Ay poetas

Por Timoteo

Desde mi primera adolescencia me he sentido irremediablemente atraído por las poetas, a pesar de no llegar a comprenderlas, o quizás precisamente por ello: forman un misterio completo pues, además de no entender sus motivaciones, tampoco entiendo sus palabras. Así puedo renunciar sin remordimientos a desentrañarlas y entregarme por completo al disfrute irracional de la belleza, la suya y la de sus frases indescifrables, como se disfruta un vino o una sinfonía.

Digo poeta porque Minerva Luengo me enseñó pronto que poetisa era una palabra ñoña y usada a menudo de forma despectiva, como si una mujer no pudiera ser poeta. Minerva, de improbable nombre, empezó a salir con Eduardo Aguiar, mi mejor amigo del instituto. Nos sacaba un año, fumaba porros, tenía opiniones sobre todo y una energía inagotable. A nosotros, hasta entonces abstemios y con más afición a la literatura que al mundo real, nos pareció tan exótico como un huracán tropical, a cuya destrucción nos ofrecimos con devoción. A la salida del colegio nos leía sus tórridos poemas sin que aquellos ojos azules apenas se posaran sobre el papel. Yo sufría unas erecciones tremendas, no sabía si por sus palabras o por la impúdica forma de mirar mientras las pronunciaba, que tenía que aliviar en cuanto llegaba a casa. Sus grandes ojos fijos y sus labios moldeando obscenidades con deleitosa suavidad me perseguían por las noches.

Para intentar impresionarla cambié las novelas por los grandes poetas de las letras españolas, pero mientras yo solo veía lo más obvio, ella escarbaba en todas las sutilezas. También me explicó que hay dos tipos de poesías: las que dicen ¿follamos? y las que dicen mira qué sensible soy, ¿follamos? Mis excitadas hormonas adolescentes se apuntaron con entusiasmo a la tesis. Hasta los poemas que no tenían interpretación sexual posible estaban en el fondo motivados por el sexo. La poesía era una herramienta atemporal para llevarse una chica a la cama.

Me entregué a su lectura con pasión, llegando a la desoladora conclusión de que no entendía nada porque me faltaba experiencia de campo. Minerva, en cambio, parecía poseer una sabiduría profunda de las razones humanas y los ritos más ancestrales y, lo que era peor, Eduardo entendía cada día más. Yo sentía cómo iba quedándome atrás, ajeno a un secreto que no me podían elucidar. La mujer era un misterio que iba a tener que penetrar por mi cuenta.

Ya por aquel entonces padecía de exceso de realismo, así que elegí una víctima para mis poemas más con la cabeza que con el corazón. Eva Vela estaba fuera de mi alcance, no serían sensibles a la caricia de mis palabras sus dorados cabellos ni sus pechos terráqueos, dos hemisferios con toda una geografía de meridianos y paralelos por la que aquel joven Livingstone soñaba con perderse durante las interminables clases del instituto. Las cumbres nevadas de aquellos dos kilimanjaros me hacían perder el sueño y un par de puntos en cada asignatura en la que coincidíamos. Sin embargo, Eva, más dura que mármol a mis quejas, compartiría mis versos con sus amigas entre risas o, peor, con alguno de sus muchos amigos -Eva Veleta, la llámabamos- y acabaría siendo motivo de escarnio público. Seguramente de aquellos días viene esta sensación de que las rubias son frías figuras para admirar en la distancia que se mueven en una realidad paralela a la que más me vale no intentar acceder si no quiero salir escaldado. Era inexperto y enamoradizo, pero no completamente idiota. No del todo. Necesitaba una chica no acostumbrada a recibir la atención de los chicos, modosa y con la delicadeza suficiente para mantener un posible rechazo en la intimidad. Una chica como Almudena Gracia.

Dediqué el día siguiente a observar a Almudena para sacar algo de lo que escribir. Alguna virtud tenía que poseer, más allá de ser una víctima propicia. No tenía grandes curvas, ni unos rasgos en especial armoniosos, ni siquiera unos ojos oceánicos en los que poder echar mis tristes redes. A pesar de todo, no decaí y seguí mirando a Almudena en clase y cuando hablaba con sus amigas en los descansos y durante la comida y mientras se marchaba a su casa. Llegué a la mía algo abatido, incapaz de extraer algún recuerdo memorable. ¿Era realmente una chica tan anodina? Intenté ponerla a trabajar en mi mente, pero solo conseguí una paja triste y sin convicción. ¿Así cómo iba a inspirar ningún poema?

