Al final, y nunca mejor dicho, sucedió. Las últimas palabras de la humanidad fueron “¿el sitio de este tornillo es el suelo?” y después, el silencio. De acuerdo, quizás hubiera unos instantes de dolor atroz entre lo uno y lo otro, pero nada realmente importante, una vez que la humanidad entera ha quedado reducida a pura energía vagando en el vacío.

Para nuestra sorpresa, las consciencias de los seres humanos “sobrevivieron” a la catástrofe, si es que tal término puede aplicarse al estado de existencia en el que ahora nos encontramos. Siempre que el término “ahora” pueda ser aplicado en este espacio inerte en el que vagamos. Si el término “espacio” pudiese… Ustedes ya me entienden. Para disipar éstas y otras dudas, hemos conseguido realizar una entrevista con el máximo responsable del LHC, que pueden ustedes leer antes incluso de que se haya realizado aunque, desde luego, no gracias a lo “acertado” de las teorías de cierto alemán desquiciado. Ahora la palabra “Einstein” se utiliza como sinónimo de zumbado.

Buenos di… buenas tar… ¡Saludos! Bueno, al final, ¿qué fue? ¿Un agujero negro, un “strangelet”, el decaimiento del protón o el vacío cuántico?

Hans.

¿Hans?

Sí, Hans, el becario. Se le olvidó llevarse una.

¿Tenían ustedes un becario haciendo los cálculos de seguridad? ¿Creían que, recién salido de la Universidad, estaría preparado?

Hombre, algo sospechamos cuando le vimos contar con los dedos, pero como era sobrino del presidente, pues ya sabe usted como son estas cosas.

Pues se van a poner contentos el resto cuando lo descubran.

¿Y qué van a hacer? ¿Hacerle el vacío? Ja, ja, ja, ja…

¿Se está usted haciendo el gracioso?

Ehm… no.

No están ustedes en posición de de hacer muchos chascarrillos.

Lo entiendo…

Saben ustedes los científicos que son el colectivo más odiado de toda esta… todo este… cosa.

No se crea, los historiadores están encantados, dicen que ya creían que se iban a perder el final de la película.

Pues al final ha resultado ser una de las malas, de esas con científicos locos jugando a ser Dios y cargándose todo el mundo en el proceso.

Es verdad, al final las películas de serie B resultaron ser la única aportación relevante de la cultura para el ser humano. Si tan sólo hubiésemos sido un poco más frikis…

Supongo que ya no tiene importancia.

No, supongo que no.

Gilipollas.

¿Perdón?

Nada, que no me podía quedar sin llamárselo.

No pasa nada, muchos de nosotros ya lo estamos confundiendo con nuestro nombre.

Eso está bien. Bueno, y ¿tienen ustedes algún dato sobre dónde estamos?

En realidad la noción de ahora no sería demasiado correcta, ni tampoco la de “donde”.

No me repita información que eso ya lo he dicho yo antes.

De acuerdo, pues son las “nunca” y estamos atrapados en “nada”.

Creo que voy a partirle la cara.

No pretendía vacilarle, quería decir no nos encontramos en ningún…

Prepárese que voy.

Lo que intento expli- oinch.

Qué a gusto se queda uno.

Ezo no eda nezezadio.

Qué sabran ustedes los científicos lo que es necesario. Bueno, para ir terminando, ¿alguna idea sobre cómo pasar el resto de la eternidad?

 Zí, en dealidad zí. Unoz cuantoz de miz codegaz y yo mizmo eztamoz elabodando un pdoyezto que noz pedmitidá avediguad la eztruztura ezazta de ezte univedzo y…

No siga, por favor.

¡Pedo zi ez muy intedezante! Mide, mide, zi ze obzedva la auzenzia de colizionez entde padtículaz de etza peculiadidaz pdotocózmica…

Le pido que se calle y deje de escupirme.

¡Zi me deja ezplicadme lo encontdadá apazionande! Ze zupone que la auzenzia de dimenzionez de ezte univedzo…

Nada. Que no cambiaremos nunca. 

Archivado en Ministerio de la Discordia el 8 agosto 2008 | Sin comentarios »

Por cuestiones legales que no viene al caso relatar, he de comenzar esta entrada desmintiendo los rumores de que los chicos de La Hora Chanante vayan a destruir éste o cualquier otro universo en un futuro próximo. Según sus abogados, si en un breve plazo de tiempo el mundo se acabase, la responsabilidad recaería única y exclusivamente sobre los científicos a cargo del Gran Colisionador de Hadrones. Llamadme desconfiado, pero nombre para destruir el universo no le falta, no.

