And if a double-decker bus…

Por Timoteo | 24 diciembre 2010

Pasearon de la mano por Hyde Park. Y por Notting Hill. Y por el British Museum. Y por Oxford Street. Y por la rivera del Támesis.

Se besaron en Picadilly Circus. Y en Covent Garden. Y en Trafalgar Square. Y en el Tower Bridge. Y bajo la sombra del Big Ben. Y frente a un guardia impasible del Buckingham Palace. Y en oscuros pubs de suelo pegadizo.

Todos dijimos que no lo habíamos visto venir, pero no es cierto. Yo sí vi venir el autobús rojo cuando ellos cruzaban sólo pendientes de su amor. Dudé un instante. Sentí el frío de acero extendiéndose en mi corazón. El rojo se esparció por la calzada.

La primera vez

Por Timoteo | 12 noviembre 2010

Voy a servirme otro whisky.

Hemos quedado con unos amigos que hacía tiempo que no veíamos. Al salir del trabajo he pasado por el mercado y he comprado un poco en función de lo que había y me iba apeteciendo. Creo que he compuesto un menú decente. He sido el primero en llegar a casa. Mientras metía las cosas en la nevera, he recibido un SMS: “llegaré tarde”. Así que tras una ducha me pongo a cocinar. “Good vibrations” de fondo. Debería ser una buena noche: mañana no hay que trabajar y volveremos a ver a Juan y Ana. Pongo el atún a marinar y, mientras tanto, voy pelando las manzanas. Olga todavía no ha llegado. Contaba con su ayuda para preparar la cena. Así no me va a dar tiempo a tenerla lista antes de que lleguen. “Don’t worry baby, everything will turn out alright ” y decido hacerle caso. Pongo las manzanas al fuego y llevo la vajilla al salón. Estoy acabando la masa de las crêpes cuando llaman al telefonillo. Suben Juan y Ana con una botella de vino, sonrientes y conversadores. Retiro todo del fuego, disculpándome por el retraso de Olga, y les ofrezco una cerveza y unas aceitunas para hacer tiempo. A las diez la llamo, pero no coge, así que dejo un mensaje recordándole que tenemos invitados. Veinte minutos después envío un SMS. Sin respuesta. Frío el pescado. Van a dar las once y a todos nos ruge el estómago. Justo cuando saco el último trozo del aceite oigo la puerta. Olga llega hasta la cocina, todavía con el bolso en la mano. Le doy un beso. ¿Dónde estabas? En milésimas de segundo, me responde que si puede coger un trozo, que se muere de hambre. No, se come en la mesa; picotear es para los que preparan la cena. Pretendía decirlo en tono de chanza, pero me ha salido bastante agrio. Saca una bolsa de patatas, llena un bol y me ofrece. Lo rechazo de forma desabrida. Algo huele raro.

Voy a encender otro cigarro.

La siguiente pregunta que me ha venido a la mente es ¿a quién te estás tirando? Afortunadamente, no ha llegado a la boca. Tenemos invitados. Olga pone música en el ordenador, “espero que os guste”. A mí me parece una mierda y lo adjetivo profusamente, con saña. Nos sentamos por fin a la mesa sin que haya dicho una palabra sobre el retraso. Alaba el atún en lo que yo siento como un torpe intento de reconciliación y añade que tengo que enseñarle la receta. Reprimo las ganas de decirle que tendría que haber estado allí para cocinar conmigo. Ese comentario debería venir de los invitados. Durante toda la cena, cada sonrisa, cada brillo en sus ojos es acompañado por el coro cantando “¿con quien?”. Apenas soy capaz de seguir la conversación. Cuando hablan Juan o Ana miro con disimulo a Olga. Cuando ella habla, le clavo mis ojos, pero apenas me dirige la mirada. No puedo intervenir porque no sé de qué coño están hablando. Toda mi atención la dedico a comer y espiarla. Voy con Juan a la cocina a terminar el postre. Me pregunta si todo va bien. Yo me disculpo: es que estoy dejando de fumar. A veces me cambia el humor.

Éste es el último del paquete.

Apenas hay sobremesa. No me extraña. Nuestros invitados se marchan con lo que a mí me parecen los típicos parabienes y reiteraciones de que la próxima debe ser pronto y en su casa. Pues vale. Yo lo que quiero saber es desde cuándo me la está pegando sin que me haya dado cuenta. En cuanto se cierra la puerta, Olga se mete en el baño y sale con el pijama puesto. Está muy cansada y se va a la cama. Debe de haber sido un día muy duro.

