Archivo de ‘Ministerio del Ensayo y el Error’

Como en los erizos

Por Timoteo | 4 diciembre 2010

El frío busca los resquicios donde besarte como un amante los portales oscuros. Palpa y palpa hasta que lo apartas de un manotazo, pero sabes que volverá por más. Cualquier resquicio en la bufanda y hacia el pecho, un desajuste en el abrigo y sube por la espalda, incluso a través de la ropa, las piernas son cada vez menos tuyas. Todo lo quiere.

Marina hunde un poco más la barbilla en la bufanda intentando hurtar su cuello al viento y se arrebuja en su enorme abrigo. Aprieta las manos enguantadas en los bolsillos contra su vientre. Aprieta los dientes. Sobre el Sena, sin resguardo y con el aire volviéndose agua, el invierno se ensaña. Cristales de hielo entran hasta los pulmones. El frío también ataca desde dentro.

Pasos rápidos. Marina sabe que la clave es no parar, aunque las sombras del puente le llamen para que se pare a contemplar las gélidas aguas. Las mismas sombras que en verano le hacían promesas de amor hoy murmuran entre los listones, donde el río lame los pilares con su lengua eterna.

A la manera de una hormiga, había estado cosechando amor durante todo el verano con la esperanza de usarlo de combustible invernal. Ella mencionó Rayuela, él rió, habló de encuentros casuales y causales y se descubrieron cómplices. Encontró su andar desgarbado en todos los horizontes de la ciudad. Sus ojos de miel la fotografiaron por los jardines de agosto. Por las noches, revelaba su sonrisa contra el techo de la habitación. Las lluvias del otoño lo empaparon todo, dejándolo inservible. No apto para consumo humano. Ahora un corazón calado apenas desprende calor y cruzar el Pont des Arts es más duro que atravesar París entero.

Una tarde de esos últimos días de otoño en que el verano vuelve para despedirse, tras ver a los árboles comenzar a despojarse de sus hojas sobre el canal Saint-Martin, Luis le dijo que estaba enamorado. Marina le cogió la mano y, antes de que pudiera responder nada, él precisó que de otra. Mantuvo la sonrisa como pudo. Le estaba pidiendo su consejo de amiga. Aguantó el resto de los golpes como un sparring profesional. Se negó con suavidad a dar consejos, como siempre hacía por principio, pues apenas sabía tomar decisiones en su propia vida. Él no quería asesoramiento, sino oírse decir ciertas cosas en alto y convencerse de que venían de fuera. Al final de la conversación se dio cuenta de que no le había soltado la mano.

Las siguientes semanas fueron lluviosas. Marina veía las ventanas impregnarse de humedad a través de sus ojos empañados. Luego el agua fue dejando paso al frío. Tuvo que subir la calefacción y sacar otra manta, con la caída del sol parecía filtrarse hasta los huesos.

Ya las palabras se congelan al contacto con el aire. Deja suspendido un suspiro cuando alcanza la otra orilla. Ha conseguido cruzar una noche más.

Basado en hechos reales

Por Nihilia | 19 noviembre 2010

Prólogo de “El Mutista”. No esperen pronto el resto.

El manto estrellado de Morfeo titilaba sereno sobre los campos de olivares, mecidos por la brisa nocturna del Mar Egeo. El único obstáculo reseñable a su avance era la ciudad de Mileto, fundada en la noche de los tiempos por un apuesto y bien formado efebo, que escapaba de un admirador demasiado fogoso y regio para su gusto y de su demasiado sanguinario y bien entrenado ejército.

Dos figuras cruzaban la acrópolis sin demasiada convicción; al menos una de ellas parecía no tenerlas todas consigo. Era una pareja compuesta por una vieja aristócrata, de cuya belleza podía decirse que era legendaria por la cantidad de tiempo que hacía que había abandonado el barco, y un prometedor estudiante con pinta de encontrarse en una situación para la que no había sido debidamente instruido.

- Señora, empezamos a alejarnos bastante del ágora, ¿no puede enseñarme lo que sea aquí mismo?

- No te preocupes, mi impulsivo doncel. Una pequeña caminata no debe ser obstáculo para un joven tan fornido y apuesto como tú.

La anciana hundió un poco más sus dedos huesudos en el brazo del estudiante e, ignorando los quejidos que emitía su joven erómeno, lo arrastró hasta un balcón delicadamente engalanado con enredaderas y flores aromáticas, desde el que se divisaba toda la ciudad. Una vez allí, la anciana se volvió hacia su acompañante al tiempo que acariciaba un ánfora de forma pretendidamente insinuante.

- Entonces, ¿todos los estudiantes lucen atributos tan apolíneos como los tuyos, o debe considerarse como una atención especial de los dioses?

El estudiante se acariciaba el brazo, que aún guardaba la memoria de los huesos de la anciana en su carne.

- Honestamente, no se si apolíneo es el adjetivo más adecuado…

- Por favor, la humildad es el consuelo de los que no tienen nada de qué presumir. Vuestra silueta, en cambio…

- Señora, me parece que esperáis ser complacida de alguna manera que no me atrevo a imaginar, y mañana tengo que…

- Oh, no os riáis de mí. Sin duda una mente tan despierta como la vuestra debe conocer infinitas maneras para satisfacer a una dama.

En la despierta mente del estudiante hacía un rato que se agolpaban imágenes de terribles accidentes de carretas y emboscadas a la vuelta de un matorral traicionero.

- Quizás si fuéramos a un lugar más iluminado y concurrido podría leerle algún pasaje de…

- Observo que te falta perspectiva, gorrioncillo.

La anciana puso los brazos en ánfora y decidió pasar de los dobles sentidos de alcoba a los de campaña. Con cada frase suya enviaba un par de caballos de Troya dialécticos hasta arriba de soldados hacinados, acalorados, hambrientos, probablemente con urgencias fisiológicas que aliviar desde hace horas y que matarán por un poco de aire fresco. El estudiante era el mocoso que se pone a jugar al frontón usando el caballo de pared.

- Una mente tan brillante e inquieta como la vuestra debe alumbrar gran cantidad de excitantes proyectos. Proyectos que se beneficiarán enormemente del apoyo financiero que puede aportar una dama como yo.

