Archivo de ‘Ministerio de lo Interior’

El Parque

Por Segundo de Chomon | 7 abril 2011

1.

Miro el reloj y son más de las tres de la mañana. Ya se nos ha hecho tarde otra vez. Otra vez casi sin darme cuenta. A veces el clima y la conversación no acompañan y el tiempo pasa más despacio, pero hoy realmente me lo he pasado bien. El problema es que a estas horas difícilmente vamos a encontrar un bar abierto.

Sobre las baldosas de la acera se ha ido diluyendo el agua derretida de la bolsa de hielos dibujando una especie de laberinto inconcluso, lo que me ha recordado que tengo que mear. Así que despacho la conversación con un escueto ahora vuelvo y me acerco a unos setos para orinar. En este mismo lugar, hace años había un banco donde bajábamos a fumar canutos después de clase. Yo me esforzaba por parecer interesante. Inventaba anécdotas y sucesos  ficticios sobre mi vida para aparentar.

Cuando voy borracho encuentro la vegetación extraordinariamente fresca y atractiva. No consigo establecer claramente la conexión, pero de algún modo estos arbustos junto a los efluvios alcohólicos me trasportan a un bosque, a un recuerdo de mi niñez. Puedo visualizarlo, es una noche de verano y apenas tengo cuatro años. Mi madre me ha llevado esa misma tarde al campo, a hacerle compañía a mi padre que durante esa época del año trabaja duramente para sacar  adelante a la familia. Cuando la noche ha invadido de lleno toda la llanura del páramo castellano, mi padre decide que es hora de irse a casa, detiene el tractor y me baja en brazos de la cabina protegiéndome de una caída. Después me dice algo y desaparece por unos instantes. Me quedo solo y observo el manto de plomo fundido que invade la dehesa y más concretamente una encina polvorienta que yace en el centro de la parcela. Mas allá hay unos peñascos que anuncian una depresión del terreno donde comienza una arboleda que se pierde  en el horizonte. Elevo la mirada, el cielo está despejado y descubro una inmensa bóveda de estrellas que no he visto hasta entonces. La oscuridad del bosquecillo se vuelve extraordinariamente atractiva y un impulso irrefrenable me empuja a salir corriendo unos cientos de metros hacia la espesura.  La mano de mi padre aparece como de la nada e interrumpe mi huída con una sonrisa.

2.

Desde este parquecito de barrio de clase media no se ven las estrellas. Hasta en las noches más despejadas la contaminación lumínica puede llegar a hacerte creer que no existe astro en el cielo más allá de la luna y la luz tenue de la estrella polar. Pienso esto mientras vuelvo hacia el grupo de gente que ahora está más disperso. Me doy cuenta que apenas reconozco a nadie, parece que mis amigos se han marchado en el impasse en el que me he ausentado. Decido que es hora de volver a casa y atravieso el parque. Conforme avanzo encuentro a grupitos de adolescentes bebiendo y gritando.

Una extraña sensación entre el pudor y la nostalgia me acecha al observarles: podría ser uno de ellos hace diez años y sin embargo aquí estoy, deambulando un poco ebrio por el mismo parque y en circunstancias similares. Es como cuando te metes con el coche a una ciudad que no conoces: durante un rato crees que sabes donde vas, más o menos juegas a sentirte seguro dejándote llevar por tu sentido de la orientación, por el instinto, hasta que de repente te topas con el mismo semáforo por el que habías pasado media hora antes.

