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	<title>La Callecita &#187; Ministerio del Ensayo y el Error</title>
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	<description>Si te digo que no me acuerdo es que no ha pasado</description>
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		<title>Nostalgias</title>
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		<pubDate>Fri, 17 Feb 2012 14:27:36 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Timoteo</dc:creator>
				<category><![CDATA[Ministerio del Ensayo y el Error]]></category>

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		<description><![CDATA[¿Recuerdas lo mal que estábamos hace un año y lo bien que estás ahora? Recuerdo aquel cuadro del Greco que tenía tu rostro dibujado. Recuerdo verte cerrar los ojos con la trompeta de Miles Davis y una lágrima asomar en la tristeza de Billie Holiday. Recuerdo madrugadas leyendo Rayuela en voz alta en una buhardilla [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>¿Recuerdas lo mal que estábamos hace un año y lo bien que estás ahora?</p>
<p>Recuerdo aquel cuadro del Greco que tenía tu rostro dibujado.</p>
<p>Recuerdo verte cerrar los ojos con la trompeta de Miles Davis y una lágrima asomar en la tristeza de Billie Holiday.</p>
<p>Recuerdo madrugadas leyendo Rayuela en voz alta en una buhardilla de la rue du Cherche Midi, intentando imitar el acento argentino que acababa volviéndose, inevitablemente, mexicano, y ambos nos moríamos de risa.</p>
<p>Recuerdo paseos bajo la llovizna de París de los que volvíamos calados hasta los besos.</p>
<p>Recuerdo noches en que no llegábamos a la cama y mañanas en que no conseguíamos salir de la habitación.</p>
<p>Recuerdo tardes enteras intentando besarte las cosquillas.</p>
<p>Recuerdo aquel primer miércoles de mes en que las sirenas antiaéreas nos descubrieron encamados y no nos importó que estallara la tercera mundial.</p>
<p>Recuerdo la gélida noche de verano en que conocimos a Polyvios, con su sonrisa franca y sus ojos repentinamente turbios como las aguas del Sena.</p>
<p>Recuerdo que aquel otoño cayeron las hojas de los árboles y las tildes de las palabras.</p>
<p>Recuerdo que las ausencias se poblaron de sospechas.</p>
<p>Recuerdo las primeras iras de reojo.</p>
<p>Recuerdo que dijiste que un año eran solo dos palabras, pero mucho tiempo. ¿Te acuerdas?</p>
<p>Ya hace un año.</p>
<p>Hace un año que te espero con la cena y ya se está enfriando.</p>
<p>¿Te acuerdas?</p>
<p>Yo recuerdo todo lo que no pasó.</p>
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		<title>Reyes (1)</title>
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		<pubDate>Mon, 30 Jan 2012 11:21:44 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Timoteo</dc:creator>
				<category><![CDATA[Ministerio del Ensayo y el Error]]></category>

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		<description><![CDATA[No, no me pasa nada. Es solo que&#8230; Reyes siempre me pone un poco triste. Melancólico. ¿No te lo he contado nunca? Pues porque&#8230; Yo solo recuerdo la amarga pérdida de la inocencia. Seguramente la perdí demasiado pronto. Dices que todos la perdemos demasiado pronto. Sí, puede ser. El caso es que yo perdí pronto [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>No, no me pasa nada. Es solo que&#8230; Reyes siempre me pone un poco triste. Melancólico. ¿No te lo he contado nunca? Pues porque&#8230; Yo solo recuerdo la amarga pérdida de la inocencia. Seguramente la perdí demasiado pronto. Dices que todos la perdemos demasiado pronto. Sí, puede ser. El caso es que yo perdí pronto la inocencia&#8230; y algo más.</p>
<p>Lo curioso es que aquel día empezó bien. Yo debía tener siete u ocho años y era un loco del fútbol. Del fútbol y sobre todo del Real Madrid. Acababa de empezar a entrenar Del Bosque, el Madrid ilusionaba en Europa y el equipo enganchaba con una mezcla de canteranos y estrellas extranjeras. Zidanes y pavones, en efecto, aunque yo creo que eso vendría luego. Yo hablo del año que debutó Casillas. Mi padre me había llevado una vez al Bernabéu, un partido de liga contra el Zaragoza. No era un partidazo, pero el Zaragoza de entonces tenía mucha más chicha que ahora, había ganado no hacía mucho la Recopa&#8230; La verdad es que en aquellos días parecía que cualquier equipo podía ganar, no eran todo goleadas del Madrid y el Barça. En fin. Fuimos al Bernabéu una fría noche de diciembre, con bocadillos que nos había hecho mi madre. Bocadillos de chorizo, todavía me acuerdo, y unas latas de Coca-Cola. En la entrada nos dijeron que no podíamos pasar latas, aunque por suerte solo vieron una. Nos la bebimos allí y pasamos la otra riéndonos bajito, cómplices. El estadio era enorme. Me impresionaba la cantidad de gente por todos lados: en el metro, en la Castellana, en los accesos, en los vomitorios&#8230; Aunque luego la grada estaba a media entrada. Nosotros estábamos en el gallinero, lejos del césped pero con una perspectiva fabulosa. No se podían ver los detalles como en la tele, pero a cambio podías ver todo el juego a la vez, la disposición de cada equipo sobre el campo, cómo se desmarcaban o tiraban el fuera de juego. Cuando llegamos los jugadores estaban calentando y yo me puse a cien intentando distinguirlos en la distancia y en chándal. A pesar de que el estadio estaba lejos del lleno, había un gran ambiente, cánticos de un fondo y otro, la ola que veíamos venir a lo largo de toda la grada&#8230; Yo disfruté como el enano que era. Luego el partido fue un desastre: nos metieron un 1-5 en casa. Estaba claro que Del Bosque tenía trabajo por delante, aunque si te digo la verdad no seguía mucho todo el circo alrededor del equipo. A mí lo que me gustaba era el fútbol. Recuerdo que tenía una camiseta blanca y un balón que llevaba con celo al colegio, un regalo de mi padre que cuidaba hasta la náusea. Una vez llegué a recriminarle a un compañero que iba a estropearlo porque le pegaba demasiado fuerte. Pero me gustaba todavía más que jugar verlo por la tele con mi padre. Era el único momento que compartía con él. Cuando me despertaba él ya se había ido a trabajar y por la tarde no volvía hasta después de la merienda, poco antes de la cena. Muchos fines de semana me dejaban con la abuela. En cambio las tardes de partido nos juntábamos siempre en el sofá para ver juntos al Madrid, con unas patatas fritas y una Coca-Cola. La única Coca-Cola de la semana, salvo que hubiera un cumpleaños. Él tomaba cerveza, pero para mí el fútbol siempre ha sabido a Coca-Cola y las patatas de la churrería del barrio. Luego cerró y ya no he vuelto a probar unas patatas así. Ya, ya, las hay mejores, pero no son las que tomaba de pequeño. Aún puedo sentir el sabor salado en la punta de la lengua, el tacto grasiento, el crujido con el que se rompían al partirlas porque no me cabían enteras en la boca.</p>
<p>Pues aquella víspera de Reyes mi padre me llevó a ver el entrenamiento del Real Madrid en la Ciudad Deportiva, un regalo adelantado. Era bien temprano por la mañana, el cielo estaba brumoso al principio, pero acabó aclarando y convirtiéndose en el típico día luminoso y frío de invierno en Madrid. En las gradas nos apiñábamos un montón de chavales y padres animando a nuestros ídolos como posesos. Casi todos gritaban a Raúl y a Morientes, los delanteros. Sin embargo, yo prefería la autoridad de Hierro en la defensa, el control del balón y el juego de Redondo, el delicado regate del frágil brasileño Savio. Aunque si te digo la verdad, por quien sentía verdadera debilidad era Iván Helguera, un chaval de figura desgarbada que empezó en el centro del campo y se fue haciendo imprescindible para apuntalar la defensa. No sé bien por qué. Me caía simpático con su aspecto nervioso, en tensión, como si estuviera un poco perdido en esos estadios grandiosos entre tanto atleta de alto nivel, y siempre llegaba al cruce para cortar o despejar los balones peligrosos. En fin. En medio de aquel griterío mi padre permanecía impertérrito, envuelto en su bufanda y con las manos en los bolsillos. Yo lo recuerdo siempre serio y tranquilo, salvo cuando veíamos el fútbol o las noticias, que se encaraba a gritos con la tele llamando sinvergüenza al árbitro o al político de turno. En casa era normalmente mi madre la que derramaba sonrisas y alegría. Al final del entrenamiento los jugadores se acercaron a la grada y se pusieron a lanzar camisetas y balones. La gente enloqueció, todos se pegaban por los regalos con auténtica furia. Yo hacía lo que podía, pero como apenas levantaba un palmo del suelo todo acababa en manos de niños mayores y padres. Tras unos segundos de titubeo, como venciendo la vergüenza, mi padre también empezó a intentar cazar algo, sin éxito. El último balón lo tenía Iván Helguera y miraba indeciso buscando dónde mandarlo. Yo grité como el que más: “¡Iván! ¡Iván! ¡Aquí, Iván!”. Y por alguna razón, Iván Helguera me miró, me sonrió y me lanzó el balón. Estiré las manos para cogerlo. Mi padre se separó un poco mirándome satisfecho. Pero cuando ya lo rozaba con las yemas de los dedos, unas manos surgidas de lo alto lo hicieron desaparecer. Me di la vuelta desconcertado. Un señor con bigote le daba la pelota a su hijo, un niño de cuatro o cinco años más con toda la indumentaria oficial del Real Madrid de la temporada: bufanda, gorro y la camiseta por encima del abrigo. Aunque yo me quejé, les dije que era mía, me ignoraron completamente. Intervino entonces mi padre, indignado y muy tranquilo:</p>
<p>—Oiga, que la pelota iba para el chaval.</p>
<p>—La pelota es para quien la coja primero, caballero –respondió el señor del bigote. Cogió a su hijo por el hombro y se largaron.</p>
<p>Yo mientras miraba desolado a Iván Helguera. Los demás jugadores se marchaban ya hacia los vestuarios, pero él seguía allí contemplando la escena. Examinó la hierba alrededor, buscando algo que pudiera quedar. Pero ya no quedaba nada ni nadie. Se encogió de hombros, me dedicó su mirada lastimera y se fue trotando a reunirse con los otros.</p>
