Tercer capítulo

Por Timoteo | 29 septiembre 2008

[ Uno, Dos ]

Hacía poco que había terminado la carrera y empezado a trabajar en una oficina de nueve a siete. Sin embargo, a pesar de mis estudios de Ingeniería, siempre me sentí atraído por el mundo de las Letras, y me había esforzado en hacer y mantener amistades fuera de los círculos científicos y tecnológicos. Quería ser escritor. O eso me decía.

Me gustaba escribir, aunque la verdad es que escribía poco, convencido casi siempre de que tenía otras obligaciones más inmediatas y más mundanas que atender.

Carecía de sentido del ritmo y capacidad para crear imágenes, por lo que hacía años que había desistido de intentar hacer poesía. Del mismo modo, carecía de la constancia necesaria para desarrollar una novela, incapaz de mantener el interés por un mismo tema más allá de una o dos semanas. Así que, como mucho, de vez en cuando, escribía relatos de dos o tres páginas y artículos de opinión que, a falta de un periódico o revista, publicaba en un blog en el que sólo entraban algunos conocidos.

Lo que realmente me atraía era el mundo de los escritores, o al menos la idea romántica que yo tenía: gente que vive de noche, entregada a emborracharse conversando sobre literatura, filosofía, política: la vida. Una vida desordenada, sin horarios de oficina, cercana al hedonismo. Como una estrella de rock pero sin las interminables horas de furgoneta entre concierto y concierto. La única ruta que yo admitía era la que llevaba de bar en bar en busca de la penúltima copa. Escribir era algo secundario.

De forma vaga pensaba que a través de mis amistades podía meter la cabeza en ‘el mundo de la cultura’ y, tal vez, en algún momento, intentar el asalto a la literatura con algún agente infiltrado como apoyo. Por el momento me limitaba a establecer contactos y presentarme como ‘ingeniero y escritor’. A nadie le importaba lo que escribiera, así que no escribir no representaba un problema; y si alguien se interesaba por mis creaciones, me quejaba del mercado y maldecía por tener que trabajar como ingeniero para subsistir. En realidad, creo que tenía pánico a intentar dar el salto y estrellarme. Mientras pudiera seguir postergándolo era un triunfador en potencia.

Guillermo, una de aquellas amistades que había hecho en mi etapa universitaria, había conseguido al fin, tras muchos esfuerzos, vender un guión de cine. A costa de aparecer como coautor, en pequeñito, mientras la gloria se la llevaba uno de los grandes nombres del país; pero por entonces daba igual, nada podía empañar la ilusión de ver una creación salida de su cabeza en la pantalla.

Tras la presentación oficial de la película me invitó a la otra fiesta, la del equipo, en un descomunal ático en el centro de Madrid. Muchas caras conocidas, abundante alcohol, drogas a granel. Deambulé por allí un rato en compañía de Guillermo, de corro en corro, mientras me emborrachaba y el ambiente se iba cargando de humo. Luego nos separamos y me quedé solo buscando a alguien interesante con quien entablar conversación. Desistí al poco tiempo, desmoralizado: aquella gente no era tan interesante, o no aquella noche. Empecé a dudar que aquél fuera mi mundo. Agarré una botella de whisky y una buena provisión de hielos y salí a la terraza a respirar aire fresco.

Afuera había un par de grupos charlando animadamente. En uno de ellos un actor de reparto ligaba con dos chicas que debían ser de peluquería y maquillaje. En el otro se oían estruendosas carcajadas. Me fui a un extremo y me recliné en el pretil a contemplar la noche madrileña.

Estaba absorto en el tráfico y no oí los pasos que se acercaban. Una voz dulce dijo cerca de mi oído:

-¿Y tú de quién eres?

Me volví algo sobresaltado. A mi lado estaba una chica de ojos oscuros y franca sonrisa, falda a media altura y generoso escote para sus pechos pequeños. Su aliento olía a alcohol.

-¿Perdón?

-Tú no eres de la película, ¿verdad? ¿Con quién has venido? -fruncía el ceño ligeramente al hablar, como si decir cada palabra exigiera una gran concentración, y luego componía una sonrisa expectante.

-Con el guionista -sonreí al comprender y porque, en el fondo, era imposible que no se contagiara su sonrisa-. La última vez que le vi estaba metiéndose unas rayas con el director.

-Bueno, ¿y qué haces aquí solo?

-Tomando el fresco, el ambiente ahí dentro está demasiado cargado. Y beber -añadí señalando la botella de whisky.

Se apuntó con admirable entusiasmo al plan. Tanto que me costaba seguir su ritmo y hasta me hizo temer por su hígado. Pero lo cierto es que, una vez alcanzado su nivel alcohólico, aunque algo alocada e incoherente, la chica tenía una conversación interesante, hasta fascinante: conseguía absorber mi atención por completo, hacerme sentir importante mientras escuchaba mis respuestas y argumentaciones cada vez más apasionadas.

Durante las horas siguientes conversamos con fluidez, con una facilidad que nunca había tenido ante una mujer, y creo que tampoco ante ningún hombre. Aquella noche estaba inspirado e ingenioso, espoleado por el escocés y su atenta mirada.

Cuando la botella se acabó hizo un mohín de enfado. Yo me alegré, porque difícilmente habría podido seguir en pie de haber continuado bebiendo, y me preocupé, porque eso podía poner fin a nuestra charla. No quería separarme de ella. 

-¿Vamos a otro sitio? -propuso. A punto estuve de estallar de gozo: aquella noche prometía acabar bien.

-¿A dónde quieres ir?

-A cualquier sitio donde sirvan whisky y podamos hablar tranquilos.

-Conozco el sitio perfecto.

Por supuesto, pensaba llevarla a mi casa, no muy lejos de allí. No cierra y siempre escondo una botella de reserva por si hay una emergencia. 

-Un momento, voy a ver si encuentro al guionista para despedirme -dije. En realidad no me importaba tanto despedirme como restregarle mi pequeño triunfo.

-Bueno. Yo no necesito despedirme de Pablo.

-¿Pablo?

-Mi marido.

-¿Tu marido?

-¿El abogado que lleva los contratos?

-Creo que lo recordaría si lo hubieras mencionado.

-¿Nos vamos o no?

Vacilé un instante y acepté. ¿Por qué tenía que cambiar las cosas el hecho de que estuviera casada?

Durante el camino a casa la interrogué. Se había casado hacía un año, un flechazo con un abogado algo mayor que ella que parecía conocer a todo famoso del país. La introdujo a un atractivo mundo de colores brillantes, ella quedó hechizada y se casaron con sólo unos meses de relación. El hechizo, claro, dejó de funcionar al poco de casarse, él estaba muy volcado con su trabajo y, según sospechaba ella, le era infiel. En todo era una desprotegida víctima. A mí no me parecía tan inocente, pero hice como si me lo creyera. Algo de verdad debía haber en el fondo. Y si ella quería vengarse de su marido conmigo, ¿por qué no disfrutarlo?

Nos servimos otra copa y nos sentamos en el sofá midiéndonos, sopesando si era el momento de pasar a la acción o al menos de abandonar la conversación trascendental por otra más banal, más cercana al abierto flirteo. Yo todavía me debatía sobre la idoneidad de liarme con una mujer casada. Tomé la decisión de compromiso de no tomar la iniciativa: todo lo que había pasado y todo lo que pasara habría sido culpa suya. Yo sólo me dejaba llevar.

