al transcurso del riachuelo cincuenta metros antes de la acequia para ver que el caudal disminuía hasta casi desaparecer a la altura del huerto de un familiar lejano. Obviamente el propietario del terreno se había agenciado el abastecimiento dejándome sin el agua suficiente para llenar el depósito.

Intenté avisarle educadamente de que el agua que llevaba el caudal debía ser compartida por todos, que no se trataba de un monopolio donde cada uno podía agenciarse el suministro. Una mirada de áspero resentimiento mientras le comentaba lo sucedido me hizo pensar que mis críticas no serían de antemano bien recibidas, pero la realidad fue mucho peor. Sus argumentos resultaron previsibles, yo no era del pueblo, y si lo era no me había dignado a aparecer en toda mi vida. Azada amenazante en mano me animo a que me largara de su huerto y no volviera a aparecer por allí a robarle agua de su terreno.

Pensé que al fin y al cabo se trataba de un viejo indefenso, que bien podría haberme enzarzado en una discusión, y en el caso de haber llegado a las manos el viejo habría terminado huyendo. Pero agaché la cabeza y resignado me dirigí a mi casa. Durante toda la tarde no paré de pensar en lo sucedido. Era una pataleta irracional de un viejo miserable, pero por otra parte no podía desentenderme de aquella forma de mis tomates, mis pepinos, mis pimientos, mis patatas, mis coliflores, mis repollos… Los había visto crecer. La irá no hizo más que empaparme durante toda la noche sin dejarme dormir.

Una vez me cercioré de que era lo suficiente tarde para que nadie pudiera verme cruzar las calles con aquél artefacto a la espalda (que nunca sabré su nombre y que mi abuelo utilizaba para curar con insecticida los manzanos) me dirigí a la gasolinera que había al salir del pueblo y que todavía permanecía abierta para comprar una garrafa de cinco litros de gasolina. Llené el tanque y durante las siguientes dos horas me dediqué a intoxicar con el combustible los exuberantes tomates y pepinos del viejo cabrón.

A la mañana siguiente podría haberme pasado por el huerto para ver las consecuencias y resarcirme con el disgusto de aquel pobre viejo al ver que la mayor parte de la cosecha de aquél año estaba ya en proceso de putrefacción. Podría haber sucumbido a esa extraña espiral en la que sin darme cuenta había caído. Pero no lo hice. Solo quería salir de aquél lugar y llamar al trabajo para incorporarme a mi rutina diaria en la ciudad. Ni siquiera me pasé por el huerto para despedirme de mis cultivos. Llamé a mi primo para que se volviera a hacer cargo del huerto, si es que medio pueblo no le había prendido fuego todavía, y al caer la tarde ya me alejaba por las cuestas del valle.

La oscuridad se cernía sobre el lugar desde la ventanilla de mi coche. Pensé en aquellos que vieron en otro tiempo la umbría caer sobre esas casas. Pensé en que su visión seguro no variaría ni un ápice a la que yo tenía en aquél momento. Que permanecería invariable, como los monumentos importantes. Que yo me moriría y esas casa seguirían allí. Que en algunos lugares el tiempo no pasa de la misma forma.

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Iniciación a la lectura

Por Timoteo | 14 Diciembre 2007

Hace unos años, cuando ya tenía un libro entre mis manos –un antiguo libro de tapas duras- cuando ya había llegado al nudo, a la parte interesante, tuve que dejarlo temporalmente para centrar mi atención en un encargo del colegio, una novela moderna que nos había mandado leer la profesora de lengua.

En el momento en que volví al primero, al libro antiguo de tapas duras encuadernado en cuero, éste me reprendió con acritud:

- Mira, ya me parece mal que te pases el día mirando con deseo cada clásico que se te cruza, que ojees los libros de otros, y soporto que coquetees continuamente con periódicos y revistas, pero que en mitad de nuestra relación te vayas con otra novela es algo inadmisible.

- No es lo que parece. No es lo que estás pensando.

- Claro, y yo soy tonta. ¡Que no fui impresa ayer!