- Señora, dadme tan sólo una rama seca y tierra en la que poder dibujar; nada más necesita el verdadero sabio: quebrantará así la lengua de los charlatanes.

- ¿Y las influencias? No podéis negar que no todos los oídos son igual de valiosos, y que más vale predicar un vez en el foro adecuado que mil veces entre cardos y alimañas.

- Si una idea es cierta, se sostiene y difunde por sí misma: lo más veloz es el entendimiento, que corre por todo.

- Pero bueno, ¿afirmáis entonces que no os interesa nada de lo que os rodea?

El estudiante levantó la mirada hacia el firmamento y dejó que la luz de miles de estrellas bañase su rostro, otorgándole la prestancia de un semidiós esculpido en piedra.

-A veces, cuando contemplo la inmensidad de la cúpula celestial, las estrellas observándonos impasibles desde el firmamento como los fríos ojos escrutadores de Minerva…

-Lo que vos digáis… Esta túnica me aprieta; a ver si aflojándola un poco…

-… y los mecanismos que gobiernan la naturaleza, toda esta diversidad animada por un único mandato ignoto…

-… entre las cataratas y el tembleque esto es toda una hazaña …

-… o el voluptuoso caudal de las aguas, origen, sustrato y causa de aquello que nos rodea…

-… ¿eso era un zafiro o mi prótesis dental?…

-… la humedad de la que proviene toda vida, toda esta belleza y armonía…

-… oh, vaya. Me silban los oídos…

-… a veces me pregunto qué es, en realidad, todo esto.

-¿Y no sientes curiosidad también por todo ESTO?

La túnica, el peplo, el himatión, y saben los dioses cuántas prendas más, yacían en los tobillos de la anciana, que se ofrecía con los brazos abiertos al aterrorizado estudiante. Horrorizado, arrancado de su arrebato místico por un desnudo que haría gritar de agonía a los tres jueces del Inframundo, el estudiante echó a correr de la forma en que la trigonometría más básica le aconsejaba: en línea recta hacia el punto de fuga.

Acto seguido, el firme devino en éter y el estudiante se precipitó en la oscuridad nada confortable de una zanja. Desde el fondo, aún confuso sobre la posición y el estado general de varios de sus miembros, pudo ver cómo la anciana se asomaba sujetando su túnica con las manos y exhibiendo la amplia sonrisa desdentada por la que, según decían, el Hades en asamblea extraordinaria había decidido otorgarla una moratoria indefinida, hasta que no quedase más remedio que aceptarla. La anciana profería grandes risotadas y silbaba entre dientes:

- ¿Cómo pretendes, Tales, saber acerca de los cielos, cuando no ves lo que hay debajo de tus pies?

El Café des Gaspiller

Por Nihilia | 23 septiembre 2010

Son pocos los afortunados que han oído hablar sobre los formidables acontecimientos que sucedieron, hace ya cerca de ochenta años, en el Café des Gaspiller, y que convulsionaron el mundo del pensamiento occidental hasta un punto difícil de imaginar. Probablemente usted mismo sea, sin saberlo, un hijo intelectual de aquella extraordinaria noche. El Café des Gaspiller era un popular y exclusivo centro de reunión de intelectuales de la época; fueron pocos los pensadores, filósofos, científicos, políticos o artistas que no acudieron a templarse el alma con un trago de “99 octanos”, la especialidad de la casa, o que no se alegraron la vista contemplando a Justine, la popular camarera del local, cuyo vestuario fue definido en una ocasión por un conocido político de la época como “descapotable”.

Muchas fueron las leyendas que corrieron de boca en boca sobre las tertulias del local. Se rumoreaba, por ejemplo, que un día apareció por el local un eminente físico teórico que comenzó a cuestionar la naturaleza predecible y ordenada de la realidad, afirmando que esta es “un mero constructo mental” y que él sólo creía “en los átomos, las partículas y particularmente en las pechugas de Justine”. Entonces un respetado obispo que se encontraba entre la audiencia de tapadillo, ofendido ante el relativismo moral que eso planteaba y ante la posibilidad de perderse las jugosas confesiones de Justine, lanzó un montón de átomos de ladrillo sobre el montón de átomos de físico desprevenido, que salió del local recogiendo sus dientes y habiendo recuperado la perspectiva newtoniana del universo. Supuestamente este episodio retrasó el desarrollo de la física cuántica en varios años.

Sin embargo aquel incidente no sería, ni por asomo, el más relevante de cuantos sucedieron en el Café des Gaspiller. Hay varias versiones de la historia que compiten por ser la traducción más veraz de los hechos, con mayor o menor grado de fiabilidad, si bien hay cierto consenso acerca su inicio. Varios testigos afirmaron que, en el epicentro de lo que se conoció como “la tragedia del tugurio ese, el que estaba siempre oscuro y lleno de gente rara”, se encontraban Maximillien Langdoc, un reputado filósofo racionalista, y un misterioso hombre conocido como Sesga, un supuesto dramaturgo de vanguardia del que no se conserva registro alguno.

La existencia de Sesga es un verdadero misterio. Por diversos testimonios tenemos una idea aproximada de su procedencia: su voluble temperamento, su heroica ingesta de espirituosos y, sobre todo, su afición a dejar largas facturas a cuenta, hablan de su origen mediterráneo con más locuacidad que un rastro de carmín en unos calzoncillos. Sabemos también de sus manejos en el mundo del teatro por un conocido cercano, ocasional compañero de correrías nocturnas, quien tras ser interrogado brevemente por los sucesos del Café des Gaspiller, se agazapó en una esquina y procedió a chuparse fanáticamente el pulgar mientras se oprimía el lóbulo de una oreja. No hubo manera de sacarle de su mutismo.

Queda claro, pues, que tan sólo disponemos de información acerca de Sesga por los testimonios de aquellos que asistieron a los insólitos acontecimientos del Café des Gaspiller, en una lluviosa noche de invierno. Según revelan nuestras pesquisas, Maximillien Langdoc debía encontrarse departiendo amigablemente con un par de conocidos cuando Sesga se precipitó dentro del Café. Completamente empapado por fuera y terriblemente desecado por dentro, Sesga se dirigió a la barra para reducir el desequilibrio entre ambos estados, y fue allí donde debió producirse el fatal encuentro.

