Tercer capítulo
Por TimoteoHacía poco que había terminado la carrera y empezado a trabajar en una oficina de nueve a siete. Sin embargo, a pesar de mis estudios de Ingeniería, siempre me sentí atraído por el mundo de las Letras, y me había esforzado en hacer y mantener amistades fuera de los círculos científicos y tecnológicos. Quería ser escritor. O eso me decía.
Me gustaba escribir, aunque la verdad es que escribía poco, convencido casi siempre de que tenía otras obligaciones más inmediatas y más mundanas que atender.
Carecía de sentido del ritmo y capacidad para crear imágenes, por lo que hacía años que había desistido de intentar hacer poesía. Del mismo modo, carecía de la constancia necesaria para desarrollar una novela, incapaz de mantener el interés por un mismo tema más allá de una o dos semanas. Así que, como mucho, de vez en cuando, escribía relatos de dos o tres páginas y artículos de opinión que, a falta de un periódico o revista, publicaba en un blog en el que sólo entraban algunos conocidos.
Lo que realmente me atraía era el mundo de los escritores, o al menos la idea romántica que yo tenía: gente que vive de noche, entregada a emborracharse conversando sobre literatura, filosofía, política: la vida. Una vida desordenada, sin horarios de oficina, cercana al hedonismo. Como una estrella de rock pero sin las interminables horas de furgoneta entre concierto y concierto. La única ruta que yo admitía era la que llevaba de bar en bar en busca de la penúltima copa. Escribir era algo secundario.
De forma vaga pensaba que a través de mis amistades podía meter la cabeza en ‘el mundo de la cultura’ y, tal vez, en algún momento, intentar el asalto a la literatura con algún agente infiltrado como apoyo. Por el momento me limitaba a establecer contactos y presentarme como ‘ingeniero y escritor’. A nadie le importaba lo que escribiera, así que no escribir no representaba un problema; y si alguien se interesaba por mis creaciones, me quejaba del mercado y maldecía por tener que trabajar como ingeniero para subsistir. En realidad, creo que tenía pánico a intentar dar el salto y estrellarme. Mientras pudiera seguir postergándolo era un triunfador en potencia.
Guillermo, una de aquellas amistades que había hecho en mi etapa universitaria, había conseguido al fin, tras muchos esfuerzos, vender un guión de cine. A costa de aparecer como coautor, en pequeñito, mientras la gloria se la llevaba uno de los grandes nombres del país; pero por entonces daba igual, nada podía empañar la ilusión de ver una creación salida de su cabeza en la pantalla.
Tras la presentación oficial de la película me invitó a la otra fiesta, la del equipo, en un descomunal ático en el centro de Madrid. Muchas caras conocidas, abundante alcohol, drogas a granel. Deambulé por allí un rato en compañía de Guillermo, de corro en corro, mientras me emborrachaba y el ambiente se iba cargando de humo. Luego nos separamos y me quedé solo buscando a alguien interesante con quien entablar conversación. Desistí al poco tiempo, desmoralizado: aquella gente no era tan interesante, o no aquella noche. Empecé a dudar que aquél fuera mi mundo. Agarré una botella de whisky y una buena provisión de hielos y salí a la terraza a respirar aire fresco.
Afuera había un par de grupos charlando animadamente. En uno de ellos un actor de reparto ligaba con dos chicas que debían ser de peluquería y maquillaje. En el otro se oían estruendosas carcajadas. Me fui a un extremo y me recliné en el pretil a contemplar la noche madrileña.
Estaba absorto en el tráfico y no oí los pasos que se acercaban. Una voz dulce dijo cerca de mi oído:
-¿Y tú de quién eres?
Me volví algo sobresaltado. A mi lado estaba una chica de ojos oscuros y franca sonrisa, falda a media altura y generoso escote para sus pechos pequeños. Su aliento olía a alcohol.
-¿Perdón?
-Tú no eres de la película, ¿verdad? ¿Con quién has venido? -fruncía el ceño ligeramente al hablar, como si decir cada palabra exigiera una gran concentración, y luego componía una sonrisa expectante.
-Con el guionista -sonreí al comprender y porque, en el fondo, era imposible que no se contagiara su sonrisa-. La última vez que le vi estaba metiéndose unas rayas con el director.
