Pasearon de la mano por Hyde Park. Y por Notting Hill. Y por el British Museum. Y por Oxford Street. Y por la rivera del Támesis.

Se besaron en Picadilly Circus. Y en Covent Garden. Y en Trafalgar Square. Y en el Tower Bridge. Y bajo la sombra del Big Ben. Y frente a un guardia impasible del Buckingham Palace. Y en oscuros pubs de suelo pegadizo.

Todos dijimos que no lo habíamos visto venir, pero no es cierto. Yo sí vi venir el autobús rojo cuando ellos cruzaban sólo pendientes de su amor. Dudé un instante. Sentí el frío de acero extendiéndose en mi corazón. El rojo se esparció por la calzada.

Archivado en Ministerio del Ensayo y el Error el 24 diciembre 2010 | 5 comentarios »

El frío busca los resquicios donde besarte como un amante los portales oscuros. Palpa y palpa hasta que lo apartas de un manotazo, pero sabes que volverá por más. Cualquier resquicio en la bufanda y hacia el pecho, un desajuste en el abrigo y sube por la espalda, incluso a través de la ropa, las piernas son cada vez menos tuyas. Todo lo quiere.

Marina hunde un poco más la barbilla en la bufanda intentando hurtar su cuello al viento y se arrebuja en su enorme abrigo. Aprieta las manos enguantadas en los bolsillos contra su vientre. Aprieta los dientes. Sobre el Sena, sin resguardo y con el aire volviéndose agua, el invierno se ensaña. Cristales de hielo entran hasta los pulmones. El frío también ataca desde dentro.

Pasos rápidos. Marina sabe que la clave es no parar, aunque las sombras del puente le llamen para que se pare a contemplar las gélidas aguas. Las mismas sombras que en verano le hacían promesas de amor hoy murmuran entre los listones, donde el río lame los pilares con su lengua eterna.

A la manera de una hormiga, había estado cosechando amor durante todo el verano con la esperanza de usarlo de combustible invernal. Ella mencionó Rayuela, él rió, habló de encuentros casuales y causales y se descubrieron cómplices. Encontró su andar desgarbado en todos los horizontes de la ciudad. Sus ojos de miel la fotografiaron por los jardines de agosto. Por las noches, revelaba su sonrisa contra el techo de la habitación. Las lluvias del otoño lo empaparon todo, dejándolo inservible. No apto para consumo humano. Ahora un corazón calado apenas desprende calor y cruzar el Pont des Arts es más duro que atravesar París entero.

Una tarde de esos últimos días de otoño en que el verano vuelve para despedirse, tras ver a los árboles comenzar a despojarse de sus hojas sobre el canal Saint-Martin, Luis le dijo que estaba enamorado. Marina le cogió la mano y, antes de que pudiera responder nada, él precisó que de otra. Mantuvo la sonrisa como pudo. Le estaba pidiendo su consejo de amiga. Aguantó el resto de los golpes como un sparring profesional. Se negó con suavidad a dar consejos, como siempre hacía por principio, pues apenas sabía tomar decisiones en su propia vida. Él no quería asesoramiento, sino oírse decir ciertas cosas en alto y convencerse de que venían de fuera. Al final de la conversación se dio cuenta de que no le había soltado la mano.

Las siguientes semanas fueron lluviosas. Marina veía las ventanas impregnarse de humedad a través de sus ojos empañados. Luego el agua fue dejando paso al frío. Tuvo que subir la calefacción y sacar otra manta, con la caída del sol parecía filtrarse hasta los huesos.

Ya las palabras se congelan al contacto con el aire. Deja suspendido un suspiro cuando alcanza la otra orilla. Ha conseguido cruzar una noche más.

Archivado en Ministerio del Ensayo y el Error el 4 diciembre 2010 | 2 comentarios »

Prólogo de “El Mutista”. No esperen pronto el resto.

El manto estrellado de Morfeo titilaba sereno sobre los campos de olivares, mecidos por la brisa nocturna del Mar Egeo. El único obstáculo reseñable a su avance era la ciudad de Mileto, fundada en la noche de los tiempos por un apuesto y bien formado efebo, que escapaba de un admirador demasiado fogoso y regio para su gusto y de su demasiado sanguinario y bien entrenado ejército.

