Festivales, ronda 1. Saturday Night Fiber.

Por Nihilia | 26 julio 2008

La guerra de los festivales viene a ser como un cuarto oscuro, todo el mundo intenta dar por culo al que tiene al lado. Primero, el FIB anunció sus fechas entre acusaciones a la productora rival, Sinnamon, de haber inflado tanto los precios de contratación de artistas que no iban a poder sentarse en meses. Se acabaron el “buenrollismo” “indie” y el “aquí estamos todos en el mismo barco”. Cuando se empiezan a mover presupuestos de casi diez millones de euros los “apasionados de la música” se convierten en empresarios y, como es normal, empiezan a actuar como tales. Total, que Sinnamon plantó su Summercase en las mismas fechas que su inmediato competidor, el FIB, por no coincidir con otros festivales europeos. Claro. No fuesen a robarle grupos los festivales europeos que pagan la mitad, ni fuesen a robarle público otros festivales europeos con gran afluencia de público extranjero como… el FIB. En realidad, lo que Sinnamon quería hacer es tan viejo como el mear y echarle un vistazo furtivo al de al lado: querían ver quién la tenía más grande.

Parece que la jugada no sentó nada bien allá por el levante, así que los promotores del FIB mandaron una delegación a Madrid con el sano objetivo de montar un festivalillo con unos cuantos grupos y, de paso, arañarle algunos asistentes al Summercase. Y allí nos plantamos Segundo de Chomón y yo, en el “Saturday Night Fiber” (SNF). El testículo del FIB.

Había bastante morbo con las cifras de asistencia al SNF. Se rumoreaba que, de un recinto con capacidad para diez mil personas, apenas habían conseguido vender dos mil y el hecho de que, a escasos días de su celebración, decidiesen rebajar el precio de las entradas a la mitad no hacía más que confirmar los rumores. Eso, y enfurecer a los compradores “leales”. ¡Dos por uno! Ya en la entrada, pudimos ver un conato de violencia en la única cola reservada para los que nos habíamos acogido a la oferta, que era infinitamente más larga que el resto. Literalmente, infinitamente más larga, en el resto de colas no había ni una sola persona. Eso explica también el conato de violencia.

Ya dentro del recinto, la primera impresión fue de que, si nos lo proponíamos, podíamos llegar a conocer a todos los asistentes sin demasiados problemas. La impresión se fué diluyendo poco a poco hasta que se alcanzó el pico de asistencia durante el concierto de Morrisey, al cual debieron acudir unas cinco mil personas, así a ojo de buen cubero. La organización hablaría después de nueve mil asistentes, momentos antes de empezar a reirse como maníacos y proclamar la llegada del Anticristo. Habría que empezar a pensar en pagarle a los del Manifestómetro la entrada de los festivales, seguro que ellos estaban encantados.

Pero bueno, vamos con la música que era lo que nos llevaba allí al fin y al cabo. Podría decirse que abrimos boca con Babyshambles, y que ellos andaban encima del escenario en las mismas, bostezando como animales en un zoo. Se notaba que estaban guardándose las mejores piruetas para ocasiones más propicias, allí no hubo ni buen sonido, ni actitud, ni provocación ni nada de nada. Por no haber, no hubo ni pose. Es lo que tiene salir constantemente en los medios de comunicación, que después darlo todo ante mil y pico tios, pues como que no.

Ya fuese por tener la sensación de que esa iba a ser la tónica del festival, ya por el influjo de Pete Doherty, salimos Segundo y yo a presentar nuestros respetos a don Jack Daniel´s hasta el concierto de Morrisey. Todo un dandy, el señor Morrisey. Dió un concierto de lo más entretenido, bastante más movido y contundente de lo que yo me podía imaginar, se entregó al público y supo mostrarse “encantadoramente inglés” durante toda la actuación. Al final, acabó descamisado ante la ovación general del público. Buen concierto.

Sin embargo, para muchos de nosotros el plato fuerte aún estaba por llegar: My Bloody Valentine. Estar a unos minutos de ver a la banda que probablemente llevó más lejos que nadie los postulados del shoegazing, y poder comprobar cuánto hay de verdad y cuánto de mito en esas teorías que hablan de “saturación de los sentidos” y experiencias cercanas al trance durante sus conciertos era una situación dulce, muy dulce. Y lo fue más aún cuando vimos acercarse en bloque los ¡ocho! amplificadores que usaría Kevin Shields para su guitarra. Alguno no pudo evitarlo y retrocedió un par de pasos, amedrentado con lo que se nos echaba encima. Al resto se nos dibujó una sonrisa de pura felicidad en la cara.

Este grupo es diferente. Por momentos dio la impresión de que se moviesen en un paradigma musical aparte. Se subieron al escenario entre medias sonrisas, se miraron brevemente entre ellos y descargaron un “Only Shallow” tan envolvente como el plastificado pero con toda la contundencia del directo. La voz etérea de Bilinda Butcher quedó sepultada en algún lugar entre la avalancha de vatios de Kevin Shields, pero casi que daba igual. El no tener una melodía de voz a la que asirse reforzaba la sensación de estar perdido en un mar de sonido, de estar flotando en decibelios. Las canciones estallaban sobre el escenario y se recomponían pedazo a pedazo en la cabeza en diez, cien, mil melodías diferentes, reales y sugeridas, tan evanescentes que se disolvían en cuanto que se intentaba aferrarse a ellas. La única opción posible era abandonarse.

La actuación continuó sin que la intensidad decayese en un sólo momento (enorme “Soon”) hasta la traca final con una salvaje “Realise” que, como no podía ser de otra forma, alargaron hasta que pareció que el escenario iba a despegar. Aquello pudo durar cinco, diez, quince o venite minutos, una rápida encuesta a pie de pista confirmó que cada uno tenía su propia versión al respecto. Al final, My Bloody Valentine habían conseguido disolver el tiempo después de veinte años.

Salí en tal estado de euforia que arrastré a Segundo a terminarnos el Jack Daniel´s. En ese momento me hubiese bebido medio Tennessee, hubiese besado a media Francia y hubiese bailado con media Ibiza. Que estaba en éxtasis, vaya, que My Bloody Valentine me habían sentado como una droga. Así que, en estado de hiperactividad total, nos refrescamos un poco el gaznate y llegamos al fin de fiesta de Hot Chip, que estaban moviendo con bastante éxito a todo el recinto. Luego llegó Mika, que montó un carnaval en el escenario de lo más delirante y que abrió y cerró (!?) con la misma canción. Hay que reconocer que lo dimos todo con Mika, eso sí, pero si alguien tenía la culpa de nuestro estado de total felicidad fueron, ni más ni menos, que My Bloody Valentine. Otra dimensión.