Cuarto capítulo

Por Timoteo

[Uno, Dos, Tres]

La espera no es difícil. Hay gente que se aburre si no tiene nada que hacer o que se pone ansiosa anticipando lo todavía por venir. Desde pequeño, en mi casa estaba prohibido aburrirse, era un crimen aborrecer el tiempo libre, algo tan preciado para los demás. Como ocurre con la comida y los niños desnutridos de África -“¿Con el hambre que hay en el mundo te vas a dejar eso?”, “¿Sabes lo que daría un niño de África por ese plato de acelgas?”-, en mi familia ocurría con el tiempo y los niños explotados de China: “¿Con los niños que hay trabajando doce horas al día en el mundo te quejas de que no tienes nada que hacer?”, “¿Sabes lo que daría un niño de China por poder aburrirse?”. El tedio, por tanto, era inconcebible. Y si uno cometía el error de pronunciar la frase fatal “me aburro”, lo mandaban a paseo con un simple “pues cómprate un burro”. Los padres, en ningún caso, tenían la obligación de entretener a los hijos programando actividades a todas horas: era tarea de cada uno aprender a ocupar su tiempo. Libros, videojuegos, televisión, riñas con los hermanos, fútbol con los amigos eran lo más habitual. De vez en cuando una tía abuela aparecía con ganas de echar una partida de cartas y sólo en ocasiones inexplicables y gozosas el padre o la madre se unía a un juego.

La lección quedó aprendida y, durante mi vida adulta, me he acostumbrado a hacer pasar los días sin recurrir a nadie. Por eso cada hora pasada con un amigo es un regalo a hacer valioso y atesorar. Por eso cada minuto con Julia fue precioso, incalculable. Lo malo, claro, fue acostumbrarse, dar por hecho que ella seguiría ocupando mis días, sin pensar, sin querer concebir que algún día podría decidir retirarme su gracia tan rápidamente como me la había concedido, sin querer saber que siempre no es posible, que siempre es mentira.

Sin embargo, el minuto transcurrido desde que sonó el telefonillo hasta que por fin escuché el timbre de la puerta fue eterno, el corazón se me aceleró y el tiempo se expandió, como si entre latido y latido siguiera pasando un segundo. El mundo se movía a cámara lenta mientras mi cabeza bullía a toda velocidad, creando una angustiosa sensación de irrealidad, de vivir atrapado en un mundo que responde a un ritmo equivocado. Toda la ansiedad que no había sentido en los días anteriores se manifestó junta. Para cuando Julia llegó estaba sudando.

-Hoy sí que tienes mal aspecto -me dijo nada más abrir.

-Gracias. Tú sigues estupenda.

-No, en serio. ¿Te encuentras bien? Estás pálido.

-Sí -mentí sin convicción-. Pongámonos a la tarea.

Julia siempre había sido más práctica, más apegada a las cosas mundanas. No es que yo no supiera hacerme un huevo frito, pero hay un montón de situaciones en la vida que nunca te planteas hasta que te encuentras con ellas en el camino y te das cuenta de que no tienes ni idea de cómo actuar, de que no había ninguna asignatura o libro que explicasen los pasos a seguir. De alguna manera ella sí parecía saberlo, siempre.

Qué hacer cuando mi familia muriera y yo heredase la casa y todas sus pertenencias, tengo que admitirlo, es algo a lo que hasta entonces no había dedicado muchos pensamientos. Julia en cambio tenía unas cuantas ideas al respecto. Aunque cierto es que en este caso contaba con la ventaja de ya haber pasado por una situación similar con la muerte de su padre unos años antes, no quiero quitarle méritos. Me puso a separar aquello a conservar de lo que deshacerse. Lo que no conservara se podía tirar, reciclar o donar. Parecía fácil. Salvo por que había decidido empezar por la habitación de mis padres. Ella y su manera de coger el toro por los cuernos, no hacer fintas y practicar la honestidad brutal. Por eso la había traído.

-Después de esto, lo demás será coser y cantar.

Abrí el armario de la ropa y comencé a sacar trajes, camisas, corbatas, zapatos de mi padre. Todos a la misma caja.