Dos figuras cruzaban la acrópolis sin demasiada convicción; al menos una de ellas parecía no tenerlas todas consigo. Era una pareja compuesta por una vieja aristócrata, de cuya belleza podía decirse que era legendaria por la cantidad de tiempo que hacía que había abandonado el barco, y un prometedor estudiante con pinta de encontrarse en una situación para la que no había sido debidamente instruido.

- Señora, empezamos a alejarnos bastante del ágora, ¿no puede enseñarme lo que sea aquí mismo?

- No te preocupes, mi impulsivo doncel. Una pequeña caminata no debe ser obstáculo para un joven tan fornido y apuesto como tú.

La anciana hundió un poco más sus dedos huesudos en el brazo del estudiante e, ignorando los quejidos que emitía su joven erómeno, lo arrastró hasta un balcón delicadamente engalanado con enredaderas y flores aromáticas, desde el que se divisaba toda la ciudad. Una vez allí, la anciana se volvió hacia su acompañante al tiempo que acariciaba un ánfora de forma pretendidamente insinuante.

- Entonces, ¿todos los estudiantes lucen atributos tan apolíneos como los tuyos, o debe considerarse como una atención especial de los dioses?

El estudiante se acariciaba el brazo, que aún guardaba la memoria de los huesos de la anciana en su carne.

- Honestamente, no se si apolíneo es el adjetivo más adecuado…

- Por favor, la humildad es el consuelo de los que no tienen nada de qué presumir. Vuestra silueta, en cambio…

- Señora, me parece que esperáis ser complacida de alguna manera que no me atrevo a imaginar, y mañana tengo que…

- Oh, no os riáis de mí. Sin duda una mente tan despierta como la vuestra debe conocer infinitas maneras para satisfacer a una dama.

En la despierta mente del estudiante hacía un rato que se agolpaban imágenes de terribles accidentes de carretas y emboscadas a la vuelta de un matorral traicionero.

- Quizás si fuéramos a un lugar más iluminado y concurrido podría leerle algún pasaje de…

- Observo que te falta perspectiva, gorrioncillo.

La anciana puso los brazos en ánfora y decidió pasar de los dobles sentidos de alcoba a los de campaña. Con cada frase suya enviaba un par de caballos de Troya dialécticos hasta arriba de soldados hacinados, acalorados, hambrientos, probablemente con urgencias fisiológicas que aliviar desde hace horas y que matarán por un poco de aire fresco. El estudiante era el mocoso que se pone a jugar al frontón usando el caballo de pared.

- Una mente tan brillante e inquieta como la vuestra debe alumbrar gran cantidad de excitantes proyectos. Proyectos que se beneficiarán enormemente del apoyo financiero que puede aportar una dama como yo.

- Señora, dadme tan sólo una rama seca y tierra en la que poder dibujar; nada más necesita el verdadero sabio: quebrantará así la lengua de los charlatanes.

- ¿Y las influencias? No podéis negar que no todos los oídos son igual de valiosos, y que más vale predicar un vez en el foro adecuado que mil veces entre cardos y alimañas.

- Si una idea es cierta, se sostiene y difunde por sí misma: lo más veloz es el entendimiento, que corre por todo.

- Pero bueno, ¿afirmáis entonces que no os interesa nada de lo que os rodea?

El estudiante levantó la mirada hacia el firmamento y dejó que la luz de miles de estrellas bañase su rostro, otorgándole la prestancia de un semidiós esculpido en piedra.

-A veces, cuando contemplo la inmensidad de la cúpula celestial, las estrellas observándonos impasibles desde el firmamento como los fríos ojos escrutadores de Minerva…

-Lo que vos digáis… Esta túnica me aprieta; a ver si aflojándola un poco…

-… y los mecanismos que gobiernan la naturaleza, toda esta diversidad animada por un único mandato ignoto…

-… entre las cataratas y el tembleque esto es toda una hazaña …

-… o el voluptuoso caudal de las aguas, origen, sustrato y causa de aquello que nos rodea…

-… ¿eso era un zafiro o mi prótesis dental?…

-… la humedad de la que proviene toda vida, toda esta belleza y armonía…

-… oh, vaya. Me silban los oídos…

-… a veces me pregunto qué es, en realidad, todo esto.

-¿Y no sientes curiosidad también por todo ESTO?