Habló ella primero, retomando la charla interrumpida, y yo me entregué sin luchar. Las mujeres eran criaturas que habitaban en una esfera diferente y de vez en cuando tenían a bien descender sobre mí por razones incomprensibles, así que simplemente había que aceptar y disfrutar esos momentos, sin afligirse por los que no llegaban, pues son ellas las que eligen. A lo mejor aún le quedaba algo de inocencia y sí que tenía reparos en engañar a su marido. A mí me salvó de mi dilema moral. Además, escucharla era fascinante, hablarle un estimulante reto y yo siempre he tenido debilidad por una conversación interesante caldeada con alcohol: pierdo la noción del tiempo y no necesito nada más, me basta con ese placer intelectual. Aquella noche no fue una excepción.

Nos sorprendió el sol todavía hablando y bebiendo, hasta que la claridad en el cielo de Madrid se tornó en luz diurna y no pudimos seguir ignorándola. El cansancio también empezaba a pesar.

-Debería irme -confesó al fin.

Yo intenté retenerla, ofrecerle otra copa más, un desayuno, una cama para recuperar fuerzas antes de volver a casa.

-No lo estropees. Ha sido una noche maravillosa.

Tuve que admitir que yo también había disfrutado y dejarla marchar. Sólo me quedaba una duda, que hasta entonces no había tenido importancia y que ahora sentía un tanto absurda plantear.

-¿Cómo te llamas?

-Julia.

Como despedida me dio dos castos besos y dejó su perfume y su sonrisa flotando en mi salón.

***

Pasé los días siguientes intentando convencerme de que no acostarme con ella había sido lo mejor que me podía haber pasado. No quería complicarme la vida con una mujer casada. Siempre había creído que las relaciones de pareja eran lo suficientemente complejas de por sí como para ir buscando una con título de compleja.

Intenté convencerme, pero no lo conseguí. El recuerdo de aquella noche no se borraba. Al contrario, sus labios se iban volviendo más carnosos y sus palabras más afiladas: la mujer de mis sueños y la había dejado escapar sin averiguar su número de teléfono. Sólo tenía un nombre y alguna pista acerca de quién era su marido.

Llamé a Guillermo para tirar de ese escaso hilo. Sin resultado. Juraba y perjuraba que el abogado con el que él había firmado era un cincuentón casado con una mujer de su edad, según le había dado a entender, y que era el tipo de hombre que hubiese dejado bien claro que se beneficiaba a una atractiva veinteañera. Y no, hasta donde él sabía no había otro abogado dedicado a esas tareas.

Perfecto. Así que ya sólo tenía su descripción y su nombre, suponiendo que no fuera también falso. La búsqueda pintaba realmente complicada. Tanto, que volví a intentar convencerme de que aquello era una advertencia del destino para que cejase en mi empeño, una suerte en el fondo. Nunca he creído en el destino, pero en ocasiones he pensado que quizás debí hacerle caso.

Una tarde, volviendo en metro del trabajo por una ruta poco habitual, vi al otro extremo del vagón una silueta de mujer que me hizo recordar a la que me había tenido en vela las últimas semanas. Estaba de espaldas, con unos vaqueros y una cazadora, nada que ver con el vestido que yo había conocido, pero supe que era ella. Era la tercera vez que me ocurría aquel día. No tuve tiempo para acercarme y desengañarme, pues se bajó en la siguiente estación. Tras dudar un instante, salté al andén y comencé a perseguirla. Había demasiada gente como para poder alcanzarla, así que grité su nombre, en vista de que no se enteraba cada vez más fuerte, cada vez más angustiado. La gente empezó a volverse, hasta que incluso ella se interesó por el escándalo que alguien estaba montando a su espalda. No era Julia.

-Julia -musité, triste y empezando a sentir cierta vergüenza por la escena que acababa de protagonizar.

-¿Me buscabas? – susurró una voz dulce cerca de mi oído.

Esta vez no la dejé escapar.

[ Cuatro ]

Segundo capítulo

Por Timoteo | 25 agosto 2008

[ Uno ]

La tarde siguiente desperté muerto de sed. Bebí agua hasta que me dolió el estómago y luego un poco más. Agua, agua purificadora, deliciosa agua de Madrid. Por fin aplacaba mi sed y mi apetito. No era alcohol sino agua, simple agua lo que necesitaba. Me abandoné a una reparadora potomanía.

A medida que bebía agua y limpiaba mi organismo mis ideas se fueron aclarando. Tenía que adueñarme de mi vida, retomar las riendas que había soltado las últimas semanas; incluso, remontándome más atrás, retomar lo que dejé pendiente en Madrid antes de marcharme, antes de ese largo paréntesis que suspendió mi vida durante seis años. El primer paso sería adueñarme de la casa, dejar de ser un intruso en mi propio hogar. Pero iba a necesitar ayuda para semejante tarea, y sólo había una persona en mi mente. Entonces tendría que haber un paso previo al primero. Sí, me gustaba la idea: un paso cero, un origen, empezar por hacer lo que no me atreví a hacer seis años antes. Llamaría a Julia.

Por suerte seguía teniendo el mismo número de teléfono. No quise extenderme mucho en la conversación, así que, con lo que me pareció cierto halo de misterio, lo emplacé todo para un encuentro en un café la tarde siguiente.

Llegué con antelación, sólo para regodearme en su seguro retraso. Veinte minutos después de lo acordado apareció en el umbral su inconfundible figura: estilizada, piernas largas y pechos pequeños, larga melena morena. Vestía con sencillez, unos vaqueros y camiseta de tirantes; no se había maquillado para verme.

Ella me había localizado. Me puse en pie para asegurarme y esperé a que se acercase para hacer el primer gesto. Dos besos. Olía como entonces, aquel olor que quedaba impregnado en mis sábanas y yo acariciaba cuando ella se marchaba, una parte de ella que todavía podía disfrutar en su ausencia, que me acompañaba hasta que pudiera tenerla de nuevo entera, cuerpo y olor y alma. Aquel olor que tanto había añorado cuando sus ausencias dejaron de ser de horas o días para ser kilómetros y kilómetros, semanas, meses, años sin rastro de ella en mi colchón al despertar.

-Tienes mal aspecto -dijo con media sonrisa, como si se alegrara o le pareciera divertido. No venía con ganas de ponerlo fácil.

-Tú en cambio estás como siempre -mentí. Los años habían pasado por ella, pero para bien. Había perdido definitivamente los rasgos aniñados que conservó hasta bien entrada la veintena, se le había afilado el rostro y ahora tenía una expresión más dura, ya no de niña buena sino de mujer que conoce la vida. Sus ojos no tenían aquel brillo de entonces, pero habían ganado en profundidad. Más interesante. Más atractiva.- Siéntate. ¿Qué quieres tomar?

-¿Qué estás bebiendo tú?

-Café irlandés.

-Entonces me conformaré con una infusión.

Conseguimos la atención de un camarero para que Julia pidiera su poleo. Quedamos en silencio, pensando, yo, cómo exponer lo que quería exponer. Había estado pensándolo desde que la llamé, desde antes, en realidad, sin llegar a encontrar una estrategia o planteamiento adecuado. Ya se me ocurriría sobre la marcha. No se me ocurría.