-¿No quieres guardar nada? Seguro que muchas de estas cosas te están bien -tomó una chaqueta y la sostuvo entre mí y sus ojos-. Debéis tener la misma talla. Sobre todo ahora que has echado definitivamente tripa.

Era una pulla antigua. Decidí seguirle el juego y contestar con el retruque de costumbre. Salvo que ya no era costumbre. Descubrir una brasa de complicidad en aquella hoguera que daba por extinguida hacía tanto era desconcertante.

-Mis buenas cervezas me ha costado.

Ella sonrió, una sonrisa infinitamente triste. Cuando el amor se olvida, ¿sabes tú a dónde va? Parece que a ningún lado. Se seca y no es fácil extirparlo. La gente suele tener miedo de olvidar, pero lo verdaderamente doloroso es recordar. Los aciertos y los errores, todos en un pasado inalcanzable, imposible de modificar. Los recuerdos son cicatrices de la memoria y acariciarlos, a veces, revivir un dolor amortiguado. Otras veces son heridas abiertas que sangran y sangran. Intenté no descomponer el gesto.

-No podría ponérmelo. No quiero llevar la ropa de un muerto.

Reanudé la tarea bajo su mirada. Qué daría yo por no recordar, por volver a empezar de cero cada día sin la pesada carga del pasado, por construir continuamente el futuro sin rémoras enganchadas al ayer. Creo que por eso quería deshacerme de todo. Que los objetos dejaran de recordar tantos días vividos, de contar tantos secretos guardados. Es asombrosa la biografía que pueden reconstruir las cosas, sobre todo cuando el dueño ya no puede corregir ni matizar impresiones.

O al menos que ella olvidara, poder conocerla de nuevo por primera vez, sin que en sus ojos pesara el juicio de los años. Seguramente a estas alturas ya estaba todo perdonado, pero no olvidado. Sin hostilidad, mas separados por un océano de recuerdos. Hay ocasiones en que el sistema métrico debe rendirse y aceptar la inutilidad de sus pretensiones objetivas, ceder a nuevas formas de medir distancias, pesos, volúmenes. A unos centímetros de mí, pero a mil errores de distancia. Dos cuerpos con masa, pero incapaces de atraerse mutuamente. Compartiendo el mismo espacio, pero en momentos diferentes.

Era odioso. No podía soportarla allí parada y juzgando y sabiendo, así que, más por mantenerla ocupada que otra cosa, le sugerí buscar entre la ropa de mi madre algo que le gustara. Aceptó, pero yo seguía con la sensación de que me observaba, que tan solo fingía trasegar en el armario para poder espiarme más a gusto. Apenas llevaba cinco minutos allí y ya me estaba arrepintiendo de haber pedido su ayuda.

-Este abrigo es una maravilla.

-¿Cómo puedes estar pensando en abrigos en agosto? ¿Has visto la que está cayendo?

-No seas tonto. Hay que pensar en el futuro.

Por supuesto que tenía razón. Y yo se lo había pedido. Pero eso no era motivo para dársela.

-Mira, me queda perfecto.

Eso era más de lo que podía soportar. La agarré de las solapas. Su boca estaba peligrosamente cerca. Podía sentir sus pechos bajo mis nudillos.

El timbrazo del telefonillo vino a darnos una tregua. En el portal de casa estaba Carlos, el novio de mi hermana.

Esta entrada fue publicada el Jueves, 31 marzo 2011 a las 23:32. Archivada en Ministerio del Ensayo y el Error. Puedes seguir los comentarios desde el RSS 2.0 feed. Puedes dejar un comentario, o hacer trackback desde tu blog.

Un comentario a “Cuarto capítulo”

  1. Tercer capítulo | La Callecita dice:

    [...] Cuatro [...]

Escribe castellano

El hipnosapo te ordena
respetar la ortografía.
Larga vida al hipnosapo.

Deja un comentario

XHTML: Puedes usar estas etiquetas: <a href="" title=""> <abbr title=""> <acronym title=""> <b> <blockquote cite=""> <cite> <code> <del datetime=""> <em> <i> <q cite=""> <strike> <strong>