La túnica, el peplo, el himatión, y saben los dioses cuántas prendas más, yacían en los tobillos de la anciana, que se ofrecía con los brazos abiertos al aterrorizado estudiante. Horrorizado, arrancado de su arrebato místico por un desnudo que haría gritar de agonía a los tres jueces del Inframundo, el estudiante echó a correr de la forma en que la trigonometría más básica le aconsejaba: en línea recta hacia el punto de fuga.

Acto seguido, el firme devino en éter y el estudiante se precipitó en la oscuridad nada confortable de una zanja. Desde el fondo, aún confuso sobre la posición y el estado general de varios de sus miembros, pudo ver cómo la anciana se asomaba sujetando su túnica con las manos y exhibiendo la amplia sonrisa desdentada por la que, según decían, el Hades en asamblea extraordinaria había decidido otorgarla una moratoria indefinida, hasta que no quedase más remedio que aceptarla. La anciana profería grandes risotadas y silbaba entre dientes:

- ¿Cómo pretendes, Tales, saber acerca de los cielos, cuando no ves lo que hay debajo de tus pies?

Archivado en Ministerio del Ensayo y el Error el 19 noviembre 2010 | 1 comentario »

Querida Clara:

Tengo aquí sobre el aparador el crisma con la bola de nieve con mecha que me mandaste las últimas navidades, cual bomba de relojería a punto de estallar. Aunque desentone un poco, pues ya han pasado tres meses desde que terminaron las navidades, me pone de muy buen humor dejar las llaves nada más entrar en casa y encontrarme con esos garabatos tan preciosos de Gonzalo. En el trabajo aún se ríen cuando guardo tal o cual regalo de los clientes (algún detallito, cosas sin importancia, no te preocupes) para mi ahijado. Pensamos mucho en él (y en vosotros, obvio) y no te lo vas a creer, pero Laura y yo nos pasamos muchas cenas imaginando los sitios a los que le llevarán sus padrinos este verano cuando vengáis de visita. Aunque todavía es pequeñito tiene que conocer los sitios donde creció su madre, ¿no te parece? De todos modos no te voy a martirizar con planes a seis meses vista.

Yendo pues, un poco más al grano, tengo que confesarte que me sorprendió el interés que mostrabas en tu anterior carta por Tomás. Pensé que todavía resultaba un recuerdo demasiado doloroso después de lo que ocurrió, pero no me había dado cuenta de que han pasado ya nueve años. ¡Nueve años,Clara!. El tiempo pasa de forma atroz. Nueve años y vivir a cinco mil kilómetros de distancia surten un efecto lo suficientemente balsámico para alejar a los fantasmas. A veces yo mismo pienso en marcharme una temporada. Pero ¿de quién huir? Casi todos os habéis marchado de Madrid. Supongo que es mi designio, quedarme aquí, como guardián de la morada, esperando vuestra vuelta algún día.

Respecto a Tomás sigo visitándole regularmente. Cuando digo regularmente, digo dos o tres veces al año. Sigue viviendo en General Lacy, en ese piso que tú conoces tan bien. Sigue estando tan desordenado como antes, pero ya no transpira tanta vida, se ha convertido en una cueva. La verdad que todavía no sé por qué sigo yendo. Cuando hago sonar el telefonillo (3º C, acuérdate), ya advierto la escena que me voy a encontrar. Seguro que me recibirá en bata. Seguro que con un pito en la mano y un libro. Nos sentamos en el sofá y la conversación no arranca hasta que, después de haber escuchado mis divagaciones, mirando hacia la pantalla del televisor apagado, (es decir, no escuchándome, porque creo que la medicación le ha lastrado bastantes cualidades comunicativas además de hincharle la cara) me contesta sin venir a cuento acerca de un poema de Holderling. Como comprenderás nunca hablamos del pasado, y raro es el día que consigo sacar una conversación que no gire entorno a la poesía. Después aspira otra calada y sus ojos se encuentran fijamente con algo. No sé si es la luz que entra por la ventana o la enciclopedia de sánscrito, pero le vuelve a atrapar durante treinta segundos.Parpadea una o dos veces. Es un parpadeo lentísimo, como si cada músculo óptico tuviera que levantar en vilo la mesa del comedor y la televisión, y toda su colección de libros, y después volver a bajarla. Como la situación es incómoda intento soltar alguna broma para oxigenar la habitación y él sonríe complaciente. Estoy seguro que no le ha hecho gracia, pero sonríe.