-¿Y hace mucho que has vuelto? -vino ella en mi ayuda, o tal vez en socorro de la conversación. Conocía mis silencios demasiado largos cuando me perdía en mis elucubraciones. Nunca los había soportado muy bien. Sabía que estaba buscando fuerzas y palabras para decir lo que había ido a decir, pero no tenía tanta curiosidad, o la dominó para no decir lo que estaría pensando. En lugar de la pregunta directa me mostró, me restregó el camino hacia una conversación normal entre dos personas que llevan tiempo sin verse. Sí, parecía lógico y normal, una vez lo había dicho. Seguramente por eso no se me había ocurrido a mí.

-No, no hace ni un mes -decidí agarrarme a aquel resquicio que me ofrecía y alargar la conversación para acercarme y postergar el doloroso asunto que me había llevado allí-. ¿Y tú? ¿Qué ha sido de ti en estos -dudé, como si no supiera la cifra con precisión de días- seis años?

-Me divorcié hará un año -dijo mirándome a los ojos muy tranquila.

Se había divorciado. Al final se había divorciado, había dejado a aquel mediocre abogado, mediocre amante, mediocre conversador, medicore bebedor, mediocre, mediocre, mediocre.

-¿Y el niño? -conseguí decir mientras intentaba digerir la noticia y no pensar en las consecuencias que podría tener aquello.

-Joder, Luis, nunca te enteras de nada -se paró, sorprendida de que no tuviera conocimiento alguno de lo sucedido-. ¿De verdad no te enteraste de nada?

Negué con la cabeza. Y aún me sentí obligado a aclarar:

-Cuando me fui corté el trato con todos los de aquí. Sólo hablaba con mi familia -’y ya nunca más hablaré con ellos’.

-Tuve un aborto.

Tenía razón, nunca me entero de nada. Resulta que la mujer que había dejado embarazada de su marido no tiene ni hijo ni marido. Yo había puesto tierra de por medio poco después de saber la noticia. Una noche apareció muy seria y me dijo ‘Luis, tenemos que hablar’. Me contó que estaba embarazada y aseguró que era de su marido con tal vehemencia que no pude más que creerla. ‘¿Y qué vamos a hacer?’. ‘Tenerlo’, dijo también sin dejar lugar a dudas, ‘Pablo y yo vamos a tener un hijo’. Siguió una acalorada discusión en la que intenté averiguar en qué lugar me dejaba todo aquello, tras la que nos refugiamos en lo único que nos quedaba: un angustiado polvo, como si ambos supiéramos que iba a ser el último.

Nos vimos una vez más, en un bar cerca de su trabajo en el que de nuevo me esforcé en dilucidar mi posición en aquel triángulo que estaba a punto de convertirse en un rombo, o mejor un trapecio del que yo me veía cayendo sin red mientras Pablo y Julia volvían a encontrarse tras un complicado triple mortal. Ella insistió en que no quería perderme, pero que no podía traicionar tanto a Pablo como para arrebatarle un hijo, que aquello podía ser una oportunidad para salvar su matrimonio. Para mí quedaba la tarea de esperar, ver qué pasaba, ver cómo crecía en su vientre un hijo que no era ni sería mío, y luego fuera de su vientre, y yo esperando, el plan B, con el motor en marcha por si se torcían las cosas. No pintaba nada bien.

No creí poder soportarlo, así que sin pensarlo mucho decidí alejarme. Pregunté en mi empresa si podía trasladarme sin importar el destino, con idea de ir a Barcelona o Sevilla y aclarar mis ideas con la perspectiva de la distancia. Ellos se mostraron entusiasmados, les gustaba ‘fomentar la movilidad’ y ‘el intercambio cultural’ del que podían ‘surgir nuevos enfoques’. Había una vacante en París que yo acepté sin dudar, al fin y al cabo, puestos a irse, cuanto más lejos mejor, y qué más da España que Francia. En un par de semanas me mudé de ciudad, de país y de vida.

No me sentí capaz de hablar, no digamos ya de ver, a Julia, de modo que me despedí en una larga carta escrita en la febril noche de la víspera de mi partida, enviada camino del aeropuerto como quien mete un mensaje en una botella: depositando allí mi última esperanza, condenado en adelante a centrar mis esfuerzos en el día a día, sin más ambición que sobrevivir. Cambié el sol y el cielo de Madrid por la lluvia y los días grises de París, la tibieza de su cuerpo en mi cama por los fríos despertares franceses, la perfección de su piel por otra piel cualquiera. Seis años sin querer saber qué pasaba en su casa, sin dejar de imaginarlo, deseando y temiendo que fuera feliz.

Conseguí salir del silencio:

-Podrías haberme avisado, ¿no? -balbucí con rencor. Seis años. Seis años viviendo en un mundo falso, engañado. Seis años exiliado, intentando olvidarla sin éxito. Seis años sin familia, perdiendo el contacto con los amigos. Seis años haciendo el gilipollas.

-No me dejaste tus señas, ningún teléfono por si acaso. Además, no te despediste, dejaste de responder mis llamadas, sin más, no supe que te ibas hasta que recibí tu carta. Decidiste desaparecer, borrarte.

No habría sido tan difícil seguir mi rastro, bastaba con preguntar en el trabajo, a mi familia. Pero estaba claro que aquello era una excusa, para qué señalarlo, no había que perder de vista el centro.

-¿Y qué querías que hiciera?

-No sé, largarte sin decir nada no, desde luego. Podías haber preguntado, haber explicado, haber esperado un poco. Pero no, desapareciste, sin dejar rastro hasta esa carta semanas después. Y luego nada, sin noticias. Siempre te gustó tomarte las cosas a la tremenda, tan melodramático, como si vivieras en una novela.

-Claro, podía haberme quedado a  ver cómo volvías con tu marido para tener un hijo.

-No estaba tan claro.

-Tú parecías tenerlo muy claro.

-¿Yo? En mi vida he tenido tantas dudas. Joder, ¿embarazada, casada y con amante? ¡Por dios, cómo iba a tenerlo claro!

¿De verdad había ocurrido así? ¿Me había acobardado y salido huyendo con sólo ver el problema? Lo que parecía evidente es que aquello sólo nos había dejado rencor a los dos. Así que aproveché para cambiar el rumbo de la conversación y soltar mi dolor, ya no para compartirlo con ella sino para arrojárselo a la cara.

-Bueno. No he venido a hablar de eso. Tendremos que seguir otro día porque… pero no te he llamado para eso -hice una pausa para ver si tenía algo que decir; cogí impulso-. Mi familia ha muerto.

-¿Qué?

-Mi padre, mi madre, mi hermana, mi hermano. Muertos. Un accidente de tráfico. El día que llegué. No hace ni un mes -me fui relajando según lo decía, aflojando el nudo del estómago hasta casi quedar en paz. Sus ojos brillaron, suavizó su expresión. Sin embargo, había venido blandiendo el hacha de guerra y no iba a enterrarla así como así.

-¿Y por qué me lo cuentas a mí?

-Hace años que no hablo con nadie. ¿A quién si no? La casa se me cae encima. La vida se me cae encima. Necesito ayuda. Necesito tu ayuda.

-¿Que te ayude? ¿A qué? -todavía se mostraba reticente, pero noté que ya había accedido, sólo quería hacerse de rogar, no ponerlo fácil.