Atravieso la piscina de arena y es extraño porque los dos columpios que hay junto al parque infantil se están moviendo levemente de un lado a otro.  En un principio lo achaco al viento, pero al moverme unos metros me percato de que junto a los columpios hay una muchacha, que mira hacia la parte de arriba de parque infantil. Se han debido de separar voluntariamente del último grupito que me he encontrado en mi trayecto camino. Allí, a unos tres metros de altura, en la cima de la estructura de madera hay un muchacho que le ofrece la mano animándola a subir, pero parece que en un principio ella lo rechaza prudente.  El chico insiste sonriendo y ella al fin accede. Se agarra fuertemente a su mano y trepa temerosa entre los listones de madera hacia la cúpula del parquecito. Justo cuando eleva una pierna para salvar el balcon de la cima, una de sus bailarinas resbala y se precipita de espaldas al vacío.  Todo transcurre en centésimas de segundo, pero cuando mi estómago se contrae ante la inminencia brutal de la caída, el muchacho, en un alarde de agilidad estira su otro brazo y la agarra por la camiseta. El cuerpo de la joven queda suspendido en el aire, asido únicamente a los brazos del chico, que  asegura la sujeción abrazándola por el torso. Ahora los dos cuerpos, ruborizados e inmóviles, se miran durante unos instantes hasta que él acerca sus labios a los de la chica. Es un beso tosco e improvisado, estoy seguro de que es la primera vez que se rozan esos labios. Me fijo en sus piernas, siguen suspendidas en el aire, inertes, como las de un maniquí.

Gnothi tu madre

Por Timoteo | 17 marzo 2011

Quién sabe dónde se encontrará mi kibbutz del deseo. A pesar de estar encantado de haberme conocido, tengo ganas de perderme una temporada de vista, de rotar el cultivo del amor propio, de abandonarme a los demás, por una vez, y no en mí mismo, de diluirme y flotar ingrávido, separando, por una vez, los pies del suelo, ver más lejos de mis narices que a estas alturas ya huelen, y probar otras orejas y otras bocas, conversaciones o silencios distintos, intentar encontrar el centro en la periferia y no en el corazón.

Empiezo a hartarme de las recomendaciones de Delfos.

Carta

Por Segundo de Chomon | 16 noviembre 2010

Querida Clara:

Tengo aquí sobre el aparador el crisma con la bola de nieve con mecha que me mandaste las últimas navidades, cual bomba de relojería a punto de estallar. Aunque desentone un poco, pues ya han pasado tres meses desde que terminaron las navidades, me pone de muy buen humor dejar las llaves nada más entrar en casa y encontrarme con esos garabatos tan preciosos de Gonzalo. En el trabajo aún se ríen cuando guardo tal o cual regalo de los clientes (algún detallito, cosas sin importancia, no te preocupes) para mi ahijado. Pensamos mucho en él (y en vosotros, obvio) y no te lo vas a creer, pero Laura y yo nos pasamos muchas cenas imaginando los sitios a los que le llevarán sus padrinos este verano cuando vengáis de visita. Aunque todavía es pequeñito tiene que conocer los sitios donde creció su madre, ¿no te parece? De todos modos no te voy a martirizar con planes a seis meses vista.

Yendo pues, un poco más al grano, tengo que confesarte que me sorprendió el interés que mostrabas en tu anterior carta por Tomás. Pensé que todavía resultaba un recuerdo demasiado doloroso después de lo que ocurrió, pero no me había dado cuenta de que han pasado ya nueve años. ¡Nueve años,Clara!. El tiempo pasa de forma atroz. Nueve años y vivir a cinco mil kilómetros de distancia surten un efecto lo suficientemente balsámico para alejar a los fantasmas. A veces yo mismo pienso en marcharme una temporada. Pero ¿de quién huir? Casi todos os habéis marchado de Madrid. Supongo que es mi designio, quedarme aquí, como guardián de la morada, esperando vuestra vuelta algún día.

