Hacía calor. Eso es lo primero que recuerdo de mi regreso a España, el calor agobiante de julio en la cara nada más bajar del avión. Aunque ya lo hubiera anticipado, el recuerdo no era comparable a la sensación real. En seguida el aire acondicionado del aeropuerto lo enmascaró con su atmósfera isoterma, como si eso bastara. Un momentáneo golpe de calor ya me había situado, me había recordado con precisión el mundo al que volvía.

Saqué el móvil y llamé a mis padres, vendrían a recogerme, en lo que yo recuperaba mi equipaje ellos llegarían a la terminal, era cuestión de minutos. Tardé algo más de lo esperado en encontrar mi maleta, pues no apareció en la cinta hasta después de muchas vueltas, ya confundida con otro vuelo, así que llegué al exterior esperando encontralos allí y de nuevo aquel brutal golpe de calor me llevó al presente y al pasado, a aquel otro verano en el que decidí que mi futuro pasaba por alejarme de Madrid y de todo lo que conocía para empezar una nueva vida. Entonces pensaba que uno podía escapar de su vida, como si fuera algo ajeno, como si uno no la llevara siempre consigo, inexorable. Como si lo que uno desea no se acabara cumpliendo.

Hacía calor, y de ese calor había huído, al frío, a la lluvia y a la niebla constante en la que puedo diluirme en un setenta por ciento de agua, imaginar que soy una partícula más flotando sin voluntad alguna, esperando llegar al río que me lleve al mar o el rayo de sol que me evapore para volver a empezar, que me transporte al centro. Echaba de menos el calor.

Allí estaba, con aquellos odiosos, amados treinta y tantos grados, intentando olvidar y recordar por qué me había ido y por qué volvía mientras esperaba a que llegaran a buscarme, de nuevo la impuntualidad y las esperas sin sentido, los atascos para ir a cualquier sitio. Llamé una vez más y no contestaron. No contestaron nunca. No contestarían nunca más.

Tuve que volver en taxi.

En casa recibiría la llamada más absurda de mi vida. Me comunicaron que mi familia había muerto en un accidente de tráfico camino del aeropuerto. Todos: mis padres, mi hermano y mi hermana. Venían juntos a recibirme después de tanto tiempo y un turismo se cruzó en su camino. Él sobrevivió y nuestro coche quedó reducido a metro y medio de acero y sangre. Es ridículo, cinco mentes capaces de preguntarse sobre el sentido de la vida o qué le van a decir a su hijo o hermano cuando por fin le vuelvan a ver y de pronto un puñado de átomos, moléculas organizadas sin sentido, esencialmente lo mismo y sin valor alguno. Ridículo.

Una noticia tan absurda no se puede asimilar. Esperaba que todo fuera un malentendido, algún tipo de macabro error. Tuve que ver los cuerpos ya sin vida, prueba irrefutable, y seguí desconfiando: la evidencia está ahí, pero en tu cerebro no encajan las piezas. Es algo que siempre has dado por hecho, que forma parte de la estructura básica del mundo; puedes llevar semanas sin ver a tu madre, sin hablar con tu hermano, pero sabes que están ahí, a una llamada de distancia, existiendo sin tu ayuda. La sensación era similar, los sentía alejados temporalmente, como si ahora fueran ellos los que se hubieran ido a vivir a otro país. Sólo tenía que averiguar el número de teléfono adecuado para hablar con ellos. El cerebro en blanco, incapaz de sentir en realidad, de admitir la magnitud del hecho. No negando lo que veía, sino sin poder incorporarlo a mi idea del mundo. Cada consciencia es el centro de un universo; el mío acababa de estallar en pedazos.

Tardaría mucho tiempo en reconstruir mi universo, y de hecho creo que nunca he llegado a entender la muerte: sigo sintiéndola como una ausencia demasiado prolongada, para siempre. Tal vez no haya más que entender, no esconda sentido alguno. Simplemente, el universo carece de sentido, de propósito, y por extensión la vida. La humanidad lleva siglos preguntándose de dónde venimos y a dónde vamos como si la respuesta guardara el secreto que una vez revelado nos iluminará a todos y nos permitirá comprender los porqués. Mentira. Sólo hay oscuridad. No podemos ir a ningún lado.