Eduardo tuvo que sufrir el relato de mis cuitas aquella tarde. Su recomendación pasaba por olvidarme de la personalización y decir cualquier cosa vaga, copiando a quien tuviera que copiar, pues lo importante era tirármela, el poema en sí era lo de menos. Era cierto que ése era el objetivo y que Almudena no me gustaba realmente, pero reducir la poesía a un simple medio me incomodaba. Debía ser también un fin en sí mismo, una búsqueda de la verdad o la belleza, si es que eran cosas diferentes. Aunque quería escribir un poema para llevarme una chica a la cama, quería hacerlo con un buen poema. De lo contrario sería inapropiado. Qué le voy a hacer: tenía dieciséis años y era un romántico.

Fue Minerva quien vino a mi rescate con ánimos y consejos más próximos a los que quería escuchar. Que me diera tiempo, que lo esencial es muchas veces invisible a los ojos, que hace falta paciencia para esperar a que se manifieste y estar preparado cuando el momento llegue.

En efecto, el momento llegó al día siguiente, sentado tras Almudena en una aburrida clase de Historia. Mientras la profesora disertaba en tono mortecino sobre el reinado de Felipe III, ella se recogió el pelo en una coleta y de pronto apareció ante mí una nuca desnuda, una oreja desguarnecida, el conmovedor ángulo de una mandíbula apretada en la concentración. Era algo vagamente familiar y reconciliador, como volver a casa tras unas largas vacaciones. Quise acariciarlo y olerlo, comprobar el contorno de los muebles, que a pesar de la prolongada ausencia todo sigue en su sitio. Aquél debió ser el comienzo de un fetichismo que posteriormente se extendería hasta los homóplatos. Cada uno encuentra su hogar donde puede. Yo acaba de encontrar el primero en Almudena Gracia.

Los siguientes pasos fueron rodados. Dejé un poema en su mochila durante un recreo, ella me buscó con la mirada, escribí otro al día siguiente, ella me buscó a la salida, nos vimos en el parque, nos besamos, repetimos, nos fuimos encontrando en otros bancos, recorrimos la ciudad cogidos de la mano y seguimos perfeccionando nuestros besos, explorando con torpeza nuestras anatomías por encima de la ropa, hasta que por fin mis padres se marcharon un fin de semana.

La invité a comer, tomamos algo de vino y le leí un poema de Neruda. Quiero hacer contigo lo que la primavera hace con los cerezos. Y lo hice. Lo hicimos. Recuerdo unos pezones enormes y claros, casi carne, que habrían resultado grandes en cualquier pecho y ocupaban por completo aquellos dos breves senos. Recuerdo la incomodidad al mostrar mi desnudez, el repentino frío de la habitación y la calidez de sus ojos y el calor de su sexo. Una unión tosca, tierna, fugaz, que no decepcionó a ninguno porque tal vez, a pesar de todo, no teníamos grandes expectativas. Recuerdo su abrazo posterior, con brazos y piernas, lo incómodo de la postura y no sentir el menor deseo de moverme. Recuerdo una breve paz similar al anhelo de estar muerto y ver todas mis esperanzas de paz estallar momentos después con una nueva erección y la lucidez de saber en ese instante que sería así toda la puta vida.

Seguimos descubriéndonos y aprendiéndonos, entregados a la cartografía de nuestros cuerpos, que eran todos los cuerpos. El resto del tiempo solo parecía un incómodo intermedio.

En uno de aquellos descansos me llamó Minerva Luengo. Apenas nos habíamos visto últimamente, por qué no iba a su casa y nos poníamos al día. Lo encontré una buena excusa para posponer aún más estudiar el examen de Matemáticas del día siguiente, algo que Almudena había considerado irrenunciable. Hablé de ella y hasta acabé recitando algún poema ante su insistencia. Su crítica, como acostumbraba, fue despiadada, honesta pero completamente falta de tacto: no llegaba a mediocre en el mejor de los casos. Tampoco hice mucho por defenderme.

Creí que se arrepentía o al menos se apiadaba ante mi desazón. Con una sonrisa me invitó a seguirla para mostrarme algo que me ayudaría. Cerró la puerta de su habitación y se deshizo de su vestido con sorprendente agilidad. Algo entre mis piernas empezó a inspirarse. Mientras yo me preguntaba en qué momento mi vida se había convertido en una película porno, ella se quitó el sujetador. Todavía tuve unos instantes para pensar en Almudena y mi amigo del alma Eduardo Aguiar mientras dos afilados pezones me miraban fijamente, pero pronto salió de sus bragas con una estrecha tira de bello púbico que a mí me pareció el colmo de la sofisticación y una invitación -por aquí, gritaba- irrechazable. Al fin y al cabo, la tentación existe para que cedamos a ella.