Aplasto la colilla contra un cuenco.

Seguro que en realidad estaba con su hermana. O preparándome una sorpresa. En las películas siempre pasa eso.

Miro el fondo del vaso.

Todo va bien

Por Timoteo | 15 mayo 2008

Clic.

Clic.

Cada día amaba más a su esposa. Admirando la dorada cabellera de su nueva secretaria, se fue.

Relato amarianado

Por Timoteo | 28 febrero 2008

Tras muchos años de relación se casaron porque les costaba imaginar la vida de otra manera, con despertares en los que el otro no estuviera, ellos que nunca habían estado muy predispuestos a firmar contratos, pero sobre todo porque esperaban un hijo y creían que así estaría más protegido y sí, también un poco por el qué dirán, todavía, la presión de la familia. Cuando nació Carlos habían decidido que ella dejaría su trabajo, al menos hasta que el niño tuviera edad para dejarle en una guardería, consideraban necesaria la presencia de los padres, o la madre, en los primeros meses, la lactancia materna mientras se pudiera. Él ganaba suficiente para vivir los tres y en cambio ella no había acabado de encontrarse a gusto nunca en ese gris trabajo de contabilidad, tan mecánico, tan desazonador.

Ahora ella se levanta tarde -todo lo que le permite el niño después de las molestas noches de duermevela en las que siempre se levanta ella, él dice que está cansado y se pone a roncar con una rapidez obscena-, cuando él lleva ya algunas horas en la oficina. Cuidar a un bebé es una tarea absorbente y fatigosa, pero al cabo de un par de semanas se empieza a acostumbrar, a entender y casi anticipar las necesidades de Carlitos, fíjate, se dice, tan pequeñito y frágil y dependiente y es ya una persona, mi hijo, salió de mí, qué cosa tan rara y hermosa y rara, y tiene nombre, Carlos, Carlitos, itos… Tiene mucho tiempo para reflexionar y también recupera la costumbre de leer, todos esos libros pendientes acumulados, y escuchar música, discos que ni recordaba que tenía y le emociona descubrir de nuevo cómo le conmueven y discos nuevos a un ritmo cercano al de su época de estudiante. Algunas mañanas sale a pasear con el cochecito por el parque, donde se encuentra con otras mujeres paseando niños, algo simples, de conversación superficial pero siempre alegre, es difícil no acabar sintiendo simpatía por ellas, tampoco ve a mucha más gente ahora, ya no salen los dos con los amigos. La comida y la cocina han vuelto a ser un placer al que dedicar horas, sin las prisas del mediodía entre el turno de mañana y el de tarde, y prepara con mimo la cena para los dos, innovando con recetas que ve en la tele, antes de los informativos, hacía mucho que no estaba tan al tanto de las últimas noticias y se ha vuelto una experta en política estadounidense. Incluso lleva días dándole vueltas a un relato, con lo que le gustaba a ella escribir hacía unos años, sólo un bosquejo y sin embargo vuelve a la misma idea un día tras otro, cada vez con una forma más clara; no es más que una fantasía que va tomando forma entre pañales, tetas, llantos, baños, compras y siempre esa tensión, esa preocupación; pero siente que un día puede agarrar la pluma como en aquellos tiempos y atacar una página en blanco. Se acuesta pronto, cansada y con un oído alerta, seguro que el niño no tardará en ponerse a llorar, y sin embargo satisfecha de dedicar los días por fin a cosas útiles, que le llenan, y sobre todo ese amor desmedido hacia el fruto de su vientre, la felicidad que va a desbordarla al verle sonreír.

