La bebida, qué mala es

Por Timoteo | 12 junio 2008

Como ya le sucediera a Nihilia, otro de los miembros de este Gobierno Tricefálico Vitalicio fue sorprendido en pleno acto de servicio hace cosa de un año y la Comunidad Autónoma de Madrid emprendió acciones contra él. No, no fui visto en un parque con el culo al aire, sino degustando un escocés. No, no haciendo guarreridas con un señor de aquellas lluviosas tierras. No, tampoco, probándome una falda plisada de tela a cuadros. Bebiendo güisqui, leñe, que os lo tengo que explicar todo.

El caso es que fui condenado a “la prestación en beneficio de la comunidad consistente en la asistencia a una Jornada Formativa en Materia de Prevención de Drogodependencias” (sic, por supuesto, que para eso va entre comillas) y ya me ha tocado cumplir mi sanción. Poco puedo añadir al brillante análisis de Nihilia, en especial en lo referente a la fauna (y flora, en ciertos casos) allí presente, pero mi voluntad irrefrenable de explorar los límites de la escritura me empuja a intentarlo. Vamos allá. En otro párrafo.

Tras enseñar el documento de identidad al amable guardia (privado) de recepción, los asistentes esperamos a que otro guardia (privado) nos escoltara en pequeños grupos al ascensor que llevaba ¡al primer piso! Alístate en la legión, decían. Verás mundo, decían. Todo para acabar haciendo de ascensorista de un grupo de alcohólicos. Arriba nos recibió la mujer que nos daría la charla y nos hizo pasar a un aula presidida por la bandera española y una foto del rey que nos miraba a todos con gesto reprobatorio. O a lo mejor era el suyo habitual, con tamaña capacidad gestual en ocasiones me pierdo. Una vez estuvimos todos, empezó a pasar lista, haciéndonos a todos y cada uno de nosotros ir a la tarima a firmarle nuestro autógrafo. Sí, a pesar de haber sido identificados a la entrada y haber sido custodiados en todo momento por al menos un guardia (privado).

Al cabo de un cuarto de hora dedicado a tan magna tarea, puso el archiconocido vídeo informativo, que no es mucho más que el habitual folleto con música de fondo. Pero tal cual: por la pantalla desfilan imágenes de un folleto mientras un viril narrador te lo lee sobre una base chunga de Eminem. ¡Envidia, Godard! Ofreció el DVD a la salida “para quien le pueda interesar” y pensé en cogerlo para ofrecerlo en YouTube. Afortunadamente, me rehice a tiempo: el que quiera ver esa obra maestra tendrá que beber por las calles hasta que un policía le dé el alto. Así de sufrida es la vida. Para la historia del audiovisual queda el momento en el que la voz enuncia “el botellón” y aparece un joven que no alcanza la treintena con la cara tiznada, gorro de lana y guantes con los dedos cortados alzando la mano desde el suelo. Qué simbolismo. Qué caracterización. Ni en La pared, oigan.

Por supuesto, también nos ofrecen sorprendentes afirmaciones. Verbigracia: “la respuesta de las autoridades [frente al consumo de alcohol] no es represiva, sino de preocupación”; “el alcohol es un alimento: falso” (aunque no dicen nada sobre el resto de la bebida alcohólica); “si observamos un grupo que bebe, veremos que el volumen de la conversación va aumentando” (¡un estudio que lo demuestre, por favor!); “un problema derivado del alcoholismo es el económico, pues el alcohol es caro” (pues bajadlo de precio, hombre); “ante la falta de servicios públicos, la gente se ve obligada a usar la calle como urinario y vomitorio (sic)” (y aun así, se niegan rotundamente a poner servicios públicos como en el resto de capitales europeas). Todo ello intercalado con un maravilloso “Chat Botellón”, brillante idea con la que unos profesionales del doblaje declamaban los argumentos de los jóvenes con una intensidad shakesperiana. Espeluznantes los “¡jo, machos!, los “¡qué chungo, troncos!” y los “¡mola mazo, tíos!” interpretados calavera en mano. Uf, esta última parte me ha quedado especialmente bien. Esto se escribe solo.