Me serví un whisky para aturdirme de verdad, de una manera conocida y no esa blancura que lo invadía todo, impidiéndome pensar. Tampoco quería pensar, no creí que pudiera soportarlo, sólo caer en la inconsciencia, dormir para poder despertar de ese mal sueño. Por supuesto, no dormí en toda la noche.

Al día siguiente les incineraron. No todo ocurrió tan rápido. Hubo interminables horas de papeleo y decisiones carentes de importancia y sentido que tomar sobre la marcha, multitud de aspectos legales que ignoraba hasta entonces y que debería haber seguido ignorando por muchos años; hubo que investigar la forma de contactar con sus amigos; hubo que tratar con todos los parientes. Todo aquello me daba igual, poco tenía que ver conmigo. La misma sensación se mantuvo durante la ceremonia, un extraño ritual al que asistí como un indolente espectador, sin apenas prestar atención; y cuando al final uno por uno se acercaron sus familiares y amigos llorosos a darme el pésame, estrecharme la mano, una palmada en el hombro, únicamente pensaba en llorar, en desmoronarme como se esperaba de mí. No podía hacerlo y eso me convertía en un monstruo insensible. Despaché a todos tan rápido como pude, agarrándome a los habituales convencionalismos para mantener los breves diálogos. Al fin y al cabo, no se me exigía más.

Con algo más de persuasión me deshice de los más allegados que insistían en acompañarme un poco más, llevarme a casa, invitarme a cenar. Quería estar solo. Estaba solo, pues en realidad no eran tan cercanos, tíos y primos que llevaba años sin ver, una pareja muy amiga de mis padres a la que apenas había tratado, el prometido de mi hermana al que acababa de conocer y casi parecía tan fuera de lugar como yo, aunque con voluntad de fundirse en los demás para mitigar su pérdida. Yo estaba solo por dentro y quería estar solo por fuera para que el desequilibrio no fuera tan brutal.

Cogí un taxi hasta casa, llevando las cenizas, cuatro urnas, como si volviera cargado de compras. La casa de mis padres, el único sitio en el mundo que había sido mi casa, en la que me iba a instalar mientras buscaba piso y que ahora era realmente mía. Subí, dejé las cenizas en la mesa del salón a la espera de saber qué hacer con ellas y, a pesar de no tener hambre, inspeccioné la nevera por pura rutina, era hora de cenar y tal vez algo me abriera el apetito. Estaba llena de comida, comida para ellos y para mí, para la cena de bienvenida en la que íbamos a celebrar la reunión de nuevo de toda la familia y yo iba a conocer a mi futuro cuñado. Se iba a echar a perder como no me la comiera rápido. Corrí por el pasillo y me abalancé sobre el retrete para echar el estómago por la boca con violencia. Sobre el frío suelo, abrazado a la fría porcelana, todavía atacado por arcadas, comencé a llorar.

Pasé los siguientes días dando cuenta de la nevera, acabando con lo último que mis padres habían hecho por mí acompañado por generosos vasos de whisky. No recuerdo mucho de lo que hice aquellos días, tal vez porque no hice nada. Recibí alguna llamada interesándose por mí, pero pronto desconecté el teléfono y no salí de casa ni vi a nadie. Vagaba por la casa sin objetivo alguno, mortificándome en lo absurdo de todo el asunto: podría haber ido a casa directamente en taxi, no hacía ninguna falta que fueran a buscarme, y menos que fueran los cuatro, con lo difícil que era juntarnos a todos, si además ya íbamos a cenar todos juntos, en principio mi futuro cuñado iba a acompañar a mi hermana, pero a última hora mi hermano consiguió escaparse del trabajo y venir a buscarme ocupando su plaza, ya ves, qué tontería, si el jefe hubiera sido un poco más intransigente él seguiría vivo; y no hacía falta que fueran a buscarme, bien podría haber cogido un taxi, si no hubieran ido a buscarme seguirían todos vivos, todos con sus vidas; bastaba con que yo hubiera llamado minutos, segundos más tarde, que hubiera esperado a tener la maleta en mis manos para decirles que vinieran y todo sería distinto, si hubiera cogido un taxi para presentarme en casa sin más, si…