- Es evidente que he estado con otro libro, pero entiéndelo, yo no quería, me obligaron. Yo estoy mucho más a gusto contigo que estás hecha al hombre, a sus gustos y a sus manías. La otra novela, en cambio, acababa de salir de la librería…

- Así que –cortó el libro antiguo de tapas duras encuadernado en cuero con el título en letras doradas- encima te vas con una más joven que yo.

- No. Bueno, sí. No exactamente. ¿Qué importa la época? Aunque si te consuela, tú eres mejor, disfruto mucho más con tu lectura.

- No, no me consuela. Y no soporto que me hayas sido infiel. Creo que lo mejor será dejarlo por un tiempo.

Era una novela de carácter, desde luego. Sin embargo, yo no estaba dispuesto a prorrogar nuestra relación por más tiempo, así que aquella misma tarde terminé con ella.

Durante la semana siguiente estuve demasiado atareado con los estudios como para leer. Al final cayó en mis manos un libro que había leído no hacía tanto, algo pedante, pero que me había gustado mucho:

- Últimamente te veo un tanto alicaído. Si quieres te puedo presentar una novela, vieja amiga mía, compañera de estante en la librería. Es muy simpática e hilarante. Creo que te subirá el ánimo.

Al día siguiente me encontraba con una edición reciente de una disparatada comedia de Mendoza. El libro estaba a estrenar, inmaculado y, claro, como todos los libros nuevos, se encontraba demasiado rígido y le costaba mantenerse abierto por la página. Es más fácil manejar libros que ya se han leído unas cuantas veces. La ventaja de los libros de biblioteca: están algo manoseados y precisamente eso facilita las cosas. Por no mencionar lo maravilloso de poder elegir entre un extenso catálogo sin compromisos, no como cuando compras un libro y te sientes obligado a leerlo entero aunque no te esté gustando.

- Tengo que confesarte que es mi primera vez- dijo una vocecita aguda.

- ¿Qué?- pregunté algo desconcertado.

- Que nunca antes había sido leída. Siquiera hojeada, como casi todas mis compañeras.

- Oh, no te preocupes, no es la primera vez que estoy en una situación parecida. Intenta relajarte, que todo irá bien.

- No sé si estaré a la altura.

- Por ahora vas muy bien: tienes un planteamiento original, algo surrealista, y me estoy divirtiendo mucho. Pero intenta dejar de temblar, que me cuesta leer así.

No deja de tener cierto punto saber que nadie ha tocado ese libro antes.

En ocasiones recaigo en novelas que ya he leído. Un encuentro casual, salta el recuerdo de los buenos tiempos compartidos, y me empiezo a preguntar si será como aquella vez, si sentiré lo mismo que hace cinco años, si realmente sería una experiencia tan maravillosa o ahora, más curtido, con más mundo, más vivencias, se convertiría en una lectura del montón. Alguna vez ha pasado. Con otras, en cambio, la comprobación ha supuesto una mejora: los detalles buenos que recordaba seguían allí y además descubrí algunos nuevos, incluso mejores, por los que anteriormente había pasado sin fijarme o sin ser capaz de verlos.

En cualquier caso, no sé cómo lo hago, pero no me duran nada los libros. Aunque puedo pasar algunos días sin literatura, en seguida me gana el mono y acabo leyendo lo primero que encuentro en la estantería. Un par de tardes, alguna noche si la cosa se pone muy interesante, y adiós. Durante el curso todavía aguanto algunas semanas, incluso meses, con el mismo; supongo que porque apenas nos vemos. Pero es que durante las vacaciones, en especial en el verano, se convierte en un desfile de títulos, sin apenas descompresión entre uno y otro. Todo el día en la playa tirados, sin más compañía que el sol y el murmullo del mar, sin más pertrechos que una toalla y un bote de protector solar, ensayando nuevas posturas con las que evitar que se duerman las extremidades, tan solo interrumpido por algún chapuzón cuando me acaloro demasiado. En esas condiciones extremas puedo llegar a leer cuatro o cinco novelas a la semana.