Para rematar, el vídeo nos lista una serie de soluciones para acabar con esa lacra social que es el alcoholismo, entre las que destaca “romper la relación alcohol/diversión/amistad”. Yo me imagino a un señor sembrando cizaña entre los amigos alcoholizados o escupiéndote en el ojo para que no te diviertas cuando vas borracho.

En cuanto empezaron los créditos la buena mujer quitó el vídeo (qué poco respeto para los profesionales que tanta ilusión han puesto en él) y comenzó a relatarnos el procedimiento de sanción administrativa para aquellos que consuman alcohol en la vía pública. Lo cual, una vez te han sancionado, resulta muy útil. Además nos ilustró con la ley 5/2002 que regula todo el tinglado, justificada, mientras intentaba aguantarse la risa, en impedir el acceso de los menores de edad al alcohol. También por los problemas de convivencia causados y por el arraigo que hay en la sociedad (?!).

Pero todavía, antes de firmar por segunda vez (¿pero a dónde rayos vamos a irnos sin que nos vean?) y obtener el certificado de asistencia, quedaba un pequeño guiño: “[los destinatarios de la ley son] todos los españoles residentes o transeúntes (…)”. Transeúntes, nos tienen vigilados.

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Perdiendo el juicio I 1/2

Por Nihilia | 24 febrero 2008

Hay situaciones de las que uno no puede salir bien librado. Lo sabía Noé, cuando no le quedaron más cojones que subirse los dos leones al Arca, lo supo John cuando le confesaron que era un Kennedy, debió preverlo José Luís Moreno mientras perpetraba Matrimoniadas… y yo lo supe cuando me seleccionaron como jurado popular.

Mi primera visita a la Audiencia Provincial había resultado todo un fiasco. Uno de los testigos había avisado de que no podría declarar a tiempo, y el juez había decidido retrasarlo todo y concederle un par de meses más para llegar, yo creo que en venganza, por si algún implicado no había podido deshacerse de él a tiempo. Me dejaron muy claro que no por ello me había librado, que se habían quedado con mi cara. Tuviese yo razón o no, el caso es que a los dos meses recibí un telegrama en el que se me informaba de que el juicio había sido suspendido (glups), y se me emplazaba a participar en un nuevo proceso, previsto para enero de 2007.

El único problema era que en mi universo andábamos ya por diciembre. Hubiese podido reclamar, sí, la razón me asistía, pero me había levantado yo filósofo esa mañana, y pensé que pocas veces la razón derrota al poder, así que, por no joderme el aforismo, tuve que buscarme otra vía. Toqué “dónde vas Alfonso XII, dónde vas triste de ti” con las teclas del teléfono y esperé a que me respondiesen:

-¡Hombre, Nihilia! ¡Qué tal, hombre!
-Bueno, Doc, un poco apurado macho, necesito que me dejes el Delorean…
-¿El Delorean? ¿¡Es que ya no te acuerdas de la última vez!?
-Bueno, sí hombre, ejem…claro, cómo olvidarlo… ¿Quién iba a pensar que algo tan inocente causaría tanto estrago…?
-Desde luego, los habitantes de la Atlántida no…
-Admite que esos cimientos eran una chapuza…
-¿Es que no has aprendido la lección?
-Los atlántidos aprendieron la lección…
-¡Nihilia!
-¡Vale, vale, de acuerdo, no volverá a pasar!
-Me voy a arrepentir… venga, para cuándo necesitas el Delorean.
-Hombre, pues ya que puedes viajar en el tiempo, para hace un par de minutos.
-Lo siento, ya sabes que sólo puedo dejártelo a partir del momento en que me lo has pedido.
-Siempre con miedo a las paradojas temporales, que el universo es más duro de lo que parece, Doc…
-En el fondo del mar hay una civilización que no piensa lo mismo.
-Joder, vale, pues tráemelo en un segundo entonces.
-Venga, ¿ya estoy allí?
-Si, ya has llegado. ¿Te quieres decir algo?
-Déjame, un momento… ¿Estás más gordo no?
-Tu puta madre.
-Una santa señora es lo que era. Oye…
-Dime, precioso…
-Qué tal, tío bueno.
-Muy bien, bombón.
-Bombón tú, que eres el regalo de Dios a las mujeres de este mundo…
-Bueno, chicos… yo os voy dejando, ¿eh? Vuelvo en nada…