Para colmo estaba en una situación económica envidiable, lo que siempre había deseado. Tenía casa y suficiente dinero como para no preocuparme durante años. Los ahorros para la jubilación de mis padres más un seguro de vida cuya existencia desconocía sumaban números con muchas cifras. La vida solucionada, lo que siempre había deseado. A qué precio. Es cierto que puedes conseguir todo lo que deseas: sólo hay que saber cuál es el coste y estar dispuesto a pagar. Por eso debes tener cuidado con lo que ambicionas, porque se puede acabar cumpliendo. A mí nadie me había avisado del precio, ni de que el único trámite era una llamada en el momento justo.

Aquel dinero me quemaba, era la prueba del delito, estaba claro: ellos habían muerto y como consecuencia yo me había enriquecido. El móvil es evidente, señor juez, no sé cómo la policía tarda tanto en verlo. Que yo no participara en el asesinato no es excusa, yo quería dinero y ahora lo tengo. Pensé en deshacerme de él, donarlo a alguna asociación benéfica, limpiarlo, pero no tuve valor. Me había costado demasiado. Quería vivir mi sueño, aunque pareciera una pesadilla.

Tenía dinero para hacer todo lo que quisiera, hacer lo que siempre había querido, pero lo cierto es que no quería hacer nada. Vivir, completar cada minuto era un lento tormento; había que dividir los minutos en segundos para que fuera más fácil: siempre se puede aguantar un segundo más, sumar un segundo tras otro hasta completar un minuto y volver a empezar, acumular minutos hasta tener horas y, poco a poco, días. Segundo a segundo, trago a trago, pasaron los días.

Pensé muchas veces en llamarla. Necesitaba alguien a quien abrazar, una mujer que me recostara en su pecho y no me dijera nada, se mantuviera ahí, transimitiéndome calor, manteniendo un vínculo con el mundo. Necesitaba de manera desesperada a alguien sobre quien abandonarme, que me tomara a su cuidado como si estuviera enfermo y con paciencia aguardase mi redención.

Fantaseaba con llamarla, pero sabía que la realidad no sería como me gustaba imaginarla. No sería justo aparecer así después de los años, con semejante historia tendría que guardarse cualquier rencor. Seguro que me compadecería sincera, y eso sí que no podría soportarlo, su compasión, su lástima. Si había aguantado tanto tiempo allá fuera las inclemencias del Norte fue para no volver arrastrándome y ésta sería la forma menos digna de presentarme: como un auténtico perdedor, pues lo había perdido todo.

Debí pasar unos veinte días en aquel bucle de remordimientos y expectativas, negación y aceptación, sin salir de casa, acabando con toda la comida que allí había, nevera, congelador, conservas, con whisky al principio, después con ginebra, distintos licores y los últimos días vino y cerveza. Una dieta desordenada por completo, comiendo cuando me apetecía lo que me apetecía, en ocasiones sin cocinar; engullía todo lo comestible que encontraba, absurdamente obsesionado por acabar con aquellos restos, aquel vestigio del paso de mis padres por el mundo. Con sorprendente tenacidad para aquel estado de duermevela en el que pasaba sin transición del pensamiento al sueño y del sueño a la fantasía.

Hasta un día en que se acabaron los alimentos. Rebuscando por la casa en busca de algo que comer llegué al armario de las medicinas. Cargué con todo lo que pude hasta la cama para darme un banquete picando de esta caja y aquella con un tinto para ayudar a tragar. Tras un gelocatil y un valium perdí la consciencia, completamente borracho.

Archivado en Ministerio del Ensayo y el Error el 18 Agosto 2008 | 10 comentarios »

Todo comenzó con una bofetada, una orden de alejamiento y una condena por escándalo público. Muchos años después, el profesor Xian “Abracadabra” Zahan, al frente de un equipo de investigación y desarrollo de la Universidad de Berkeley, California, y con el apoyo financiero del Pentágono, conseguió crear un material capaz de desviar los haces de luz que inciden sobre él, resultando éste invisible para el ojo humano. Adios, problemas de masturbación compulsiva. Bienvenido, Premio Nobel.