-No puedo hacerlo solo. Ven a casa y ayúdame. A vaciarla, tirar lo que haga falta, sacarlos de allí. Enterrarlos de una vez.

-¿Ahora?

-No tiene por qué ser ahora. Cuando tengas tiempo. Lo antes posible.

-¿El sábado?

[ Tres ]

Primer capítulo

Por Timoteo | 18 agosto 2008

Hacía calor. Eso es lo primero que recuerdo de mi regreso a España, el calor agobiante de julio en la cara nada más bajar del avión. Aunque ya lo hubiera anticipado, el recuerdo no era comparable a la sensación real. En seguida el aire acondicionado del aeropuerto lo enmascaró con su atmósfera isoterma, como si eso bastara. Un momentáneo golpe de calor ya me había situado, me había recordado con precisión el mundo al que volvía.

Saqué el móvil y llamé a mis padres, vendrían a recogerme, en lo que yo recuperaba mi equipaje ellos llegarían a la terminal, era cuestión de minutos. Tardé algo más de lo esperado en encontrar mi maleta, pues no apareció en la cinta hasta después de muchas vueltas, ya confundida con otro vuelo, así que llegué al exterior esperando encontralos allí y de nuevo aquel brutal golpe de calor me llevó al presente y al pasado, a aquel otro verano en el que decidí que mi futuro pasaba por alejarme de Madrid y de todo lo que conocía para empezar una nueva vida. Entonces pensaba que uno podía escapar de su vida, como si fuera algo ajeno, como si uno no la llevara siempre consigo, inexorable. Como si lo que uno desea no se acabara cumpliendo.

Hacía calor, y de ese calor había huído, al frío, a la lluvia y a la niebla constante en la que puedo diluirme en un setenta por ciento de agua, imaginar que soy una partícula más flotando sin voluntad alguna, esperando llegar al río que me lleve al mar o el rayo de sol que me evapore para volver a empezar, que me transporte al centro. Echaba de menos el calor.

Allí estaba, con aquellos odiosos, amados treinta y tantos grados, intentando olvidar y recordar por qué me había ido y por qué volvía mientras esperaba a que llegaran a buscarme, de nuevo la impuntualidad y las esperas sin sentido, los atascos para ir a cualquier sitio. Llamé una vez más y no contestaron. No contestaron nunca. No contestarían nunca más.

Tuve que volver en taxi.

En casa recibiría la llamada más absurda de mi vida. Me comunicaron que mi familia había muerto en un accidente de tráfico camino del aeropuerto. Todos: mis padres, mi hermano y mi hermana. Venían juntos a recibirme después de tanto tiempo y un turismo se cruzó en su camino. Él sobrevivió y nuestro coche quedó reducido a metro y medio de acero y sangre. Es ridículo, cinco mentes capaces de preguntarse sobre el sentido de la vida o qué le van a decir a su hijo o hermano cuando por fin le vuelvan a ver y de pronto un puñado de átomos, moléculas organizadas sin sentido, esencialmente lo mismo y sin valor alguno. Ridículo.

Una noticia tan absurda no se puede asimilar. Esperaba que todo fuera un malentendido, algún tipo de macabro error. Tuve que ver los cuerpos ya sin vida, prueba irrefutable, y seguí desconfiando: la evidencia está ahí, pero en tu cerebro no encajan las piezas. Es algo que siempre has dado por hecho, que forma parte de la estructura básica del mundo; puedes llevar semanas sin ver a tu madre, sin hablar con tu hermano, pero sabes que están ahí, a una llamada de distancia, existiendo sin tu ayuda. La sensación era similar, los sentía alejados temporalmente, como si ahora fueran ellos los que se hubieran ido a vivir a otro país. Sólo tenía que averiguar el número de teléfono adecuado para hablar con ellos. El cerebro en blanco, incapaz de sentir en realidad, de admitir la magnitud del hecho. No negando lo que veía, sino sin poder incorporarlo a mi idea del mundo. Cada consciencia es el centro de un universo; el mío acababa de estallar en pedazos.

Tardaría mucho tiempo en reconstruir mi universo, y de hecho creo que nunca he llegado a entender la muerte: sigo sintiéndola como una ausencia demasiado prolongada, para siempre. Tal vez no haya más que entender, no esconda sentido alguno. Simplemente, el universo carece de sentido, de propósito, y por extensión la vida. La humanidad lleva siglos preguntándose de dónde venimos y a dónde vamos como si la respuesta guardara el secreto que una vez revelado nos iluminará a todos y nos permitirá comprender los porqués. Mentira. Sólo hay oscuridad. No podemos ir a ningún lado.

Me serví un whisky para aturdirme de verdad, de una manera conocida y no esa blancura que lo invadía todo, impidiéndome pensar. Tampoco quería pensar, no creí que pudiera soportarlo, sólo caer en la inconsciencia, dormir para poder despertar de ese mal sueño. Por supuesto, no dormí en toda la noche.

Al día siguiente les incineraron. No todo ocurrió tan rápido. Hubo interminables horas de papeleo y decisiones carentes de importancia y sentido que tomar sobre la marcha, multitud de aspectos legales que ignoraba hasta entonces y que debería haber seguido ignorando por muchos años; hubo que investigar la forma de contactar con sus amigos; hubo que tratar con todos los parientes. Todo aquello me daba igual, poco tenía que ver conmigo. La misma sensación se mantuvo durante la ceremonia, un extraño ritual al que asistí como un indolente espectador, sin apenas prestar atención; y cuando al final uno por uno se acercaron sus familiares y amigos llorosos a darme el pésame, estrecharme la mano, una palmada en el hombro, únicamente pensaba en llorar, en desmoronarme como se esperaba de mí. No podía hacerlo y eso me convertía en un monstruo insensible. Despaché a todos tan rápido como pude, agarrándome a los habituales convencionalismos para mantener los breves diálogos. Al fin y al cabo, no se me exigía más.

Con algo más de persuasión me deshice de los más allegados que insistían en acompañarme un poco más, llevarme a casa, invitarme a cenar. Quería estar solo. Estaba solo, pues en realidad no eran tan cercanos, tíos y primos que llevaba años sin ver, una pareja muy amiga de mis padres a la que apenas había tratado, el prometido de mi hermana que casi parecía tan fuera de lugar como yo, aunque con voluntad de fundirse en los demás para mitigar su pérdida. Yo estaba solo por dentro y quería estar solo por fuera para que el desequilibrio no fuera tan brutal.

Cogí un taxi hasta casa, llevando las cenizas, cuatro urnas, como si volviera cargado de compras. La casa de mis padres, el único sitio en el mundo que había sido mi casa, en la que me iba a instalar mientras buscaba piso y que ahora era realmente mía. Subí, dejé las cenizas en la mesa del salón a la espera de saber qué hacer con ellas y, a pesar de no tener hambre, inspeccioné la nevera por pura rutina, era hora de cenar y tal vez algo me abriera el apetito. Estaba llena de comida, comida para ellos y para mí, para la cena de bienvenida en la que íbamos a celebrar la reunión de nuevo de toda la familia y yo iba a conocer a mi futuro cuñado. Se iba a echar a perder como no me la comiera rápido. Corrí por el pasillo y me abalancé sobre el retrete para echar el estómago por la boca con violencia. Sobre el frío suelo, abrazado a la fría porcelana, todavía atacado por arcadas, comencé a llorar.