Dudando seriamente de que genialidad y cordura sean conceptos compatibles, monté en el Delorean, grité por la ventanilla “¡Farruquito!”, y la calle se despejó como si una pandilla de cuatreros hubiese llegado para apropiarse de todo el oro del pueblo. Este es un avance que se aplicará como estándar en todo claxon a partir de 2010, pero esa es otra historia y hay gente que prefiere no saber cuándo se cansará San Pedro de su última pareja de mus.

Por aquello de no tener ni idea de cómo arrancar un coche, me puse a pisar pedales y pulsar botones al tuntún, hasta que el Delorean comprendió que le iba la salud en ponerse en marcha y arrancamos rumbo a 2007, dejando un par de estelas de fuego que, en sí mismas, eran toda una oda a los ochenta.

Viajar en el tiempo no tiene mucho misterio, contrariamente a lo que se pueda pensar. Quizás se pasa un poco mal cuando el universo se pliega sobre sí mismo, y todos los huesos se comprimen bajo el peso de millones de universos, quedando uno reducido a una partícula de agonía, en un instante de dolor infinito sin tiempo ni medida, pero por lo demás es una experiencia bastante anodina. Bastante parecido a recibir un balonazo en los huevos, diría yo.

Finalmente aparqué en 2007. Mi primera percepción al enfrentarme a sus primitivos habitantes fue que, en 2007, la gente era rara. Todavía se empeñaban en construir en cualquier solar que cogiesen desprevenido, sin ser conscientes de que la gran burbuja que nos ha mantenido todo este tiempo estaba a punto de estallar en mil pedazos. Pero ya hablaremos otro día del meteorito que ha tomado la Tierra por diana, y al que el diminutivo no hace la menor justicia. De momento que no les quite el sueño el tema de los tipos de interés ni otras zarandajas por el estilo.

Entré en la Audiencia Provincial y me dirigí directamente a la Oficina del Jurado donde, para mi sorpresa, el más sobrio de todos los funcionarios estaba ocupado intentando rascarse las piernas de la funcionaria de al lado, que decía el hombre que le picaban. Lo consideré un interlocutor válido:

-Hola, disculpe, venía porque me han citado como jurado popular y creo que ha habido un error, a ver si podemos salir del paso…
-Jijiji… pasopasopasopasopa…jamónjamónjamónjamonja…

Todo borracho pasa por su fase dadaísta. Es una constante universal que proporciona momentos memorables y ante la cual no podemos más que quitarnos el sombrero, pero que reduce considerablemente la eficiencia del interfecto en tareas que no impliquen la rebelión en contra de toda forma de coherencia, por lo que la comunicación, en términos convencionales, queda excluida. Miré por el resto de la sala y mi vista se topó con una barriga que debía contener dos adultos bien formados, en el extranjero, y pregunté a su propietario:

-Ho… hola… veamos… ¿Cuántos dedos ve usted aquí?
-¡Fresss!
-Lo doy por bueno. ¿Usted se ocupa de seleccionar los jurados?
-¡Fji! ¿Saaaapes que febgo una bieta de du edaf?
-No hace falta que me acaricie la cara, seguro que es un hermosura, pero oiga, céntrese…
-Oy me fjubilo, ¿no quiers un a cojpita para celeblajlo?
-Bueno, desde luego hay poco que hacer hasta que se le pase la castaña, pero no se si debería… debería… debería… debería…

(…)

Desperté en el suelo de la Oficina del Jurado, vestido, por decir algo, con una toga y un incómodo dolor de cabeza que me impedía recordar la noche anterior en un formato más moderno que la fotonovela… recordaba haber pegado varias circulares en los calabozos, informando de que se había reinstaurado la pena de muerte… y por lo visto había vuelto a dar una conferencia sobre montar en globo, la tercera o la cuarta ya… tengo el record en doce bocas abiertas… mientras dejaba que el lector completase el chiste con vete a saber qué barbaridades, pude ver como el jubilado se subía en una de las ventanas y se detenía a considerar con qué parte debería caer para salpicar lo máximo posible:

-¿¡Pero hombre, qué hace usted!?
-¡Déjame! ¡Todo lo que me dijiste ayer era verdad! ¡Nada merece la pena!