Ahora mismo, sin embargo, sin saber muy bien cómo ni por qué, me hayo en un laberinto de lecturas cruzadas del que no sé si seré capaz de salir con buen pie: a principios de curso comencé Octubre, octubre, tras cuatro capítulos empecé El jarama, pero ese mismo día fui a la Fnac y me compré A Long Way Down y The Picture of Dorian Gray. El primero sucumbió de inmediato, el segundo fue abandonado con sólo unas pocas páginas leídas al reencontrarme con High Fidelity en la estantería de un amigo. Para rematar la faena, por mi santo me regalaron Un día de cólera, con el que estuve dos noches, y Tu rostro mañana 3. Verano y sombra y adiós, que no he llegado a abrir, pues la semana pasada tuve un flechazo con una edición de bolsillo de In the Country of Last Things. Cuando acabe con Paul Auster, ¿cuál debería retomar?

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El Frío y Dorothy Hale.

Por Segundo de Chomon | 18 Noviembre 2007

La mujer gorda venía delante
arrancando las raíces y mojando el pergamino de los tambores;
la mujer gorda
que vuelve del revés los pulpos agonizantes.
La mujer gorda, enemiga de la luna,
corría por las calles y los pisos deshabitados
y dejaba por los rincones pequeñas calaveras de paloma
y levantaba las furias de los banquetes de los siglos últimos
y llamaba al demonio del pan por las colinas del cielo barrido
y filtraba un ansia de luz en las circulaciones subterráneas.
Son los cementerios, lo sé, son los cementerios
y el dolor de las cocinas enterradas bajo la arena,
son los muertos, los faisanes y las manzanas de otra hora
los que nos empujan en la garganta.

Poeta en Nueva York ( Federico Garcia Lorca)

I. Y el frío de la ciudad llegó con contundencia, como se fue. Esta vez parece que fue anteayer, por eso la sensación que te cala los huesos es trágicamente familiar.

Ahora me gustaría preguntarle a Nacho Vegas si es esta la sensación imperecedera que le acompaña u otra. O en realidad no la conoce y es un disfraz publicitario que corrobora la extraña sensación que tengo, esa que esta convencida de que sus ventas masivas se deben a la razonada compasión que suscita. Su fragilidad.

Bien, acordamos que la felicidad es un estado pretérito e increíblemente volátil. Pero no nieguen que existen periodos, habitualmente fluctuantes, inexistentes para los necios o para los ignorantes de corazón y de cabeza, en los que todo a tu alrededor, si no es bonito, posee una cierta armonía imperfecta, una estabilidad. Quizás fue mi relativamente triste infancia, o mi adolescencia inacabada, que en uno de esos periodos de felicidad pensé que si, que alomejor la vida era así y me había mal acostumbrado. Pero la señora gorda volvió hace poco. Y la señora gorda no es tristeza ni desesperanza. Ni soledad, ni caída al vacío, ni todo lo contrario. Solo es frío.

II. Este extracto de Lorca me hizo pensar en un cuadro de Frida Kahlo que había olvidado.Me ha recordado al Nueva York de los años 30, ese que conoció el poeta. De crisis bursátiles y sueños truncados. No deja de ser curioso que un lugar tan grisáceo significara esperanza y futuro para los tripulantes hacinados en aquellos transatlánticos procedentes de Europa que cruzaban el Río Hudson.

Suicido de Dorothy Hale

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La fiesta nacional

Por Timoteo | 11 Octubre 2007

Ha pedido Mariano Rajoy que mañana doce de octubre realicemos un gesto que muestre lo que guardamos en nuestro corazón. Yo, como buen seguidor de Brassens a través de Paco Ibáñez, pienso quedarme en la cama durmiendo hasta tarde, hasta que haya terminado el desfile y cesado el ruido de los cazas.

Cuando la fiesta nacional
yo me quedo en la cama igual
que la música militar
nunca me supo levantar.

Y aprovechando que además es el día mundial del huevo, prepararé una españolísima tortilla de patatas. Tras tamaño esfuerzo es muy posible que tenga que volver a la cama.

¿Hay algo más español que no trabajar, comer tarde y echarse la siesta?

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Canciones del Verano (2)

Por Nihilia | 3 Septiembre 2007

Como muestra de exuberante originalidad y desbocada creatividad, he aquí una segunda entrega de “Canciones del Verano”. Puede escucharse en el mismo blog canción a canción o descargarlo directamente.