<p>—Vámonos, anda –dijo mi padre.</p>
<p>Nos volvimos a casa cabizbajos, como un mes antes habíamos vuelto del Bernabéu. Mi padre se pasó el resto del día más callado de lo habitual. Por la tarde me llevó a la cabalgata de Reyes del barrio. Al despertarme la mañana siguiente al amanecer no había regalos en el salón. Fui corriendo a la habitación de mis padres y me encontré a mi madre sola. Le conté preocupado que los Reyes no habían venido. Luego le pregunté dónde estaba papá y fue ella la que se preocupó. Ese día aprendí que los Reyes guardaban los regalos tras los trajes de mi padre. Aprendí además que mi madre también podía ser callada y seria.</p>
<p>Aquel año el Madrid ganó la Copa de Europa. Yo vi el partido solo, con mis patatas y mi Coca-Cola.</p>
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		<title>Ay poetas</title>
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		<pubDate>Mon, 02 Jan 2012 11:21:31 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Timoteo</dc:creator>
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		<description><![CDATA[Desde mi primera adolescencia me he sentido irremediablemente atra&#237;do por las poetas, a pesar de no llegar a comprenderlas, o quiz&#225;s precisamente por ello: forman un misterio completo pues, adem&#225;s de no entender sus motivaciones, tampoco entiendo sus palabras. As&#237; puedo renunciar sin remordimientos a desentra&#241;arlas y entregarme por completo al disfrute irracional de la [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Desde mi primera adolescencia me he sentido irremediablemente atra&iacute;do por las poetas, a pesar de no llegar a comprenderlas, o quiz&aacute;s precisamente por ello: forman un misterio completo pues, adem&aacute;s de no entender sus motivaciones, tampoco entiendo sus palabras. As&iacute; puedo renunciar sin remordimientos a desentra&ntilde;arlas y entregarme por completo al disfrute irracional de la belleza, la suya y la de sus frases indescifrables, como se disfruta un vino o una sinfon&iacute;a.</p>
<p>Digo poeta porque Minerva Luengo me ense&ntilde;&oacute; pronto que poetisa era una palabra &ntilde;o&ntilde;a y usada a menudo de forma despectiva, como si una mujer no pudiera ser poeta. Minerva, de improbable nombre, empez&oacute; a salir con Eduardo Aguiar, mi mejor amigo del instituto. Nos sacaba un a&ntilde;o, fumaba porros, ten&iacute;a opiniones sobre todo y una energ&iacute;a inagotable. A nosotros, hasta entonces abstemios y con m&aacute;s afici&oacute;n a la literatura que al mundo real, nos pareci&oacute; tan ex&oacute;tico como un hurac&aacute;n tropical, a cuya destrucci&oacute;n nos ofrecimos con devoci&oacute;n. A la salida del colegio nos le&iacute;a sus t&oacute;rridos poemas sin que aquellos ojos azules apenas se posaran sobre el papel. Yo sufr&iacute;a unas erecciones tremendas, no sab&iacute;a si por sus palabras o por la imp&uacute;dica forma de mirar mientras las pronunciaba, que ten&iacute;a que aliviar en cuanto llegaba a casa. Sus grandes ojos fijos y sus labios moldeando obscenidades con deleitosa suavidad me persegu&iacute;an por las noches.</p>
<p>Para intentar impresionarla cambi&eacute; las novelas por los grandes poetas de las letras espa&ntilde;olas, pero mientras yo solo ve&iacute;a lo m&aacute;s obvio, ella escarbaba en todas las sutilezas. Tambi&eacute;n me explic&oacute; que hay dos tipos de poes&iacute;as: las que dicen <i>&iquest;follamos?</i>&nbsp;y las que dicen <i>mira qu&eacute; sensible soy, &iquest;follamos?</i>&nbsp;Mis excitadas hormonas adolescentes se apuntaron con entusiasmo a la tesis. Hasta los poemas que no ten&iacute;an interpretaci&oacute;n sexual posible estaban en el fondo motivados por el sexo. La poes&iacute;a era una herramienta atemporal para llevarse una chica a la cama.</p>
<p>Me entregu&eacute; a su lectura con pasi&oacute;n, llegando a la desoladora conclusi&oacute;n de que no entend&iacute;a nada porque me faltaba experiencia de campo. Minerva, en cambio, parec&iacute;a poseer una sabidur&iacute;a profunda de las razones humanas y los ritos m&aacute;s ancestrales y, lo que era peor, Eduardo entend&iacute;a cada d&iacute;a m&aacute;s. Yo sent&iacute;a c&oacute;mo iba qued&aacute;ndome atr&aacute;s, ajeno a un secreto que no me pod&iacute;an elucidar. La mujer era un misterio que iba a tener que penetrar por mi cuenta.</p>
<p>Ya por aquel entonces padec&iacute;a de exceso de realismo, as&iacute; que eleg&iacute; una v&iacute;ctima para mis poemas m&aacute;s con la cabeza que con el coraz&oacute;n. Eva Vela estaba fuera de mi alcance, no ser&iacute;an sensibles a la caricia de mis palabras sus dorados cabellos ni sus pechos terr&aacute;queos, dos hemisferios con toda una geograf&iacute;a de meridianos y paralelos por la que aquel joven Livingstone so&ntilde;aba con perderse durante las interminables clases del instituto. Las cumbres nevadas de aquellos dos kilimanjaros me hac&iacute;an perder el sue&ntilde;o y un par de puntos en cada asignatura en la que coincid&iacute;amos. Sin embargo, Eva, <a href="http://es.wikipedia.org/wiki/Garcilaso_de_la_Vega">m&aacute;s dura que m&aacute;rmol a mis quejas</a>, compartir&iacute;a mis versos con sus amigas entre risas o, peor, con alguno de sus muchos amigos -Eva <i>Veleta</i>, la ll&aacute;mabamos- y acabar&iacute;a siendo motivo de escarnio p&uacute;blico. Seguramente de aquellos d&iacute;as viene esta sensaci&oacute;n de que las rubias son fr&iacute;as figuras para admirar en la distancia que se mueven en una realidad paralela a la que m&aacute;s me vale no intentar acceder si no quiero salir escaldado. Era inexperto y enamoradizo, pero no completamente idiota. No del todo. Necesitaba una chica no acostumbrada a recibir la atenci&oacute;n de los chicos, modosa y con la delicadeza suficiente para mantener un posible rechazo en la intimidad. Una chica como Almudena Gracia.</p>
<p>Dediqu&eacute; el d&iacute;a siguiente a observar a Almudena para sacar algo de lo que escribir. Alguna virtud ten&iacute;a que poseer, m&aacute;s all&aacute; de ser una v&iacute;ctima propicia. No ten&iacute;a grandes curvas, ni unos rasgos en especial armoniosos, ni siquiera <a href="http://es.wikipedia.org/wiki/Neruda">unos ojos oce&aacute;nicos en los que poder echar mis tristes redes</a>. A pesar de todo, no deca&iacute; y segu&iacute; mirando a Almudena en clase y cuando hablaba con sus amigas en los descansos y durante la comida y mientras se marchaba a su casa. Llegu&eacute; a la m&iacute;a algo abatido, incapaz de extraer alg&uacute;n recuerdo memorable. &iquest;Era realmente una chica tan anodina? Intent&eacute; ponerla a trabajar en mi mente, pero solo consegu&iacute; una paja triste y sin convicci&oacute;n. &iquest;As&iacute; c&oacute;mo iba a inspirar ning&uacute;n poema?</p>
<p>Eduardo tuvo que sufrir el relato de mis cuitas aquella tarde. Su recomendaci&oacute;n pasaba por olvidarme de la personalizaci&oacute;n y decir cualquier cosa vaga, copiando a quien tuviera que copiar, pues lo importante era tir&aacute;rmela, el poema en s&iacute; era lo de menos. Era cierto que &eacute;se era el objetivo y que Almudena no me gustaba realmente, pero reducir la poes&iacute;a a un simple medio me incomodaba. Deb&iacute;a ser tambi&eacute;n un fin en s&iacute; mismo, una b&uacute;squeda de la verdad o la belleza, si es que eran cosas diferentes. Aunque quer&iacute;a escribir un poema para llevarme una chica a la cama, quer&iacute;a hacerlo con un buen poema. De lo contrario ser&iacute;a inapropiado. Qu&eacute; le voy a hacer: ten&iacute;a diecis&eacute;is a&ntilde;os y era un rom&aacute;ntico.</p>
<p>Fue Minerva quien vino a mi rescate con &aacute;nimos y consejos m&aacute;s pr&oacute;ximos a los que quer&iacute;a escuchar. Que me diera tiempo, que <a href="http://es.wikipedia.org/wiki/Antoine_de_Saint-Exup&eacute;ry">lo esencial es muchas veces invisible a los ojos</a>, que hace falta paciencia para esperar a que se manifieste y estar preparado cuando el momento llegue.</p>
<p>En efecto, el momento lleg&oacute; al d&iacute;a siguiente, sentado tras Almudena en una aburrida clase de Historia. Mientras la profesora disertaba en tono mortecino sobre el reinado de Felipe III, ella se recogi&oacute; el pelo en una coleta y de pronto apareci&oacute; ante m&iacute; una nuca desnuda, una oreja desguarnecida, el conmovedor &aacute;ngulo de una mand&iacute;bula apretada en la concentraci&oacute;n. Era algo vagamente familiar y reconciliador, como volver a casa tras unas largas vacaciones. Quise acariciarlo y olerlo, comprobar el contorno de los muebles, que a pesar de la prolongada ausencia todo sigue en su sitio. Aqu&eacute;l debi&oacute; ser el comienzo de un fetichismo que posteriormente se extender&iacute;a hasta los hom&oacute;platos. Cada uno encuentra su hogar donde puede. Yo acaba de encontrar el primero en Almudena Gracia.</p>
<p>Los siguientes pasos fueron rodados. Dej&eacute; un poema en su mochila durante un recreo, ella me busc&oacute; con la mirada, escrib&iacute; otro al d&iacute;a siguiente, ella me busc&oacute; a la salida, nos vimos en el parque, nos besamos, repetimos, nos fuimos encontrando en otros bancos, recorrimos la ciudad cogidos de la mano y seguimos perfeccionando nuestros besos, explorando con torpeza nuestras anatom&iacute;as por encima de la ropa, hasta que por fin mis padres se marcharon un fin de semana.</p>
<p>La invit&eacute; a comer, tomamos algo de vino y le le&iacute; un poema de Neruda. <i>Quiero hacer contigo lo que la primavera hace con los cerezos</i>. Y lo hice. Lo hicimos. Recuerdo unos pezones enormes y claros, casi carne, que habr&iacute;an resultado grandes en cualquier pecho y ocupaban por completo aquellos dos breves senos. Recuerdo la incomodidad al mostrar mi desnudez, el repentino fr&iacute;o de la habitaci&oacute;n y la calidez de sus ojos y el calor de su sexo. Una uni&oacute;n tosca, tierna, fugaz, que no decepcion&oacute; a ninguno porque tal vez, a pesar de todo, no ten&iacute;amos grandes expectativas. Recuerdo su abrazo posterior, con brazos y piernas, lo inc&oacute;modo de la postura y no sentir el menor deseo de moverme. Recuerdo una breve paz similar al anhelo de estar muerto y ver todas <a href="http://es.wikipedia.org/wiki/Roberto_Bola&ntilde;o">mis esperanzas de paz</a> estallar momentos despu&eacute;s con una nueva erecci&oacute;n y la lucidez de saber en ese instante que ser&iacute;a as&iacute; toda la puta vida.</p>