Existen varias versiones, contradictorias entre ellas, acerca de cuánto tiempo pasó hasta que el uno se cruzó con el otro; sin embargo varios testigos afirman que, para cuando lo hicieron, ambos caminaban “como si se encontrasen en la bodega de un barco que atraviesa el padre de todos los huracanes”. Sesga y Langdoc comenzaron a charlar animadamente al principio, e incluso se tiene constancia de que ambos departieron amigablemente durante un buen rato, hasta que Langdoc sacó a relucir su concepto de la realidad.

Langdoc expuso, en términos generales, que el universo es un todo ordenado y que, mediante los procedimientos de la razón, todos sus principios pueden ser deducidos por completo; el universo tiene, por tanto, sentido, y explicarlo es tan sólo cuestión de tiempo. Sesga escuchó atenta y educadamente a su interlocutor y, una vez hubo terminado su disertación, agarró una botella de la barra y la estalló en su cabeza para después susurrarle al oído, mientras se convulsionaba en el suelo: “entonces explica esto”. Evidentemente Sesga invocaba, mediante ese acto, la existencia del absurdo en el universo y, por ende, la inviabilidad de la razón como única herramienta para desentrañar su esencia.

Sin embargo Sesga no debió quedar del todo satisfecho con su argumentación. La verdad es que aún era posible, e incluso sencillo, deducir la lógica dialéctica que le había llevado a actuar de tal manera. Se dio cuenta de que, para demostrar su tesis, debía llevar a cabo un acto verdaderamente irracional, un puro sinsentido que abriese definitivamente las mentes de sus compañeros. Probó suerte agrediendo a los compañeros de Langdoc mediante sendas patadas en la entrepierna, ante la algarabía general, pero pronto determinó que aquella línea de pensamiento era demasiado continuista: nunca produciría los resultados deseados.

Dedujo entonces que, si quería alcanzar el absurdo absoluto, primero debía sacudirse de encima la carga de los convencionalismos. Consecuentemente se abalanzó sobre el resto de asistentes con renovada fiereza. Varios clientes comprendieron intuitivamente la metodología de Sesga, o iban tan borrachos como para despreciar el dolor de un directo al mentón, y en pocos segundos el bar se convirtió en una gigantesca y vibrante trifulca ideológica. Varios testigos afirman que, durante el tiempo que duró la pelea, escucharon con nitidez una melodía de pianola, sin que tal instrumento se encontrase en el local en ningún momento.

Sin embargo, Sesga se dio cuenta al observar el enloquecido local de que, al tratar de romper con los antiguos convencionalismos, había creado sin querer otros nuevos. Soltó las solapas del tipo que tenía agarrado, que se derrumbó como un pelele. Mortificado por la inexorable causalidad de sus actos, abandonó compungido el Café des Gaspiller, mientras pasaban volando a su alrededor sillas y restos de botellas. Tras haber alcanzado una cierta distancia de seguridad, Sesga se sentó en la acera y encendió un cigarrillo.

El problema era que, aunque para un espectador externo todo hubiese sido un absoluto sinsentido, para él, conocedor de sus propias intenciones, no había sido más que el producto lógico de una serie de deducciones. “Si hubiese un creador”, reflexionó, “o un principio rector del universo, se sentiría exactamente como yo en este momento”. Se conocen sus últimas reflexiones porque las escribió sobre un pecho de Justine, que consiguió salir del café sin apenas magulladuras. En el otro escribió: “Somos nuestro propio Dios”.

Tercer capítulo

Por Timoteo | 29 septiembre 2008

[ Uno, Dos ]

Hacía poco que había terminado la carrera y empezado a trabajar en una oficina de nueve a siete. Sin embargo, a pesar de mis estudios de Ingeniería, siempre me sentí atraído por el mundo de las Letras, y me había esforzado en hacer y mantener amistades fuera de los círculos científicos y tecnológicos. Quería ser escritor. O eso me decía.

Me gustaba escribir, aunque la verdad es que escribía poco, convencido casi siempre de que tenía otras obligaciones más inmediatas y más mundanas que atender.

Carecía de sentido del ritmo y capacidad para crear imágenes, por lo que hacía años que había desistido de intentar hacer poesía. Del mismo modo, carecía de la constancia necesaria para desarrollar una novela, incapaz de mantener el interés por un mismo tema más allá de una o dos semanas. Así que, como mucho, de vez en cuando, escribía relatos de dos o tres páginas y artículos de opinión que, a falta de un periódico o revista, publicaba en un blog en el que sólo entraban algunos conocidos.

Lo que realmente me atraía era el mundo de los escritores, o al menos la idea romántica que yo tenía: gente que vive de noche, entregada a emborracharse conversando sobre literatura, filosofía, política: la vida. Una vida desordenada, sin horarios de oficina, cercana al hedonismo. Como una estrella de rock pero sin las interminables horas de furgoneta entre concierto y concierto. La única ruta que yo admitía era la que llevaba de bar en bar en busca de la penúltima copa. Escribir era algo secundario.

De forma vaga pensaba que a través de mis amistades podía meter la cabeza en ‘el mundo de la cultura’ y, tal vez, en algún momento, intentar el asalto a la literatura con algún agente infiltrado como apoyo. Por el momento me limitaba a establecer contactos y presentarme como ‘ingeniero y escritor’. A nadie le importaba lo que escribiera, así que no escribir no representaba un problema; y si alguien se interesaba por mis creaciones, me quejaba del mercado y maldecía por tener que trabajar como ingeniero para subsistir. En realidad, creo que tenía pánico a intentar dar el salto y estrellarme. Mientras pudiera seguir postergándolo era un triunfador en potencia.

Guillermo, una de aquellas amistades que había hecho en mi etapa universitaria, había conseguido al fin, tras muchos esfuerzos, vender un guión de cine. A costa de aparecer como coautor, en pequeñito, mientras la gloria se la llevaba uno de los grandes nombres del país; pero por entonces daba igual, nada podía empañar la ilusión de ver una creación salida de su cabeza en la pantalla.