Pues parece que ayer hablé de más cosas. Sintiéndome como una cuchilla de afeitar, me agarré metafóricamente los machos, porque de haberlo hecho literalmente hubiese podido ser malinterpretado, y entré al trapo:

-¡Todo borracho pasa por una fase dadaísta! ¡Es una constante universal que…!
-¿¡Pero de qué cojones hablas!? ¡No quiero ser un jubilado! ¡Me sentiré como un mueble!
-¡Piénselo bien! ¡Es usted funcionario! ¡Nada cambiará!
-Hombre, visto así…
-¿Y no querrá que…?
-¿Si?
-¿…su pensión se la queden…?
-¿¿Si??
-¡Los políticos!
-¡Jamás! ¡Panda de usureros, no pondréis vuestras manos en mis ahorros! ¡Quiero vivir! ¡¡Quiero vivir!!

Por fin quedó todo claro. Si no hubiese viajado en el tiempo y llevado hasta el límite a este hombre, para después evitar que imitase a la manzana de Newton, probablemente hubiese intentado hacerse unas tostadas en la bañera en total soledad, sin posibilidad de salvación. Entonces lo supe:

-Necesito que hagas una cosa por mí.
-Lo que quieras, cualquier cosa.
-Inscríbeme como jurado popular.
-¿¿Eso quieres?? ¿¿Estás seguro??
-Sí… Supongo que hay situaciones de las que no se puede salir bien librado.

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Perdiendo el juicio II

Por Nihilia | 29 enero 2008

Siempre me ha caído mejor la libertad que la justicia. Tranquilos, no estoy intentando ser profundo, es simplemente que no me cae bien la Justicia, yendo por el mundo con un espadón como su brazo de largo y esa venda tapándola los ojos. Siempre me he quedado con ganas de preguntarla dónde coño está la piñata y por qué necesita tanto tiempo para endiñarle. La libertad, sin embargo, siempre va enseñando un pecho. Algunas podrían aprender. En fin, que todo este rollo sin sentido era para introducir la crónica de mi tercera visita a los juzgados de la Audiencia Provincial (ya les contaré la segunda, ya), en calidad de jurado popular. El día que me sentí piñata.

En realidad, el día fue tan excitante como hacer cábalas sobre la generación espontánea de pelusa en el ombligo. De acuerdo, quizás no es la mejor forma de comenzar un post, previniendo al lector (obsérvese el singular) de que lo que viene a continuación es la crónica de un día yermo como el desierto, pero nobleza obliga. De todas formas, creo que podría empeorarlo: los adjetivos “lúcido” y “observador” me describían tan bien como “recatada” a Isabel II. Había dormido dos horas y perdido el resto del tiempo y las córneas frente al ordenador, intentando rescatar del naufragio un corto con más fugas que la cárcel de “Evasión o Victoria”. De autoría propia, sí, aingh. Y por si aún no se han convencido de que seguir leyendo esto no les va a reportar ningún beneficio y que no les ayuda ni a ustedes ni a mí, les prevengo que escribo este post en ese mismo estado de somnolencia.

En fin, me imagino que las personas con un mínimo de decencia y sentido común habrán abandonado hace ya un rato el post, así que sólo quedamos los buenos. Ahora puedo decírselo. En la callecita tenemos planes precisos para dominar el mundo. Muahahaha. Todo está preparado, estén alerta, en cualquier momento les haremos una señal y desencadenaremos el caos y la destrucción. Muahahaha. No se corten, ríanse ustedes también como maníacos, que relaja una barbaridad. Si alguien les mira raro, quédense con su cara, que ya tendrá noticias suyas. Entonces si que tendrá razones para mirarles mal. Por el momento, hagan como si no hubiese dicho nada, silben distraídamente para disimular y prosigamos.