<p>Seguimos descubri&eacute;ndonos y aprendi&eacute;ndonos, entregados a la cartograf&iacute;a de nuestros cuerpos, que eran todos los cuerpos. El resto del tiempo solo parec&iacute;a un inc&oacute;modo intermedio.</p>
<p>En uno de aquellos descansos me llam&oacute; Minerva Luengo. Apenas nos hab&iacute;amos visto &uacute;ltimamente, por qu&eacute; no iba a su casa y nos pon&iacute;amos al d&iacute;a. Lo encontr&eacute; una buena excusa para posponer a&uacute;n m&aacute;s estudiar el examen de Matem&aacute;ticas del d&iacute;a siguiente, algo que Almudena hab&iacute;a considerado irrenunciable. Habl&eacute; de ella y hasta acab&eacute; recitando alg&uacute;n poema ante su insistencia. Su cr&iacute;tica, como acostumbraba, fue despiadada, honesta pero completamente falta de tacto: no llegaba a mediocre en el mejor de los casos. Tampoco hice mucho por defenderme.</p>
<p>Cre&iacute; que se arrepent&iacute;a o al menos se apiadaba ante mi desaz&oacute;n. Con una sonrisa me invit&oacute; a seguirla para mostrarme algo que me ayudar&iacute;a. Cerr&oacute; la puerta de su habitaci&oacute;n y se deshizo de su vestido con sorprendente agilidad. Algo entre mis piernas empez&oacute; a inspirarse. Mientras yo me preguntaba en qu&eacute; momento mi vida se hab&iacute;a convertido en una pel&iacute;cula porno, ella se quit&oacute; el sujetador. Todav&iacute;a tuve unos instantes para pensar en Almudena y mi amigo del alma Eduardo Aguiar mientras dos afilados pezones me miraban fijamente, pero pronto sali&oacute; de sus bragas con una estrecha tira de bello p&uacute;bico que a m&iacute; me pareci&oacute; el colmo de la sofisticaci&oacute;n y una invitaci&oacute;n -por aqu&iacute;, gritaba- irrechazable. Al fin y al cabo, <a href="http://es.wikipedia.org/wiki/Guy_de_Maupassant">la tentaci&oacute;n existe para que cedamos a ella</a>.</p>
<p>Para qu&eacute; voy a mentir: la tentaci&oacute;n cumpli&oacute; todas sus promesas de perdici&oacute;n. Sin embargo, en la celebraci&oacute;n posterior, cuando mi dedo todav&iacute;a se demoraba sobre un conciso pez&oacute;n, Minerva borr&oacute; mi sonrisa bobalicona levant&aacute;ndose &nbsp;bruscamente. <a href="http://es.wikipedia.org/wiki/Federico_Garc&iacute;a_Lorca">Sucia de besos y arena</a>, se puso el vestido con otro movimiento preciso y cruel, un s&uacute;bito eclipse. Sin mirarme, sali&oacute; de la habitaci&oacute;n y me abandon&oacute; a un estado de confusi&oacute;n y oscuridad en el que en ocasiones todav&iacute;a creo que me hallo.</p>
<p>Nada fue ya lo mismo luego. <a href="http://es.wikipedia.org/wiki/Miguel_Hern&aacute;ndez">Besarte fue besar un avispero</a>. Tras haber probado las mieles de una diosa griega, bella y caprichosa, los labios mortales de Almudena Gracia sab&iacute;an a ceniza. Me encontraba demasiado a menudo pensando en Minerva Luengo, en sus ojos antiguos y azules, en <a href="http://www.google.com/url?q=http%3A%2F%2Fgrooveshark.com%2Fs%2FDi%2Bas%2BQue%2BSe%2BEscapan%2F2KayYl%3Fsrc%3D5&amp;sa=D&amp;sntz=1&amp;usg=AFQjCNEhMYbaQclF-vKLqIto-oAjaQxFMg">la destreza de sus manos lentas</a>, en la depilada <a href="http://es.wikipedia.org/wiki/Juan_Ram&oacute;n_Jim&eacute;nez">rosa de su pubis</a>, en su voz ronca. Pensaba en Minerva al levantarme, durante las clases, mientras hablaba con Eduardo, cuando escrib&iacute;a poemas febriles en vez de estar estudiando, y sobre todo en el momento en que eyaculaba dentro de Almudena. Me sent&iacute;a constantemente culpable. As&iacute; que hice lo que cualquier idiota que ha le&iacute;do demasiados libros sin extraer ense&ntilde;anza alguna har&iacute;a: contarlo. Como si el verbo sirviera para lavar las culpas.</p>
<p>Reun&iacute; toda mi cobard&iacute;a para hablar con Eduardo en un descanso entre clases, sabiendo que as&iacute; no podr&iacute;a montarme una escena, que no se atrever&iacute;a a gritarme o pegarme delante de todo el colegio. Fue peor. No me dijo nada. Me mir&oacute; fijamente a los ojos mientras intentaba explicarle, sin despegar los labios, sin interrumpirme como ten&iacute;a por costumbre cada vez que discut&iacute;amos tonter&iacute;as. Eduardo siempre se hab&iacute;a caracterizado por poner m&aacute;s inter&eacute;s en hablar que en escuchar los argumentos o historias del otro, al menos en apariencia, luego pod&iacute;a volver d&iacute;as despu&eacute;s a rebatir o apostillar algo que ni recordabas haber dicho. Su silencio me pon&iacute;a a&uacute;n m&aacute;s nervioso. Acab&eacute; de farfullar mi relato, mis disculpas, mi s&uacute;plica y &eacute;l sigui&oacute; mir&aacute;ndome muy quieto, sin gesto alguno. Al cabo de unos segundos, o minutos u horas, no lo s&eacute;, cerr&oacute; los ojos y se fue meneando la cabeza. Lo vi alejarse clavado en el sitio, helado de terror. En alg&uacute;n momento son&oacute; la campana y volv&iacute; a clase.</p>
<p>Vino a buscarme al final de la jornada, muy derecho, y me interpel&oacute; muy serio: <a href="http://es.wikipedia.org/wiki/Gustavo_Adolfo_B&eacute;cquer">&iquest;A qu&eacute; me lo dec&iacute;s? Lo s&eacute;: es mudable</a>. Remat&oacute; la frase arroj&aacute;ndome un guante surgido de la nada, impropio para la primavera ya bien entrada. <i>Pero&#8230; &iexcl;es tan hermosa!</i>, me defend&iacute; yo, que tambi&eacute;n me sab&iacute;a mi B&eacute;cquer. Era todo tan absurdo y tan literario y tan intenso. Me agach&eacute; a recoger el guante y &uacute;nicamente pregunt&eacute; &iquest;cu&aacute;ndo?. Despu&eacute;s de comer, en el descampado. &iquest;A primera sangre?, dije imbuido del esp&iacute;ritu decimon&oacute;nico. Y una polla.</p>
<p>Ni que decir tiene que apenas pude comer. Remov&iacute; la comida en la bandeja, pregunt&aacute;ndome qu&eacute; pasar&iacute;a si realmente vivi&eacute;ramos en el XIX, si Eduardo Aguiar, adem&aacute;s de poder hacer aparecer un guante en un caluroso d&iacute;a de mayo ser&iacute;a capaz de presentarse con un par de pistolas o de sables. Sab&iacute;a que en la pared del sal&oacute;n colgaban dos sables cruzados de su abuelo militar. Quiz&aacute;s tambi&eacute;n ten&iacute;a dos rev&oacute;lveres reglamentarios de los que nunca me hab&iacute;a hablado. O peor: quiz&aacute;s solo ten&iacute;a uno.</p>
<p>Acud&iacute; a la cita dibujando escenas y ramificaciones cada vez m&aacute;s violentas, pero ni se me pas&oacute; por la cabeza no ir. Hab&iacute;a desarrollado ya una sensibilidad fatalista por lo tr&aacute;gico, o tal vez simplemente ten&iacute;a demasiado miedo para pensar con claridad.</p>
<p>Llegu&eacute; primero. El cielo empezaba a emplomarse de nubarrones. Me sent&eacute; a esperar en unos ladrillos de hormig&oacute;n que llevaban all&iacute; desde tiempos inmemoriales, de alguna lejana &eacute;poca en la que alguien proyect&oacute; construir en el descampado. Lo &uacute;nico que hab&iacute;a crecido eran hierbajos salvajes de medio metro de altura y tres montones de basura que los vecinos se encargaban de alimentar diligentemente con todos los trastos a los que ya no encontraban utilidad. Nosotros recuper&aacute;bamos los muebles y hab&iacute;amos montado una suerte de sal&oacute;n de ajuar dispar y mugriento, una disparatada habitaci&oacute;n sin paredes ni techo en medio de un solar rodeado de antiguos chalecitos que nos serv&iacute;a como lugar de encuentro secreto a un selecto grupo de iniciados. Una vez hab&iacute;a llevado a Almudena y lo hab&iacute;a mirado con cara de asco. Permaneci&oacute; de pie, sin poner un dedo en nada en el poco rato que aguant&oacute; all&iacute;. Hoy yo tampoco quer&iacute;a sentarme en nuestro grotesco sal&oacute;n. No quer&iacute;a sentirme c&oacute;modo.</p>
<p>Por fin apareci&oacute; Eduardo, solo, sin sables ni arcabuces, constataci&oacute;n que solo me proporcion&oacute; un fugaz instante de tranquilidad. Me puse en pie y sal&iacute; a su encuentro. &Eacute;l sigui&oacute; caminando impasible. Cuando lleg&oacute; a mi altura me lanz&oacute; un pu&ntilde;etazo a la mand&iacute;bula. Alc&eacute; los brazos para protegerme la cara y me machac&oacute; las costillas. Yo empec&eacute; a seguir la acci&oacute;n desde fuera. Sin instintos que poner en marcha, pues nunca nos hab&iacute;amos pegado, ni entre nosotros ni con nadie m&aacute;s, que yo sepa. Nunca hab&iacute;amos pasado de los rejonazos verbales digeridos con deportividad. Formaba parte del juego. Aquella danza con Eduardo era mucho m&aacute;s primitiva y yo no consegu&iacute;a seguir el ritmo, solo que en vez de pisarle los pies a mi pareja lo que hac&iacute;a era llegar tarde a cada golpe. Tampoco puse ning&uacute;n inter&eacute;s en contraatacar. En realidad, consideraba todo merecido, una justa expiaci&oacute;n.</p>
<p>Eduardo culmin&oacute; un elaborado combo con un directo al est&oacute;mago que me dej&oacute; doblado en el suelo luchando por respirar. Mientras boqueaba angustiado, Eduardo se palp&oacute; los nudillos enrojecidos. Me has hecho da&ntilde;o, cabr&oacute;n, se quej&oacute;. Permaneci&oacute; all&iacute; hasta que volv&iacute; a ser capaz de meter aire en mis pulmones con normalidad, gir&oacute; sobre sus talones y sali&oacute; del descampado.</p>