Tras la presentación oficial de la película me invitó a la otra fiesta, la del equipo, en un descomunal ático en el centro de Madrid. Muchas caras conocidas, abundante alcohol, drogas a granel. Deambulé por allí un rato en compañía de Guillermo, de corro en corro, mientras me emborrachaba y el ambiente se iba cargando de humo. Luego nos separamos y me quedé solo buscando a alguien interesante con quien entablar conversación. Desistí al poco tiempo, desmoralizado: aquella gente no era tan interesante, o no aquella noche. Empecé a dudar que aquél fuera mi mundo. Agarré una botella de whisky y una buena provisión de hielos y salí a la terraza a respirar aire fresco.

Afuera había un par de grupos charlando animadamente. En uno de ellos un actor de reparto ligaba con dos chicas que debían ser de peluquería y maquillaje. En el otro se oían estruendosas carcajadas. Me fui a un extremo y me recliné en el pretil a contemplar la noche madrileña.

Estaba absorto en el tráfico y no oí los pasos que se acercaban. Una voz dulce dijo cerca de mi oído:

-¿Y tú de quién eres?

Me volví algo sobresaltado. A mi lado estaba una chica de ojos oscuros y franca sonrisa, falda a media altura y generoso escote para sus pechos pequeños. Su aliento olía a alcohol.

-¿Perdón?

-Tú no eres de la película, ¿verdad? ¿Con quién has venido? -fruncía el ceño ligeramente al hablar, como si decir cada palabra exigiera una gran concentración, y luego componía una sonrisa expectante.

-Con el guionista -sonreí al comprender y porque, en el fondo, era imposible que no se contagiara su sonrisa-. La última vez que le vi estaba metiéndose unas rayas con el director.

-Bueno, ¿y qué haces aquí solo?

-Tomando el fresco, el ambiente ahí dentro está demasiado cargado. Y beber -añadí señalando la botella de whisky.

Se apuntó con admirable entusiasmo al plan. Tanto que me costaba seguir su ritmo y hasta me hizo temer por su hígado. Pero lo cierto es que, una vez alcanzado su nivel alcohólico, aunque algo alocada e incoherente, la chica tenía una conversación interesante, hasta fascinante: conseguía absorber mi atención por completo, hacerme sentir importante mientras escuchaba mis respuestas y argumentaciones cada vez más apasionadas.

Durante las horas siguientes conversamos con fluidez, con una facilidad que nunca había tenido ante una mujer, y creo que tampoco ante ningún hombre. Aquella noche estaba inspirado e ingenioso, espoleado por el escocés y su atenta mirada.

Cuando la botella se acabó hizo un mohín de enfado. Yo me alegré, porque difícilmente habría podido seguir en pie de haber continuado bebiendo, y me preocupé, porque eso podía poner fin a nuestra charla. No quería separarme de ella. 

-¿Vamos a otro sitio? -propuso. A punto estuve de estallar de gozo: aquella noche prometía acabar bien.

-¿A dónde quieres ir?

-A cualquier sitio donde sirvan whisky y podamos hablar tranquilos.

-Conozco el sitio perfecto.

Por supuesto, pensaba llevarla a mi casa, no muy lejos de allí. No cierra y siempre escondo una botella de reserva por si hay una emergencia. 

-Un momento, voy a ver si encuentro al guionista para despedirme -dije. En realidad no me importaba tanto despedirme como restregarle mi pequeño triunfo.

-Bueno. Yo no necesito despedirme de Pablo.

-¿Pablo?

-Mi marido.

-¿Tu marido?

-¿El abogado que lleva los contratos?

-Creo que lo recordaría si lo hubieras mencionado.

-¿Nos vamos o no?

Vacilé un instante y acepté. ¿Por qué tenía que cambiar las cosas el hecho de que estuviera casada?

Durante el camino a casa la interrogué. Se había casado hacía un año, un flechazo con un abogado algo mayor que ella que parecía conocer a todo famoso del país. La introdujo a un atractivo mundo de colores brillantes, ella quedó hechizada y se casaron con sólo unos meses de relación. El hechizo, claro, dejó de funcionar al poco de casarse, él estaba muy volcado con su trabajo y, según sospechaba ella, le era infiel. En todo era una desprotegida víctima. A mí no me parecía tan inocente, pero hice como si me lo creyera. Algo de verdad debía haber en el fondo. Y si ella quería vengarse de su marido conmigo, ¿por qué no disfrutarlo?

Nos servimos otra copa y nos sentamos en el sofá midiéndonos, sopesando si era el momento de pasar a la acción o al menos de abandonar la conversación trascendental por otra más banal, más cercana al abierto flirteo. Yo todavía me debatía sobre la idoneidad de liarme con una mujer casada. Tomé la decisión de compromiso de no tomar la iniciativa: todo lo que había pasado y todo lo que pasara habría sido culpa suya. Yo sólo me dejaba llevar.

Habló ella primero, retomando la charla interrumpida, y yo me entregué sin luchar. Las mujeres eran criaturas que habitaban en una esfera diferente y de vez en cuando tenían a bien descender sobre mí por razones incomprensibles, así que simplemente había que aceptar y disfrutar esos momentos, sin afligirse por los que no llegaban, pues son ellas las que eligen. A lo mejor aún le quedaba algo de inocencia y sí que tenía reparos en engañar a su marido. A mí me salvó de mi dilema moral. Además, escucharla era fascinante, hablarle un estimulante reto y yo siempre he tenido debilidad por una conversación interesante caldeada con alcohol: pierdo la noción del tiempo y no necesito nada más, me basta con ese placer intelectual. Aquella noche no fue una excepción.

Nos sorprendió el sol todavía hablando y bebiendo, hasta que la claridad en el cielo de Madrid se tornó en luz diurna y no pudimos seguir ignorándola. El cansancio también empezaba a pesar.

-Debería irme -confesó al fin.

Yo intenté retenerla, ofrecerle otra copa más, un desayuno, una cama para recuperar fuerzas antes de volver a casa.

-No lo estropees. Ha sido una noche maravillosa.

Tuve que admitir que yo también había disfrutado y dejarla marchar. Sólo me quedaba una duda, que hasta entonces no había tenido importancia y que ahora sentía un tanto absurda plantear.

-¿Cómo te llamas?

-Julia.

Como despedida me dio dos castos besos y dejó su perfume y su sonrisa flotando en mi salón.

***

Pasé los días siguientes intentando convencerme de que no acostarme con ella había sido lo mejor que me podía haber pasado. No quería complicarme la vida con una mujer casada. Siempre había creído que las relaciones de pareja eran lo suficientemente complejas de por sí como para ir buscando una con título de compleja.