Un exultante General Waterparties nos invitaba por vía telefónica a una demostración de las cualidades del nuevo material en las oficinas del mismísmo Pentágono, el edificio de oficinas más eficiente del mundo, poblado por algunas de las mentes más preclaras de la historia, custodio de secretos que harían zozobrar naciones enteras, con unas medidas de seguridad capaces de detectar una lenteja tres meses después de haberla ingerido… 

¡General! ¡Dichosos los ojos que-

¡Alto ahí, hijo! ¡No des un sólo paso más!

¡Leñe! ¿Pero qué pasa aquí?

¡Hemos perdido el material, chico! ¡Podría estar en cualquier parte! ¡Ten mucho cuidado con dónde pisas!

¡Claro, claro! Cómo no. Si lo prefiere, dejamos la entrevista para cuando puedan hacer la demostración.

No, no se preocupe usted por la presentación. De todas formas era de todo menos espectacular, créame.

Yo pensaba que iban a hacer desaparecer un avión, o algo así.

¿Quién se cree que somos, hijo? ¿David Copperfield? Pensábamos poner el material en una urna y dos tipos muy serios y con metralletas al lado, como evidenciando que ahí había algo muy importante.

Bueno, eso todavía pueden hacerlo.

En este momento hay treinta tíos en una sala secreta discutiéndolo. Prosiga con la entrevista como si nada. Caminemos.

Caminemos pues. En el cine y la literatura, el uso más inocuo que se le ha dado a la invisibilidad se lo han dado los pervertidos. ¿En qué lugar les deja eso a uste- CRAC.

¡¡Alto!! ¡¿Qué ha sido eso?!

¿Eso? Nada.

¡Ese crujido!

Yo no he escuchado nada.

¡Sonaba exactamente igual que si hubiese pisado el material!

No, no, no… ja,ja, qué ideas. Cómo iba yo a pisar el mate- CRAC.

¡Otra vez!

Coño…

Hijo, detente inmediatamente. Es como si estuvieses pisando un cheque de treinta millones de dólares.

No, no, mi señor, ¿treinta ha dicho? No, no, qué va. Escuche General, ¿participó usted en la Guerra de Iraq?

¡Por supuesto! Estuve defendiendo a mi patria del horror químico. ¡¿No me vendrás ahora con historias de hippies?!

No, hombre no. Pero esos crujidos van a ser tinitus de la guerra, ¿eh? Por las explosiones. No se me preocupe hombre.

¡Demonios, chico! ¡Puede que tengas razón!

Claro hombre, relájese y acláreme una última cosa. ¿Esto de la invisibilidad tiene algún uso que no sea militar?

Por supuesto, permitirá ingentes avances en óptica…

…que podrán implementarse en satélites para realizar mejores observaciones.

¡Exacto! ¡Esa es la idea! No, a ver, lo que quiero decir es que…

Tranquilo, ya ha dicho suficiente. CRAC. CRAC. ¿Ha visto bailar flamenco alguna vez?

Nunca, hijo, enséñame ese baile primitivo, así me relajaré un poco, que me estoy volviendo loco.

Pues mire, básicamente consiste en taconear con fuerza en el suelo, mire, así. CRAC. CRAC. CRAC.

¡Ole! ¡Ole! ¡Toreador! ¿Es normal que cruja el suelo?

¡Oh, sí! ¡Normalísimo! CRAC. CRAC. ¡Eso es señal de que se está haciendo bien! ¡CRAC! ¡CRAC! ¡CRAC!

Pues siga, siga, qué delicia. ¡Palmas, palmas! ¡Ole! ¡Ole!

Militares. Habrase visto.

Archivado en Inclasificables, Ministerio de la Discordia el 12 Agosto 2008 | 1 comentario »

Al final, y nunca mejor dicho, sucedió. Las últimas palabras de la humanidad fueron “¿el sitio de este tornillo es el suelo?” y después, el silencio. De acuerdo, quizás hubiera unos instantes de dolor atroz entre lo uno y lo otro, pero nada realmente importante, una vez que la humanidad entera ha quedado reducida a pura energía vagando en el vacío.