<p>Decid&iacute; que aqu&eacute;l era un sitio tan bueno como cualquier otro para recuperar el aliento, tambi&eacute;n porque no me sent&iacute;a capaz de moverme. Contempl&eacute; la posibilidad de morirme de alguna herida interna y no me import&oacute; mucho, no a m&iacute;, no ser&iacute;a una experiencia que yo viviera. Me preocup&oacute; el vac&iacute;o que iba a dejar en el mundo con mi ausencia, lo que iban a sufrir mi familia y amigos, Almudena Gracia -o no tanto si enteraba del motivo-, todo lo que se iba a perder porque ya nunca lo har&iacute;a, qu&eacute; tragedia, con el potencial que ten&iacute;a. Empez&oacute; a llover, primero una gota y luego otra, y luego todas seguidas, gotas gordas, de tormenta de verano. A m&iacute; me pareci&oacute; muy apropiado que la lluvia limpiara mis heridas, un po&eacute;tico final, con su plano cenital alej&aacute;ndose, hasta que me di cuenta de que todo se estaba embarrando e iba a acabar ahogado de no moverme.</p>
<p>Hice inventario de mi cuerpo, sin detectar nada roto. En alg&uacute;n momento hab&iacute;a temido que me rompiera la nariz o las costillas, pero tampoco deb&iacute;a pegar muy fuerte. Eduardo ten&iacute;a manos de pianista.</p>
<p>Busqu&eacute; refugio en casa de Almudena, o tal vez en Almudena a secas. Chorreando, apenas fui capaz de pronunciar un hola antes de que me hiciera pasar con gesto preocupado, &iquest;qu&eacute; te ha pasado? Por alguna raz&oacute;n, no se me hab&iacute;a ocurrido que mi lamentable aspecto despertar&iacute;a interrogantes. Tal vez los golpes en la cabeza s&iacute; me pasaban factura. Estaba tan cansado que no ten&iacute;a ganas ni de mentir. Sonre&iacute;, no sabiendo por d&oacute;nde empezar, y a continuaci&oacute;n lo solt&eacute; todo, pose&iacute;do de una fiebre kamikaze. Minerva, ella, yo, Eduardo, ella, yo, yo, yo. Minerva. A medida que lo contaba iba sinti&eacute;ndome cada vez m&aacute;s gilipollas, pero no pod&iacute;a parar. Tampoco me hubiera dejado ella.</p>
<p>Para cuando acab&eacute; sab&iacute;a, en uno de esos extra&ntilde;os ataques de clarividencia, que la hab&iacute;a perdido y que su ausencia me doler&iacute;a m&aacute;s que la paliza de Eduardo. <i>Asomaba a sus ojos una l&aacute;grima</i>, reincid&iacute; en mis s&uacute;plicas de perd&oacute;n. Ella enjug&oacute; el llanto para pasar a una furiosa frialdad. Que le daba igual, qui&eacute;n me hab&iacute;a cre&iacute;do que era, que estaba conmigo por follar nada m&aacute;s, sab&iacute;a que no era guapa y no le sobraban precisamente los chicos, que le hab&iacute;a provocado cierta ternura al principio con mis poemas cursis y si no se re&iacute;a era por no querer ofenderme, que era un listillo y un pedante viviendo en mi burbuja literaria, siempre jugando, <a href="http://es.wikipedia.org/wiki/Jaime_Gil_de_Biedma">que la vida iba en serio</a>. No pude evitar una risita ante su inadvertida cita. Yo y mi sentido de la oportunidad y mi debilidad por las contradicciones. Eso la espole&oacute; un poco m&aacute;s. Que llevaba enamorada de Julio desde los trece a&ntilde;os y pensaba en &eacute;l cada vez que lo hac&iacute;amos para excitarse, que le daba asco, que hab&iacute;a decidido dejarme hac&iacute;a semanas y no lo hab&iacute;a hecho por pereza, porque prefer&iacute;a estudiar para los ex&aacute;menes, que me fuera a la mierda, que me fuera a follarme a Minerva o a Eduardo o a quien me diera la gana, que lo mismo le daba.</p>
<p>Entre tanto ataque rabioso sab&iacute;a, aunque no lo pensar&iacute;a hasta mucho m&aacute;s tarde, que hab&iacute;a parte de verdad y parte exagerada para herirme, para intentar hacerme tanto da&ntilde;o como yo le hab&iacute;a hecho a ella. Dijera lo que dijera, hab&iacute;a disfrutado de mis atenciones, se hab&iacute;a estremecido con mis caricias y hab&iacute;a vuelto a buscar m&aacute;s. Tal vez estaba enamorada de otro, y qu&eacute;, yo estaba colado por Minerva desde que apareci&oacute; en mi vida y aun as&iacute; quer&iacute;a a Almudena. Ya estaba aprendiendo que los amores no tienen por qu&eacute; sucederse en armon&iacute;a.</p>
<p>En cualquier caso, ella hab&iacute;a sugerido con delicadeza que abandonara su vida, dese&aacute;ndome una pronta neumon&iacute;a en la vuelta a casa. Musit&eacute; un &uacute;ltimo lo siento y obedec&iacute;, llev&aacute;ndome un te quiero apretado entre los labios.</p>
<p>Durante los d&iacute;as siguientes intent&eacute; hacer caso a mis padres y centrarme en los inminentes finales encerrado en casa, pues hab&iacute;an acordado con el instituto que era mejor que no volviera a clase. Solo consegu&iacute; abrazarme a la soledad y la desesperaci&oacute;n, con esa creencia en que todo es definitivo que nos aflige en la adolescencia. Ni siquiera pod&iacute;a escribir, distracci&oacute;n habitual en los periodos de estudio, atenazado por el miedo a ser realmente tan malo como afirmaban Almudena y Minerva. Me limitaba a pasar las hojas de apuntes y las horas, sintiendo que la vida se me escapaba entre las manos.</p>
<p>El resultado de los ex&aacute;menes fue el esperado. Al ruinoso estudio se sum&oacute; la inquietante presencia de Eduardo y Almudena en la misma aula, a quienes no hab&iacute;a vuelto a ver desde la tormenta. Total: dos para septiembre y mucho aprobado raspado. Se avecinaba un verano fabuloso. Todos ten&iacute;an planes salvo yo. Minerva Luengo emprend&iacute;a un largo viaje con sus amigas y a la vuelta se ir&iacute;a a la capital para empezar la universidad. Almudena Gracia iba a la casa de sus abuelos a orillas del Mediterr&aacute;neo. Eduardo&#8230; Eduardo y yo tambi&eacute;n hab&iacute;amos hecho grandes planes.</p>
<p>Poco a poco todos se fueron marchando, las calles se fueron vaciando y yo me fui dejando caer en la dulce pereza de la melancol&iacute;a, arrastrado por la levedad de los largos d&iacute;as de peri&oacute;dicos fam&eacute;licos y aceras ardiendo. El mundo en calma parec&iacute;a aguardar agazapado.</p>
<p>Una ma&ntilde;ana de mediados de julio encontr&eacute; a Eduardo frente al portal. Era demasiado guapa, me dijo. &iquest;Para ti o para m&iacute;? Para ser fiel. Me encong&iacute; de hombros y ech&eacute; a andar hacia la panader&iacute;a. Eduardo se puso a mi lado. No fuiste el &uacute;nico, ella misma me hab&iacute;a hablado de lenguas de fuego, oc&eacute;anos y acantilados, pero no quise entender, prefer&iacute;a pensar que eran celos infundados, lo que nunca me esperaba es que se acostara contigo. &iquest;Era demasiado guapa? Eres mi amigo. El tiempo verbal no pas&oacute; inadvertido y sonre&iacute; a mi pesar, mirando hacia la calle para disimular. Me alegro de que me lo dijeras y me alegro de que fueras t&uacute;, confes&oacute;. Pegas como una ni&ntilde;a.</p>
<p>Reanudamos nuestra amistad como si no hubiera rencor entre nosotros. Seguramente no lo hab&iacute;a. Aunque aquel verano nuestros planes se hab&iacute;an malogrado, la vida nos ofreci&oacute; sus frutos en abundancia. No en vano, &eacute;ramos dos adolescentes con una ciudad a nuestros pies. Sin clases y solo con la lejana sombra de septiembre en el horizonte, la eternidad parec&iacute;a al alcance de la mano. Llegar&iacute;an m&aacute;s libros, m&aacute;s mujeres, m&aacute;s ciudades, tragos dulces y amargos, siempre mejores con la presencia, incluso en la distancia, de mi amigo Eduardo.</p>
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		<title>Amores a cuatro manos</title>
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		<pubDate>Sat, 02 Apr 2011 03:08:32 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Nihilia</dc:creator>
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		<description><![CDATA[Y llegó el momento, me besó y no dijo nada. Se separó de mí y me mantuvo la mirada, quién sabe si con gesto desafiante o implorante. Aparté las manos que rodeaban mi cintura. Si se sintió decepcionado, no lo hizo notar; quizás fui yo la que esperaba mayor insistencia por su parte. ¿Por qué [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Y llegó el momento, me besó y no dijo nada. Se separó de mí y me mantuvo la mirada, quién sabe si con gesto desafiante o implorante. Aparté las manos que rodeaban mi cintura. Si se sintió decepcionado, no lo hizo notar; quizás fui yo la que esperaba mayor insistencia por su parte. ¿Por qué estoy aquí? Él lo sabe todo: lo mío con Alfredo, los años que llevamos juntos, el comienzo fulgurante y prometedor y el lento tedio que se ha ido apoderando de nuestra vida; quizás no de forma definitiva pero, en cualquier caso, de forma dolorosamente rutinaria. Me voy. Estoy llegando a la puerta cuando me doy cuenta que sus labios siguen entreabiertos. Me espera, me anhela. Busca redención, catársis, épica. Como yo. Me pregunto si dos personas que buscan los mismo pueden obtenerlo el uno del otro. ¿Cómo se llamará ella?</p>
<p>Me separo de él de un empujón. No se cuál de los dos se tambalea más. Creo que le odio, y me parece ya muy lejano el momento en que me regaló aquella camiseta roída. Si no la llevase puesta en este momento, con gusto se la tiraría a la cara. En vez de eso, empiezo a acariciarle. Él parece desconcertado durante apenas un segundo, después me embiste suavemente con su lengua.  Sus dedos me duelen apenas un momento,después me derriten. Me siento floja, débil y febril; me abandono. Mientras pensaba en Alfredo, descubrí algo debajo de la almohada. Eran las claves del gobierno Khordiano que llevaba buscando desde que abandoné el sistema Beta-Sigma. Así que, ¡él era el traidor! ¡El conspirador de la Alianza Velvet-Gamma!</p>
<p>¡Yo os maldigo, Velvet-Gamma!</p>
<p>¡Me arrebatásteis a mi familia!</p>
<p>Pues aquí hay un chocho que no probaréis los de la Alianza.</p>
<p>VENDETTA.</p>
<p><em>Escrito y publicado a cuatro manos y en estado de total embriaguez por Nihilia y Mrs. N. (firma invitada).</em></p>
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		<title>Cuarto capítulo</title>
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		<pubDate>Thu, 31 Mar 2011 21:32:32 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Timoteo</dc:creator>