Intenté convencerme, pero no lo conseguí. El recuerdo de aquella noche no se borraba. Al contrario, sus labios se iban volviendo más carnosos y sus palabras más afiladas: la mujer de mis sueños y la había dejado escapar sin averiguar su número de teléfono. Sólo tenía un nombre y alguna pista acerca de quién era su marido.

Llamé a Guillermo para tirar de ese escaso hilo. Sin resultado. Juraba y perjuraba que el abogado con el que él había firmado era un cincuentón casado con una mujer de su edad, según le había dado a entender, y que era el tipo de hombre que hubiese dejado bien claro que se beneficiaba a una atractiva veinteañera. Y no, hasta donde él sabía no había otro abogado dedicado a esas tareas.

Perfecto. Así que ya sólo tenía su descripción y su nombre, suponiendo que no fuera también falso. La búsqueda pintaba realmente complicada. Tanto, que volví a intentar convencerme de que aquello era una advertencia del destino para que cejase en mi empeño, una suerte en el fondo. Nunca he creído en el destino, pero en ocasiones he pensado que quizás debí hacerle caso.

Una tarde, volviendo en metro del trabajo por una ruta poco habitual, vi al otro extremo del vagón una silueta de mujer que me hizo recordar a la que me había tenido en vela las últimas semanas. Estaba de espaldas, con unos vaqueros y una cazadora, nada que ver con el vestido que yo había conocido, pero supe que era ella. Era la tercera vez que me ocurría aquel día. No tuve tiempo para acercarme y desengañarme, pues se bajó en la siguiente estación. Tras dudar un instante, salté al andén y comencé a perseguirla. Había demasiada gente como para poder alcanzarla, así que grité su nombre, en vista de que no se enteraba cada vez más fuerte, cada vez más angustiado. La gente empezó a volverse, hasta que incluso ella se interesó por el escándalo que alguien estaba montando a su espalda. No era Julia.

-Julia -musité, triste y empezando a sentir cierta vergüenza por la escena que acababa de protagonizar.

-¿Me buscabas? – susurró una voz dulce cerca de mi oído.

Esta vez no la dejé escapar.

[ Cuatro ]

Segundo capítulo

Por Timoteo | 25 agosto 2008

[ Uno ]

La tarde siguiente desperté muerto de sed. Bebí agua hasta que me dolió el estómago y luego un poco más. Agua, agua purificadora, deliciosa agua de Madrid. Por fin aplacaba mi sed y mi apetito. No era alcohol sino agua, simple agua lo que necesitaba. Me abandoné a una reparadora potomanía.

A medida que bebía agua y limpiaba mi organismo mis ideas se fueron aclarando. Tenía que adueñarme de mi vida, retomar las riendas que había soltado las últimas semanas; incluso, remontándome más atrás, retomar lo que dejé pendiente en Madrid antes de marcharme, antes de ese largo paréntesis que suspendió mi vida durante seis años. El primer paso sería adueñarme de la casa, dejar de ser un intruso en mi propio hogar. Pero iba a necesitar ayuda para semejante tarea, y sólo había una persona en mi mente. Entonces tendría que haber un paso previo al primero. Sí, me gustaba la idea: un paso cero, un origen, empezar por hacer lo que no me atreví a hacer seis años antes. Llamaría a Julia.

Por suerte seguía teniendo el mismo número de teléfono. No quise extenderme mucho en la conversación, así que, con lo que me pareció cierto halo de misterio, lo emplacé todo para un encuentro en un café la tarde siguiente.

Llegué con antelación, sólo para regodearme en su seguro retraso. Veinte minutos después de lo acordado apareció en el umbral su inconfundible figura: estilizada, piernas largas y pechos pequeños, larga melena morena. Vestía con sencillez, unos vaqueros y camiseta de tirantes; no se había maquillado para verme.

Ella me había localizado. Me puse en pie para asegurarme y esperé a que se acercase para hacer el primer gesto. Dos besos. Olía como entonces, aquel olor que quedaba impregnado en mis sábanas y yo acariciaba cuando ella se marchaba, una parte de ella que todavía podía disfrutar en su ausencia, que me acompañaba hasta que pudiera tenerla de nuevo entera, cuerpo y olor y alma. Aquel olor que tanto había añorado cuando sus ausencias dejaron de ser de horas o días para ser kilómetros y kilómetros, semanas, meses, años sin rastro de ella en mi colchón al despertar.

-Tienes mal aspecto -dijo con media sonrisa, como si se alegrara o le pareciera divertido. No venía con ganas de ponerlo fácil.

-Tú en cambio estás como siempre -mentí. Los años habían pasado por ella, pero para bien. Había perdido definitivamente los rasgos aniñados que conservó hasta bien entrada la veintena, se le había afilado el rostro y ahora tenía una expresión más dura, ya no de niña buena sino de mujer que conoce la vida. Sus ojos no tenían aquel brillo de entonces, pero habían ganado en profundidad. Más interesante. Más atractiva.- Siéntate. ¿Qué quieres tomar?

-¿Qué estás bebiendo tú?

-Café irlandés.

-Entonces me conformaré con una infusión.

Conseguimos la atención de un camarero para que Julia pidiera su poleo. Quedamos en silencio, pensando, yo, cómo exponer lo que quería exponer. Había estado pensándolo desde que la llamé, desde antes, en realidad, sin llegar a encontrar una estrategia o planteamiento adecuado. Ya se me ocurriría sobre la marcha. No se me ocurría.

-¿Y hace mucho que has vuelto? -vino ella en mi ayuda, o tal vez en socorro de la conversación. Conocía mis silencios demasiado largos cuando me perdía en mis elucubraciones. Nunca los había soportado muy bien. Sabía que estaba buscando fuerzas y palabras para decir lo que había ido a decir, pero no tenía tanta curiosidad, o la dominó para no decir lo que estaría pensando. En lugar de la pregunta directa me mostró, me restregó el camino hacia una conversación normal entre dos personas que llevan tiempo sin verse. Sí, parecía lógico y normal, una vez lo había dicho. Seguramente por eso no se me había ocurrido a mí.