A estas alturas ya todo el mundo debe saber qué es el LHC. Un acelerador y colisionador de partículas fundamentales que recreará las condiciones del Big Bang y que, según algunos científicos, puede confirmar la Teoría del ¡Zacatrás!. El cumplimiento de la Teoría del ¡Zacatrás! implicaría la total destrucción de nuestro planeta, o del universo entero, los científicos no ven la necesidad de ponerse de acuerdo en este punto, y supondría la constatación de dos grandes postulados:

1. El universo es finito.

2.Y el ser humano gilipollas.

Es el precio por saber qué es la masa, amigos.

Archivado en Ministerio de la Discordia el 6 agosto 2008 | Sin comentarios »

Bueno, vamos a ver. La cosa está como sigue: en un par de días igual se acaba el mundo. Así como suena. ¡Zacatrás! A tomar por culo a zurrir mierdas con un látigo. Es una posibilidad. Los culpables: La Hora Chanante. Tenía que ser España. Cómo no. A ver quién más se iba a cargar el universo si no. ¡Maniáticos! ¡Lo habéis destruído todo!

Archivado en Ministerio de la Discordia el 6 agosto 2008 | 1 comentario »

La playa de Minigauss, a falta de otros servicios como chiringuito, duchas o alquiler de hidropedales, cuenta con su propio pervertido, con su voyeur. Con su mirón, vaya. No un aficionado al voyeurismo que se deje caer por allí, sino un profesional, alguien que dedica sus tardes de verano a ponerse morado viendo cuerpos en diferente grado de desnudez. El tipo debe pasar los treinta, escuchimizado, cabello oscuro, largo y desaliñado, dientes torcidos y prominentes, gafas -no se las quita ni para bañarse: hay que ver bien hasta desde el agua- y suele llevar por único atuendo, una vez se ha instalado, una vieja gorra que en algún momento debió ser azul. El aspecto global es desagradable, pero el rechazo aumenta cuando descubres que constantemente dirige indisimuladas miradas a los que le rodean. Incluso a ti. No se molesta en fingir que lee un libro o escucha música o hace ejercicios de yoga, simplemente baja al caer la tarde y se dedica a mirar al paisanaje; si acaso, cuando no puede aguantar más el calor o el calentón se refresca con un breve baño en el que no deja de escudriñar los cuerpos que le rodean.

Y ojo, que en una playa todos miramos a nuestros vecinos, especialmente si es una moza de buen ver, están tan cerca que no es raro que en algún momento fijemos nuestra atención en ellos y, qué carajo, no hay nada malo en alegrarse un poco la vista. Es uno de los atractivos de la playa: allí cada uno expone lo suyo y atisba lo de los demás. Quid pro quo (jeje, si sé latín yo). Lo que ya pasa de lo razonable es aposentarse en un lugar, observar al personal, otear los alrededores en busca de más cuerpos interesantes -si hay genitales a la vista, mejor- y trasladarse a esa nueva posición, situándose mucho más cerca de lo que parecería aconsejable, a una distancia sospechosamente menor que la que pueda haber entre otras dos toallas cualquiera de la playa, si es posible en la bisectriz de las piernas, mirar descaradamente y vuelta a empezar. Más de una -y más de uno- se han visto (juas, observen el juego de palabras) obligados a mudarse ante tanta observación, incómodos. Supongo que algún(a) exhibicionista también lo habrá disfrutado.

Claro que en ocasiones he envidiado su desvergüenza para cambiar de lugar, cuando entra en juego la Ley del Barco Fondeado: ya puede haber un centenar de metros entre cada bañista playero que en tus inmediaciones hasta entonces tranquilas irá a aposentarse, no una jugosa cierva partidaria del moreno integral, sino siempre una familia con niños alborotadores y suegra, en el peor de los casos ella amante del bronceado integral. Y así no hay manera, oiga. Uno se baja a un lugar público a lucir cuerpo serrano mientras lee una ligera novela veraniega, no sé, Crimen y castigo, o a algún escritor inglés en su lengua original, con el título bien a la vista, esperando llamar la atención de una estupenda doncella amante de la novela rusa del XIX, en el primer caso, o una simple guiri en el segundo, y con tanta algarabía no hay forma de parecer una atormentada alma solitaria. No hay derecho.