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		<description><![CDATA[[Uno, Dos, Tres] La espera no es difícil. Hay gente que se aburre si no tiene nada que hacer o que se pone ansiosa anticipando lo todavía por venir. Desde pequeño, en mi casa estaba prohibido aburrirse, era un crimen aborrecer el tiempo libre, algo tan preciado para los demás. Como ocurre con la comida [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><em>[<a title="Primer capítulo" href="http://lacallecita.es/ministerio-del-ensayo-y-el-error/primer-capitulo/">Uno</a>, <a title="Segundo capítulo" href="http://lacallecita.es/ministerio-del-ensayo-y-el-error/segundo-capitulo/">Dos</a>, <a title="Tercer capítulo" href="http://lacallecita.es/ministerio-del-ensayo-y-el-error/tercer-capitulo/">Tres</a>]</em></p>
<p>La espera no es difícil. Hay gente que se aburre si no tiene nada que hacer o que se pone ansiosa anticipando lo todavía por venir. Desde pequeño, en mi casa estaba prohibido aburrirse, era un crimen aborrecer el tiempo libre, algo tan preciado para los demás. Como ocurre con la comida y los niños desnutridos de África -“¿Con el hambre que hay en el mundo te vas a dejar eso?”, “¿Sabes lo que daría un niño de África por ese plato de acelgas?”-, en mi familia ocurría con el tiempo y los niños explotados de China: “¿Con los niños que hay trabajando doce horas al día en el mundo te quejas de que no tienes nada que hacer?”, “¿Sabes lo que daría un niño de China por poder aburrirse?”. El tedio, por tanto, era inconcebible. Y si uno cometía el error de pronunciar la frase fatal “me aburro”, lo mandaban a paseo con un simple “pues cómprate un burro”. Los padres, en ningún caso, tenían la obligación de entretener a los hijos programando actividades a todas horas: era tarea de cada uno aprender a ocupar su tiempo. Libros, videojuegos, televisión, riñas con los hermanos, fútbol con los amigos eran lo más habitual. De vez en cuando una tía abuela aparecía con ganas de echar una partida de cartas y sólo en ocasiones inexplicables y gozosas el padre o la madre se unía a un juego.</p>
<p>La lección quedó aprendida y, durante mi vida adulta, me he acostumbrado a hacer pasar los días sin recurrir a nadie. Por eso cada hora pasada con un amigo es un regalo a hacer valioso y atesorar. Por eso cada minuto con Julia fue precioso, incalculable. Lo malo, claro, fue acostumbrarse, dar por hecho que ella seguiría ocupando mis días, sin pensar, sin querer concebir que algún día podría decidir retirarme su gracia tan rápidamente como me la había concedido, sin querer saber que siempre no es posible, que siempre es mentira.</p>
<p>Sin embargo, el minuto transcurrido desde que sonó el telefonillo hasta que por fin escuché el timbre de la puerta fue eterno, el corazón se me aceleró y el tiempo se expandió, como si entre latido y latido siguiera pasando un segundo. El mundo se movía a cámara lenta mientras mi cabeza bullía a toda velocidad, creando una angustiosa sensación de irrealidad, de vivir atrapado en un mundo que responde a un ritmo equivocado. Toda la ansiedad que no había sentido en los días anteriores se manifestó junta. Para cuando Julia llegó estaba sudando.</p>
<p>-Hoy sí que tienes mal aspecto -me dijo nada más abrir.</p>
<p>-Gracias. Tú sigues estupenda.</p>
<p>-No, en serio. ¿Te encuentras bien? Estás pálido.</p>
<p>-Sí -mentí sin convicción-. Pongámonos a la tarea.</p>
<p>Julia siempre había sido más práctica, más apegada a las cosas mundanas. No es que yo no supiera hacerme un huevo frito, pero hay un montón de situaciones en la vida que nunca te planteas hasta que te encuentras con ellas en el camino y te das cuenta de que no tienes ni idea de cómo actuar, de que no había ninguna asignatura o libro que explicasen los pasos a seguir. De alguna manera ella sí parecía saberlo, siempre.</p>
<p>Qué hacer cuando mi familia muriera y yo heredase la casa y todas sus pertenencias, tengo que admitirlo, es algo a lo que hasta entonces no había dedicado muchos pensamientos. Julia en cambio tenía unas cuantas ideas al respecto. Aunque cierto es que en este caso contaba con la ventaja de ya haber pasado por una situación similar con la muerte de su padre unos años antes, no quiero quitarle méritos. Me puso a separar aquello a conservar de lo que deshacerse. Lo que no conservara se podía tirar, reciclar o donar. Parecía fácil. Salvo por que había decidido empezar por la habitación de mis padres. Ella y su manera de coger el toro por los cuernos, no hacer fintas y practicar la honestidad brutal. Por eso la había traído.</p>
<p>-Después de esto, lo demás será coser y cantar.</p>
<p>Abrí el armario de la ropa y comencé a sacar trajes, camisas, corbatas, zapatos de mi padre. Todos a la misma caja.</p>
<p>-¿No quieres guardar nada? Seguro que muchas de estas cosas te están bien -tomó una chaqueta y la sostuvo entre mí y sus ojos-. Debéis tener la misma talla. Sobre todo ahora que has echado definitivamente tripa.</p>
<p>Era una pulla antigua. Decidí seguirle el juego y contestar con el retruque de costumbre. Salvo que ya no era costumbre. Descubrir una brasa de complicidad en aquella hoguera que daba por extinguida hacía tanto era desconcertante.</p>
<p>-Mis buenas cervezas me ha costado.</p>
<p>Ella sonrió, una sonrisa infinitamente triste. Cuando el amor se olvida, ¿sabes tú a dónde va? Parece que a ningún lado. Se seca y no es fácil extirparlo. La gente suele tener miedo de olvidar, pero lo verdaderamente doloroso es recordar. Los aciertos y los errores, todos en un pasado inalcanzable, imposible de modificar. Los recuerdos son cicatrices de la memoria y acariciarlos, a veces, revivir un dolor amortiguado. Otras veces son heridas abiertas que sangran y sangran. Intenté no descomponer el gesto.</p>
<p>-No podría ponérmelo. No quiero llevar la ropa de un muerto.</p>
<p>Reanudé la tarea bajo su mirada. Qué daría yo por no recordar, por volver a empezar de cero cada día sin la pesada carga del pasado, por construir continuamente el futuro sin rémoras enganchadas al ayer. Creo que por eso quería deshacerme de todo. Que los objetos dejaran de recordar tantos días vividos, de contar tantos secretos guardados. Es asombrosa la biografía que pueden reconstruir las cosas, sobre todo cuando el dueño ya no puede corregir ni matizar impresiones.</p>
<p>O al menos que ella olvidara, poder conocerla de nuevo por primera vez, sin que en sus ojos pesara el juicio de los años. Seguramente a estas alturas ya estaba todo perdonado, pero no olvidado. Sin hostilidad, mas separados por un océano de recuerdos. Hay ocasiones en que el sistema métrico debe rendirse y aceptar la inutilidad de sus pretensiones objetivas, ceder a nuevas formas de medir distancias, pesos, volúmenes. A unos centímetros de mí, pero a mil errores de distancia. Dos cuerpos con masa, pero incapaces de atraerse mutuamente. Compartiendo el mismo espacio, pero en momentos diferentes.</p>
<p>Era odioso. No podía soportarla allí parada y juzgando y sabiendo, así que, más por mantenerla ocupada que otra cosa, le sugerí buscar entre la ropa de mi madre algo que le gustara. Aceptó, pero yo seguía con la sensación de que me observaba, que tan solo fingía trasegar en el armario para poder espiarme más a gusto. Apenas llevaba cinco minutos allí y ya me estaba arrepintiendo de haber pedido su ayuda.</p>
<p>-Este abrigo es una maravilla.</p>
<p>-¿Cómo puedes estar pensando en abrigos en agosto? ¿Has visto la que está cayendo?</p>
<p>-No seas tonto. Hay que pensar en el futuro.</p>
<p>Por supuesto que tenía razón. Y yo se lo había pedido. Pero eso no era motivo para dársela.</p>
<p>-Mira, me queda perfecto.</p>
<p>Eso era más de lo que podía soportar. La agarré de las solapas. Su boca estaba peligrosamente cerca. Podía sentir sus pechos bajo mis nudillos.</p>
<p>El timbrazo del telefonillo vino a darnos una tregua. En el portal de casa estaba Carlos, el novio de mi hermana.</p>
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		<title>And if a double-decker bus&#8230;</title>
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		<pubDate>Fri, 24 Dec 2010 09:45:57 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Timoteo</dc:creator>
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		<category><![CDATA[Londres]]></category>
		<category><![CDATA[Pareja]]></category>

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		<description><![CDATA[Pasearon de la mano por Hyde Park. Y por Notting Hill. Y por el British Museum. Y por Oxford Street. Y por la rivera del Támesis. Se besaron en Picadilly Circus. Y en Covent Garden. Y en Trafalgar Square. Y en el Tower Bridge. Y bajo la sombra del Big Ben. Y frente a un [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Pasearon de la mano por Hyde Park. Y por Notting Hill. Y por el British Museum.  Y por Oxford Street. Y por la rivera del Támesis.</p>
<p>Se besaron en Picadilly Circus. Y en Covent Garden. Y en Trafalgar Square. Y en el Tower Bridge. Y bajo la sombra del Big Ben. Y frente a un guardia impasible del Buckingham Palace. Y en oscuros pubs de suelo pegadizo.</p>
<p>Todos dijimos que no lo habíamos visto venir, pero no es cierto. Yo sí vi venir el autobús rojo cuando ellos cruzaban sólo pendientes de su amor. Dudé un instante. Sentí el frío de acero extendiéndose en mi corazón. El rojo se esparció por la calzada.</p>
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		<title>Como en los erizos</title>
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		<pubDate>Sat, 04 Dec 2010 09:01:31 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Timoteo</dc:creator>
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		<description><![CDATA[El frío busca los resquicios donde besarte como un amante los portales oscuros. Palpa y palpa hasta que lo apartas de un manotazo, pero sabes que volverá por más. Cualquier resquicio en la bufanda y hacia el pecho, un desajuste en el abrigo y sube por la espalda, incluso a través de la ropa, las [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>El frío busca los resquicios donde besarte como un amante los portales oscuros. Palpa y palpa hasta que lo apartas de un manotazo, pero sabes que volverá por más. Cualquier resquicio en la bufanda y hacia el pecho, un desajuste en el abrigo y sube por la espalda, incluso a través de la ropa, las piernas son cada vez menos tuyas. Todo lo quiere.</p>