Para qué voy a mentir: la tentación cumplió todas sus promesas de perdición. Sin embargo, en la celebración posterior, cuando mi dedo todavía se demoraba sobre un conciso pezón, Minerva borró mi sonrisa bobalicona levantándose  bruscamente. Sucia de besos y arena, se puso el vestido con otro movimiento preciso y cruel, un súbito eclipse. Sin mirarme, salió de la habitación y me abandonó a un estado de confusión y oscuridad en el que en ocasiones todavía creo que me hallo.

Nada fue ya lo mismo luego. Besarte fue besar un avispero. Tras haber probado las mieles de una diosa griega, bella y caprichosa, los labios mortales de Almudena Gracia sabían a ceniza. Me encontraba demasiado a menudo pensando en Minerva Luengo, en sus ojos antiguos y azules, en la destreza de sus manos lentas, en la depilada rosa de su pubis, en su voz ronca. Pensaba en Minerva al levantarme, durante las clases, mientras hablaba con Eduardo, cuando escribía poemas febriles en vez de estar estudiando, y sobre todo en el momento en que eyaculaba dentro de Almudena. Me sentía constantemente culpable. Así que hice lo que cualquier idiota que ha leído demasiados libros sin extraer enseñanza alguna haría: contarlo. Como si el verbo sirviera para lavar las culpas.

Reuní toda mi cobardía para hablar con Eduardo en un descanso entre clases, sabiendo que así no podría montarme una escena, que no se atrevería a gritarme o pegarme delante de todo el colegio. Fue peor. No me dijo nada. Me miró fijamente a los ojos mientras intentaba explicarle, sin despegar los labios, sin interrumpirme como tenía por costumbre cada vez que discutíamos tonterías. Eduardo siempre se había caracterizado por poner más interés en hablar que en escuchar los argumentos o historias del otro, al menos en apariencia, luego podía volver días después a rebatir o apostillar algo que ni recordabas haber dicho. Su silencio me ponía aún más nervioso. Acabé de farfullar mi relato, mis disculpas, mi súplica y él siguió mirándome muy quieto, sin gesto alguno. Al cabo de unos segundos, o minutos u horas, no lo sé, cerró los ojos y se fue meneando la cabeza. Lo vi alejarse clavado en el sitio, helado de terror. En algún momento sonó la campana y volví a clase.

Vino a buscarme al final de la jornada, muy derecho, y me interpeló muy serio: ¿A qué me lo decís? Lo sé: es mudable. Remató la frase arrojándome un guante surgido de la nada, impropio para la primavera ya bien entrada. Pero… ¡es tan hermosa!, me defendí yo, que también me sabía mi Bécquer. Era todo tan absurdo y tan literario y tan intenso. Me agaché a recoger el guante y únicamente pregunté ¿cuándo?. Después de comer, en el descampado. ¿A primera sangre?, dije imbuido del espíritu decimonónico. Y una polla.

Ni que decir tiene que apenas pude comer. Removí la comida en la bandeja, preguntándome qué pasaría si realmente viviéramos en el XIX, si Eduardo Aguiar, además de poder hacer aparecer un guante en un caluroso día de mayo sería capaz de presentarse con un par de pistolas o de sables. Sabía que en la pared del salón colgaban dos sables cruzados de su abuelo militar. Quizás también tenía dos revólveres reglamentarios de los que nunca me había hablado. O peor: quizás solo tenía uno.

Acudí a la cita dibujando escenas y ramificaciones cada vez más violentas, pero ni se me pasó por la cabeza no ir. Había desarrollado ya una sensibilidad fatalista por lo trágico, o tal vez simplemente tenía demasiado miedo para pensar con claridad.

Llegué primero. El cielo empezaba a emplomarse de nubarrones. Me senté a esperar en unos ladrillos de hormigón que llevaban allí desde tiempos inmemoriales, de alguna lejana época en la que alguien proyectó construir en el descampado. Lo único que había crecido eran hierbajos salvajes de medio metro de altura y tres montones de basura que los vecinos se encargaban de alimentar diligentemente con todos los trastos a los que ya no encontraban utilidad. Nosotros recuperábamos los muebles y habíamos montado una suerte de salón de ajuar dispar y mugriento, una disparatada habitación sin paredes ni techo en medio de un solar rodeado de antiguos chalecitos que nos servía como lugar de encuentro secreto a un selecto grupo de iniciados. Una vez había llevado a Almudena y lo había mirado con cara de asco. Permaneció de pie, sin poner un dedo en nada en el poco rato que aguantó allí. Hoy yo tampoco quería sentarme en nuestro grotesco salón. No quería sentirme cómodo.