Para nuestra sorpresa, las consciencias de los seres humanos “sobrevivieron” a la catástrofe, si es que tal término puede aplicarse al estado de existencia en el que ahora nos encontramos. Siempre que el término “ahora” pueda ser aplicado en este espacio inerte en el que vagamos. Si el término “espacio” pudiese… Ustedes ya me entienden. Para disipar éstas y otras dudas, hemos conseguido realizar una entrevista con el máximo responsable del LHC, que pueden ustedes leer antes incluso de que se haya realizado aunque, desde luego, no gracias a lo “acertado” de las teorías de cierto alemán desquiciado. Ahora la palabra “Einstein” se utiliza como sinónimo de zumbado.

Buenos di… buenas tar… ¡Saludos! Bueno, al final, ¿qué fue? ¿Un agujero negro, un “strangelet”, el decaimiento del protón o el vacío cuántico?

Hans.

¿Hans?

Sí, Hans, el becario. Se le olvidó llevarse una.

¿Tenían ustedes un becario haciendo los cálculos de seguridad? ¿Creían que, recién salido de la Universidad, estaría preparado?

Hombre, algo sospechamos cuando le vimos contar con los dedos, pero como era sobrino del presidente, pues ya sabe usted como son estas cosas.

Pues se van a poner contentos el resto cuando lo descubran.

¿Y qué van a hacer? ¿Hacerle el vacío? Ja, ja, ja, ja…

¿Se está usted haciendo el gracioso?

Ehm… no.

No están ustedes en posición de de hacer muchos chascarrillos.

Lo entiendo…

Saben ustedes los científicos que son el colectivo más odiado de toda esta… todo este… cosa.

No se crea, los historiadores están encantados, dicen que ya creían que se iban a perder el final de la película.

Pues al final ha resultado ser una de las malas, de esas con científicos locos jugando a ser Dios y cargándose todo el mundo en el proceso.

Es verdad, al final las películas de serie B resultaron ser la única aportación relevante de la cultura para el ser humano. Si tan sólo hubiésemos sido un poco más frikis…

Supongo que ya no tiene importancia.

No, supongo que no.

Gilipollas.

¿Perdón?

Nada, que no me podía quedar sin llamárselo.

No pasa nada, muchos de nosotros ya lo estamos confundiendo con nuestro nombre.

Eso está bien. Bueno, y ¿tienen ustedes algún dato sobre dónde estamos?

En realidad la noción de ahora no sería demasiado correcta, ni tampoco la de “donde”.

No me repita información que eso ya lo he dicho yo antes.

De acuerdo, pues son las “nunca” y estamos atrapados en “nada”.

Creo que voy a partirle la cara.

No pretendía vacilarle, quería decir no nos encontramos en ningún…

Prepárese que voy.

Lo que intento expli- oinch.

Qué a gusto se queda uno.

Ezo no eda nezezadio.

Qué sabran ustedes los científicos lo que es necesario. Bueno, para ir terminando, ¿alguna idea sobre cómo pasar el resto de la eternidad?

 Zí, en dealidad zí. Unoz cuantoz de miz codegaz y yo mizmo eztamoz elabodando un pdoyezto que noz pedmitidá avediguad la eztruztura ezazta de ezte univedzo y…

No siga, por favor.

¡Pedo zi ez muy intedezante! Mide, mide, zi ze obzedva la auzenzia de colizionez entde padtículaz de etza peculiadidaz pdotocózmica…

Le pido que se calle y deje de escupirme.

¡Zi me deja ezplicadme lo encontdadá apazionande! Ze zupone que la auzenzia de dimenzionez de ezte univedzo…

Nada. Que no cambiaremos nunca. 

Archivado en Ministerio de la Discordia el 8 Agosto 2008 | Sin comentarios »

Por cuestiones legales que no viene al caso relatar, he de comenzar esta entrada desmintiendo los rumores de que los chicos de La Hora Chanante vayan a destruir éste o cualquier otro universo en un futuro próximo. Según sus abogados, si en un breve plazo de tiempo el mundo se acabase, la responsabilidad recaería única y exclusivamente sobre los científicos a cargo del Gran Colisionador de Hadrones. Llamadme desconfiado, pero nombre para destruir el universo no le falta, no.