El caso es que había perdido el mapa que me enviaron (disimulen, coño, disimulen) para llegar a los juzgados y decidí ir a pelo, al fin y al cabo ya había ido una vez y siempre he pensado que tengo dotes de sherpa, así que me bajé en la estación de Metro que me dio la gana y fui a mi aire. El resultado fue que, al bajarme en una estación diferente a la que recomendaba el mapa, en vez de dar siete giros para llegar, conseguí llegar en tan sólo uno. A derechas, sí, pero no se me acostumbren. Un aplauso para el topógrafo de la Audiencia Provincial. GPS le apodan, los cabrones.

Lo dicho, que pese a la oposición institucional llegué a los juzgados. Al principio la cosa prometía. Tras pasar el arco de seguridad fui a subirme al ascensor y me encontré dentro una tía que llevaba una silla. Pensé “no recordaba que el ascensor fuera tan lento”, o lo mismo lo dije en alto (como aquella vez que a Tito se le escapó un “¡mmmm! tetitas…” al lado de una desconcertada viajera del Metro), porque mientras ascendíamos dijo:

-Este ascensor es lentísimo.
-Al menos tú vas cómoda.

Mirada de odio intenso. Cortinilla de estrella.

Cuando bajé del ascensor había una mujer esperando para conducirme a una sala de espera. Yo accedí, pero no sin antes fijarme que en el directorio anunciaban una prometedora “sala de togas”, que finalmente no pude visitar. Ya les decía que el día fue un auténtico tostón. No diré que la sala de espera cumplió con su cometido hasta que la mitad de los asistentes cayeron dormidos, no diré que la mujer que tenía al lado no paró de dedicarme su desayuno en forma de proyecciones de gas fétido, no diré que, entre veinticinco personas, no había ni una sola jamona con la que alegrarse la vista, simplemente diré que treinta euros no compensan, señores, no compensan. De vez en cuando aparecía una funcionaria para decirnos que lo mismo se llegaba a un acuerdo y nos íbamos de rositas. Mentalmente la respondía con un sonoro “los cojones”, pero al final resultó que sí, que tras tres tristes tigres… horas, habían llegado a un acuerdo y nos podíamos marchar. Sin embargo, en medio de la estampida generalizada, apareció otra funcionaria y nos dijo que la fiscal quería hablar con nosotros. Justo en ese momento empezaron a pitarle los oídos a la madre de la fiscal.

Nos hicieron entrar a, atención, la “sala número A” (“A” escrito a rotulador y pegado con celo en un papel), para que la fiscal nos informase de que habían llegado a un acuerdo y que nos podíamos ir. “Gracias”, añadió como principal novedad. Justo en ese momento empezaron a pitarle los oídos a la fiscal.

Nos condujeron de nuevo a la sala de espera y nos fueron llamando en grupos de cinco para aflojarnos los treinta lereles. Finalmente, nos devolvervieron la libertad. Según salía de los juzgados me encontré de frente con un cartel que rezaba “Metro a 300 metros”. Me dije, “no puede ser que el puto GPS no lo haya visto, seguro que la han puesto hace dos días”, y me fui a comprobar si la estación era nueva.

No, no lo era.

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Mis problemas con la Justicia (y 1, espero)

Por Nihilia | 20 noviembre 2007

Como ya relatásemos hace un tiempo, el Estado Español, vía Comunidad de Madrid, había decidido tomar medidas punitivas contra uno de los prohombres del Gobierno Tricefálico Vitalicio, bajo la acusación de castigarse el hígado y alegrarse el alma en plena rúe. La sanción de marras consistía en la asistencia a una Jornada Formativa en Materia de Prevención de Drogodependencias en la que, durante dos horas, nos darían la chapa sobre las vergüenzas del bebercio, ya fuese consumido en vía pública o respetando escrupulosamente la ley. Que nadie les explique el matiz, que la alternativa son trescientos euros.