Pasé los siguientes días dando cuenta de la nevera, acabando con lo último que mis padres habían hecho por mí acompañado por generosos vasos de whisky. No recuerdo mucho de lo que hice aquellos días, tal vez porque no hice nada. Recibí alguna llamada interesándose por mí, pero pronto desconecté el teléfono y no salí de casa ni vi a nadie. Vagaba por la casa sin objetivo alguno, mortificándome en lo absurdo de todo el asunto: podría haber ido a casa directamente en taxi, no hacía ninguna falta que fueran a buscarme, y menos que fueran los cuatro, con lo difícil que era juntarnos a todos, si además ya íbamos a cenar todos juntos, en principio mi futuro cuñado iba a acompañar a mi hermana, pero a última hora mi hermano consiguió escaparse del trabajo y venir a buscarme ocupando su plaza, ya ves, qué tontería, si el jefe hubiera sido un poco más intransigente él seguiría vivo; y no hacía falta que fueran a buscarme, bien podría haber cogido un taxi, si no hubieran ido a buscarme seguirían todos vivos, todos con sus vidas; bastaba con que yo hubiera llamado minutos, segundos más tarde, que hubiera esperado a tener la maleta en mis manos para decirles que vinieran y todo sería distinto, si hubiera cogido un taxi para presentarme en casa sin más, si…

Para colmo estaba en una situación económica envidiable, lo que siempre había deseado. Tenía casa y suficiente dinero como para no preocuparme durante años. Los ahorros para la jubilación de mis padres más un seguro de vida cuya existencia desconocía sumaban números con muchas cifras. La vida solucionada, lo que siempre había deseado. A qué precio. Es cierto que puedes conseguir todo lo que deseas: sólo hay que saber cuál es el coste y estar dispuesto a pagar. Por eso debes tener cuidado con lo que ambicionas, porque se puede acabar cumpliendo. A mí nadie me había avisado del precio, ni de que el único trámite era una llamada en el momento justo.

Aquel dinero me quemaba, era la prueba del delito, estaba claro: ellos habían muerto y como consecuencia yo me había enriquecido. El móvil es evidente, señor juez, no sé cómo la policía tarda tanto en verlo. Que yo no participara en el asesinato no es excusa, yo quería dinero y ahora lo tengo. Pensé en deshacerme de él, donarlo a alguna asociación benéfica, limpiarlo, pero no tuve valor. Me había costado demasiado. Quería vivir mi sueño, aunque pareciera una pesadilla.

Tenía dinero para hacer todo lo que quisiera, hacer lo que siempre había querido, pero lo cierto es que no quería hacer nada. Vivir, completar cada minuto era un lento tormento; había que dividir los minutos en segundos para que fuera más fácil: siempre se puede aguantar un segundo más, sumar un segundo tras otro hasta completar un minuto y volver a empezar, acumular minutos hasta tener horas y, poco a poco, días. Segundo a segundo, trago a trago, pasaron los días.

Pensé muchas veces en llamarla. Necesitaba alguien a quien abrazar, una mujer que me recostara en su pecho y no me dijera nada, se mantuviera ahí, transimitiéndome calor, manteniendo un vínculo con el mundo. Necesitaba de manera desesperada a alguien sobre quien abandonarme, que me tomara a su cuidado como si estuviera enfermo y con paciencia aguardase mi redención.

Fantaseaba con llamarla, pero sabía que la realidad no sería como me gustaba imaginarla. No sería justo aparecer así después de los años, con semejante historia tendría que guardarse cualquier rencor. Seguro que me compadecería sincera, y eso sí que no podría soportarlo, su compasión, su lástima. Si había aguantado tanto tiempo allá fuera las inclemencias del Norte fue para no volver arrastrándome y ésta sería la forma menos digna de presentarme: como un auténtico perdedor, pues lo había perdido todo.

Debí pasar unos veinte días en aquel bucle de remordimientos y expectativas, negación y aceptación, sin salir de casa, acabando con toda la comida que allí había, nevera, congelador, conservas, con whisky al principio, después con ginebra, distintos licores y los últimos días vino y cerveza. Una dieta desordenada por completo, comiendo cuando me apetecía lo que me apetecía, en ocasiones sin cocinar; engullía todo lo comestible que encontraba, absurdamente obsesionado por acabar con aquellos restos, aquel vestigio del paso de mis padres por el mundo. Con sorprendente tenacidad para aquel estado de duermevela en el que pasaba sin transición del pensamiento al sueño y del sueño a la fantasía.

Hasta un día en que se acabaron los alimentos. Rebuscando por la casa en busca de algo que comer llegué al armario de las medicinas. Cargué con todo lo que pude hasta la cama para darme un banquete picando de esta caja y aquella con un tinto para ayudar a tragar. Tras un gelocatil y un valium perdí la consciencia, completamente borracho.

[ Dos ]

Carta abierta

Por Nihilia | 22 abril 2008

Nunca le he contado esto a nadie. Supongo que no quería asustaros, o quizá temía vuestra reacción. O acabar en un sanatorio. Quién sabe. No importa, siento que ha llegado el momento de sincerarme. Hoy, que todo tiene una luz especial.

Cuando era pequeño pasaba horas y horas frente al televisor. Un programa tras otro, no importaba cuál. Pasaba casi todo el día solo, y cuando llegaban mis padres a casa lo único capaz de gritar más que ellos era el televisor. Simplemente subía el volumen y dejaba que la cascada de imágenes sepultase mis pensamientos. Al cabo de un rato uno de los dos me besaba en la mejilla y me llevaba a dormir. Pero yo no me dormía. Me quedaba en la cama, mirando las sombras de las persianas en el techo. Disfrutando de las horas de silencio. Imaginando que esa paz duraba para siempre. Hasta que empezaba a soñar.

Me despertaba con el corazón desbocado, y la habitación teñida de rojo y ámbar. Sin rastro de mis padres. Sin comprender muy bien dónde iban cada mañana. Sin saber a ciencia cierta si volverían o no. Entonces el silencio se volvía insoportable, y volvía a encender el televisor. Uno y otro día. Llenándome la cabeza con miles de voces y colores. Día tras día. Hasta que apareció él.

Era un niño de mi edad, con una imaginación y una vitalidad desbocadas. Enseguida me fascinó. Salíamos a la calle a jugar al fútbol, a las chapas, a los vaqueros, a todo lo que se nos ocurriese. El barrio podía ser tan pronto un desierto con sus plantas rodadoras como un planeta con emanaciones tóxicas. Porteros, tenderos, los otros niños. Siempre teníamos un papel para ellos. También ver la televisión con él era otro mundo. Siempre con algún comentario en la recámara, siempre enseñándome a ver lo mismo desde otro punto de vista. Me hacía reír. Mucho. Aunque eso preocupaba a mis padres.

Notaba cómo me miraban preocupados desde la puerta del salón. Muy juntos. Hablándose en voz baja. Sin gritarse. Hablando de mí. Se acercaban y me revolvían el pelo. Hablaban conmigo. Me abrazaban antes de meterme en la cama. Lloraban, pero yo no sabía por qué. Decían que no era por mí, sino por ellos. Que se habían dado cuenta de muchas cosas. Que se habían portado mal.

