Portishead – Third
Por TimoteoCuando uno acomete un proyecto, especialmente en ingeniería, no puedes darlo por concluido una vez que has conseguido diseñar y encajar todas las piezas. En ese momento hay que replantearse la necesidad de cada parte, si se podría hacer con menos, si algún subsistema es inintencionadamente redundante y por tanto prescindible. Todo lo que sobre no hace más que complicar el producto, que se considera mejor cuanto más sencillo. La solución óptima es la más simple.
Algo similar ocurre en la literatura y el cine: cuando uno ha contado todo lo que quería conviene releer el texto en busca de detalles superfluos que no añadan nada a la narración, reconsiderar adjetivos que puedan estar de más, diálogos que se podrían resumir en un plano. La elipsis es una potente herramienta narrativa de la que a menudo nos olvidamos. De nuevo nos encontramos con que para conseguir la maestría la pregunta clave no es qué le falta sino qué le sobra.
Esa obra final en la que nada sobra, construida con lo imprescindible, es lo que Portishead ha conseguido con su maravilloso Third, un álbum que gira sobre lo que no se cuenta, en el que los silencios pesan más que la música. Su escucha provoca desazón y tranquilidad, te eleva y te tira al suelo y te lame las heridas. Es como si algo trascendental hubiera ocurrido y nadie se hubiera parado a explicártelo. Estás en el ojo del huracán, en medio de la devastación, destrucción tras de ti y destrucción es lo único que puedes esperar, y flotas con una extraña calma que no puede presagiar nada bueno.
Que es una clase magistral sobre la importancia del silencio en el arte queda declarado en la canción que abre el disco, Silence, una desasosegante progresión en la que Beth con su doliente voz “grita en silencio” si sabemos lo que perdió, lo que quería. Lo intuimos vagamente y llegamos a la certeza cuando la progresión, a punto de estallar por fin, se corta de forma abrupta y nos enfrenta a un silencio de seis segundos. Silencio es la única respuesta que recibirá a sus desgarradas preguntas, como en el redondo y característico estribillo de Hunter. Silencio es lo único que oímos cuando Beth se queja de que “nunca tuve la oportunidad de explicarte lo que quería decir” en la bipolar Nylon Smile: “no sé qué he hecho para merecerte/ y no sé qué haría sin ti”.
La atmósfera opresiva parece relajarse un poco en el comienzo acústico de The Rip. Sin embargo, al contrario de la huida de la oscuridad que augura la voz, nubarrones como una manada de caballos blancos se dirigen hacia nosotros a ritmo de vertiginoso sintetizador. La tensión se mantiene en Plastic para llegar al hipnótico ritmo de We Carry On y desembocar en la breve incursión folk de Deep Waters, que sirve de dulce intermedio para relajarnos y afrontar con algo más de optimismo lo que queda de disco, pues “sabré capear la tormenta (…) las aguas profundas no me asustarán esta noche”.
Y necesitaremos hacer acopio de valor, porque a continuación llegan el electrónico sencillo Machine Gun con su potente percusión que acaba fundiéndose con un teclado desquiciado y la portentosa Small, oscilante entre la voz casi desnuda de Beth evocando aquella noche en que se conocieron y la electrónica desatada apoyada en un poderoso órgano. El clímax de intensidad ya ha pasado, y eso se nota en la floja, en lo artístisco y en lo opresivo, Magic Doors, quizá lo más prescindible del disco junto con Plastic. Threads tampoco brilla a la altura del conjunto, sin embargo creo que cumple bien con su función de final de disco, su labor de descompresión: nos trae de las profundidades poco a poco, “siempre insegura”, mientras la voz se va disolviendo, quedándose atrás, dejándonos con una suerte de bocina que intermitentemente explora la niebla, lo invisible, lo desconocido.
El resultado conjunto es brillante. El disco te transporta a su propio mundo, te eriza los pelos con la primera canción y te mantiene en vilo, con un nudo en la garganta durante cincuenta minutos. En ese sentido, si consideramos que el arte es en primer lugar transmitir, el objetivo está cumplido, pues conmueve profundamente. Si por contra se piensa en el arte como evasión, también consigue sacarte de tu vida: prueben a escucharlo en el metro y verán que cuando vuelvan a la superficie el mundo es distinto al que conocían cuando bajaron. Además, escucha tras escucha se mantiene la magia.
En lo musical, tras diez año de silencio, Portishead vuelve con un sonido Portishead puro y sin embargo renovado, reconocible y lleno de elementos nuevos. La voz de Beth nos recuerda por qué nos enamoramos de Glory Box al instante, las referencias son las ya habituales en el grupo, la oscuridad se mantiene. Da la sensación, y que Thom me perdone, de que es lo que Radiohead lleva intentando hacer desde que publicó Kid A: crear una nueva obra maestra con un sonido distinto, que vuelva a revolucionar el universo conocido, y a la vez seguir siendo Radiohead. Los de Bristol lo han conseguido. Desde ya, candidato a disco del año.
Etiquetas: Música, Portishead
Esta entrada fue publicada
el Lunes, 12 mayo 2008 a las 21:12. Archivada en Ministerio de la Aristocracia.
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13 mayo 2008 a las 3:11
Fantástica crítica, yo también pienso que es uno de los mejores discos que he escuchado este año, y seguro que el que más me ha emocionado.
Hemos hablado largo y tendido sobre este disco, y comparto contigo la mayoría de reflexiones que haces, me pareció un disco fascinante e incómodo, que te lleva a estados tan cercanos a la depresión, tan vívidos que casi duele.
Me ha hecho gracia leer tus impresiones sobre volver al mundo después de haber escuchado “Third”, me pasa algo parecido. Tengo la impresión de que el disco consigue cierta catársis en el oyente a pesar suya; no es que el disco te rescate con una última canción redentora, es que haber transitado por terrenos tan opresivos te deja en el estado óptimo para valorar cada pizca de felicidad que te salga al paso.
Hay discos que tratan la depresión, la decadencia, el tocar fondo con un halo de romanticismo, pero “Third” no es uno de ellos, es otra cosa. ¿Realismo? Tanto que duele.
Perdón por el ladrillo, pero es que el disco me ha encantado y no podía parar.