Por fin apareció Eduardo, solo, sin sables ni arcabuces, constatación que solo me proporcionó un fugaz instante de tranquilidad. Me puse en pie y salí a su encuentro. Él siguió caminando impasible. Cuando llegó a mi altura me lanzó un puñetazo a la mandíbula. Alcé los brazos para protegerme la cara y me machacó las costillas. Yo empecé a seguir la acción desde fuera. Sin instintos que poner en marcha, pues nunca nos habíamos pegado, ni entre nosotros ni con nadie más, que yo sepa. Nunca habíamos pasado de los rejonazos verbales digeridos con deportividad. Formaba parte del juego. Aquella danza con Eduardo era mucho más primitiva y yo no conseguía seguir el ritmo, solo que en vez de pisarle los pies a mi pareja lo que hacía era llegar tarde a cada golpe. Tampoco puse ningún interés en contraatacar. En realidad, consideraba todo merecido, una justa expiación.

Eduardo culminó un elaborado combo con un directo al estómago que me dejó doblado en el suelo luchando por respirar. Mientras boqueaba angustiado, Eduardo se palpó los nudillos enrojecidos. Me has hecho daño, cabrón, se quejó. Permaneció allí hasta que volví a ser capaz de meter aire en mis pulmones con normalidad, giró sobre sus talones y salió del descampado.

Decidí que aquél era un sitio tan bueno como cualquier otro para recuperar el aliento, también porque no me sentía capaz de moverme. Contemplé la posibilidad de morirme de alguna herida interna y no me importó mucho, no a mí, no sería una experiencia que yo viviera. Me preocupó el vacío que iba a dejar en el mundo con mi ausencia, lo que iban a sufrir mi familia y amigos, Almudena Gracia -o no tanto si enteraba del motivo-, todo lo que se iba a perder porque ya nunca lo haría, qué tragedia, con el potencial que tenía. Empezó a llover, primero una gota y luego otra, y luego todas seguidas, gotas gordas, de tormenta de verano. A mí me pareció muy apropiado que la lluvia limpiara mis heridas, un poético final, con su plano cenital alejándose, hasta que me di cuenta de que todo se estaba embarrando e iba a acabar ahogado de no moverme.

Hice inventario de mi cuerpo, sin detectar nada roto. En algún momento había temido que me rompiera la nariz o las costillas, pero tampoco debía pegar muy fuerte. Eduardo tenía manos de pianista.

Busqué refugio en casa de Almudena, o tal vez en Almudena a secas. Chorreando, apenas fui capaz de pronunciar un hola antes de que me hiciera pasar con gesto preocupado, ¿qué te ha pasado? Por alguna razón, no se me había ocurrido que mi lamentable aspecto despertaría interrogantes. Tal vez los golpes en la cabeza sí me pasaban factura. Estaba tan cansado que no tenía ganas ni de mentir. Sonreí, no sabiendo por dónde empezar, y a continuación lo solté todo, poseído de una fiebre kamikaze. Minerva, ella, yo, Eduardo, ella, yo, yo, yo. Minerva. A medida que lo contaba iba sintiéndome cada vez más gilipollas, pero no podía parar. Tampoco me hubiera dejado ella.

Para cuando acabé sabía, en uno de esos extraños ataques de clarividencia, que la había perdido y que su ausencia me dolería más que la paliza de Eduardo. Asomaba a sus ojos una lágrima, reincidí en mis súplicas de perdón. Ella enjugó el llanto para pasar a una furiosa frialdad. Que le daba igual, quién me había creído que era, que estaba conmigo por follar nada más, sabía que no era guapa y no le sobraban precisamente los chicos, que le había provocado cierta ternura al principio con mis poemas cursis y si no se reía era por no querer ofenderme, que era un listillo y un pedante viviendo en mi burbuja literaria, siempre jugando, que la vida iba en serio. No pude evitar una risita ante su inadvertida cita. Yo y mi sentido de la oportunidad y mi debilidad por las contradicciones. Eso la espoleó un poco más. Que llevaba enamorada de Julio desde los trece años y pensaba en él cada vez que lo hacíamos para excitarse, que le daba asco, que había decidido dejarme hacía semanas y no lo había hecho por pereza, porque prefería estudiar para los exámenes, que me fuera a la mierda, que me fuera a follarme a Minerva o a Eduardo o a quien me diera la gana, que lo mismo le daba.