Sigue siendo un fumador compulsivo, eso no ha cambiado. Se echa uno detrás de otro, sujetando el cigarro con esas manos grandotas de agricultor que parecen morcillas, como las de su padre. Casi hablo más con sus padres que con Tomás. Me cuentan que con ellos está un poco irascible. Comen juntos todos los martes, pero rara es la vez que no se despiden con una bronca casi siempre vinculada a la medicación. En realidad todas las crisis que ha tenido han sido por dejar de medicarse. Sería tan fácil que simplemente la tomara.Podría llevar una vida relativamente normal. Un día me explicó que deja de hacerlo porque no le permite pensar, como si le hubieran enjaulado las ideas. Él nota que están ahí pero no puede acceder a ellas, no puede verbalizarlas.

Como ves, lo que te cuento no es demasiado agradable y estoy seguro de que en estos momentos estás lamentando haberme preguntado, pero tampoco puedo mentirte.

¿Te he contado que de vez en cuando me gusta entristecerme recordando el fulgor de antaño, como cuando nos emborrachábamos con mezcal ‘Los suicidas’ y recitábamos a grito pelado a César Vallejo? Me parece una conducta penosa, pero este aburrido y detestable estanque dorado de la madurez no da para mucho. Ojalá estuvieras aquí.

Mándale un abrazo al soplagaitas de tu marido y dile que no espere ganar una copa del mundo en su puta vida mientras sigáis teniendo ese despojo futbolístico llamado Maradona de entrenador.

Lo mismo para Gonzalo, dile que le quiero y vete explicándole en qué consiste el parque de atracciones.

A ti no te mando nada, hipoteco mis abrazos y mis besos hasta que no te vea pisar el aeropuerto de Barajas.

Un abrazo,
el padrino.

Archivado en Inclasificables, Ministerio de lo Interior el 16 noviembre 2010 | 5 comentarios »

Voy a servirme otro whisky.

Hemos quedado con unos amigos que hacía tiempo que no veíamos. Al salir del trabajo he pasado por el mercado y he comprado un poco en función de lo que había y me iba apeteciendo. Creo que he compuesto un menú decente. He sido el primero en llegar a casa. Mientras metía las cosas en la nevera, he recibido un SMS: “llegaré tarde”. Así que tras una ducha me pongo a cocinar. “Good vibrations” de fondo. Debería ser una buena noche: mañana no hay que trabajar y volveremos a ver a Juan y Ana. Pongo el atún a marinar y, mientras tanto, voy pelando las manzanas. Olga todavía no ha llegado. Contaba con su ayuda para preparar la cena. Así no me va a dar tiempo a tenerla lista antes de que lleguen. “Don’t worry baby, everything will turn out alright ” y decido hacerle caso. Pongo las manzanas al fuego y llevo la vajilla al salón. Estoy acabando la masa de las crêpes cuando llaman al telefonillo. Suben Juan y Ana con una botella de vino, sonrientes y conversadores. Retiro todo del fuego, disculpándome por el retraso de Olga, y les ofrezco una cerveza y unas aceitunas para hacer tiempo. A las diez la llamo, pero no coge, así que dejo un mensaje recordándole que tenemos invitados. Veinte minutos después envío un SMS. Sin respuesta. Frío el pescado. Van a dar las once y a todos nos ruge el estómago. Justo cuando saco el último trozo del aceite oigo la puerta. Olga llega hasta la cocina, todavía con el bolso en la mano. Le doy un beso. ¿Dónde estabas? En milésimas de segundo, me responde que si puede coger un trozo, que se muere de hambre. No, se come en la mesa; picotear es para los que preparan la cena. Pretendía decirlo en tono de chanza, pero me ha salido bastante agrio. Saca una bolsa de patatas, llena un bol y me ofrece. Lo rechazo de forma desabrida. Algo huele raro.

Voy a encender otro cigarro.