Archivado en Ministerio del Escarnio Público el 1 agosto 2008 | 1 comentario »

Con media hora de retraso, cantando el poropompero y visiblemente bebido, así apareció Pedro Solbes, Vicepresidente segundo del Gobierno y ministro de Economía, a la rueda de prensa “extraordinaria de cagarse” que había convocado tan sólo unas horas antes, para anunciar un nuevo paquete de medidas contra la crisis.

Un Solbes vivaracho y sandunguero aparecía y saludaba a los medios con un jovial “gracias por venir, sois todos unos tipos cojonudos” y pasaba a desgranar las líneas maestras del nuevo plan del Gobierno contra la crisis, una vez colocada la silla en la dirección correcta. “Básicamente, vamos a regular la prostitución” y añadía, entre risas sofocadas, “que es territorio virgen para el Gobierno”. Preguntado sobre la seriedad de la propuesta, el ministro tomaba aire, sonreía a la concurrencia y contestaba ”¡Hip!”.

Según Solbes, la nueva medida aportará tal caudal de nuevos fondos a las arcas del Estado que permitirán “solucionar la crisis, tener superávit a finales de año y hasta comprarnos Portugal para Navidad si queremos”, “panda puteros”, ha añadido guiñando el ojo bueno. El ministro ha anunciado también la realización de una campaña promocional y ha leído varios eslóganes “todavía provisionales” que llevaba apuntados en una servilleta, como “hazlo por tu nación, aflójate el cinturón”, ”si la crisis es un reto, todos a jugar al teto” o “para que salgan las cuentas, todas mirando a Cuenca”. “Sonarán mejor cuando los lea Matías Prats”, se ha disculpado.

Archivado en Ministerio de la Discordia el 30 julio 2008 | 2 comentarios »

La guerra de los festivales viene a ser como un cuarto oscuro, todo el mundo intenta dar por culo al que tiene al lado. Primero, el FIB anunció sus fechas entre acusaciones a la productora rival, Sinnamon, de haber inflado tanto los precios de contratación de artistas que no iban a poder sentarse en meses. Se acabaron el “buenrollismo” “indie” y el “aquí estamos todos en el mismo barco”. Cuando se empiezan a mover presupuestos de casi diez millones de euros los “apasionados de la música” se convierten en empresarios y, como es normal, empiezan a actuar como tales. Total, que Sinnamon plantó su Summercase en las mismas fechas que su inmediato competidor, el FIB, por no coincidir con otros festivales europeos. Claro. No fuesen a robarle grupos los festivales europeos que pagan la mitad, ni fuesen a robarle público otros festivales europeos con gran afluencia de público extranjero como… el FIB. En realidad, lo que Sinnamon quería hacer es tan viejo como el mear y echarle un vistazo furtivo al de al lado: querían ver quién la tenía más grande.

Parece que la jugada no sentó nada bien allá por el levante, así que los promotores del FIB mandaron una delegación a Madrid con el sano objetivo de montar un festivalillo con unos cuantos grupos y, de paso, arañarle algunos asistentes al Summercase. Y allí nos plantamos Segundo de Chomón y yo, en el “Saturday Night Fiber” (SNF). El testículo del FIB.

Había bastante morbo con las cifras de asistencia al SNF. Se rumoreaba que, de un recinto con capacidad para diez mil personas, apenas habían conseguido vender dos mil y el hecho de que, a escasos días de su celebración, decidiesen rebajar el precio de las entradas a la mitad no hacía más que confirmar los rumores. Eso, y enfurecer a los compradores “leales”. ¡Dos por uno! Ya en la entrada, pudimos ver un conato de violencia en la única cola reservada para los que nos habíamos acogido a la oferta, que era infinitamente más larga que el resto. Literalmente, infinitamente más larga, en el resto de colas no había ni una sola persona. Eso explica también el conato de violencia.