Respecto a Tomás sigo visitándole regularmente. Cuando digo regularmente, digo dos o tres veces al año. Sigue viviendo en General Lacy, en ese piso que tú conoces tan bien. Sigue estando tan desordenado como antes, pero ya no transpira tanta vida, se ha convertido en una cueva. La verdad que todavía no sé por qué sigo yendo. Cuando hago sonar el telefonillo (3º C, acuérdate), ya advierto la escena que me voy a encontrar. Seguro que me recibirá en bata. Seguro que con un pito en la mano y un libro. Nos sentamos en el sofá y la conversación no arranca hasta que, después de haber escuchado mis divagaciones, mirando hacia la pantalla del televisor apagado, (es decir, no escuchándome, porque creo que la medicación le ha lastrado bastantes cualidades comunicativas además de hincharle la cara) me contesta sin venir a cuento acerca de un poema de Holderling. Como comprenderás nunca hablamos del pasado, y raro es el día que consigo sacar una conversación que no gire entorno a la poesía. Después aspira otra calada y sus ojos se encuentran fijamente con algo. No sé si es la luz que entra por la ventana o la enciclopedia de sánscrito, pero le vuelve a atrapar durante treinta segundos.Parpadea una o dos veces. Es un parpadeo lentísimo, como si cada músculo óptico tuviera que levantar en vilo la mesa del comedor y la televisión, y toda su colección de libros, y después volver a bajarla. Como la situación es incómoda intento soltar alguna broma para oxigenar la habitación y él sonríe complaciente. Estoy seguro que no le ha hecho gracia, pero sonríe.

Sigue siendo un fumador compulsivo, eso no ha cambiado. Se echa uno detrás de otro, sujetando el cigarro con esas manos grandotas de agricultor que parecen morcillas, como las de su padre. Casi hablo más con sus padres que con Tomás. Me cuentan que con ellos está un poco irascible. Comen juntos todos los martes, pero rara es la vez que no se despiden con una bronca casi siempre vinculada a la medicación. En realidad todas las crisis que ha tenido han sido por dejar de medicarse. Sería tan fácil que simplemente la tomara.Podría llevar una vida relativamente normal. Un día me explicó que deja de hacerlo porque no le permite pensar, como si le hubieran enjaulado las ideas. Él nota que están ahí pero no puede acceder a ellas, no puede verbalizarlas.

Como ves, lo que te cuento no es demasiado agradable y estoy seguro de que en estos momentos estás lamentando haberme preguntado, pero tampoco puedo mentirte.

¿Te he contado que de vez en cuando me gusta entristecerme recordando el fulgor de antaño, como cuando nos emborrachábamos con mezcal ‘Los suicidas’ y recitábamos a grito pelado a César Vallejo? Me parece una conducta penosa, pero este aburrido y detestable estanque dorado de la madurez no da para mucho. Ojalá estuvieras aquí.

Mándale un abrazo al soplagaitas de tu marido y dile que no espere ganar una copa del mundo en su puta vida mientras sigáis teniendo ese despojo futbolístico llamado Maradona de entrenador.

Lo mismo para Gonzalo, dile que le quiero y vete explicándole en qué consiste el parque de atracciones.

A ti no te mando nada, hipoteco mis abrazos y mis besos hasta que no te vea pisar el aeropuerto de Barajas.

Un abrazo,
el padrino.

La primera vez

Por Timoteo | 12 noviembre 2010

Voy a servirme otro whisky.

Hemos quedado con unos amigos que hacía tiempo que no veíamos. Al salir del trabajo he pasado por el mercado y he comprado un poco en función de lo que había y me iba apeteciendo. Creo que he compuesto un menú decente. He sido el primero en llegar a casa. Mientras metía las cosas en la nevera, he recibido un SMS: “llegaré tarde”. Así que tras una ducha me pongo a cocinar. “Good vibrations” de fondo. Debería ser una buena noche: mañana no hay que trabajar y volveremos a ver a Juan y Ana. Pongo el atún a marinar y, mientras tanto, voy pelando las manzanas. Olga todavía no ha llegado. Contaba con su ayuda para preparar la cena. Así no me va a dar tiempo a tenerla lista antes de que lleguen. “Don’t worry baby, everything will turn out alright ” y decido hacerle caso. Pongo las manzanas al fuego y llevo la vajilla al salón. Estoy acabando la masa de las crêpes cuando llaman al telefonillo. Suben Juan y Ana con una botella de vino, sonrientes y conversadores. Retiro todo del fuego, disculpándome por el retraso de Olga, y les ofrezco una cerveza y unas aceitunas para hacer tiempo. A las diez la llamo, pero no coge, así que dejo un mensaje recordándole que tenemos invitados. Veinte minutos después envío un SMS. Sin respuesta. Frío el pescado. Van a dar las once y a todos nos ruge el estómago. Justo cuando saco el último trozo del aceite oigo la puerta. Olga llega hasta la cocina, todavía con el bolso en la mano. Le doy un beso. ¿Dónde estabas? En milésimas de segundo, me responde que si puede coger un trozo, que se muere de hambre. No, se come en la mesa; picotear es para los que preparan la cena. Pretendía decirlo en tono de chanza, pero me ha salido bastante agrio. Saca una bolsa de patatas, llena un bol y me ofrece. Lo rechazo de forma desabrida. Algo huele raro.