-No, no hace ni un mes -decidí agarrarme a aquel resquicio que me ofrecía y alargar la conversación para acercarme y postergar el doloroso asunto que me había llevado allí-. ¿Y tú? ¿Qué ha sido de ti en estos -dudé, como si no supiera la cifra con precisión de días- seis años?

-Me divorcié hará un año -dijo mirándome a los ojos muy tranquila.

Se había divorciado. Al final se había divorciado, había dejado a aquel mediocre abogado, mediocre amante, mediocre conversador, medicore bebedor, mediocre, mediocre, mediocre.

-¿Y el niño? -conseguí decir mientras intentaba digerir la noticia y no pensar en las consecuencias que podría tener aquello.

-Joder, Luis, nunca te enteras de nada -se paró, sorprendida de que no tuviera conocimiento alguno de lo sucedido-. ¿De verdad no te enteraste de nada?

Negué con la cabeza. Y aún me sentí obligado a aclarar:

-Cuando me fui corté el trato con todos los de aquí. Sólo hablaba con mi familia -’y ya nunca más hablaré con ellos’.

-Tuve un aborto.

Tenía razón, nunca me entero de nada. Resulta que la mujer que había dejado embarazada de su marido no tiene ni hijo ni marido. Yo había puesto tierra de por medio poco después de saber la noticia. Una noche apareció muy seria y me dijo ‘Luis, tenemos que hablar’. Me contó que estaba embarazada y aseguró que era de su marido con tal vehemencia que no pude más que creerla. ‘¿Y qué vamos a hacer?’. ‘Tenerlo’, dijo también sin dejar lugar a dudas, ‘Pablo y yo vamos a tener un hijo’. Siguió una acalorada discusión en la que intenté averiguar en qué lugar me dejaba todo aquello, tras la que nos refugiamos en lo único que nos quedaba: un angustiado polvo, como si ambos supiéramos que iba a ser el último.

Nos vimos una vez más, en un bar cerca de su trabajo en el que de nuevo me esforcé en dilucidar mi posición en aquel triángulo que estaba a punto de convertirse en un rombo, o mejor un trapecio del que yo me veía cayendo sin red mientras Pablo y Julia volvían a encontrarse tras un complicado triple mortal. Ella insistió en que no quería perderme, pero que no podía traicionar tanto a Pablo como para arrebatarle un hijo, que aquello podía ser una oportunidad para salvar su matrimonio. Para mí quedaba la tarea de esperar, ver qué pasaba, ver cómo crecía en su vientre un hijo que no era ni sería mío, y luego fuera de su vientre, y yo esperando, el plan B, con el motor en marcha por si se torcían las cosas. No pintaba nada bien.

No creí poder soportarlo, así que sin pensarlo mucho decidí alejarme. Pregunté en mi empresa si podía trasladarme sin importar el destino, con idea de ir a Barcelona o Sevilla y aclarar mis ideas con la perspectiva de la distancia. Ellos se mostraron entusiasmados, les gustaba ‘fomentar la movilidad’ y ‘el intercambio cultural’ del que podían ‘surgir nuevos enfoques’. Había una vacante en París que yo acepté sin dudar, al fin y al cabo, puestos a irse, cuanto más lejos mejor, y qué más da España que Francia. En un par de semanas me mudé de ciudad, de país y de vida.

No me sentí capaz de hablar, no digamos ya de ver, a Julia, de modo que me despedí en una larga carta escrita en la febril noche de la víspera de mi partida, enviada camino del aeropuerto como quien mete un mensaje en una botella: depositando allí mi última esperanza, condenado en adelante a centrar mis esfuerzos en el día a día, sin más ambición que sobrevivir. Cambié el sol y el cielo de Madrid por la lluvia y los días grises de París, la tibieza de su cuerpo en mi cama por los fríos despertares franceses, la perfección de su piel por otra piel cualquiera. Seis años sin querer saber qué pasaba en su casa, sin dejar de imaginarlo, deseando y temiendo que fuera feliz.

Conseguí salir del silencio:

-Podrías haberme avisado, ¿no? -balbucí con rencor. Seis años. Seis años viviendo en un mundo falso, engañado. Seis años exiliado, intentando olvidarla sin éxito. Seis años sin familia, perdiendo el contacto con los amigos. Seis años haciendo el gilipollas.

-No me dejaste tus señas, ningún teléfono por si acaso. Además, no te despediste, dejaste de responder mis llamadas, sin más, no supe que te ibas hasta que recibí tu carta. Decidiste desaparecer, borrarte.

No habría sido tan difícil seguir mi rastro, bastaba con preguntar en el trabajo, a mi familia. Pero estaba claro que aquello era una excusa, para qué señalarlo, no había que perder de vista el centro.

-¿Y qué querías que hiciera?

-No sé, largarte sin decir nada no, desde luego. Podías haber preguntado, haber explicado, haber esperado un poco. Pero no, desapareciste, sin dejar rastro hasta esa carta semanas después. Y luego nada, sin noticias. Siempre te gustó tomarte las cosas a la tremenda, tan melodramático, como si vivieras en una novela.

-Claro, podía haberme quedado a  ver cómo volvías con tu marido para tener un hijo.

-No estaba tan claro.

-Tú parecías tenerlo muy claro.

-¿Yo? En mi vida he tenido tantas dudas. Joder, ¿embarazada, casada y con amante? ¡Por dios, cómo iba a tenerlo claro!

¿De verdad había ocurrido así? ¿Me había acobardado y salido huyendo con sólo ver el problema? Lo que parecía evidente es que aquello sólo nos había dejado rencor a los dos. Así que aproveché para cambiar el rumbo de la conversación y soltar mi dolor, ya no para compartirlo con ella sino para arrojárselo a la cara.

-Bueno. No he venido a hablar de eso. Tendremos que seguir otro día porque… pero no te he llamado para eso -hice una pausa para ver si tenía algo que decir; cogí impulso-. Mi familia ha muerto.

-¿Qué?

-Mi padre, mi madre, mi hermana, mi hermano. Muertos. Un accidente de tráfico. El día que llegué. No hace ni un mes -me fui relajando según lo decía, aflojando el nudo del estómago hasta casi quedar en paz. Sus ojos brillaron, suavizó su expresión. Sin embargo, había venido blandiendo el hacha de guerra y no iba a enterrarla así como así.

-¿Y por qué me lo cuentas a mí?