Un día me llevaron a ver a un doctor. Me pidieron que dibujara, que interpretase unas manchas, me hicieron muchas preguntas y hablaron de unas cosas que no entendí. Cuando volvimos a casa mis padres me dijeron que me había inventado a mi amigo. Que no existía. Como los dibujos de la tele. Yo no los entendí.

Me daba cuenta de que no les gustaba verme con mi amigo. Así que aprendimos a disimular. Sólo nos veíamos fuera de casa. Les contaba que había quedado a jugar con los chicos del colegio y me iba a verle. Ellos estaban encantados. De vez en cuando lo colaba en casa sin que se diesen cuenta. Cuando estábamos todos juntos él se asomaba por las puertas y me ponía caras para hacerme reír. Yo tenía que hacer muchos esfuerzos para aguantarme la risa. Mis padres nunca se daban cuenta. Parecían aliviados. Tanto, que en poco tiempo volvieron a gritarse cada noche.

Fueron pasando los años. Con el tiempo me fue importando menos que se gritasen. Ya casi no hablaba con ellos. Muchas veces me quedaba dando largos paseos para no tener que subir a casa. Él me acompañaba. Me contaba historias fantásticas. Trazábamos planes maravillosos. Soñábamos con largos viajes, con chicas preciosas, con noches interminables. Soñábamos con la libertad. Entonces podía subir a casa e ignorarlos. Ellos no podían tocarme. La felicidad estaba dentro de mí. Sólo tenía que aprender a hacerla realidad.

Pero él cambió. No se por qué. Cambió. Se volvió burlón. Insolente. Desafiante. Se colaba en casa sin que yo lo hubiese llamado. Me provocaba delante de ellos para que yo le contestase. Escondía mis cosas, o me las cambiaba de lugar. Se reía de mí. De mis ambiciones. De mis sueños. De mis lamentos. Hasta que intentó matarme. Una noche dejó una cuchilla de afeitar en el baño y la puso en mi mano. “Córtate las muñecas. Hazlo ya. Acaba con los gritos. Acaba con el silencio. Acaba con todo. Mata al mundo entero.”

No pude. Me quedé tirado en el suelo del baño, temblando y llorando de angustia. Él me miró con desprecio y me dijo: “He venido a comerme tu corazón. Me alimento de tus sueños. Vivo dentro de ti, y una vez haya acabado contigo, no quedará nada”.

Me desperté a la mañana siguiente en mi habitación. Mi habitación teñida de rojo y ámbar. En calma total. Sin rastro de él. Relajado. Aliviado. Liberado.

Disculpadme por el ladrillo. Pronto os dejaré. Siento que llega el momento de contaros toda la verdad. De terminar con ésta carta. Aunque duela. Aunque muerda. Aunque ya nada vuelva a ser lo mismo. Nunca volví a saber de él. Ni de ellos. Esa mañana no estaban. Ni llegaron esa noche. Tampoco la siguiente. Ni ninguna otra más. Nunca volveré a saber nada más de ellos. Desde aquel día todo tiene una luz especial. Desde aquel día lo comprendo todo.

He venido a comerme vuestros corazones. Me alimento de vuestros sueños. Vivo dentro de vosotros, y una vez haya acabado con cada uno de vosotros, no quedará nada. He venido a matar al mundo entero.

Relato amarianado

Por Timoteo | 28 febrero 2008

Tras muchos años de relación se casaron porque les costaba imaginar la vida de otra manera, con despertares en los que el otro no estuviera, ellos que nunca habían estado muy predispuestos a firmar contratos, pero sobre todo porque esperaban un hijo y creían que así estaría más protegido y sí, también un poco por el qué dirán, todavía, la presión de la familia. Cuando nació Carlos habían decidido que ella dejaría su trabajo, al menos hasta que el niño tuviera edad para dejarle en una guardería, consideraban necesaria la presencia de los padres, o la madre, en los primeros meses, la lactancia materna mientras se pudiera. Él ganaba suficiente para vivir los tres y en cambio ella no había acabado de encontrarse a gusto nunca en ese gris trabajo de contabilidad, tan mecánico, tan desazonador.

Ahora ella se levanta tarde -todo lo que le permite el niño después de las molestas noches de duermevela en las que siempre se levanta ella, él dice que está cansado y se pone a roncar con una rapidez obscena-, cuando él lleva ya algunas horas en la oficina. Cuidar a un bebé es una tarea absorbente y fatigosa, pero al cabo de un par de semanas se empieza a acostumbrar, a entender y casi anticipar las necesidades de Carlitos, fíjate, se dice, tan pequeñito y frágil y dependiente y es ya una persona, mi hijo, salió de mí, qué cosa tan rara y hermosa y rara, y tiene nombre, Carlos, Carlitos, itos… Tiene mucho tiempo para reflexionar y también recupera la costumbre de leer, todos esos libros pendientes acumulados, y escuchar música, discos que ni recordaba que tenía y le emociona descubrir de nuevo cómo le conmueven y discos nuevos a un ritmo cercano al de su época de estudiante. Algunas mañanas sale a pasear con el cochecito por el parque, donde se encuentra con otras mujeres paseando niños, algo simples, de conversación superficial pero siempre alegre, es difícil no acabar sintiendo simpatía por ellas, tampoco ve a mucha más gente ahora, ya no salen los dos con los amigos. La comida y la cocina han vuelto a ser un placer al que dedicar horas, sin las prisas del mediodía entre el turno de mañana y el de tarde, y prepara con mimo la cena para los dos, innovando con recetas que ve en la tele, antes de los informativos, hacía mucho que no estaba tan al tanto de las últimas noticias y se ha vuelto una experta en política estadounidense. Incluso lleva días dándole vueltas a un relato, con lo que le gustaba a ella escribir hacía unos años, sólo un bosquejo y sin embargo vuelve a la misma idea un día tras otro, cada vez con una forma más clara; no es más que una fantasía que va tomando forma entre pañales, tetas, llantos, baños, compras y siempre esa tensión, esa preocupación; pero siente que un día puede agarrar la pluma como en aquellos tiempos y atacar una página en blanco. Se acuesta pronto, cansada y con un oído alerta, seguro que el niño no tardará en ponerse a llorar, y sin embargo satisfecha de dedicar los días por fin a cosas útiles, que le llenan, y sobre todo ese amor desmedido hacia el fruto de su vientre, la felicidad que va a desbordarla al verle sonreír.