Entre tanto ataque rabioso sabía, aunque no lo pensaría hasta mucho más tarde, que había parte de verdad y parte exagerada para herirme, para intentar hacerme tanto daño como yo le había hecho a ella. Dijera lo que dijera, había disfrutado de mis atenciones, se había estremecido con mis caricias y había vuelto a buscar más. Tal vez estaba enamorada de otro, y qué, yo estaba colado por Minerva desde que apareció en mi vida y aun así quería a Almudena. Ya estaba aprendiendo que los amores no tienen por qué sucederse en armonía.

En cualquier caso, ella había sugerido con delicadeza que abandonara su vida, deseándome una pronta neumonía en la vuelta a casa. Musité un último lo siento y obedecí, llevándome un te quiero apretado entre los labios.

Durante los días siguientes intenté hacer caso a mis padres y centrarme en los inminentes finales encerrado en casa, pues habían acordado con el instituto que era mejor que no volviera a clase. Solo conseguí abrazarme a la soledad y la desesperación, con esa creencia en que todo es definitivo que nos aflige en la adolescencia. Ni siquiera podía escribir, distracción habitual en los periodos de estudio, atenazado por el miedo a ser realmente tan malo como afirmaban Almudena y Minerva. Me limitaba a pasar las hojas de apuntes y las horas, sintiendo que la vida se me escapaba entre las manos.

El resultado de los exámenes fue el esperado. Al ruinoso estudio se sumó la inquietante presencia de Eduardo y Almudena en la misma aula, a quienes no había vuelto a ver desde la tormenta. Total: dos para septiembre y mucho aprobado raspado. Se avecinaba un verano fabuloso. Todos tenían planes salvo yo. Minerva Luengo emprendía un largo viaje con sus amigas y a la vuelta se iría a la capital para empezar la universidad. Almudena Gracia iba a la casa de sus abuelos a orillas del Mediterráneo. Eduardo… Eduardo y yo también habíamos hecho grandes planes.

Poco a poco todos se fueron marchando, las calles se fueron vaciando y yo me fui dejando caer en la dulce pereza de la melancolía, arrastrado por la levedad de los largos días de periódicos famélicos y aceras ardiendo. El mundo en calma parecía aguardar agazapado.

Una mañana de mediados de julio encontré a Eduardo frente al portal. Era demasiado guapa, me dijo. ¿Para ti o para mí? Para ser fiel. Me encongí de hombros y eché a andar hacia la panadería. Eduardo se puso a mi lado. No fuiste el único, ella misma me había hablado de lenguas de fuego, océanos y acantilados, pero no quise entender, prefería pensar que eran celos infundados, lo que nunca me esperaba es que se acostara contigo. ¿Era demasiado guapa? Eres mi amigo. El tiempo verbal no pasó inadvertido y sonreí a mi pesar, mirando hacia la calle para disimular. Me alegro de que me lo dijeras y me alegro de que fueras tú, confesó. Pegas como una niña.

Reanudamos nuestra amistad como si no hubiera rencor entre nosotros. Seguramente no lo había. Aunque aquel verano nuestros planes se habían malogrado, la vida nos ofreció sus frutos en abundancia. No en vano, éramos dos adolescentes con una ciudad a nuestros pies. Sin clases y solo con la lejana sombra de septiembre en el horizonte, la eternidad parecía al alcance de la mano. Llegarían más libros, más mujeres, más ciudades, tragos dulces y amargos, siempre mejores con la presencia, incluso en la distancia, de mi amigo Eduardo.

Esta entrada fue publicada el Lunes, 2 enero 2012 a las 12:21. Archivada en Ministerio del Ensayo y el Error. Puedes seguir los comentarios desde el RSS 2.0 feed. Puedes dejar un comentario, o hacer trackback desde tu blog.

Un comentario a “Ay poetas”

  1. MIREIA dice:

    Decepcionantemente mediocre.

    Mireia en rubio

Escribe castellano

El hipnosapo te ordena
respetar la ortografía.
Larga vida al hipnosapo.

Deja un comentario

XHTML: Puedes usar estas etiquetas: <a href="" title=""> <abbr title=""> <acronym title=""> <b> <blockquote cite=""> <cite> <code> <del datetime=""> <em> <i> <q cite=""> <strike> <strong>