-Hace años que no hablo con nadie. ¿A quién si no? La casa se me cae encima. La vida se me cae encima. Necesito ayuda. Necesito tu ayuda.

-¿Que te ayude? ¿A qué? -todavía se mostraba reticente, pero noté que ya había accedido, sólo quería hacerse de rogar, no ponerlo fácil.

-No puedo hacerlo solo. Ven a casa y ayúdame. A vaciarla, tirar lo que haga falta, sacarlos de allí. Enterrarlos de una vez.

-¿Ahora?

-No tiene por qué ser ahora. Cuando tengas tiempo. Lo antes posible.

-¿El sábado?

[ Tres ]

Primer capítulo

Por Timoteo | 18 agosto 2008

Hacía calor. Eso es lo primero que recuerdo de mi regreso a España, el calor agobiante de julio en la cara nada más bajar del avión. Aunque ya lo hubiera anticipado, el recuerdo no era comparable a la sensación real. En seguida el aire acondicionado del aeropuerto lo enmascaró con su atmósfera isoterma, como si eso bastara. Un momentáneo golpe de calor ya me había situado, me había recordado con precisión el mundo al que volvía.

Saqué el móvil y llamé a mis padres, vendrían a recogerme, en lo que yo recuperaba mi equipaje ellos llegarían a la terminal, era cuestión de minutos. Tardé algo más de lo esperado en encontrar mi maleta, pues no apareció en la cinta hasta después de muchas vueltas, ya confundida con otro vuelo, así que llegué al exterior esperando encontralos allí y de nuevo aquel brutal golpe de calor me llevó al presente y al pasado, a aquel otro verano en el que decidí que mi futuro pasaba por alejarme de Madrid y de todo lo que conocía para empezar una nueva vida. Entonces pensaba que uno podía escapar de su vida, como si fuera algo ajeno, como si uno no la llevara siempre consigo, inexorable. Como si lo que uno desea no se acabara cumpliendo.

Hacía calor, y de ese calor había huído, al frío, a la lluvia y a la niebla constante en la que puedo diluirme en un setenta por ciento de agua, imaginar que soy una partícula más flotando sin voluntad alguna, esperando llegar al río que me lleve al mar o el rayo de sol que me evapore para volver a empezar, que me transporte al centro. Echaba de menos el calor.

Allí estaba, con aquellos odiosos, amados treinta y tantos grados, intentando olvidar y recordar por qué me había ido y por qué volvía mientras esperaba a que llegaran a buscarme, de nuevo la impuntualidad y las esperas sin sentido, los atascos para ir a cualquier sitio. Llamé una vez más y no contestaron. No contestaron nunca. No contestarían nunca más.

Tuve que volver en taxi.

En casa recibiría la llamada más absurda de mi vida. Me comunicaron que mi familia había muerto en un accidente de tráfico camino del aeropuerto. Todos: mis padres, mi hermano y mi hermana. Venían juntos a recibirme después de tanto tiempo y un turismo se cruzó en su camino. Él sobrevivió y nuestro coche quedó reducido a metro y medio de acero y sangre. Es ridículo, cinco mentes capaces de preguntarse sobre el sentido de la vida o qué le van a decir a su hijo o hermano cuando por fin le vuelvan a ver y de pronto un puñado de átomos, moléculas organizadas sin sentido, esencialmente lo mismo y sin valor alguno. Ridículo.

Una noticia tan absurda no se puede asimilar. Esperaba que todo fuera un malentendido, algún tipo de macabro error. Tuve que ver los cuerpos ya sin vida, prueba irrefutable, y seguí desconfiando: la evidencia está ahí, pero en tu cerebro no encajan las piezas. Es algo que siempre has dado por hecho, que forma parte de la estructura básica del mundo; puedes llevar semanas sin ver a tu madre, sin hablar con tu hermano, pero sabes que están ahí, a una llamada de distancia, existiendo sin tu ayuda. La sensación era similar, los sentía alejados temporalmente, como si ahora fueran ellos los que se hubieran ido a vivir a otro país. Sólo tenía que averiguar el número de teléfono adecuado para hablar con ellos. El cerebro en blanco, incapaz de sentir en realidad, de admitir la magnitud del hecho. No negando lo que veía, sino sin poder incorporarlo a mi idea del mundo. Cada consciencia es el centro de un universo; el mío acababa de estallar en pedazos.

Tardaría mucho tiempo en reconstruir mi universo, y de hecho creo que nunca he llegado a entender la muerte: sigo sintiéndola como una ausencia demasiado prolongada, para siempre. Tal vez no haya más que entender, no esconda sentido alguno. Simplemente, el universo carece de sentido, de propósito, y por extensión la vida. La humanidad lleva siglos preguntándose de dónde venimos y a dónde vamos como si la respuesta guardara el secreto que una vez revelado nos iluminará a todos y nos permitirá comprender los porqués. Mentira. Sólo hay oscuridad. No podemos ir a ningún lado.

Me serví un whisky para aturdirme de verdad, de una manera conocida y no esa blancura que lo invadía todo, impidiéndome pensar. Tampoco quería pensar, no creí que pudiera soportarlo, sólo caer en la inconsciencia, dormir para poder despertar de ese mal sueño. Por supuesto, no dormí en toda la noche.

Al día siguiente les incineraron. No todo ocurrió tan rápido. Hubo interminables horas de papeleo y decisiones carentes de importancia y sentido que tomar sobre la marcha, multitud de aspectos legales que ignoraba hasta entonces y que debería haber seguido ignorando por muchos años; hubo que investigar la forma de contactar con sus amigos; hubo que tratar con todos los parientes. Todo aquello me daba igual, poco tenía que ver conmigo. La misma sensación se mantuvo durante la ceremonia, un extraño ritual al que asistí como un indolente espectador, sin apenas prestar atención; y cuando al final uno por uno se acercaron sus familiares y amigos llorosos a darme el pésame, estrecharme la mano, una palmada en el hombro, únicamente pensaba en llorar, en desmoronarme como se esperaba de mí. No podía hacerlo y eso me convertía en un monstruo insensible. Despaché a todos tan rápido como pude, agarrándome a los habituales convencionalismos para mantener los breves diálogos. Al fin y al cabo, no se me exigía más.