<p>Marina hunde un poco más la barbilla en la bufanda intentando hurtar su cuello al viento y se arrebuja en su enorme abrigo. Aprieta las manos enguantadas en los bolsillos contra su vientre. Aprieta los dientes. Sobre el Sena, sin resguardo y con el aire volviéndose agua, el invierno se ensaña. Cristales de hielo entran hasta los pulmones. El frío también ataca desde dentro.</p>
<p>Pasos rápidos. Marina sabe que la clave es no parar, aunque las sombras del puente le llamen para que se pare a contemplar las gélidas aguas. Las mismas sombras que en verano le hacían promesas de amor hoy murmuran entre los listones, donde el río lame los pilares con su lengua eterna.</p>
<p>A la manera de una hormiga, había estado cosechando amor durante todo el verano con la esperanza de usarlo de combustible invernal. Ella mencionó Rayuela, él rió, habló de encuentros casuales y causales y se descubrieron cómplices. Encontró su andar desgarbado en todos los horizontes de la ciudad. Sus ojos de miel la fotografiaron por los jardines de agosto. Por las noches, revelaba su sonrisa contra el techo de la habitación. Las lluvias del otoño lo empaparon todo, dejándolo inservible. No apto para consumo humano. Ahora un corazón calado apenas desprende calor y cruzar el Pont des Arts es más duro que atravesar París entero.</p>
<p>Una tarde de esos últimos días de otoño en que el verano vuelve para despedirse, tras ver a los árboles comenzar a despojarse de sus hojas sobre el canal Saint-Martin, Luis le dijo que estaba enamorado. Marina le cogió la mano y, antes de que pudiera responder nada, él precisó que de otra. Mantuvo la sonrisa como pudo. Le estaba pidiendo su consejo de amiga. Aguantó el resto de los golpes como un sparring profesional. Se negó con suavidad a dar consejos, como siempre hacía por principio, pues apenas sabía tomar decisiones en su propia vida. Él no quería asesoramiento, sino oírse decir ciertas cosas en alto y convencerse de que venían de fuera. Al final de la conversación se dio cuenta de que no le había soltado la mano.</p>
<p>Las siguientes semanas fueron lluviosas. Marina veía las ventanas impregnarse de humedad a través de sus ojos empañados. Luego el agua fue dejando paso al frío. Tuvo que subir la calefacción y sacar otra manta, con la caída del sol parecía filtrarse hasta los huesos.</p>
<p>Ya las palabras se congelan al contacto con el aire. Deja suspendido un suspiro cuando alcanza la otra orilla. Ha conseguido cruzar una noche más.</p>
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		<title>Basado en hechos reales</title>
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		<pubDate>Fri, 19 Nov 2010 20:26:10 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Nihilia</dc:creator>
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		<description><![CDATA[Prólogo de &#8220;El Mutista&#8221;. No esperen pronto el resto. El manto estrellado de Morfeo titilaba sereno sobre los campos de olivares, mecidos por la brisa nocturna del Mar Egeo. El único obstáculo reseñable a su avance era la ciudad de Mileto, fundada en la noche de los tiempos por un apuesto y bien formado efebo, [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><em>Prólogo de &#8220;El Mutista&#8221;. No esperen pronto el resto.</em></p>
<p>El manto estrellado de Morfeo titilaba sereno sobre los campos de olivares, mecidos por la brisa nocturna del Mar Egeo. El único obstáculo reseñable a su avance era la ciudad de Mileto, fundada en la noche de los tiempos por un apuesto y bien formado efebo, que escapaba de un admirador demasiado fogoso y regio para su gusto y de su demasiado sanguinario y bien entrenado ejército.</p>
<p>Dos figuras cruzaban la acrópolis sin demasiada convicción; al menos una de ellas parecía no tenerlas todas consigo. Era una pareja compuesta por una vieja aristócrata, de cuya belleza podía decirse que era legendaria por la cantidad de tiempo que hacía que había abandonado el barco, y un prometedor estudiante con pinta de encontrarse en una situación para la que no había sido debidamente instruido.</p>
<p>- Señora, empezamos a alejarnos bastante del ágora, ¿no puede enseñarme lo que sea aquí mismo?</p>
<p>- No te preocupes, mi impulsivo doncel. Una pequeña caminata no debe ser obstáculo para un joven tan fornido y apuesto como tú.</p>
<p>La anciana hundió un poco más sus dedos huesudos en el brazo del estudiante e, ignorando los quejidos que emitía su joven erómeno, lo arrastró hasta un balcón delicadamente engalanado con enredaderas y flores aromáticas, desde el que se divisaba toda la ciudad. Una vez allí, la anciana se volvió hacia su acompañante al tiempo que acariciaba un ánfora de forma pretendidamente insinuante.</p>
<p>- Entonces, ¿todos los estudiantes lucen atributos tan apolíneos como los tuyos, o debe considerarse como una atención especial de los dioses?</p>
<p>El estudiante se acariciaba el brazo, que aún guardaba la memoria de los huesos de la anciana en su carne.</p>
<p>- Honestamente, no se si apolíneo es el adjetivo más adecuado…</p>
<p>- Por favor, la humildad es el consuelo de los que no tienen nada de qué presumir. Vuestra silueta, en cambio…</p>
<p>- Señora, me parece que esperáis ser complacida de alguna manera que no me atrevo a imaginar, y mañana tengo que…</p>
<p>- Oh, no os riáis de mí. Sin duda una mente tan despierta como la vuestra debe conocer infinitas maneras para satisfacer a una dama.</p>
<p>En la despierta mente del estudiante hacía un rato que se agolpaban imágenes de terribles accidentes de carretas y emboscadas a la vuelta de un matorral traicionero.</p>
<p>- Quizás si fuéramos a un lugar más iluminado y concurrido podría leerle algún pasaje de…</p>
<p>- Observo que te falta perspectiva, gorrioncillo.</p>
<p>La anciana  puso los brazos en ánfora y decidió pasar de los dobles sentidos de alcoba a los de campaña. Con cada frase suya enviaba un par de caballos de Troya dialécticos hasta arriba de soldados hacinados, acalorados, hambrientos, probablemente con urgencias fisiológicas que aliviar desde hace horas y que matarán por un poco de aire fresco. El estudiante era el mocoso que se pone a jugar al frontón usando el caballo de pared.</p>
<p>- Una mente tan brillante e inquieta como la vuestra debe alumbrar gran cantidad de excitantes proyectos. Proyectos que se beneficiarán enormemente del apoyo financiero que puede aportar una dama como yo.</p>
<p>- Señora, dadme tan sólo una rama seca y tierra en la que poder dibujar; nada más necesita el verdadero sabio: quebrantará así la lengua de los charlatanes.</p>
<p>- ¿Y las influencias? No podéis negar que no todos los oídos son igual de valiosos, y que más vale predicar un vez en el foro adecuado que mil veces entre cardos y alimañas.</p>
<p>- Si una idea es cierta, se sostiene y difunde por sí misma: lo más veloz es el entendimiento, que corre por todo.</p>
<p>- Pero bueno, ¿afirmáis entonces que no os interesa nada de lo que os rodea?</p>
<p>El estudiante levantó la mirada hacia el firmamento y dejó que la luz de miles de estrellas bañase su rostro, otorgándole la prestancia de un semidiós esculpido en piedra.</p>
<p>-A veces, cuando contemplo la inmensidad de la cúpula celestial, las estrellas observándonos impasibles desde el firmamento como los fríos ojos escrutadores de Minerva…</p>
<p>-Lo que vos digáis&#8230; Esta túnica me aprieta; a ver si aflojándola un poco…</p>
<p>-… y los mecanismos que gobiernan la naturaleza, toda esta diversidad  animada por un único mandato ignoto&#8230;</p>
<p>-… entre las cataratas y el tembleque esto es toda una hazaña &#8230;</p>
<p>-… o el voluptuoso caudal de las aguas, origen, sustrato y causa de aquello que nos rodea…</p>
<p>-… ¿eso era un zafiro o mi prótesis dental?…</p>
<p>-… la humedad de la que proviene toda vida, toda esta belleza y armonía…</p>
<p>-… oh, vaya. Me silban los oídos…</p>
<p>-… a veces me pregunto qué es, en realidad, todo esto.</p>
<p>-¿Y no sientes curiosidad también por todo ESTO?</p>
<p>La túnica, el peplo, el himatión, y saben los dioses cuántas prendas más, yacían en los tobillos de la anciana, que se ofrecía con los brazos abiertos al aterrorizado estudiante. Horrorizado, arrancado de su arrebato místico por un desnudo que haría gritar de agonía a los tres jueces del Inframundo, el estudiante echó a correr de la forma en que la trigonometría más básica le aconsejaba: en línea recta hacia el punto de fuga.</p>
<p>Acto seguido, el firme devino en éter y el estudiante se precipitó en la oscuridad nada confortable de una zanja. Desde el fondo, aún confuso sobre la posición y el estado general de varios de sus miembros, pudo ver cómo la anciana se asomaba sujetando su túnica con las manos y exhibiendo la amplia sonrisa desdentada por la que, según decían, el Hades en asamblea extraordinaria había decidido otorgarla una moratoria indefinida, hasta que no quedase más remedio que aceptarla. La anciana profería grandes risotadas y silbaba entre dientes:</p>
<p>- ¿Cómo pretendes, Tales, saber acerca de los cielos, cuando no ves lo que hay debajo de tus pies?</p>
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		<title>El Café des Gaspiller</title>
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		<pubDate>Thu, 23 Sep 2010 06:05:36 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Nihilia</dc:creator>