Él, después de mal dormir durante la noche con los llantos del niño, los paseos de ella calmándole, una teta, otro pañal -y encima cuando por fin coge el sueño ella le da codazos porque dice que ronca-, se despierta a las siete, como siempre, para ir a trabajar. Tiene un trabajo que le gusta, con cierto equilibrio entre la técnica y la creatividad, y un jefe tan estúpido como tantos otros al que hasta ahora había mantenido a raya: era joven y podía permitirse comportarse como creyera conveniente aunque le costara el puesto, ya encontraría otro, alguna empresa que verdaderamente apreciara sus cualidades. No obstante, desde que regresó de su permiso de paternidad tiene otras dos personas a su cargo, que dependen de lo que él gane cada mes -algo tienen guardado, pero hay que pagar la hipoteca todos los meses, y los gastos del niño son mayores de lo que habían pensado y eso que aún ni va a al colegio, espérate unos añitos, a ver si le suben el sueldo porque así no hay manera de ahorrar, a saber qué pasa con las vacaciones este año, ya verás, otra vez con sus suegros-, se dio cuenta de esto cuando al terminar su jornada cogió la chaqueta como había hecho hasta entonces, había cumplido su horario, qué importaba que los demás siguieran en sus cubículos, y su jefe le miró con reproche meneando la cabeza, también como siempre, con efecto por primera vez. Cada día se queda un poco más, permanece en su sitio navegando por Internet hasta que empiezan a marcharse sus compañeros, dentro de poco será el último, espera que el jefe se dé cuenta y lo valore en el próximo ascenso, ya que parece incapaz de distinguir el trabajo bien hecho y no digamos el tenerlo a tiempo. Por no mencionar las horas extra. Llega a casa cansado, con ganas de ver a su mujer y a su hijo, pero con poco cuerpo para fiestas, cena y poco después se mete en la cama, donde se suele quedar dormido mientras intenta pasar del segundo capítulo de la última novela de Pérez-Reverte.

Pasan poco tiempo juntos, poco más de tres horas al día y los fines de semana, y cada vez disfrutan menos de la compañía mutua, gastan el tiempo haciéndose reproches, aun las cuestiones más insignificantes, todo parece convertirse en una batalla. No recuerdan cuándo fue la última vez que salieron al cine, a cenar, a tomarse unas copas mejor ni pensarlo, sus amigos sólo pasan de cuando en cuando a ver cómo le va a la parejita y hacerle monerías al pequeñajo y se van con los precipitados planes noctámbulos de toda la vida. Ella deja de esforzarse en preparar la cena, cualquier cosa vale, él se lo come igual, no quiere protestar también por eso, hasta que un viernes se va a tomar unas cañas a la salida del trabajo con sus compañeros y vuelve a casa a las tantas, algo bebido, y se encuentra la cena fría, servida sobre un plato, sin una nota siquiera, como una admonición; hace unos meses eso no habría pasado, piensa, ella me habría esperado despierta, eso lo entiendo que no lo haga, pero una nota, habría dejado una nota con una frase cariñosa y un guiño. ¿Cuándo fue la última vez que la vi reír?

Una noche ella le dice que no reconoce en él al hombre del que se enamoró, que se ha vuelto un cascarrabias, un tipo gris sin ninguna alegría, ya no le hace reír, y además se está quedando calvo: quiere el divorcio. Él lo entiende, también echa de menos a aquel joven lleno de energías y proyectos y confianza, bromista, despectivo con los que vivían para trabajar, y ya no tiene fuerzas para luchar, así que se va de casa, no puede soportar seguir cerca de su mujer mientras ella se le aleja.

El acuerdo le quita más, mucho más de la mitad de su sueldo y le impone un régimen de visitas que haría llorar a un preso, tan fuera lo quiere ella de su vida y tan poco quiere él pelear. Con lo poco que gana y la poca dignidad que le queda busca un lugar donde dormir y alguien que le devuelva las ganas de vivir.

Mal de alturas

Por Nihilia | 25 enero 2008

VUELO EI592
TRAYECTO MADRID – NUEVA YORK
HORA GMT + 01:00: 11: 11

“Señores pasajeros, les habla el capitán. Gracias por escoger nuestra compañía para volar. En breves momentos iniciaremos el despegue rumbo a Nueva York. Que disfruten del [CRICK]”

El capitán se quedó perplejo, mirando el comunicador en su mano. Era la primera vez que fallaba.
-…vuelo.

Estaba de un excelente humor esa mañana, el cielo estaba tan despejado como el escote de sus azafatas, se había acordado de quitarse la alianza antes de subir al avión y tenía los machos llenos de amor, así que miró a su copiloto y se encogió de hombros. Se caló la gorra de piloto con la visera a un lado, “gangsta style”, y despegó canturreando un mambo.

Cuando hubo puesto el avión en ruta dejó que el piloto automático hiciese el trabajo sucio, subió los pies encima del panel de mando y se relajó mirando cómo engullía nubes el avión, mientras repasaba mentalmente la lista de cócteles del servicio de catering. De pronto, un piloto se encendió y comenzó a parpadear.

Un pitido de alarma invadió toda la cabina y su copiloto y él intercambiaron una mirada de pavor. El capitán fijó su mirada en el piloto intermitente y reaccionó como cualquier primate reacciona ante un piloto de emergencia que se enciende y se apaga: puso cara de no haber pensado nada en toda su vida y procedió a darle golpecitos con la punta del dedo índice.

Mientras que una parte de su cerebro se ofendía con una lucecita por el poco caso que le estaba haciendo, otra estaba trabajando duro para interpretarla (no sin antes hacer que descendiesen los niveles de testosterona, por capullo) hasta que consiguió mandar un luminoso con letras rojas bien gordas al centro de decisiones: FUEGO EN COLA. Para entendernos, el “fuego en cola” es algo así como un 9`5 en el hostiómetro, no a mucha distancia del tubo del avión partido por la mitad. Los centros del habla hicieron del terror, poesía:

-¡Coño! ¡Coño! ¡Coño!
-Me silban los oídos – apareció una azafata insinuándose.
-¡Que no! ¡Que no! ¡Fuego en cola! ¡Fuego en cola!
-De eso me encargo yo, papito…
-¡Que no, joder! ¡Que hay fuego en la cola del avión! ¡Que vayas a mirar cagando leches!

La azafata salió cagándose en todo el santoral. El capitán sacó una foto de su esposa y sus dos hijos de la cartera y la acarició con ternura. Miró a sus dos niños, y pensó que probablemente recibirían una buena indemnización, y podrían estudiar en colegios caros e ir a buenas universidades. Pensó que quizás el mayor podría seguir sus pasos, y sintió una mezcla de orgullo y melancolía imaginándose a su hijo con un altavoz, abriéndose paso entre una horda de viajeros suplicantes, arengando al resto de pilotos a mantener la huelga un puente más. Después miró a su mujer. Tantos años y seguía reconociendo la misma mirada que lo cautivó cuando se conocieron. Lamentó haberla sido tan infiel. Las azafatas eran una conquista irrenunciable, demasiado tentadoras, demasiado… qué coño, no iba a traicionarse a sí mismo en sus últimos momentos, que le quitasen lo bailao.

- Capitán… – entró la azafata acompañada de un pasajero. Falsa alarma, capitán. Era este pasajero, que estaba fumando en los servicios de cola.
- ¿Cómo? – el capitán se levantó a duras penas de su asiento, con las piernas bailándole el calypso y calzoncillos blanco nuclear en la mente. Intentó recuperar la compostura. Caballero, ¿sabe usted que no está permitido fumar en el avión?
- Sí, bueno, oiga, era sólo un cilindrito, este maldito vicio que…
- Caballero… ¿Sabe usted que esto puede costarle una dura sanción por parte de la compañía?
- ¿Una sanción? ¡Qué persecución! ¡Nos tienen enfilaos! ¿Por qué no nos ponen ya un brazalete con una estrella de David?
- ¿Pero qué coño dice usted?
- ¡O envenenan un cigarro de cada cien y acabamos antes! ¡¡Son ustedes unos talibanes del tabaco!!
- ¡¿Pero qué cojones dice usted?!
- ¡Todo el mundo con las manos en alto! –apareció un tipo encañonándolos a todos con una pistola.
- ¡Aaaargh! ¡No volveré a fumar, lo prometo!
- ¿¡Pero qué…!?¡¿Y usted quién coño es?! –bramó el piloto mientras el pasajero y la azafata se abrazaban aterrados.
- ¡Policía de Estados Unidos! ¿¡Quién ha dicho talibán!?
- ¡¡Pero me cago en mi estampa!! ¡¡Llevaros a estos memos de aquí!! ¡¡Y me atáis a ese al asiento!! ¡¡Y como vuelva a fumar viaja en la bodega!! ¡¡En la puta bodega!!