La siguiente pregunta que me ha venido a la mente es ¿a quién te estás tirando? Afortunadamente, no ha llegado a la boca. Tenemos invitados. Olga pone música en el ordenador, “espero que os guste”. A mí me parece una mierda y lo adjetivo profusamente, con saña. Nos sentamos por fin a la mesa sin que haya dicho una palabra sobre el retraso. Alaba el atún en lo que yo siento como un torpe intento de reconciliación y añade que tengo que enseñarle la receta. Reprimo las ganas de decirle que tendría que haber estado allí para cocinar conmigo. Ese comentario debería venir de los invitados. Durante toda la cena, cada sonrisa, cada brillo en sus ojos es acompañado por el coro cantando “¿con quien?”. Apenas soy capaz de seguir la conversación. Cuando hablan Juan o Ana miro con disimulo a Olga. Cuando ella habla, le clavo mis ojos, pero apenas me dirige la mirada. No puedo intervenir porque no sé de qué coño están hablando. Toda mi atención la dedico a comer y espiarla. Voy con Juan a la cocina a terminar el postre. Me pregunta si todo va bien. Yo me disculpo: es que estoy dejando de fumar. A veces me cambia el humor.

Éste es el último del paquete.

Apenas hay sobremesa. No me extraña. Nuestros invitados se marchan con lo que a mí me parecen los típicos parabienes y reiteraciones de que la próxima debe ser pronto y en su casa. Pues vale. Yo lo que quiero saber es desde cuándo me la está pegando sin que me haya dado cuenta. En cuanto se cierra la puerta, Olga se mete en el baño y sale con el pijama puesto. Está muy cansada y se va a la cama. Debe de haber sido un día muy duro.

Aplasto la colilla contra un cuenco.

Seguro que en realidad estaba con su hermana. O preparándome una sorpresa. En las películas siempre pasa eso.

Miro el fondo del vaso.

Archivado en Ministerio de lo Interior el 12 noviembre 2010 | 9 comentarios »

Son pocos los afortunados que han oído hablar sobre los formidables acontecimientos que sucedieron, hace ya cerca de ochenta años, en el Café des Gaspiller, y que convulsionaron el mundo del pensamiento occidental hasta un punto difícil de imaginar. Probablemente usted mismo sea, sin saberlo, un hijo intelectual de aquella extraordinaria noche. El Café des Gaspiller era un popular y exclusivo centro de reunión de intelectuales de la época; fueron pocos los pensadores, filósofos, científicos, políticos o artistas que no acudieron a templarse el alma con un trago de “99 octanos”, la especialidad de la casa, o que no se alegraron la vista contemplando a Justine, la popular camarera del local, cuyo vestuario fue definido en una ocasión por un conocido político de la época como “descapotable”.

Muchas fueron las leyendas que corrieron de boca en boca sobre las tertulias del local. Se rumoreaba, por ejemplo, que un día apareció por el local un eminente físico teórico que comenzó a cuestionar la naturaleza predecible y ordenada de la realidad, afirmando que esta es “un mero constructo mental” y que él sólo creía “en los átomos, las partículas y particularmente en las pechugas de Justine”. Entonces un respetado obispo que se encontraba entre la audiencia de tapadillo, ofendido ante el relativismo moral que eso planteaba y ante la posibilidad de perderse las jugosas confesiones de Justine, lanzó un montón de átomos de ladrillo sobre el montón de átomos de físico desprevenido, que salió del local recogiendo sus dientes y habiendo recuperado la perspectiva newtoniana del universo. Supuestamente este episodio retrasó el desarrollo de la física cuántica en varios años.

Sin embargo aquel incidente no sería, ni por asomo, el más relevante de cuantos sucedieron en el Café des Gaspiller. Hay varias versiones de la historia que compiten por ser la traducción más veraz de los hechos, con mayor o menor grado de fiabilidad, si bien hay cierto consenso acerca su inicio. Varios testigos afirmaron que, en el epicentro de lo que se conoció como “la tragedia del tugurio ese, el que estaba siempre oscuro y lleno de gente rara”, se encontraban Maximillien Langdoc, un reputado filósofo racionalista, y un misterioso hombre conocido como Sesga, un supuesto dramaturgo de vanguardia del que no se conserva registro alguno.

La existencia de Sesga es un verdadero misterio. Por diversos testimonios tenemos una idea aproximada de su procedencia: su voluble temperamento, su heroica ingesta de espirituosos y, sobre todo, su afición a dejar largas facturas a cuenta, hablan de su origen mediterráneo con más locuacidad que un rastro de carmín en unos calzoncillos. Sabemos también de sus manejos en el mundo del teatro por un conocido cercano, ocasional compañero de correrías nocturnas, quien tras ser interrogado brevemente por los sucesos del Café des Gaspiller, se agazapó en una esquina y procedió a chuparse fanáticamente el pulgar mientras se oprimía el lóbulo de una oreja. No hubo manera de sacarle de su mutismo.