-Bueno, ¿y qué haces aquí solo?
-Tomando el fresco, el ambiente ahí dentro está demasiado cargado. Y beber -añadí señalando la botella de whisky.
Se apuntó con admirable entusiasmo al plan. Tanto que me costaba seguir su ritmo y hasta me hizo temer por su hígado. Pero lo cierto es que, una vez alcanzado su nivel alcohólico, aunque algo alocada e incoherente, la chica tenía una conversación interesante, hasta fascinante: conseguía absorber mi atención por completo, hacerme sentir importante mientras escuchaba mis respuestas y argumentaciones cada vez más apasionadas.
Durante las horas siguientes conversamos con fluidez, con una facilidad que nunca había tenido ante una mujer, y creo que tampoco ante ningún hombre. Aquella noche estaba inspirado e ingenioso, espoleado por el escocés y su atenta mirada.
Cuando la botella se acabó hizo un mohín de enfado. Yo me alegré, porque difícilmente habría podido seguir en pie de haber continuado bebiendo, y me preocupé, porque eso podía poner fin a nuestra charla. No quería separarme de ella.
-¿Vamos a otro sitio? -propuso. A punto estuve de estallar de gozo: aquella noche prometía acabar bien.
-¿A dónde quieres ir?
-A cualquier sitio donde sirvan whisky y podamos hablar tranquilos.
-Conozco el sitio perfecto.
Por supuesto, pensaba llevarla a mi casa, no muy lejos de allí. No cierra y siempre escondo una botella de reserva por si hay una emergencia.
-Un momento, voy a ver si encuentro al guionista para despedirme -dije. En realidad no me importaba tanto despedirme como restregarle mi pequeño triunfo.
-Bueno. Yo no necesito despedirme de Pablo.
-¿Pablo?
-Mi marido.
-¿Tu marido?
-¿El abogado que lleva los contratos?
-Creo que lo recordaría si lo hubieras mencionado.
-¿Nos vamos o no?
Vacilé un instante y acepté. ¿Por qué tenía que cambiar las cosas el hecho de que estuviera casada?
Durante el camino a casa la interrogué. Se había casado hacía un año, un flechazo con un abogado algo mayor que ella que parecía conocer a todo famoso del país. La introdujo a un atractivo mundo de colores brillantes, ella quedó hechizada y se casaron con sólo unos meses de relación. El hechizo, claro, dejó de funcionar al poco de casarse, él estaba muy volcado con su trabajo y, según sospechaba ella, le era infiel. En todo era una desprotegida víctima. A mí no me parecía tan inocente, pero hice como si me lo creyera. Algo de verdad debía haber en el fondo. Y si ella quería vengarse de su marido conmigo, ¿por qué no disfrutarlo?
Nos servimos otra copa y nos sentamos en el sofá midiéndonos, sopesando si era el momento de pasar a la acción o al menos de abandonar la conversación trascendental por otra más banal, más cercana al abierto flirteo. Yo todavía me debatía sobre la idoneidad de liarme con una mujer casada. Tomé la decisión de compromiso de no tomar la iniciativa: todo lo que había pasado y todo lo que pasara habría sido culpa suya. Yo sólo me dejaba llevar.
Habló ella primero, retomando la charla interrumpida, y yo me entregué sin luchar. Las mujeres eran criaturas que habitaban en una esfera diferente y de vez en cuando tenían a bien descender sobre mí por razones incomprensibles, así que simplemente había que aceptar y disfrutar esos momentos, sin afligirse por los que no llegaban, pues son ellas las que eligen. A lo mejor aún le quedaba algo de inocencia y sí que tenía reparos en engañar a su marido. A mí me salvó de mi dilema moral. Además, escucharla era fascinante, hablarle un estimulante reto y yo siempre he tenido debilidad por una conversación interesante caldeada con alcohol: pierdo la noción del tiempo y no necesito nada más, me basta con ese placer intelectual. Aquella noche no fue una excepción.
Nos sorprendió el sol todavía hablando y bebiendo, hasta que la claridad en el cielo de Madrid se tornó en luz diurna y no pudimos seguir ignorándola. El cansancio también empezaba a pesar.
-Debería irme -confesó al fin.