Ya dentro del recinto, la primera impresión fue de que, si nos lo proponíamos, podíamos llegar a conocer a todos los asistentes sin demasiados problemas. La impresión se fué diluyendo poco a poco hasta que se alcanzó el pico de asistencia durante el concierto de Morrisey, al cual debieron acudir unas cinco mil personas, así a ojo de buen cubero. La organización hablaría después de nueve mil asistentes, momentos antes de empezar a reirse como maníacos y proclamar la llegada del Anticristo. Habría que empezar a pensar en pagarle a los del Manifestómetro la entrada de los festivales, seguro que ellos estaban encantados.

Pero bueno, vamos con la música que era lo que nos llevaba allí al fin y al cabo. Podría decirse que abrimos boca con Babyshambles, y que ellos andaban encima del escenario en las mismas, bostezando como animales en un zoo. Se notaba que estaban guardándose las mejores piruetas para ocasiones más propicias, allí no hubo ni buen sonido, ni actitud, ni provocación ni nada de nada. Por no haber, no hubo ni pose. Es lo que tiene salir constantemente en los medios de comunicación, que después darlo todo ante mil y pico tios, pues como que no.

Ya fuese por tener la sensación de que esa iba a ser la tónica del festival, ya por el influjo de Pete Doherty, salimos Segundo y yo a presentar nuestros respetos a don Jack Daniel´s hasta el concierto de Morrisey. Todo un dandy, el señor Morrisey. Dió un concierto de lo más entretenido, bastante más movido y contundente de lo que yo me podía imaginar, se entregó al público y supo mostrarse “encantadoramente inglés” durante toda la actuación. Al final, acabó descamisado ante la ovación general del público. Buen concierto.

Sin embargo, para muchos de nosotros el plato fuerte aún estaba por llegar: My Bloody Valentine. Estar a unos minutos de ver a la banda que probablemente llevó más lejos que nadie los postulados del shoegazing, y poder comprobar cuánto hay de verdad y cuánto de mito en esas teorías que hablan de “saturación de los sentidos” y experiencias cercanas al trance durante sus conciertos era una situación dulce, muy dulce. Y lo fue más aún cuando vimos acercarse en bloque los ¡ocho! amplificadores que usaría Kevin Shields para su guitarra. Alguno no pudo evitarlo y retrocedió un par de pasos, amedrentado con lo que se nos echaba encima. Al resto se nos dibujó una sonrisa de pura felicidad en la cara.

Este grupo es diferente. Por momentos dio la impresión de que se moviesen en un paradigma musical aparte. Se subieron al escenario entre medias sonrisas, se miraron brevemente entre ellos y descargaron un “Only Shallow” tan envolvente como el plastificado pero con toda la contundencia del directo. La voz etérea de Bilinda Butcher quedó sepultada en algún lugar entre la avalancha de vatios de Kevin Shields, pero casi que daba igual. El no tener una melodía de voz a la que asirse reforzaba la sensación de estar perdido en un mar de sonido, de estar flotando en decibelios. Las canciones estallaban sobre el escenario y se recomponían pedazo a pedazo en la cabeza en diez, cien, mil melodías diferentes, reales y sugeridas, tan evanescentes que se disolvían en cuanto que se intentaba aferrarse a ellas. La única opción posible era abandonarse.

La actuación continuó sin que la intensidad decayese en un sólo momento (enorme “Soon”) hasta la traca final con una salvaje “Realise” que, como no podía ser de otra forma, alargaron hasta que pareció que el escenario iba a despegar. Aquello pudo durar cinco, diez, quince o venite minutos, una rápida encuesta a pie de pista confirmó que cada uno tenía su propia versión al respecto. Al final, My Bloody Valentine habían conseguido disolver el tiempo después de veinte años.

Salí en tal estado de euforia que arrastré a Segundo a terminarnos el Jack Daniel´s. En ese momento me hubiese bebido medio Tennessee, hubiese besado a media Francia y hubiese bailado con media Ibiza. Que estaba en éxtasis, vaya, que My Bloody Valentine me habían sentado como una droga. Así que, en estado de hiperactividad total, nos refrescamos un poco el gaznate y llegamos al fin de fiesta de Hot Chip, que estaban moviendo con bastante éxito a todo el recinto. Luego llegó Mika, que montó un carnaval en el escenario de lo más delirante y que abrió y cerró (!?) con la misma canción. Hay que reconocer que lo dimos todo con Mika, eso sí, pero si alguien tenía la culpa de nuestro estado de total felicidad fueron, ni más ni menos, que My Bloody Valentine. Otra dimensión.