Voy a encender otro cigarro.

La siguiente pregunta que me ha venido a la mente es ¿a quién te estás tirando? Afortunadamente, no ha llegado a la boca. Tenemos invitados. Olga pone música en el ordenador, “espero que os guste”. A mí me parece una mierda y lo adjetivo profusamente, con saña. Nos sentamos por fin a la mesa sin que haya dicho una palabra sobre el retraso. Alaba el atún en lo que yo siento como un torpe intento de reconciliación y añade que tengo que enseñarle la receta. Reprimo las ganas de decirle que tendría que haber estado allí para cocinar conmigo. Ese comentario debería venir de los invitados. Durante toda la cena, cada sonrisa, cada brillo en sus ojos es acompañado por el coro cantando “¿con quien?”. Apenas soy capaz de seguir la conversación. Cuando hablan Juan o Ana miro con disimulo a Olga. Cuando ella habla, le clavo mis ojos, pero apenas me dirige la mirada. No puedo intervenir porque no sé de qué coño están hablando. Toda mi atención la dedico a comer y espiarla. Voy con Juan a la cocina a terminar el postre. Me pregunta si todo va bien. Yo me disculpo: es que estoy dejando de fumar. A veces me cambia el humor.

Éste es el último del paquete.

Apenas hay sobremesa. No me extraña. Nuestros invitados se marchan con lo que a mí me parecen los típicos parabienes y reiteraciones de que la próxima debe ser pronto y en su casa. Pues vale. Yo lo que quiero saber es desde cuándo me la está pegando sin que me haya dado cuenta. En cuanto se cierra la puerta, Olga se mete en el baño y sale con el pijama puesto. Está muy cansada y se va a la cama. Debe de haber sido un día muy duro.

Aplasto la colilla contra un cuenco.

Seguro que en realidad estaba con su hermana. O preparándome una sorpresa. En las películas siempre pasa eso.

Miro el fondo del vaso.

Monologo interior

Por Segundo de Chomon | 16 septiembre 2010

De su boca no ha parado de emanar durante toda la noche, como si de un manantial de aguas fecales se tratase, palabras con aplomo sobre lo que le ha costado hacerse a si mismo. <<Que en esta vida hay que tragar con cosas que a uno no le gustan para obtener a la larga lo que más desea>>. Por supuesto que  no  me sorprende que un chaval de veintipocos hable con suficiencia sobre lo que es el mercado laboral, la vida y su puta madre. Al fin y al cabo hace poco yo expresaba mis ideas con presunta autoridad y madurez, o al menos eso creía yo. Ese tipo de afirmaciones me irritan cada día más (no hay nada que le moleste más a uno que ver su propia conducta reflejada en el otro).

Ahora recuerdo cuando mis amigos miraban con recelo mi estúpida afición de hacer listas sobre todo, al titular con vocación universalista. De aquellos polvos aún mantengo mi cuenta en Filmaffinity que de a poco, consigue resarcir mi afán reduccionista. ¡Pero que quieren que les diga! no hay nada más simplificador y falaz que el propio lenguaje. No lo había pensado pero sí, definitivamente en la afirmación hay mucha más censura que en la negación.