Pues bien, al fin llegó el día de saldar cuentas y allí me presenté, dispuesto a relatar a mi vuelta en qué se anda gastando la Comunidad de Madrid sus impuestos y los míos. Hice aparición con la puntualidad que me caracteriza, sobre la campana, y el agente de la recepción me ordenó, al más puro estilo marcial, que ¡pasase, por favor!, para tomar mi nombre y apellidos. El ritual se repitió unas cuantas veces más con los últimos rezagados, con lo que pude comprobar que éramos varios los que portábamos el mismo insigne apellido. Todos Martínez. Todos primos.

Una vez ubicado en el hall de entrada, esperando sin saber muy bien qué, hice un somero repaso de la parroquia. Había mayoría de “Güijkys con Red Bull” en chándal de gala y “Rones con Cola” de ambos sexos, seguidos de unos cuantos “Tequilas”, un par de “Calimotxos”, un “Litronas”, un grupito de “Malibús con Piña” y una inclasificable a la que llamaremos “Angostura con Granadina”, por poner algo.

Pronto nos informaron cortésmente de que ¡podíamos pasar a la sala, por favor! donde se impartiría la charla. Me preguntaba si alguien habría tenido la genial idea de que la ponencia la realizase un agente disfrazado de mascota, al estilo yanqui: “Botellín, la mascota del saber beber” te enseña civismo. A nadie se le había ocurrido. Una lástima, no se pueden perder estas oportunidades así como así.

Nos condujeron a un aula bastante amplia, repleta de pupitres diseñados para que un pigmeo no pudiese escapar una vez sentado, un ordenador y un proyector que, vista la nitidez con la que vomitaba imágenes, debía andar de resaca. Un agente de paisano con aires de profesor enrollado nos esperaba, invitándonos a tomar asiento y ponernos cómodos para, acto seguido, amenazarnos con poner un vídeo didáctico: “El vídeo no me parece muy bueno, pero ya que lo han hecho vamos a verlo”. Una introducción de cine.

Por cierto, si alguien anda preocupado por el despilfarro en las administraciones públicas, que se quede tranquilo. La imagen la pasaron por un proyector, sí, pero el audio provenía directamente de los altavoces del ordenador. Despeinados nos dejó el sonido. Qué potencia. Comenzó la función.

Al más puro estilo minuto del odio orwelliano, un narrador iba desgranando las miserias del alcohol, sobre una música machacona digna de la rave más desbocada, mientras se proyectaban rostros desencajados, miradas perdidas, el vacío, el horror: la náusea, señores, la náusea.

Gracias al narrador, los presentes pudimos comprender de una vez por todas que “el alcohol no es un alimento” o que “provoca alcoholismo”, y otras lindezas que no revelaré por no volver abstemio a todo transeúnte que pase por aquí, que uno se dedica los fines de semana a promocionar exquisitas libaciones por los bares y tiene que velar por sus ingresos.

Tamañas revelaciones se iban intercalando con un virtual “Chat Botellón”, brillante idea con la que unos profesionales del doblaje declamaban los argumentos de los jóvenes con una intensidad shakesperiana. Espeluznantes los “¡jo, machos!, los “¡qué chungo, troncos!” y los “¡mola mazo, tíos!” interpretados calavera en mano.

El agente de paisano debió sentir el sonrojo generalizado, porque decidió poner fin a nuestra agonía e intentó articular un debate. El caso es que el agente trabajaba bastante bien. Consciente de que su público no estaba para muchas gaitas, y que algunos venían con ánimos reivindicativos, tuvo especial cuidado en mantener un tono alejado del reproche paternalista y escuchar respetuosamente los argumentos más inverosímiles. Por supuesto todo el mundo, desde los “Güijkys con Red Bull” hasta “Angostura con Granadina” pretendían hacerse pasar por “Trinaranjus, que no tiene gas”, y todos los policías habían sido unos taimados hijos de mil padres que, por descontado, los habían denunciado injustamente. Que esto no es mío, que se lo estoy sujetando a un amigo, señor agente.