Él, después de mal dormir durante la noche con los llantos del niño, los paseos de ella calmándole, una teta, otro pañal -y encima cuando por fin coge el sueño ella le da codazos porque dice que ronca-, se despierta a las siete, como siempre, para ir a trabajar. Tiene un trabajo que le gusta, con cierto equilibrio entre la técnica y la creatividad, y un jefe tan estúpido como tantos otros al que hasta ahora había mantenido a raya: era joven y podía permitirse comportarse como creyera conveniente aunque le costara el puesto, ya encontraría otro, alguna empresa que verdaderamente apreciara sus cualidades. No obstante, desde que regresó de su permiso de paternidad tiene otras dos personas a su cargo, que dependen de lo que él gane cada mes -algo tienen guardado, pero hay que pagar la hipoteca todos los meses, y los gastos del niño son mayores de lo que habían pensado y eso que aún ni va a al colegio, espérate unos añitos, a ver si le suben el sueldo porque así no hay manera de ahorrar, a saber qué pasa con las vacaciones este año, ya verás, otra vez con sus suegros-, se dio cuenta de esto cuando al terminar su jornada cogió la chaqueta como había hecho hasta entonces, había cumplido su horario, qué importaba que los demás siguieran en sus cubículos, y su jefe le miró con reproche meneando la cabeza, también como siempre, con efecto por primera vez. Cada día se queda un poco más, permanece en su sitio navegando por Internet hasta que empiezan a marcharse sus compañeros, dentro de poco será el último, espera que el jefe se dé cuenta y lo valore en el próximo ascenso, ya que parece incapaz de distinguir el trabajo bien hecho y no digamos el tenerlo a tiempo. Por no mencionar las horas extra. Llega a casa cansado, con ganas de ver a su mujer y a su hijo, pero con poco cuerpo para fiestas, cena y poco después se mete en la cama, donde se suele quedar dormido mientras intenta pasar del segundo capítulo de la última novela de Pérez-Reverte.

Pasan poco tiempo juntos, poco más de tres horas al día y los fines de semana, y cada vez disfrutan menos de la compañía mutua, gastan el tiempo haciéndose reproches, aun las cuestiones más insignificantes, todo parece convertirse en una batalla. No recuerdan cuándo fue la última vez que salieron al cine, a cenar, a tomarse unas copas mejor ni pensarlo, sus amigos sólo pasan de cuando en cuando a ver cómo le va a la parejita y hacerle monerías al pequeñajo y se van con los precipitados planes noctámbulos de toda la vida. Ella deja de esforzarse en preparar la cena, cualquier cosa vale, él se lo come igual, no quiere protestar también por eso, hasta que un viernes se va a tomar unas cañas a la salida del trabajo con sus compañeros y vuelve a casa a las tantas, algo bebido, y se encuentra la cena fría, servida sobre un plato, sin una nota siquiera, como una admonición; hace unos meses eso no habría pasado, piensa, ella me habría esperado despierta, eso lo entiendo que no lo haga, pero una nota, habría dejado una nota con una frase cariñosa y un guiño. ¿Cuándo fue la última vez que la vi reír?

Una noche ella le dice que no reconoce en él al hombre del que se enamoró, que se ha vuelto un cascarrabias, un tipo gris sin ninguna alegría, ya no le hace reír, y además se está quedando calvo: quiere el divorcio. Él lo entiende, también echa de menos a aquel joven lleno de energías y proyectos y confianza, bromista, despectivo con los que vivían para trabajar, y ya no tiene fuerzas para luchar, así que se va de casa, no puede soportar seguir cerca de su mujer mientras ella se le aleja.

El acuerdo le quita más, mucho más de la mitad de su sueldo y le impone un régimen de visitas que haría llorar a un preso, tan fuera lo quiere ella de su vida y tan poco quiere él pelear. Con lo poco que gana y la poca dignidad que le queda busca un lugar donde dormir y alguien que le devuelva las ganas de vivir.

Sin razón alguna, me niego a titular este post

Por Nihilia | 13 diciembre 2007

Venía yo pensando en aquello del Twitter, EnriqueDance y la excursión de niños pijos con la que acababa de cruzarme en el Metro (¿Veis niños? Así viaja la gente que no tiene chófer.), cuando me he acordado de un estultao que apareció por casa una noche de guateque. Era el acompañante de la chica con la que quería retozar por aquel entonces, y era un monstruo de las twittipolleces. Entre todas las píldoras de ingenio, agudeza y audacia intelectual que despilfarró durante TODA LA PUTA NOCHE, una pasará a la historia:

“Si las naranjas se llaman naranjas, ¿por qué los limones no se llaman amarillos?”

Maldita sea, y ahí estaba ella, desperdiciando su preciosa risa en los rebuznos de aquel infraser. Pronto se redimiría ella, a mis ojos, porque tenía la demencial costumbre de poner la música en el coche a todo trapo y, en cada semáforo en rojo, saltar del coche y ponerse a interpretar la danza de la lluvia a su alrededor. Ni que decir tiene que acepté emocionado participar en tal astracanada. Los malos tragos hacen que los buenos sean aún mejores.