Me he pasado más de media vida buscando un dogma, un evangelio al que seguir. Intentando que mis acciones sean coherentes con mis ideas. No solo es imposible sino que es una estupidez. No tengo que predicar con el ejemplo, no soy el presidente del gobierno. Algunos me diréis que quizás ahora no, pero que cuando tienes un hijo, tienes al menos que aparentar una cierta coherencia, que estas seguro de tus decisiones y posicionamientos. Que un crío debe tener un referente sólido, aunque uno sea el hombre más inseguro y desorientado del mundo. Sois los mismos que habláis de la importancia de la sinceridad y de ir con la verdad por delante.

Ultimamente me está gustando el JB a palo seco con hielos. Me sienta incluso mejor que un Whisky caro. Me gusta que sea una degustación lenta, que se vaya descomponiendo el sabor con el agua derretida de los hielos , que el efluvio alcohólico me atrape suavemente, sin excesos, sin que mi fluidez verbal se vea especialmente resentida. Esta noche gracias a él podré digerir la perorata con más facilidad.

La tierra

Por Segundo de Chomon | 4 noviembre 2008

Cuando sientas deseos de criticar a alguien” -fueron sus palabras- “recuerda que no todo el mundo ha tenido las mismas oportunidades que tú tuviste.

(El Gran Gatsby)

Desde que entré en la adolescencia el verano ha supuesto siempre por diferentes motivos una buena ocasión para oxigenar mi rutina invernal en el lugar de origen de mis padres, un pequeño pueblo de la meseta castellana de apenas cien habitantes. El pueblo está enclavado en la falda de un valle, y se hizo famoso entre los pueblos cercanos por sus cuestas y por los numerosos nacimientos de agua. Esta brota en cada esquina (como la desidia y el rencor), abasteciendo de agua tanto a las casas como a los innumerables pequeños terrenos donde fundamentalmente los jubilados pasan el tiempo durante el año.

Se trata de un ecosistema diferente, donde el tiempo pasa más despacio y las gentes hablan de otro modo. Tanto, que cuando llegaba Septiembre y volvías de nuevo a la Gran Ciudad, uno sentía llegar a un lugar desconocido, hostil, donde los amigos del colegio no se parecían ni por asomo a los que habías olvidado ya en Junio, personajes insulsos que carecían de interés alguno hasta bien entrado el mes de Noviembre, en comparación a los amigos de “La Peña”, que dejabas atrás y que no volverías a verlos hasta que el pueblo se hubiera convertido de nuevo, y así cíclicamente a lo largo de mi infancia y adolescencia, en un lugar gris y solitario.

Supongo que por la euforia inicial de visitar un lugar que por el paso del tiempo y la ausencia se había convertido en algo pintoresco y atractivo, y al no tener a corto plazo ningún compromiso importante en Madrid, decidí postergar las vacaciones de verano hasta que el cuerpo me lo pidiera.

Durante aquellos primeros días, paseé, visité los lugares que frecuentaba de niño, hice alguna que otra visita. Revisité los escenarios de la niñez de mis padres, todas las casas derruidas, las fachadas desvencijadas, parecían decir cosas sobre la historia del pueblo, sobre la guerra, sobre los dramas rurales de mis antepasados, sobre el trabajo duro. Me dejé seducir por la vida en el pueblo, por las conversaciones con los ancianos que se sentaban en las escaleras del ayuntamiento todas las mañanas, por las partidas de cartas en el bar y el carajillo, por el huerto de tomates, pepinos, cebollas, repollos y coliflores que me encargó mi difunto tío cuidar diez años atrás, aunque entonces lo despreciara. Un huerto que empecé a sentir muy mío, mucho más que cualquier portátil, colección de vinilos, tocadiscos, camisas o coches que hubiera tenido. Eran mis tomates, mis pepinos, yo los había cuidado y tratado con cariño para que ninguna raíz se secara, para que diera los tomates más grandes del pueblo. Los había visto crecer.

Durante el mes de Agosto había recolectado más tomates que cualquier otro vecino, había ido a un invernadero para comprar las mejores semillas, los mejores abonos, los cuidados más exhaustivos. Pasaba más de 6 horas al día entre los surcos de la parcela. Si podía en un solo verano explotar de aquella forma un terreno durante años yermo, con algo de planificación, en un tiempo llegaría a autoabastecerme e incluso vender una parte para vivir razonablemente durante el año.