Cuando terminó la charla se lo dije: “Has hecho de la charla algo sorprendentemente ameno. No sé cómo puedes hacerlo, dando cinco o seis al día”. Me miró y se sonrió. Para mí que este empina el codo.

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Perdiendo el juicio

Por Nihilia | 5 noviembre 2007

Hará un par de meses ya que se presentó en mi casa la cartera más peculiar de todo el barrio con un sobre verde de considerable tamaño. Esta cartera es toda una institución, ya que se hace acompañar en sus entregas por dos perretes bastante hijoputas que tienen asolada a toda la población de felpudos del barrio. Mientras que la señora recogía mis datos y yo le pegaba patadas con disimulo a uno de los chuchos, que ya tenía una pata levantada y la chorra a punto de caramelo, fui inspeccionando el sobre. Color verde pistacho. Tamaño folio. Escudo de España. “Tribunal del Jurado”. “Audiencia Provincial”. Mal asunto. “Pringao”, faltaba, con letras rojas y un sello con un magistrado haciéndome un calvo. Me ha tocado ser jurado. Jurado popular, para más INRI. Habrase visto.

Resignado, me senté en el sofá y comencé a investigar el contenido del sobre. Un libreto con las normas del jurado a medio imprimir, muy bien, un cuestionario de dos páginas y un manual de siete para rellenarlo, fantástico, una hoja para el pago de dietas, hombre, esto no está mal, un mapa cutre para que me pueda perder, bárbaro, y un montón de papelajos con los cargos y los nombres de los acusados… El resto puede esperar. Vamos a ver quiénes son los perlas.

Con la mafia rusa nos hemos topado, eso es seguro. Jamás había visto tanta consonante junta y tan pocas vocales en un apellido. ¿Pero qué clase de apellidos son estos? Les pones un par de números y parecen la clave del Windows. ¿A qué mente perturbada se le ocurrió montar esto así? Me imagino la escena. El pueblo reunido en sesión plenaria repartiendo los apellidos:

-Bueno, visto que no podemos ponernos de acuerdo, y que todos quieren apellidarse Smirnoff, que cada uno diga una letra y a tomar por culo. Venga, Grwiszky, di tú una.
-¡La “k”!
-Joder, la “k”. Bueno, venga, Slazkyprvszky, di tú otra.
-¡La “w”!
-¡Coño Slazkyprvszky! ¡Siempre con la puta “w”! ¡Di otra!
-Estoo… ¿la “y”?
-“La y, la y”… cagoen… a ver cómo ha quedado… Gorbynsky… ¡Coño! ¡Gorbynsky! ¡El mejor en meses! ¡Barra libre de mamadas!

Total, que rellené los formularios mientras usaba el manual de mantel, lo metí todo en el sobre, escupí en el sello con un poco de mala leche y lo mandé un día tarde, con la esperanza de poder echarle la culpa a la colgada de los perros. No hubo suerte. Una semana antes de mi primera cita con la justicia, me llegó un telegrama amenazándome de “apercibimiento” en caso de que no fuese.

Como no quería que me “apercibiesen”, no fuera a ser peor de lo que me imaginaba, allí me presenté. Nada más llegar, buen rollo. Recordaba la fachada del edificio por la tele, recordaba a Rodríguez Menéndez, rodeado por un par de putones empitonaos, masajeándolas el culo en medio de una nube de periodistas. Poseía el hombre un ideal de belleza bastante obvio, desde luego, pero, salvo por lo estético y por lo legal, ese hombre era un ejemplo para el resto para el resto del género. Imaginarme a mí mismo rodeado de putonazos neumáticos me dio fuerzas para continuar.

Entré en el vestíbulo, donde me esperaba una policía de esas que tanto nos gustan. Cara de niña buena, ojos azules a juego con el uniforme del cuerpo y el pelo recogido con una cinta que poder quitarse grácilmente mientras te cabalga como una gacela. Sí, una de esas, metralleta en mano. Ñam, ñam. Con la sonrisa decorada por la baba dejé mi bolso, ejem, mi bandolera sobre la cinta del detector de metales y pasé el arco. Mierda. Ahora caigo. Vengo armado hasta los dientes. Todo el equipo del perfecto promotor de bebidas alcohólicas, incluyendo los reglamentarios cuchillos, azote de limones. Pitido chungo. Manos a las pistolas.