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		<description><![CDATA[Son pocos los afortunados que han oído hablar sobre los formidables acontecimientos que sucedieron, hace ya cerca de ochenta años, en el Café des Gaspiller, y que convulsionaron el mundo del pensamiento occidental hasta un punto difícil de imaginar. Probablemente usted mismo sea, sin saberlo, un hijo intelectual de aquella extraordinaria noche. El Café des [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p style="text-align: justify;">Son pocos los afortunados que han oído hablar sobre los formidables acontecimientos que sucedieron, hace ya cerca de ochenta años, en el Café des Gaspiller, y que convulsionaron el mundo del pensamiento occidental hasta un punto difícil de imaginar. Probablemente usted mismo sea, sin saberlo, un hijo intelectual de aquella extraordinaria noche. El Café des Gaspiller era un popular y exclusivo centro de reunión de intelectuales de la época; fueron pocos los pensadores, filósofos, científicos, políticos o artistas que no acudieron a templarse el alma con un trago de “99 octanos”, la especialidad de la casa, o que no se alegraron la vista contemplando a Justine, la popular camarera del local, cuyo vestuario fue definido en una ocasión por un conocido político de la época como “descapotable”.</p>
<p style="text-align: justify;">Muchas fueron las leyendas que corrieron de boca en boca sobre las tertulias del local. Se rumoreaba, por ejemplo, que un día apareció por el local un eminente físico teórico que comenzó a cuestionar la naturaleza predecible y ordenada de la realidad, afirmando que esta es “un mero constructo mental” y que él sólo creía “en los átomos, las partículas y particularmente en las pechugas de Justine”. Entonces un respetado obispo que se encontraba entre la audiencia de tapadillo, ofendido ante el relativismo moral que eso planteaba y ante la posibilidad de perderse las jugosas confesiones de Justine, lanzó un montón de átomos de ladrillo sobre el montón de átomos de físico desprevenido, que salió del local recogiendo sus dientes y habiendo recuperado la perspectiva newtoniana del universo. Supuestamente este episodio retrasó el desarrollo de la física cuántica en varios años.</p>
<p style="text-align: justify;">Sin embargo aquel incidente no sería, ni por asomo, el más relevante de cuantos sucedieron en el Café des Gaspiller. Hay varias versiones de la historia que compiten por ser la traducción más veraz de los hechos, con mayor o menor grado de fiabilidad, si bien hay cierto consenso acerca su inicio. Varios testigos afirmaron que, en el epicentro de lo que se conoció como “la tragedia del tugurio ese, el que estaba siempre oscuro y lleno de gente rara”, se encontraban Maximillien Langdoc, un reputado filósofo racionalista, y un misterioso hombre conocido como Sesga, un supuesto dramaturgo de vanguardia del que no se conserva registro alguno.</p>
<p style="text-align: justify;">La existencia de Sesga es un verdadero misterio. Por diversos testimonios tenemos una idea aproximada de su procedencia: su voluble temperamento, su heroica ingesta de espirituosos y, sobre todo, su afición a dejar largas facturas a cuenta, hablan de su origen mediterráneo con más locuacidad que un rastro de carmín en unos calzoncillos. Sabemos también de sus manejos en el mundo del teatro por un conocido cercano, ocasional compañero de correrías nocturnas, quien tras ser interrogado brevemente por los sucesos del Café des Gaspiller, se agazapó en una esquina y procedió a chuparse fanáticamente el pulgar mientras se oprimía el lóbulo de una oreja. No hubo manera de sacarle de su mutismo.</p>
<p style="text-align: justify;">Queda claro, pues, que tan sólo disponemos de información acerca de Sesga por los testimonios de aquellos que asistieron a los insólitos acontecimientos del Café des Gaspiller, en una lluviosa noche de invierno. Según revelan nuestras pesquisas, Maximillien Langdoc debía encontrarse departiendo amigablemente con un par de conocidos cuando Sesga se precipitó dentro del Café. Completamente empapado por fuera y terriblemente desecado por dentro, Sesga se dirigió a la barra para reducir el desequilibrio entre ambos estados, y fue allí donde debió producirse el fatal encuentro.</p>
<p style="text-align: justify;">Existen varias versiones, contradictorias entre ellas, acerca de cuánto tiempo pasó hasta que el uno se cruzó con el otro; sin embargo varios testigos afirman que, para cuando lo hicieron, ambos caminaban “como si se encontrasen en la bodega de un barco que atraviesa el padre de todos los huracanes”. Sesga y Langdoc comenzaron a charlar animadamente al principio, e incluso se tiene constancia de que ambos departieron amigablemente durante un buen rato, hasta que Langdoc sacó a relucir su concepto de la realidad.</p>
<p style="text-align: justify;">Langdoc expuso, en términos generales, que el universo es un todo ordenado y que, mediante los procedimientos de la razón, todos sus principios pueden ser deducidos por completo; el universo tiene, por tanto, sentido, y explicarlo es tan sólo cuestión de tiempo. Sesga escuchó atenta y educadamente a su interlocutor y, una vez hubo terminado su disertación, agarró una botella de la barra y la estalló en su cabeza para después susurrarle al oído, mientras se convulsionaba en el suelo: “entonces explica esto”. Evidentemente Sesga invocaba, mediante ese acto, la existencia del absurdo en el universo y, por ende, la inviabilidad de la razón como única herramienta para desentrañar su esencia.</p>
<p style="text-align: justify;">Sin embargo Sesga no debió quedar del todo satisfecho con su argumentación. La verdad es que aún era posible, e incluso sencillo, deducir la lógica dialéctica que le había llevado a actuar de tal manera. Se dio cuenta de que, para demostrar su tesis, debía llevar a cabo un acto verdaderamente irracional, un puro sinsentido que abriese definitivamente las mentes de sus compañeros. Probó suerte agrediendo a los compañeros de Langdoc mediante sendas patadas en la entrepierna, ante la algarabía general, pero pronto determinó que aquella línea de pensamiento era demasiado continuista: nunca produciría los resultados deseados.</p>
<p style="text-align: justify;">Dedujo entonces que, si quería alcanzar el absurdo absoluto, primero debía sacudirse de encima la carga de los convencionalismos. Consecuentemente se abalanzó sobre el resto de asistentes con renovada fiereza. Varios clientes comprendieron intuitivamente la metodología de Sesga, o iban tan borrachos como para despreciar el dolor de un directo al mentón, y en pocos segundos el bar se convirtió en una gigantesca y vibrante trifulca ideológica. Varios testigos afirman que, durante el tiempo que duró la pelea, escucharon con nitidez una melodía de pianola, sin que tal instrumento se encontrase en el local en ningún momento.</p>
<p style="text-align: justify;">Sin embargo, Sesga se dio cuenta al observar el enloquecido local de que, al tratar de romper con los antiguos convencionalismos, había creado sin querer otros nuevos. Soltó las solapas del tipo que tenía agarrado, que se derrumbó como un pelele. Mortificado por la inexorable causalidad de sus actos, abandonó compungido el Café des Gaspiller, mientras pasaban volando a su alrededor sillas y restos de botellas. Tras haber alcanzado una cierta distancia de seguridad, Sesga se sentó en la acera y encendió un cigarrillo.</p>
<p style="text-align: justify;">El problema era que, aunque para un espectador externo todo hubiese sido un absoluto sinsentido, para él, conocedor de sus propias intenciones, no había sido más que el producto lógico de una serie de deducciones. “Si hubiese un creador”, reflexionó, “o un principio rector del universo, se sentiría exactamente como yo en este momento”. Se conocen sus últimas reflexiones porque las escribió sobre un pecho de Justine, que consiguió salir del café sin apenas magulladuras. En el otro escribió: “Somos nuestro propio Dios”.</p>
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		<title>Tercer capítulo</title>
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		<pubDate>Mon, 29 Sep 2008 00:20:26 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Timoteo</dc:creator>
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		<category><![CDATA[Ladrillo]]></category>

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		<description><![CDATA[[ Uno, Dos ] Hacía poco que había terminado la carrera y empezado a trabajar en una oficina de nueve a siete. Sin embargo, a pesar de mis estudios de Ingeniería, siempre me sentí atraído por el mundo de las Letras, y me había esforzado en hacer y mantener amistades fuera de los círculos científicos [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><em>[ <a title="Primer capítulo" href="http://lacallecita.es/ministerio-del-ensayo-y-el-error/primer-capitulo/">Uno</a>, <a href="http://lacallecita.es/ministerio-del-ensayo-y-el-error/segundo-capitulo/">Dos</a> ]</em></p>
<p>Hacía poco que había terminado la carrera y empezado a trabajar en una oficina de nueve a siete. Sin embargo, a pesar de mis estudios de Ingeniería, siempre me sentí atraído por el mundo de las Letras, y me había esforzado en hacer y mantener amistades fuera de los círculos científicos y tecnológicos. Quería ser escritor. O eso me decía.</p>
<p>Me gustaba escribir, aunque la verdad es que escribía poco, convencido casi siempre de que tenía otras obligaciones más inmediatas y más mundanas que atender.</p>
<p>Carecía de sentido del ritmo y capacidad para crear imágenes, por lo que hacía años que había desistido de intentar hacer poesía. Del mismo modo, carecía de la constancia necesaria para desarrollar una novela, incapaz de mantener el interés por un mismo tema más allá de una o dos semanas. Así que, como mucho, de vez en cuando, escribía relatos de dos o tres páginas y artículos de opinión que, a falta de un periódico o revista, publicaba en un <em>blog</em> en el que sólo entraban algunos conocidos.</p>
<p>Lo que realmente me atraía era el mundo de los escritores, o al menos la idea romántica que yo tenía: gente que vive de noche, entregada a emborracharse conversando sobre literatura, filosofía, política: la vida. Una vida desordenada, sin horarios de oficina, cercana al hedonismo. Como una estrella de rock pero sin las interminables horas de furgoneta entre concierto y concierto. La única ruta que yo admitía era la que llevaba de bar en bar en busca de la penúltima copa. Escribir era algo secundario.</p>