Si no queréis escucharlo tan sólo tenéis que apagar el ordenador, despejar el salón por si acaso, recitar los tres primeros párrafos del Necronomicón (si no disponéis de un ejemplar podéis haceros con uno sacrificando una cabra desde el interior de un círculo cabalístico, sosteniendo un cuchillo con la sangre de una virgen en una mano y la verga de un caballero templario en la otra, se recomienda dar propina al emisario del averno), sobrevivir a la explosión y después repetir, saltando a la pata coja, obí, obá, ay cada día te quiero más. ¿Con qué pierna saltasteis? Lo siento, era la otra.

Coconut Records “West Coast”: el verano son sus mañanas. Te levantas con ínfulas de funcionario, te dejas en el primer lugar que encuentras y le das uso a la mano del mando a distancia, que al final del verano se te ha quedará como la de un playmobil. Ya subirá alguien con el periódico. Y con el pan. Alguien encenderá el ordenador. Te has hecho una promesa y eres el último al que defraudarías: “Hoy me la voy a tocar, pero bien.”

Andrew Bird “Fake Palindromes”: violines desatados, un bajo trotoncete, una guitarra que se deja ver lo necesario y una voz dibujando formas sobre el conjunto. Lo único que siento es no haberlo descubierto antes.

British Sea Power “Remember Me”: Nunca se sabe si se alcanzará la cima del éxito o se quedará uno en la falda, pero en el fondo sólo se trata de esto: remember me.

Los Planetas “Deseando Una Cosa”: Porque un buen día Timoteo yo nos pusimos flamencos y nos plantamos en el Sonorama. Porque por el camino nos abdujeron y aparecimos sin saber cómo al otro lado del Duero. Porque convertimos en tradición dormir en el coche, pese a que, éste año sí, llevásemos la tienda de campaña. Sin embargo, nada como el año pasado. Se formó vaho en las ventanas del coche mientras dormíamos, a lo Titanic, y nos hubiésemos convertimos en la atracción del parking del Sonorama de no ser por que Timoteo, harto de lidiar con el volante, se entretuvo asustando a todo curioso que se acercaba a mirar, emergiendo de su asiento cual Nosferatu en estado de privación de sueño. Gracias al vaho cuando querían darse cuenta, ya lo tenían encima.

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Timoteo saludando cordialmente a un asistente al Sonorama.

Desert Sessions Vol. 9 & 10 “I Wanna Make It With Chu”: Las “Desert Sessions” son, básicamente, un sarao que monta de vez en cuando Josh Homme, líder de Queens Of The Stone Age en un tal Rancho de la Luna en Joshua Tree (California) con el objetivo de que el desierto y otras fuentes de inspiración trascendental, mayormente drogaína, den lugar a nuevas composiciones. Con sólo leer el título (¡ese “chu”!) o escuchar ese estribillo en falsete uno se imagina el ambiente de jarana reinante en las sesiones, Mark Lanegan acaparando el bourbon, Brant Bjork los cigarritos kármicos, Nick Oliveri corriendo en pelotas por el desierto, Josh Homme intentando que PJ Harvey meta la mano en su bolsillo… suficiente para reclamarle a Segundo de Chomón unas “Pajar Sessions Vol. 1” en Villajuárez (Argecilla). Total, a algunos ya nos han visto correteando a lo Nick Oliveri por su pueblo.

¿Que por qué elijo esta versión en lugar de la que han grabado para el nuevo disco de Queens Of The Stone Age? Porque en ésta la que quiere hacérmelo es PJ Harvey, no hay color.

David Vandervelde “Jacket”: Mientras salgan canciones como esta por mí, ningún problema con que vuelva el glam. Ahora, si vuelven las boas de plumas a lo Marc Bolan, tengo que empezar a maquillarme, a ponerme mallas y hombreras dignas de Vegeta yo me bajo, me oyen, ¡yo me bajo!

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Entre bambalinas, Vegeta y Loco Mía hablaban de sus modistos favoritos. Sabíamos que eran de otro planeta.