Pronto los demás hombres del pueblo se acercaron entusiasmados al huerto, a veces a escondidas, intentando comprender el extraño fenómeno. Una información que no merecían. Habían dejado perecer sus cosechas más preocupados de la televisión o de gastarse los cuartos en putas . Esa semana ya no parecían interesados en invitarme a la partida, ni a tratar en tono paternalista de explicarme como recoger una calabaza. Un día fumigando los primeros tomates de la temporada me encontré que no tenían el tamaño del año anterior. Instantáneamente me percaté de que el nivel del agua en la acequia  que abastecía un torrente de agua cercano disminuía cada vez más, con la consiguiente falta de riego, problema por el cual una cantidad importante de mis plantas habían dejado de dar el rendimiento adecuado. Simplemente había que echar un vistazo al transcurso del riachuelo cincuenta metros antes de la acequia para ver que el caudal disminuía hasta casi desaparecer a la altura del huerto de un familiar lejano. Obviamente el propietario del terreno se había agenciado el abastecimiento dejándome sin el agua suficiente para llenar el depósito.

Intenté avisarle educadamente de que el agua que llevaba el caudal debía ser compartida por todos, que no se trataba de un monopolio donde cada uno podía agenciarse el suministro. Una mirada de áspero resentimiento mientras le comentaba lo sucedido me hizo pensar que mis críticas no serían de antemano bien recibidas, pero la realidad fue mucho peor. Sus argumentos resultaron previsibles, yo no era del pueblo, y si lo era no me había dignado a aparecer en toda mi vida. Azada amenazante en mano me animo a que me largara de su huerto y no volviera a aparecer por allí a robarle agua de su terreno.

Pensé que al fin y al cabo se trataba de un viejo indefenso, que bien podría haberme enzarzado en una discusión, y en el caso de haber llegado a las manos el viejo habría terminado huyendo. Pero agaché la cabeza y resignado me dirigí a mi casa. Durante toda la tarde no paré de pensar en lo sucedido. Era una pataleta irracional de un viejo miserable, pero por otra parte no podía desentenderme de aquella forma de mis tomates, mis pepinos, mis pimientos, mis patatas, mis coliflores, mis repollos… Los había visto crecer. La irá no hizo más que empaparme durante toda la noche sin dejarme dormir.

Una vez me cercioré de que era lo suficiente tarde para que nadie pudiera verme cruzar las calles con aquél artefacto a la espalda (que nunca sabré su nombre y que mi abuelo utilizaba para curar con insecticida los manzanos) me dirigí a la gasolinera que había al salir del pueblo y que todavía permanecía abierta para comprar una garrafa de cinco litros de gasolina. Llené el tanque y durante las siguientes dos horas me dediqué a intoxicar con el combustible los exuberantes tomates y pepinos del viejo cabrón.

A la mañana siguiente podría haberme pasado por el huerto para ver las consecuencias y resarcirme con el disgusto de aquel pobre viejo al ver que la mayor parte de la cosecha de aquél año estaba ya en proceso de putrefacción. Podría haber sucumbido a esa extraña espiral en la que sin darme cuenta había caído. Pero no lo hice. Solo quería salir de aquél lugar y llamar al trabajo para incorporarme a mi rutina diaria en la ciudad. Ni siquiera me pasé por el huerto para despedirme de mis cultivos. Llamé a mi primo para que se volviera a hacer cargo del huerto, si es que medio pueblo no le había prendido fuego todavía, y al caer la tarde ya me alejaba por las cuestas del valle.

La oscuridad se cernía sobre el lugar desde la ventanilla de mi coche. Pensé en aquellos que vieron en otro tiempo la umbría caer sobre esas casas. Pensé en que su visión seguro no variaría ni un ápice a la que yo tenía en aquél momento. Que permanecería invariable, como los monumentos importantes. Que yo me moriría y esas casa seguirían allí. Que en algunos lugares el tiempo no pasa de la misma forma.