-¿Llevas cuchillos, verdad? ¿Puede saberse por qué?

Por la puerta grande. Has entrado por la puerta grande. Dudé un momento si era un buen o un mal momento para enseñarles mi imitación de Neo: “¡Entregadme a Morfeo o sufrid las consecuencias, muahahaha!”, pero me decidí por el típico balbuceo de sumisión:

-Esto es para cortar limones, que pongo copas por los bares y pensaba devolverlo a la agencia después del juicio y tal…
-Confiscao hasta que salgas.
-Pero qué bien te comes las “des”, preciosa.
-¿¡Cómo!?
-¡Que es usted una agente muy talentosa!
-Anda tira.

Mi número de los cuchillos cortando latas al garete, otro día será, en fin. Con las piernas temblando me acerqué al mostrador y le di el telegrama a la funcionaria, que me dedicó unas cuantas caras raras bastante logradas, hasta que me dijo:

-Uy, pero si hoy “no hay jurados”.
-¿Cómo? Pues en el telegrama dice que…
-Si, ya, pero hoy no hay jurados… Mira, sube a la planta 11, a la Oficina del Jurado y pregunta allí.
-Pero cómo…
-Planta 11.
-Ya, y entonces…
-Oficina del Jurado.

¡Por Tutatis! Ahora empieza lo bueno. Ya lo estoy viendo, tres horas dando vueltas, subiendo plantas, bajando plantas, hablando con gente que te manda a otra gente que te remite al lugar del que vienes hasta que acabas en los calabozos con espumarajos en la boca, aferrado al brazo desmembrado de un letrado.

Felizmente no fue así, y en la oficina de marras me dijeron que un testigo no había podido llegar a tiempo y que habían decidido aplazarlo todo… unos dos meses, para que le diese tiempo esta vez al buen hombre. Pues nada, pues gracias por avisar. “Pringao”, tenían que poner en el sobre que te mandan: pringao.

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Sobre el Orden Público

Por Nihilia | 30 julio 2007

El Estado Español, o más concretamente, uno de sus órganos incompetentes, ha lanzado una misiva no amistosa contra uno de los prohombres que forman el Gobierno Tricefálico. Tal misiva consiste en hacerle perder el tiempo inmisericordemente, intentando meterle en la cabeza la conveniencia de emborracharse y contribuir, decibélicamente hablando, a la contaminación de la ciudad de Madrid rascándose el bolsillo en una terracita y no ajustándose a la forma que su maltrecha economía permite. Ante tamaña mezquindad, el Gobierno Tricefálico, en ejercicio de sus poderes legislativos, ha decidido aprobar el siguiente

Capítulo sobre Orden Público

 

Las alteraciones del orden público serán penadas con mano de hierro por el órgano competente en tal materia:

1.Quedan estrictamente prohibidos el consumo de alcohol en vía pública, los cánticos festivos en alta voz o las exhibiciones de partes pudendas con propósitos burlescos bajo pena de suspensión de un día de trabajo con sueldo y honores de Estado. Reincidir en tales comportamientos podría conllevar la reclusión indefinida en cualquiera de los balnearios regentados por mujeres de moral laxa que el Estado posee.

Y por si a algún Estado que recientemente se ha enemistado con otro, no quiero señalar a nadie, se le ocurriese reincidir o mantener las incursiones de sus cuerpos de seguridad en nuestro territorio, advertimos que:

2. Los duelos están permitidos siempre y cuando se produzcan al alba, tras la catedral más cercana y a primera sangre. El duelo debe plantearse con un guante de seda blanco que en ningún caso llegará a alcanzar proporciones cómicas ni superará un peso que permitiese tumbar a un ñu. Al menos uno de los dos contendientes debe superar indecentemente una tasa de alcoholemia compatible con la vida.

El Gobierno Tricefálico Vitalicio.

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