Mientras el copiloto y la azafata intentaban sacar al pasajero y al policía de paisano de la cabina, el capitán cogió el comunicador y, completamente enajenado, habló para los pasajeros:

“Se[CRICK]res pa[CRICK]jeros, les recordamos que en este vuelo [CRICK] está permitido [CRICK]ar. Coo [CRICK CRICK CRICK] pulación [CRICK CRICK CRICK CRICK] con el resto de pasajeros. Tengan muy buenos días [CRICK].”

VUELO EI592
TRAYECTO MADRID – NUEVA YORK

HORA GMT + 01:00: 13: 31

El capitán había conseguido relajarse después de todo, y había recuperado su optimismo habitual. Se relajaba recreándose en imágenes lúbricas de azafatas mientras se hacía trampas al solitario. El copiloto se había puesto sus gafas ahumadas, señal inequívoca de que estaba debatiéndose entre la vigilia y la inconsciencia, así que el capitán buscó con la mirada algún objeto con el que producir un estruendo ensordecedor. Sincronicidad lo llaman. El pitido de alarma los hizo saltar de su asiento. Comprobaron aturdidos el origen del problema: se había encendido de nuevo el piloto de “fuego en cola”. El copiloto se hundió en su asiento, aún adormilado:

-Ese idiota habrá vuelto loco al detector de humos. Ve a echar un vistazo, anda.
-Ejem… Díselo a mi gorra. Oh, vaya, dice que yo soy el capitán, que vayas tú.

Se produjo un silencio incómodo. Respondieron al unísono:

-Azafatas.
-Las llamas tú –se adelantó el capitán.
-Llamas t… Las llamo yo, vaya problema –dijo el copiloto con evidente rencor, se le daban mal este tipo de juegos de respuesta rápida. En el colegio nunca le llegaban los porros.

El copiloto abandonó la cabina entre gruñidos. El capitán se quedó con la mirada perdida, pendiente del pitido de alarma. Dos avisos en un mismo vuelo, ¿cuántas posibilidades había de que eso ocurriese? Pocas, aunque dependiendo de cada compañía, claro. Comenzó a recordar que durante la anterior alarma, mientras pensaba que iba a morir, pudo arrepentirse de haber sido infiel a su mujer y no lo hizo. ¿Acaso eso lo convertía, entonces, en una mala persona? Sí, sin duda. Pensaba que no debía ponerle los cuernos a su mujer, pero aún así no se arrepentía. Se quedó en blanco un momento. Era la primera vez que se veía a sí mismo como una mala persona. Un momento. ¿El altímetro marcaba un ligero descenso? No, era su imaginación. No, marcaba un ligero descenso. Siempre había pensado que tendría tiempo para redimirse, para resarcir el mal que había hecho. Los niveles estaban en sus parámetros normales, aunque oscilaban algo más de lo normal. ¿No estaría cediendo al pánico? Pero, ¿y si no quedaba ya tiempo? ¿Y si no pusiese dar marcha atrás? ¿No parpadeaba cada vez más deprisa el piloto de alarma? Entonces, él, ¿no tenía ya solución? ¿No podría morir en paz consigo mismo? ¿La velocidad se mantenía constante? ¿Había vuelto a descender el altímetro? ¿Su último pensamiento sería un lamento? Todavía no podía morir. Justo ahora no. Tarde, pero se había dado cuenta. No quería morir. No podía. No…

-Hola, lo siento, soy yo otra vez… -apareció el pasajero fumador con la cabeza gacha y una colilla a medio apagar en las manos.
-¡¿Pero qué…?! ¡¡Me cago en mi raza!!
-Es este maldito tabaquismo que…
-¡¿¡Pero tú me quieres matar de un infarto o qué!?!¡¡Al puto océano vas!! ¡¿Me entiendes?!¡¡¡Al puto océano!!!
-No, ¿eh?, yo… con mojarme los cilindritos…
-¡¡¡¡Me lo cargo!!!!¡¡¡¡Yo a este me lo cargo!!!!¡¡¡¡La pistola de bengalas que me lo cargo!!!

Mientras que en las pantallas del avión Meg Ryan tenía un e-mail y cundía el pesimismo entre el pasaje, de la cabina salían unos berridos infrahumanos:

¡¡¡Que estoy muy loco!!!¡¡¡¡Que estoy muy loco hostias!!!!

VUELO EI592
TRAYECTO MADRID – NUEVA YORK

HORA GMT + 01:00: 15: 51

Hay varios grados de mala hostia. Está el primer grado, reconocible porque el individuo en cuestión responde con monosílabos ante cualquier interpelación. Está el segundo, en el que el energúmeno padece un ataque de verborrea y arremete irreflexivamente contra cualquier ser u objeto querido a su alcance. Está el tercer grado, en el que el espécimen se queda quieto, muy quieto, tan quieto que su cuerpo comienza a temblar, esperando la más mínima excusa para descargar su furia homicida. El cuarto grado está poco documentado. El quinto es experimental. El capitán se encontraba desde hacía dos horas en el sexto grado: con los ojos inyectados en sangre, respirando con dificultad y enseñándole los colmillos a su copiloto, que se había refugiado detrás del sillón. Cuando el piloto de “fuego en cola” volvió a encenderse, el pobre hombre se encomendó a Cristo, Angel, y su buen hacer con los leones.

El capitán le graznó que le diese su comunicador para hablar con las azafatas. El copiloto se lo acercó hasta una distancia prudencial y retiró rápidamente la mano. Con la voz más dulce y sosegada que ser humano ha entonado sin recurrir a barbitúricos, el capitán entonó:

-Niñas, preciosas, decidme. ¿Veis algún indicio de fuego en cola?
-¿Ca… capitán? ¿Está usted bien?
-No os preocupéis por mí y limitaros a contestarme. ¿Veis humo en el pasillo?
-…no, no, no hay humo.
-¿Gente chillando, corriendo por los pasillos aterrorizada o arrancándose el pelo a tirones?
-…no, no.
-Muy bien, niñas. Muchas gracias. Protocolo de emergencia.

Estaba fumándose su cilindrito de después de comer. Exhalaba el humo a grandes bocanadas e intentaba perfeccionar sus círculos de humo. Cuando la puerta se abrió de sopetón, sólo alcanzó a ver a cuatro personas con máscaras de gas y trajes ignífugos que lo apuntaban con varios extintores. Un segundo después estaba flotando en un universo blanco e inmaculado, vagando en la inmensidad, sintiéndose como si hubiese vuelto al vientre de su madre y, conmovido, pensó que la experiencia bien merecía que le regalase al capitán una caja de puros.