A estas alturas ya todo el mundo debe saber qué es el LHC. Un acelerador y colisionador de partículas fundamentales que recreará las condiciones del Big Bang y que, según algunos científicos, puede confirmar la Teoría del ¡Zacatrás!. El cumplimiento de la Teoría del ¡Zacatrás! implicaría la total destrucción de nuestro planeta, o del universo entero, los científicos no ven la necesidad de ponerse de acuerdo en este punto, y supondría la constatación de dos grandes postulados:

1. El universo es finito.

2.Y el ser humano gilipollas.

Es el precio por saber qué es la masa, amigos.

Archivado en Ministerio de la Discordia el 6 Agosto 2008 | Sin comentarios »

Bueno, vamos a ver. La cosa está como sigue: en un par de días igual se acaba el mundo. Así como suena. ¡Zacatrás! A tomar por culo a zurrir mierdas con un látigo. Es una posibilidad. Los culpables: La Hora Chanante. Tenía que ser España. Cómo no. A ver quién más se iba a cargar el universo si no. ¡Maniáticos! ¡Lo habéis destruído todo!

Archivado en Ministerio de la Discordia el 6 Agosto 2008 | 1 comentario »

La playa de Minigauss, a falta de otros servicios como chiringuito, duchas o alquiler de hidropedales, cuenta con su propio pervertido, con su voyeur. Con su mirón, vaya. No un aficionado al voyeurismo que se deje caer por allí, sino un profesional, alguien que dedica sus tardes de verano a ponerse morado viendo cuerpos en diferente grado de desnudez. El tipo debe pasar los treinta, escuchimizado, cabello oscuro, largo y desaliñado, dientes torcidos y prominentes, gafas -no se las quita ni para bañarse: hay que ver bien hasta desde el agua- y suele llevar por único atuendo, una vez se ha instalado, una vieja gorra que en algún momento debió ser azul. El aspecto global es desagradable, pero el rechazo aumenta cuando descubres que constantemente dirige indisimuladas miradas a los que le rodean. Incluso a ti. No se molesta en fingir que lee un libro o escucha música o hace ejercicios de yoga, simplemente baja al caer la tarde y se dedica a mirar al paisanaje; si acaso, cuando no puede aguantar más el calor o el calentón se refresca con un breve baño en el que no deja de escudriñar los cuerpos que le rodean.

Y ojo, que en una playa todos miramos a nuestros vecinos, especialmente si es una moza de buen ver, están tan cerca que no es raro que en algún momento fijemos nuestra atención en ellos y, qué carajo, no hay nada malo en alegrarse un poco la vista. Es uno de los atractivos de la playa: allí cada uno expone lo suyo y atisba lo de los demás. Quid pro quo (jeje, si sé latín yo). Lo que ya pasa de lo razonable es aposentarse en un lugar, observar al personal, otear los alrededores en busca de más cuerpos interesantes -si hay genitales a la vista, mejor- y trasladarse a esa nueva posición, situándose mucho más cerca de lo que parecería aconsejable, a una distancia sospechosamente menor que la que pueda haber entre otras dos toallas cualquiera de la playa, si es posible en la bisectriz de las piernas, mirar descaradamente y vuelta a empezar. Más de una -y más de uno- se han visto (juas, observen el juego de palabras) obligados a mudarse ante tanta observación, incómodos. Supongo que algún(a) exhibicionista también lo habrá disfrutado.

Claro que en ocasiones he envidiado su desvergüenza para cambiar de lugar, cuando entra en juego la Ley del Barco Fondeado: ya puede haber un centenar de metros entre cada bañista playero que en tus inmediaciones hasta entonces tranquilas irá a aposentarse, no una jugosa cierva partidaria del moreno integral, sino siempre una familia con niños alborotadores y suegra, en el peor de los casos ella amante del bronceado integral. Y así no hay manera, oiga. Uno se baja a un lugar público a lucir cuerpo serrano mientras lee una ligera novela veraniega, no sé, Crimen y castigo, o a algún escritor inglés en su lengua original, con el título bien a la vista, esperando llamar la atención de una estupenda doncella amante de la novela rusa del XIX, en el primer caso, o una simple guiri en el segundo, y con tanta algarabía no hay forma de parecer una atormentada alma solitaria. No hay derecho.

Archivado en Ministerio del Escarnio Público el 1 Agosto 2008 | 1 comentario »