Feist “One Two Three Four”: Uno, dos, tres y cuatro. Chan Marshall (Cat Power), Joanna Newsom, Feist y Neko Case. Vaya póquer de reinas. Me imagino recorriendo un bosque con Segundo de Chomón y Timoteo, pertrechados con un banjo. Una insinuante melodía se abre paso entre los ruidos propios del bosque: “You and me and the devil makes three, don´t need no other loving baby, go to sleep you little baby…” Aparecemos sin saber cómo en un río en el que estas cuatro zagalas andan lavando su ropa interior, frotándola contra las rocas de la orilla, moviéndose rítmicamente. Su ropa húmeda se adhiere a sus cuerpos, su pelo mojado acaricia sus largos cuellos. Nos ven. Se acercan a nosotros contoneantes, tentadoras, peligrosas, y comienzan a susurrarnos su melodía mesmerizadora al oído, apretando su cuerpo contra el nuestro, dejándonos sentir sus formas, la calidez de su aliento. ¡Oh, brother!, caigo en la cuenta, ¡me pido también la que sobra! El banjo, ni lo olemos.

José González “Killing For Love”: me desarma este hombre. Cómo suena esa guitarra, cómo se saca de la manga canciones pop redondas con los mínimos recursos y esa voz, cuánta falta me va a hacer esa voz en invierno.

Maps “To The Sky”: lo de la música contemporánea es tal ensalada de géneros, subgéneros, etiquetas hiperbólicas y referencias exhibicionistas que ya no sé ni lo que escucho. ¿Shoegazing? ¿Dream Pop? ¿Indietrónica? ¿My Bloody Valentine? ¿Dreamvalenpop shoetrónico?

Digitalism “Zdarlight & I Want I Want”: nada que decir. Pongan los graves a tope, suban el volumen como si desconociesen el concepto de civismo y dancen, malditos, dancen.

Devendra Banhart “Seahorse”: para rematar, la última marcianada de Devendra Banhart, un medley, una maravilla de ocho minutos que saca el tipo como single, con un par. Ahora, viendo el videoclip hay algo que me preocupa. ¿Les exige Devendra dejarse a todos barba? ¿Asistimos a los primeros pasos de la secta de “La Barba del Tercer Mes”? ¿Y cómo consiguen mantenerlas tan lustrosas? ¿Y si arriba arrecia abajo amaina? Si me cuentan sus secretos prometo contarles los míos.

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Sentimental

Por Timoteo | 1 Agosto 2007

El primer día de carrera me sentía asustado y expectante por lo que se me venía encima. También me atenazaba la timidez con mi miedo al ridículo. Por lo general siento respeto hacia los profesores, como hacia cualquier otra persona antes de que me demuestre lo contrario. Durante el curso hay días en los que me siento abrumado por la carga de trabajo. Ante ciertos exámenes me siento nervioso, con un cosquilleo en el estómago; con otros, indiferente, o directamente pesimista. Sin embargo suele predominar la sensación de seguridad, de tener todo bajo control.

En los días malos, a pesar de mi ateísmo, no me siento muy católico. En cambio hay otros en los que me noto en armonía con el universo, optimista, alegre. Sí, a veces me deprimo. Otras me siento orgulloso de ciertos seres humanos. En ocasiones tengo unas jaquecas inexplicables, con una fuerte presión detrás de los ojos, y siento que la cabeza me va a estallar.

Mis amigos me transmiten confianza, tranquilidad. Hay chicas que me excitan, que me hacen sentir placer, que podrían causarme celos. O amor, claro. No suelo destilar odio hacia mis congéneres, aunque sí albergo resentimiento hacia alguno de ellos, que se suele quedar en desprecio. Sólo los más capacitados son capaces de enfadarme, no por mucho rato. Apenas recuerdo lo que eran la ira y la furia.

Me encanta sentir la arena de la orilla bajo mis pies, el sol acariciando la piel, la sensación de paz al mecerme con las olas entre el cielo y la mar. Disfruto de la melancolía de una tarde de lluvia. En algún momento he sentido la angustia del vacío interior. Me siento frustrado cuando se me ocurre la réplica brillante cinco segundos después.

Pero nunca, nunca, me he sentido español.

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