Queda claro, pues, que tan sólo disponemos de información acerca de Sesga por los testimonios de aquellos que asistieron a los insólitos acontecimientos del Café des Gaspiller, en una lluviosa noche de invierno. Según revelan nuestras pesquisas, Maximillien Langdoc debía encontrarse departiendo amigablemente con un par de conocidos cuando Sesga se precipitó dentro del Café. Completamente empapado por fuera y terriblemente desecado por dentro, Sesga se dirigió a la barra para reducir el desequilibrio entre ambos estados, y fue allí donde debió producirse el fatal encuentro.

Existen varias versiones, contradictorias entre ellas, acerca de cuánto tiempo pasó hasta que el uno se cruzó con el otro; sin embargo varios testigos afirman que, para cuando lo hicieron, ambos caminaban “como si se encontrasen en la bodega de un barco que atraviesa el padre de todos los huracanes”. Sesga y Langdoc comenzaron a charlar animadamente al principio, e incluso se tiene constancia de que ambos departieron amigablemente durante un buen rato, hasta que Langdoc sacó a relucir su concepto de la realidad.

Langdoc expuso, en términos generales, que el universo es un todo ordenado y que, mediante los procedimientos de la razón, todos sus principios pueden ser deducidos por completo; el universo tiene, por tanto, sentido, y explicarlo es tan sólo cuestión de tiempo. Sesga escuchó atenta y educadamente a su interlocutor y, una vez hubo terminado su disertación, agarró una botella de la barra y la estalló en su cabeza para después susurrarle al oído, mientras se convulsionaba en el suelo: “entonces explica esto”. Evidentemente Sesga invocaba, mediante ese acto, la existencia del absurdo en el universo y, por ende, la inviabilidad de la razón como única herramienta para desentrañar su esencia.

Sin embargo Sesga no debió quedar del todo satisfecho con su argumentación. La verdad es que aún era posible, e incluso sencillo, deducir la lógica dialéctica que le había llevado a actuar de tal manera. Se dio cuenta de que, para demostrar su tesis, debía llevar a cabo un acto verdaderamente irracional, un puro sinsentido que abriese definitivamente las mentes de sus compañeros. Probó suerte agrediendo a los compañeros de Langdoc mediante sendas patadas en la entrepierna, ante la algarabía general, pero pronto determinó que aquella línea de pensamiento era demasiado continuista: nunca produciría los resultados deseados.

Dedujo entonces que, si quería alcanzar el absurdo absoluto, primero debía sacudirse de encima la carga de los convencionalismos. Consecuentemente se abalanzó sobre el resto de asistentes con renovada fiereza. Varios clientes comprendieron intuitivamente la metodología de Sesga, o iban tan borrachos como para despreciar el dolor de un directo al mentón, y en pocos segundos el bar se convirtió en una gigantesca y vibrante trifulca ideológica. Varios testigos afirman que, durante el tiempo que duró la pelea, escucharon con nitidez una melodía de pianola, sin que tal instrumento se encontrase en el local en ningún momento.

Sin embargo, Sesga se dio cuenta al observar el enloquecido local de que, al tratar de romper con los antiguos convencionalismos, había creado sin querer otros nuevos. Soltó las solapas del tipo que tenía agarrado, que se derrumbó como un pelele. Mortificado por la inexorable causalidad de sus actos, abandonó compungido el Café des Gaspiller, mientras pasaban volando a su alrededor sillas y restos de botellas. Tras haber alcanzado una cierta distancia de seguridad, Sesga se sentó en la acera y encendió un cigarrillo.

El problema era que, aunque para un espectador externo todo hubiese sido un absoluto sinsentido, para él, conocedor de sus propias intenciones, no había sido más que el producto lógico de una serie de deducciones. “Si hubiese un creador”, reflexionó, “o un principio rector del universo, se sentiría exactamente como yo en este momento”. Se conocen sus últimas reflexiones porque las escribió sobre un pecho de Justine, que consiguió salir del café sin apenas magulladuras. En el otro escribió: “Somos nuestro propio Dios”.

Archivado en Ministerio del Ensayo y el Error el 23 septiembre 2010 | 2 comentarios »