Con algo más de persuasión me deshice de los más allegados que insistían en acompañarme un poco más, llevarme a casa, invitarme a cenar. Quería estar solo. Estaba solo, pues en realidad no eran tan cercanos, tíos y primos que llevaba años sin ver, una pareja muy amiga de mis padres a la que apenas había tratado, el prometido de mi hermana que casi parecía tan fuera de lugar como yo, aunque con voluntad de fundirse en los demás para mitigar su pérdida. Yo estaba solo por dentro y quería estar solo por fuera para que el desequilibrio no fuera tan brutal.

Cogí un taxi hasta casa, llevando las cenizas, cuatro urnas, como si volviera cargado de compras. La casa de mis padres, el único sitio en el mundo que había sido mi casa, en la que me iba a instalar mientras buscaba piso y que ahora era realmente mía. Subí, dejé las cenizas en la mesa del salón a la espera de saber qué hacer con ellas y, a pesar de no tener hambre, inspeccioné la nevera por pura rutina, era hora de cenar y tal vez algo me abriera el apetito. Estaba llena de comida, comida para ellos y para mí, para la cena de bienvenida en la que íbamos a celebrar la reunión de nuevo de toda la familia y yo iba a conocer a mi futuro cuñado. Se iba a echar a perder como no me la comiera rápido. Corrí por el pasillo y me abalancé sobre el retrete para echar el estómago por la boca con violencia. Sobre el frío suelo, abrazado a la fría porcelana, todavía atacado por arcadas, comencé a llorar.

Pasé los siguientes días dando cuenta de la nevera, acabando con lo último que mis padres habían hecho por mí acompañado por generosos vasos de whisky. No recuerdo mucho de lo que hice aquellos días, tal vez porque no hice nada. Recibí alguna llamada interesándose por mí, pero pronto desconecté el teléfono y no salí de casa ni vi a nadie. Vagaba por la casa sin objetivo alguno, mortificándome en lo absurdo de todo el asunto: podría haber ido a casa directamente en taxi, no hacía ninguna falta que fueran a buscarme, y menos que fueran los cuatro, con lo difícil que era juntarnos a todos, si además ya íbamos a cenar todos juntos, en principio mi futuro cuñado iba a acompañar a mi hermana, pero a última hora mi hermano consiguió escaparse del trabajo y venir a buscarme ocupando su plaza, ya ves, qué tontería, si el jefe hubiera sido un poco más intransigente él seguiría vivo; y no hacía falta que fueran a buscarme, bien podría haber cogido un taxi, si no hubieran ido a buscarme seguirían todos vivos, todos con sus vidas; bastaba con que yo hubiera llamado minutos, segundos más tarde, que hubiera esperado a tener la maleta en mis manos para decirles que vinieran y todo sería distinto, si hubiera cogido un taxi para presentarme en casa sin más, si…

Para colmo estaba en una situación económica envidiable, lo que siempre había deseado. Tenía casa y suficiente dinero como para no preocuparme durante años. Los ahorros para la jubilación de mis padres más un seguro de vida cuya existencia desconocía sumaban números con muchas cifras. La vida solucionada, lo que siempre había deseado. A qué precio. Es cierto que puedes conseguir todo lo que deseas: sólo hay que saber cuál es el coste y estar dispuesto a pagar. Por eso debes tener cuidado con lo que ambicionas, porque se puede acabar cumpliendo. A mí nadie me había avisado del precio, ni de que el único trámite era una llamada en el momento justo.

Aquel dinero me quemaba, era la prueba del delito, estaba claro: ellos habían muerto y como consecuencia yo me había enriquecido. El móvil es evidente, señor juez, no sé cómo la policía tarda tanto en verlo. Que yo no participara en el asesinato no es excusa, yo quería dinero y ahora lo tengo. Pensé en deshacerme de él, donarlo a alguna asociación benéfica, limpiarlo, pero no tuve valor. Me había costado demasiado. Quería vivir mi sueño, aunque pareciera una pesadilla.

Tenía dinero para hacer todo lo que quisiera, hacer lo que siempre había querido, pero lo cierto es que no quería hacer nada. Vivir, completar cada minuto era un lento tormento; había que dividir los minutos en segundos para que fuera más fácil: siempre se puede aguantar un segundo más, sumar un segundo tras otro hasta completar un minuto y volver a empezar, acumular minutos hasta tener horas y, poco a poco, días. Segundo a segundo, trago a trago, pasaron los días.

Pensé muchas veces en llamarla. Necesitaba alguien a quien abrazar, una mujer que me recostara en su pecho y no me dijera nada, se mantuviera ahí, transimitiéndome calor, manteniendo un vínculo con el mundo. Necesitaba de manera desesperada a alguien sobre quien abandonarme, que me tomara a su cuidado como si estuviera enfermo y con paciencia aguardase mi redención.

Fantaseaba con llamarla, pero sabía que la realidad no sería como me gustaba imaginarla. No sería justo aparecer así después de los años, con semejante historia tendría que guardarse cualquier rencor. Seguro que me compadecería sincera, y eso sí que no podría soportarlo, su compasión, su lástima. Si había aguantado tanto tiempo allá fuera las inclemencias del Norte fue para no volver arrastrándome y ésta sería la forma menos digna de presentarme: como un auténtico perdedor, pues lo había perdido todo.

Debí pasar unos veinte días en aquel bucle de remordimientos y expectativas, negación y aceptación, sin salir de casa, acabando con toda la comida que allí había, nevera, congelador, conservas, con whisky al principio, después con ginebra, distintos licores y los últimos días vino y cerveza. Una dieta desordenada por completo, comiendo cuando me apetecía lo que me apetecía, en ocasiones sin cocinar; engullía todo lo comestible que encontraba, absurdamente obsesionado por acabar con aquellos restos, aquel vestigio del paso de mis padres por el mundo. Con sorprendente tenacidad para aquel estado de duermevela en el que pasaba sin transición del pensamiento al sueño y del sueño a la fantasía.

Hasta un día en que se acabaron los alimentos. Rebuscando por la casa en busca de algo que comer llegué al armario de las medicinas. Cargué con todo lo que pude hasta la cama para darme un banquete picando de esta caja y aquella con un tinto para ayudar a tragar. Tras un gelocatil y un valium perdí la consciencia, completamente borracho.

[ Dos ]