<p>De forma vaga pensaba que a través de mis amistades podía meter la cabeza en &#8216;el mundo de la cultura&#8217; y, tal vez, en algún momento, intentar el asalto a la literatura con algún agente infiltrado como apoyo. Por el momento me limitaba a establecer contactos y presentarme como &#8216;ingeniero y escritor&#8217;. A nadie le importaba lo que escribiera, así que no escribir no representaba un problema; y si alguien se interesaba por mis creaciones, me quejaba del mercado y maldecía por tener que trabajar como ingeniero para subsistir. En realidad, creo que tenía pánico a intentar dar el salto y estrellarme. Mientras pudiera seguir postergándolo era un triunfador en potencia.</p>
<p>Guillermo, una de aquellas amistades que había hecho en mi etapa universitaria, había conseguido al fin, tras muchos esfuerzos, vender un guión de cine. A costa de aparecer como coautor, en pequeñito, mientras la gloria se la llevaba uno de los grandes nombres del país; pero por entonces daba igual, nada podía empañar la ilusión de ver una creación salida de su cabeza en la pantalla.</p>
<p>Tras la presentación oficial de la película me invitó a la otra fiesta, la del equipo, en un descomunal ático en el centro de Madrid. Muchas caras conocidas, abundante alcohol, drogas a granel. Deambulé por allí un rato en compañía de Guillermo, de corro en corro, mientras me emborrachaba y el ambiente se iba cargando de humo. Luego nos separamos y me quedé solo buscando a alguien interesante con quien entablar conversación. Desistí al poco tiempo, desmoralizado: aquella gente no era tan interesante, o no aquella noche. Empecé a dudar que aquél fuera mi mundo. Agarré una botella de whisky y una buena provisión de hielos y salí a la terraza a respirar aire fresco.</p>
<p>Afuera había un par de grupos charlando animadamente. En uno de ellos un actor de reparto ligaba con dos chicas que debían ser de peluquería y maquillaje. En el otro se oían estruendosas carcajadas. Me fui a un extremo y me recliné en el pretil a contemplar la noche madrileña.</p>
<p>Estaba absorto en el tráfico y no oí los pasos que se acercaban. Una voz dulce dijo cerca de mi oído:</p>
<p>-¿Y tú de quién eres?</p>
<p>Me volví algo sobresaltado. A mi lado estaba una chica de ojos oscuros y franca sonrisa, falda a media altura y generoso escote para sus pechos pequeños. Su aliento olía a alcohol.</p>
<p>-¿Perdón?</p>
<p>-Tú no eres de la película, ¿verdad? ¿Con quién has venido? -fruncía el ceño ligeramente al hablar, como si decir cada palabra exigiera una gran concentración, y luego componía una sonrisa expectante.</p>
<p>-Con el guionista -sonreí al comprender y porque, en el fondo, era imposible que no se contagiara su sonrisa-. La última vez que le vi estaba metiéndose unas rayas con el director.</p>
<p>-Bueno, ¿y qué haces aquí solo?</p>
<p>-Tomando el fresco, el ambiente ahí dentro está demasiado cargado. Y beber -añadí señalando la botella de whisky.</p>
<p>Se apuntó con admirable entusiasmo al plan. Tanto que me costaba seguir su ritmo y hasta me hizo temer por su hígado. Pero lo cierto es que, una vez alcanzado su nivel alcohólico, aunque algo alocada e incoherente, la chica tenía una conversación interesante, hasta fascinante: conseguía absorber mi atención por completo, hacerme sentir importante mientras escuchaba mis respuestas y argumentaciones cada vez más apasionadas.</p>
<p>Durante las horas siguientes conversamos con fluidez, con una facilidad que nunca había tenido ante una mujer, y creo que tampoco ante ningún hombre. Aquella noche estaba inspirado e ingenioso, espoleado por el escocés y su atenta mirada.</p>
<p>Cuando la botella se acabó hizo un mohín de enfado. Yo me alegré, porque difícilmente habría podido seguir en pie de haber continuado bebiendo, y me preocupé, porque eso podía poner fin a nuestra charla. No quería separarme de ella. </p>
<p>-¿Vamos a otro sitio? -propuso. A punto estuve de estallar de gozo: aquella noche prometía acabar bien.</p>
<p>-¿A dónde quieres ir?</p>
<p>-A cualquier sitio donde sirvan whisky y podamos hablar tranquilos.</p>
<p>-Conozco el sitio perfecto.</p>
<p>Por supuesto, pensaba llevarla a mi casa, no muy lejos de allí. No cierra y siempre escondo una botella de reserva por si hay una emergencia. </p>
<p>-Un momento, voy a ver si encuentro al guionista para despedirme -dije. En realidad no me importaba tanto despedirme como restregarle mi pequeño triunfo.</p>
<p>-Bueno. Yo no necesito despedirme de Pablo.</p>
<p>-¿Pablo?</p>
<p>-Mi marido.</p>
<p>-¿Tu marido?</p>
<p>-¿El abogado que lleva los contratos?</p>
<p>-Creo que lo recordaría si lo hubieras mencionado.</p>
<p>-¿Nos vamos o no?</p>
<p>Vacilé un instante y acepté. ¿Por qué tenía que cambiar las cosas el hecho de que estuviera casada?</p>
<p>Durante el camino a casa la interrogué. Se había casado hacía un año, un flechazo con un abogado algo mayor que ella que parecía conocer a todo famoso del país. La introdujo a un atractivo mundo de colores brillantes, ella quedó hechizada y se casaron con sólo unos meses de relación. El hechizo, claro, dejó de funcionar al poco de casarse, él estaba muy volcado con su trabajo y, según sospechaba ella, le era infiel. En todo era una desprotegida víctima. A mí no me parecía tan inocente, pero hice como si me lo creyera. Algo de verdad debía haber en el fondo. Y si ella quería vengarse de su marido conmigo, ¿por qué no disfrutarlo?</p>
<p>Nos servimos otra copa y nos sentamos en el sofá midiéndonos, sopesando si era el momento de pasar a la acción o al menos de abandonar la conversación trascendental por otra más banal, más cercana al abierto flirteo. Yo todavía me debatía sobre la idoneidad de liarme con una mujer casada. Tomé la decisión de compromiso de no tomar la iniciativa: todo lo que había pasado y todo lo que pasara habría sido culpa suya. Yo sólo me dejaba llevar.</p>
<p>Habló ella primero, retomando la charla interrumpida, y yo me entregué sin luchar. Las mujeres eran criaturas que habitaban en una esfera diferente y de vez en cuando tenían a bien descender sobre mí por razones incomprensibles, así que simplemente había que aceptar y disfrutar esos momentos, sin afligirse por los que no llegaban, pues son ellas las que eligen. A lo mejor aún le quedaba algo de inocencia y sí que tenía reparos en engañar a su marido. A mí me salvó de mi dilema moral. Además, escucharla era fascinante, hablarle un estimulante reto y yo siempre he tenido debilidad por una conversación interesante caldeada con alcohol: pierdo la noción del tiempo y no necesito nada más, me basta con ese placer intelectual. Aquella noche no fue una excepción.</p>
<p>Nos sorprendió el sol todavía hablando y bebiendo, hasta que la claridad en el cielo de Madrid se tornó en luz diurna y no pudimos seguir ignorándola. El cansancio también empezaba a pesar.</p>
<p>-Debería irme -confesó al fin.</p>
<p>Yo intenté retenerla, ofrecerle otra copa más, un desayuno, una cama para recuperar fuerzas antes de volver a casa.</p>
<p>-No lo estropees. Ha sido una noche maravillosa.</p>
<p>Tuve que admitir que yo también había disfrutado y dejarla marchar. Sólo me quedaba una duda, que hasta entonces no había tenido importancia y que ahora sentía un tanto absurda plantear.</p>
<p>-¿Cómo te llamas?</p>
<p>-Julia.</p>
<p>Como despedida me dio dos castos besos y dejó su perfume y su sonrisa flotando en mi salón.</p>
<p style="text-align: center;">***</p>
<p>Pasé los días siguientes intentando convencerme de que no acostarme con ella había sido lo mejor que me podía haber pasado. No quería complicarme la vida con una mujer casada. Siempre había creído que las relaciones de pareja eran lo suficientemente complejas de por sí como para ir buscando una con título de compleja.</p>
<p>Intenté convencerme, pero no lo conseguí. El recuerdo de aquella noche no se borraba. Al contrario, sus labios se iban volviendo más carnosos y sus palabras más afiladas: la mujer de mis sueños y la había dejado escapar sin averiguar su número de teléfono. Sólo tenía un nombre y alguna pista acerca de quién era su marido.</p>
<p>Llamé a Guillermo para tirar de ese escaso hilo. Sin resultado. Juraba y perjuraba que el abogado con el que él había firmado era un cincuentón casado con una mujer de su edad, según le había dado a entender, y que era el tipo de hombre que hubiese dejado bien claro que se beneficiaba a una atractiva veinteañera. Y no, hasta donde él sabía no había otro abogado dedicado a esas tareas.</p>
<p>Perfecto. Así que ya sólo tenía su descripción y su nombre, suponiendo que no fuera también falso. La búsqueda pintaba realmente complicada. Tanto, que volví a intentar convencerme de que aquello era una advertencia del destino para que cejase en mi empeño, una suerte en el fondo. Nunca he creído en el destino, pero en ocasiones he pensado que quizás debí hacerle caso.</p>
<p>Una tarde, volviendo en metro del trabajo por una ruta poco habitual, vi al otro extremo del vagón una silueta de mujer que me hizo recordar a la que me había tenido en vela las últimas semanas. Estaba de espaldas, con unos vaqueros y una cazadora, nada que ver con el vestido que yo había conocido, pero supe que era ella. Era la tercera vez que me ocurría aquel día. No tuve tiempo para acercarme y desengañarme, pues se bajó en la siguiente estación. Tras dudar un instante, salté al andén y comencé a perseguirla. Había demasiada gente como para poder alcanzarla, así que grité su nombre, en vista de que no se enteraba cada vez más fuerte, cada vez más angustiado. La gente empezó a volverse, hasta que incluso ella se interesó por el escándalo que alguien estaba montando a su espalda. No era Julia.</p>
<p>-Julia -musité, triste y empezando a sentir cierta vergüenza por la escena que acababa de protagonizar.</p>
<p>-¿Me buscabas? &#8211; susurró una voz dulce cerca de mi oído.</p>
<p>Esta vez no la dejé escapar.</p>
<p><em>[ <a href="http://lacallecita.es/ministerio-del-ensayo-y-el-error/cuarto-capitulo/">Cuatro</a> ]</em></p>
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