Yo intenté retenerla, ofrecerle otra copa más, un desayuno, una cama para recuperar fuerzas antes de volver a casa.
-No lo estropees. Ha sido una noche maravillosa.
Tuve que admitir que yo también había disfrutado y dejarla marchar. Sólo me quedaba una duda, que hasta entonces no había tenido importancia y que ahora sentía un tanto absurda plantear.
-¿Cómo te llamas?
-Julia.
Como despedida me dio dos castos besos y dejó su perfume y su sonrisa flotando en mi salón.
***
Pasé los días siguientes intentando convencerme de que no acostarme con ella había sido lo mejor que me podía haber pasado. No quería complicarme la vida con una mujer casada. Siempre había creído que las relaciones de pareja eran lo suficientemente complejas de por sí como para ir buscando una con título de compleja.
Intenté convencerme, pero no lo conseguí. El recuerdo de aquella noche no se borraba. Al contrario, sus labios se iban volviendo más carnosos y sus palabras más afiladas: la mujer de mis sueños y la había dejado escapar sin averiguar su número de teléfono. Sólo tenía un nombre y alguna pista acerca de quién era su marido.
Llamé a Guillermo para tirar de ese escaso hilo. Sin resultado. Juraba y perjuraba que el abogado con el que él había firmado era un cincuentón casado con una mujer de su edad, según le había dado a entender, y que era el tipo de hombre que hubiese dejado bien claro que se beneficiaba a una atractiva veinteañera. Y no, hasta donde él sabía no había otro abogado dedicado a esas tareas.
Perfecto. Así que ya sólo tenía su descripción y su nombre, suponiendo que no fuera también falso. La búsqueda pintaba realmente complicada. Tanto, que volví a intentar convencerme de que aquello era una advertencia del destino para que cejase en mi empeño, una suerte en el fondo. Nunca he creído en el destino, pero en ocasiones he pensado que quizás debí hacerle caso.
Una tarde, volviendo en metro del trabajo por una ruta poco habitual, vi al otro extremo del vagón una silueta de mujer que me hizo recordar a la que me había tenido en vela las últimas semanas. Estaba de espaldas, con unos vaqueros y una cazadora, nada que ver con el vestido que yo había conocido, pero supe que era ella. Era la tercera vez que me ocurría aquel día. No tuve tiempo para acercarme y desengañarme, pues se bajó en la siguiente estación. Tras dudar un instante, salté al andén y comencé a perseguirla. Había demasiada gente como para poder alcanzarla, así que grité su nombre, en vista de que no se enteraba cada vez más fuerte, cada vez más angustiado. La gente empezó a volverse, hasta que incluso ella se interesó por el escándalo que alguien estaba montando a su espalda. No era Julia.
-Julia -musité, triste y empezando a sentir cierta vergüenza por la escena que acababa de protagonizar.
-¿Me buscabas? – susurró una voz dulce cerca de mi oído.
Esta vez no la dejé escapar.
[ Cuatro ]
Etiquetas: Ladrillo
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el Lunes, 29 septiembre 2008 a las 2:20. Archivada en Ministerio del Ensayo y el Error.
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1 octubre 2008 a las 18:24
Creo que mejora con respecto al segundo capítulo. Incluso al primero. Me estoy todavía descojonando con los guiños, pero echo de menos más profundidad, silencio, una dimensión más abstracta en algunos momentos de la narración. Quizás te sobren algunas disertaciones sobre lo que te gusta de las mujeres. Quizás es porque te conozco demasiado, aunque es posible que esté criticando por criticar porque sinceramente me gusta. Estoy leyendo los cuentos de Raymond Carver y me he contagiado de una prosa muy puntuada. Mis felicitaciones. Nos vemos en Villa Juarez.
1 octubre 2008 a las 20:03
Leches, quieres más cosas abstractas y sin embargo sobran disertaciones. Pues sí que va a ser complicado el equilibrio.
En fin, yo creo que es para lo que da el capítulo: un recuerdo de Luis, los hechos como los recuerda él y algunas reflexiones que le vienen a la cabeza sobre aquella etapa de su vida. Intento alejarme de las marañas amariandas y demás pajas mentales.
Gracias por las críticas. Espero ese corderito asado.
29 marzo 2011 a las 2:06
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